Apuntes para un diario de viajes

Horacio Ortiz

Minha pátria é a língua portuguesa  / “mi patria es la lengua portuguesa”

 

La amabilidad delata nuestra procedencia. Sólo a los mexicanos en Europa, y en general en cualquier parte del mundo, nos da por pedir todo “por favor”.

––¿Puede usted ayudarme, por favor? ––digo al enjuto hombrecillo, requemado por el sol, que despacha tras un mostrador, en la tienda que acompaña la estación de gasolina en la frontera que divide a España de Portugal. Del lado español, aún, es Fuentes de Oñoro, una vez en tierra lusitana se llama Villa Formoso.

––Puede explicarme, por favor, ¿cómo funciona el sistema de peaje en las casetas? no hablo portugués. 

––No español. Fala portuguese ––me responde farfullando, molesto, con un murmullo que interpreto claramente como una negativa a ayudarme.  Arrugo el mapa, y vuelvo al auto, con la convicción de que, como el gran viajero Javier Reverté, cuando viajas “sólo puedes captar el paisaje y a su gente si te implicas”, es decir, entendí que este viaje era para un par de audaces, justo como nosotros.

 

Suponemos, Brenda, mi esposa, y yo, que el español no es ajeno a ningún portugués. Ingenuos, una semana de travesía terrestre nos demuestra que a los lusos les molesta tanto el español, que lo evitan de forma tajante; hubo algunas excepciones, por supuesto, pero en general es animadversión lo que los portugueses tienen por los españoles, que también los dominaron y maltrataron bastantes años, por decirlo suavecito.

 

Con un mapa detallado en las manos y el tanque lleno de combustible, cruzamos la frontera con un primer destino en mente, Lisboa; es mediados de octubre, cuando iniciamos este recorrido en tierras portuguesas.

 

Con el sol de frente, rumbo a la costa atlántica, nos lanzamos por las carreteras lusitanas, de impecable asfaltado y trazo, bien señalizadas, conscientes de que el carril de “adherentes” en el cruce de casetas, es sólo para ellos, los adherentes (los locales), que no pagan. Un cruce en falso, mío, producto de la necedad, nos costó, cien kilómetros más adelante, una multa de 50 euros (no olviden que aquí todo se multiplica por 22, o 25, depende cuándo leas esto), poco más de unos mil pesitos. No volví a descuidarme. Para dimensionar la cosa, una botella de buen vino de Oporto, cuesta entre 8 y 15 euros (dejé ir al menos cuatro o cinco buenas botellas por una falta de atención.

 

Hacia Lisboa

Mi primer contacto con Portugal fue a fines de los años 80, yo rondaba los 20, al descubrir a Fernando Pessoa, acaso el escritor portugués más importante del siglo XX y, tal vez, de toda la historia lusitana, cuando leí su obra más emblemática, El libro del desasosiego, narrado con la voz de Bernardo Soares, el heterónimo más parecido al Pessoa real. 

 

Pessoa inventó los heterónimos, que son mucho más que sólo un seudónimo, pues en ellos convergen todos los atributos del hombre original, más una carga extra, distinta, de otro ser humano habitando el mismo cuerpo, pensando, reflexionando y creando también, poesía, ensayo o narrativa, con un tono y un estilo por completo nuevos. Es, en dos palabras, una esquizofrenia creadora disfrazada de genialidad. Así se las gastó el buen Pessoa.

 

Ahí, en esas páginas, se encierra lo que, durante décadas, traductores, poetas, filósofos, cineastas y trovadores han intentado en vano describir en el término saudade, que no acaba de ser nostalgia, ni alcanza a ser melancolía. Es algo así como una atmósfera que se transforma en estado de ánimo. 

 

Años después de esa lectura descubrí en el terreno literario a Antonio Tabucchi, escritor italiano de nacimiento, pero portugués por elección, traductor de Fernando Pessoa, que en 140 páginas (curioso, como una profecía de lo que Twitter condensaría unos años después en un reducido número de signos) concentró la melancolía pessoana en su novela Requiem, una obra maestra escrita en portugués, por un italiano, para todo el mundo.

 

Requiem es una alucinación, un viaje por una fantasmal Lisboa, ciudad en la que transcurre la historia a lo largo de un caluroso día de finales de julio. Esa especie de viaje tiene como finalidad el encuentro del protagonista con un poeta al que no nombra —pero, ¿quién podría ser sino Pessoa?— y con el que está citado. 

 

Se trata de una mágica historia de fantasmas salpicada de recetas culinarias típicas de Portugal, explicadas algunas profusamente, y que se lee de una sentada.

 

Requiem me llevó, nos llevó a Brenda y a mí, a Portugal.

 

Con la nostalgia en el tintero, nos enfilamos a ciento veinte kilómetros por hora por la autopista –de alta velocidad-, hacia la capital de Portugal. 

 

Con una brevísima escala en Guarda, bordeando el Parque Natural da Serra da Estrela, para comer un bocadillo y un café, siempre con el mapa a la vista, comenzamos el descenso hacia Lisboa. La lluvia es el primer apellido portugués.No obstante, aun cuando lo usual son los chubascos permanentes en estos paisajes, corremos con suerte y es un día soleado el que nos marca la marcha en los 400 kilómetros que nos separan de nuestro primer destino.

