Astigmatías

 

Andanzas

Julieta Arévalo

¿Cuándo fue la última vez que tomé un volante? Creo que en una época muy cercana a un quiebre amoroso. El más desolador. Acaso deshacerme de aquel Chevy era también una manera de aplastar los recuerdos cada vez que pasaba un tope en mi pésimo conducir. En ese auto también viajó mi querido perro, al que tuve que dormir durante ese tiempo nebuloso.

 

Esto viene a cuento porque antes del Chevy hubo un Vocho gris: el Manatimóvil, como lo apodaba, un auto con memorias.

 

El antro

Llegué a casa de mi amigo –por cierto, antiguo dueño de mi Vocho–, para irnos a la fiesta. Bebimos. Bebimos. Bebimos. A la mañana siguiente recordamos que habíamos llegado a su casa en taxi. Habíamos dejado al Manatimóvil. Fuimos a recogerlo, pero no estaba en la calle, sino en medio de la pista, luciéndose, entero y protegido de las inclemencias y de los borrachos. ¿Por qué terminó adentro y en la pista? Nunca lo supimos, pero definitivamente fue el último en irse de la fiesta.

 

El taxi

Como pasa con casi todos los Vochos, el chicote comenzó a fallarle. Varias veces me dejó varada y varías veces tuve la fortuna de que me ayudaran, primero un policía, después un taxista y más personas. Sucedió que el chicote falló en Ejército Nacional. Iba con un compañero del trabajo, publicista por obligación, escritor por convicción, que no sabía manejar, pero sí de muchos libros. El auto estaba fallando. Un taxista que pasaba por ahí se ofreció a llevarme a su taller, la condición era manejar su taxi, un Vocho también. Maniobré la clásica palanca de velocidades en forma de bola transparente y empuje a mi propio auto. Nos internamos en una colonia de dudosa procedencia, sin embargo, salimos invictos y mi Vocho, aliviado.

 


 

La pérdida

Quise mucho a mi Vochito, no me importaba que le fallara el chicote porque ya sabía la técnica de la liga. Teníamos una relación de amor-odio, pero nunca le deseé el mal. Había hecho migas con el del valet parking de la Escuela Dinámica de Escritores y quedamos en que él movería el auto para que, cuando saliera de clases, no tuviera que caminar hasta donde lo había dejado inicialmente. Salí de clases y vi un Vocho gris estacionado. Esa noche beberíamos mis compañeros y yo, con nuestro maestro, estudioso de Kavafis –un tipazo, por cierto–, quien nos había invitado a su casa, a unas cuantas cuadras de la escuela. Mucho parloteo y abundancia etílica. Al volver a la escuela por mi auto para regresarme hasta Satélite, no estaba. Me lo habían robado. Levanté el acta y tres días después un compañero me dijo que había visto un auto como el mío. Era mi Manatimóvil que había permanecido estoico ante mi abandono. El otro Vocho era un impostor. El hombre del vallet parking me dio las llaves sin advertirme que nunca lo había movido. Pobre Vocho, no me dejaron llevármelo y fue a dar al corralón, allá en Cabeza de Juárez, junto con otros autos. Fui a rescatarlo.

 

El Manatimóvil fue un buen compañero, incluso me perdonó que un día, después de hacer unas compras en la farmacia, me subiera a otro Vocho gris con vestiduras que me recordaron a las faldas escocesas que usábamos de niñas mis hermanas y yo. Sorprendida, volteé de un lado a otro para no ser notada (no me fueran a acusar de robo) y huí de aquel desconocido para volver con mi compañero gris de vidrios eléctricos.