Ángel de ojos verdes

Andalucía D.

In memoriam Susana Álvarez (2 de noviembre,1962- 8 de diciembre, 2014) 

 

Remember

Remember me when I am gone away,

         Gone far away into the silent land;

         When you can no more hold me by the hand,

Nor I half turn to go yet turning stay.

Remember me when no more day by day

         You tell me of our future that you plann'd:

         Only remember me; you understand

It will be late to counsel then or pray.

Yet if you should forget me for a while

         And afterwards remember, do not grieve:

         For if the darkness and corruption leave

         A vestige of the thoughts that once I had,

Better by far you should forget and smile

         Than that you should remember and be sad.

Christina Rossetti


 

Soñé con mamá la otra noche. 

 

Estábamos en la casa en que vivíamos cuando yo tenía quince, podía sentir el calor proveniente de la sala, ahí el sol siempre pegaba con ganas pintando las paredes de un color naranja, nosotras pasábamos la tarde en la cocina, la cocina pequeña y acogedora donde mi madre solía hacer maravillas con cada platillo. La miraba sentada en la barra de madera, mientras ella, con el cabello enmarañado como siempre, cocinaba, aunque más que cocinar parecía que hacía magia. Platicábamos y reíamos cuando me miró con sus hermosos ojos verdes ––“Susana, ojos de bruja”, la llamaban––, con esa mirada que iba directo al corazón, esa mirada de la madre amorosa y llena de vida que una vez fue.

 

Una voz de mi interior que venía de ese lugar entre el alma y la conciencia me obligó a romper las risas y decirle con voz ajena,

 

––Mami, no voy a volver a vivir contigo sólo porque regresaste.

 

Me miró decepcionada, vi en ella ese sentimiento de haberle roto el corazón y me llegó esa sensación de culpa que ni despierta me puedo sacudir.

 

Entonces me doy cuenta de que ella no estuvo todo este tiempo. Era como si se hubiera ido muy lejos, hasta ahora fingiendo su muerte, mientras yo viví mi vida con tristeza, arrepentimiento, llamándola entre lágrimas hasta quedarme dormida, enojada con ella y conmigo. Ahora, cinco años después, simplemente regresó, esperando que yo olvidara todo y volviera a meterme en la cama con ella, mientras veíamos la tele y conversábamos de nuestro día a día mientras que Tomás, su gato, estaba a los pies de la cama.

 

Eso me recordó que tenía que regresar a mi casa en Playa del Carmen por el trabajo, pero no me quería ir de esa cocina, no quería dejar de ver sus ojos. Así que, aun sabiendo la respuesta, le pregunté con esperanza,

 

––¿Por qué no vienes conmigo? Mi mamá me miró con duda, pero mis ojos llenos de ilusión hicieron que simplemente me sonriera mientras asentía con la cabeza.

 

Mientras, mi alma se pelea con la voz de mi conciencia para no dejarme ver la realidad.

 

Sentadas en el tren de camino al aeropuerto, un montón de dudas y miedos empezaron a aparecer en mi cabeza, me pregunté si mi vida se complicaría con su regreso, pero no me importaba porque esta era mi única y última oportunidad para compensarle todo, para demostrarle que puede ser feliz, para ser la hija que ella necesitaba. Sin poder evitarlo empiezo a llorar porque la he extrañado demasiado, porque desde su muerte me ha hecho demasiada falta.

 

Al voltear al asiento junto a mí, me doy cuenta de que ella ya no está, nunca estuvo, no en esta realidad, no en esta vida. Su esencia se desvanece, voy olvidando cómo se sentían sus manos, su olor, su risa, su voz, sus hermosos ojos de bruja. 

Despierto cargada de tristeza, aún con la ligera sensación de sus manos en mis dedos. 

 

Con el paso del tiempo uno se va acostumbrando, sobre todo porque olvidas, olvidas lo que era tener su compañía e inclusive lo que es ser una hija amada. Somos humanos y nuestra memoria frágil va borrando, con el paso del tiempo, de una forma cruel a las personas que queremos. Nos obligamos a olvidar, porque recordar duele. Así pasan los años y se nos olvida, lo irónico es que olvidamos más rápido a esa persona que el dolor que causó su partida ¿No te jode? Con vergüenza admito que yo, tan humana como ustedes, he olvidado que una vez tuve una madre incondicional que me cobijó en sus brazos, me cuidó con ternura y me protegió con ferocidad. 

 

Me esforcé tanto en huir del pasado en lugar de enfrentarlo, que sólo cuando ya no pude recordar a mi mamá, afronté que nunca volvería. Pensé que por eso ya no iba a doler, pero no puedes borrar quince años de presencia porque eso no está en la conciencia, está en lo más profundo del alma. Así que aun sin recordar cómo se sentía le lloré por cada cosa que nunca volvería a pasar y por todo lo que nos hizo falta por vivir. Ella nunca me abrazaría, tampoco haría de comer para mí ni me enseñaría a cocinar, ya no leería mis cuentos ni tendríamos nuestras enredadas pláticas llenas de risas, no me vería seguir sus pasos y transformarme en una mujer a su semejanza. 

 

Así que, acostada en la cama, consciente de que ella nunca va a volver más que en sueños, trato de quitarme esa sensación de extrañarla. Me tomo un momento para apreciar lo que me rodea, miro sus fotos junto a mi espejo y sonrío.

 

Qué divino ángel tenemos mi hermano y yo.