 

Cruzamos el país a lo ancho en poco más de tres horas de planicies verdes –no hay montañas a la vista-; una señalización impecable nos anuncia la próxima llegada a la cuna del fado, la música tradicional portuguesa.

 

Dicen los que saben, que esta música nostálgica y profunda nació hace siete siglos, cuando los árabes vivían en la colina del Castillo de San Jorge, en Lisboa. Amalia Rodrigues, tal vez la intérprete de fado más famosa que tuvo Portugal en el

siglo XX, aseguraba, contrita, que éste es la expresión del alma portuguesa.


Poetas da minha vida 

Apenas entrada la tarde, estacionamos el auto justo a las puertas del edificio antiguo que nos albergaría, a un par de cuadras de la avenida da Liberdade, calle emblemática que cruza la capital lusitana rumbo al río Tajo, y en la que se

encuentran todas las boutiques de ropa lujosa, algo así como la 5ª neoyorkina, o nuestra avenida Masaryk; una vez el equipaje en el cuarto, averiguamos en un minuto la forma en que operan los parquímetros y decidimos meter el auto a un

estacionamiento durante nuestra estancia en Lisboa que sería de dos días completos, antes de partir al sur, a Lagos.

 

A Lisboa hay que ir siempre con una cámara al hombro, hoy en día casi basta con un teléfono o una tablet con suficiente capacidad de memoria y de pixeles. Así nosotros, con equipo suficiente, nos lanzamos a la avenida da Liberdade, y en

poco más de media hora escaneamos una por una cada tienda de ropa y calzado en las aceras de ambos lados. Entrada la noche, llegamos a un pequeño restaurante al final de la avenida, justo frente al Hard Rock Café, a un costado de

la Praça Restauradores, que es considerada la entrada al centro histórico lisboeta. Lo más destacado, además del vino de la casa y una abundante dotación de sardinas fritas para recuperar fuerzas, es un singular y encantador marmolado de

azulejos por el que caminas a todo lo largo de las aceras, un deleite para la vista que nos acompañará toda la estancia en estas tierras. 


El ayuntamiento de Lisboa lanzó hace unos años la iniciativa de formar el equipo Galería de Arte Urbana (GAU), dedicado exclusivamente a buscar paredes, contactar con sus dueños y convencerlos de que una grafiteada revalorizaría su

propiedad y su ciudad. La iniciativa del Ayuntamiento ha cumplido ya seis años, y la ciudad se ha convertido en la sexta del mundo con más y mejor arte urbano, afirman diversas publicaciones especializadas. 

 

Por la mañana nos aventuramos en el metro para acercarnos a la plaza Don Pedro IV, frente al Teatro Nacional y contemplar la magnitud del elevador de Santa Justa, un ascensor de 45 metros de altura que une los barrios de la Baixa

Pombalina y el Chiado. El ascensor termina en una terraza desde donde se puede disfrutar de una vista panorámica de toda la ciudad.

 

Apenas nos toma unos minutos probar un desayuno en un café tradicional, entre frugal y consistente, un sándwich de salmón, jugo de naranja y café, y nos encaminamos un par de cuadras rumbo a otro rincón anhelado. La famosa librería

Bertrand, conocida por ser la más antigua del mundo. Nos tomamos algo de tiempo para recorrer todas las salas, en una librería de apenas unos seis metros de ancho, pero con un fondo considerable, tal vez unos cuarenta metros, tal vez

más. 

 

Llega un mediodía soleado mientras caminamos hacia la salida de Bertrand. En la entrada, a unos pasos, una carreta de la oficina de información turística reproduce a todo volumen fados tradicionales con una voz desconocida, no es Amalia

Rodrigues. Brenda se acerca y pregunta al hombre que maneja el aparato de sonido, mientras exhibe lujosos libros con fotografías de todo Portugal. Ana Moura, nos confiesa, es una de las intérpretes jóvenes que mejor cantan fado en

estos días.

 

Nuestros pasos son guiados sin darnos cuenta hacia el Café Brasileira, a un par de cuadras de Bertrand, famoso por la asiduidad de Pessoa a tomar ahí su "bica", parecido al café expres. Una figura en bronce de Pessoa sentado en una silla se

encuentra en la entrada, para deleite fotográfico de turistas y más. Optamos por una cerveza local, ligera, para mitigar un poco el calor que ya se siente, no hay que olvidar que estamos a nivel del mar, justo en la desembocadura del río Tajo

hacia el Atlántico; siendo un poco dramáticos, estamos a unos pasos de lo que hace 500 años, reyes, papas y plebeyos pensaban era el fin del mundo.

 

Apenas a unas cuadras del Brasileira se encuentra el Cementerio Dos Prazeres, centro neurálgico de la narración de Tabucchi en Réquiem, donde el narrador va al encuentro con Pessoa. Decidimos no ir al cementerio y sí, en cambio, caminar hacia la costa, a la estación Cais do Sobre, para tomar el "comboio", una especie

de tren ligero limpio, moderno y casi vacío, para visitar el Monasterio de los Jerónimos y la Torre de Belém.


El Monasterio es, junto con la Torre, la visita turística más importante de Lisboa. Diseñado por Diogo de Boitaca en el siglo XVI, se erigió para celebrar el regreso de la India de Vasco de Gama.

 

La Iglesia del Monasterio es totalmente diferente a todas las iglesias conocidas. Su única nave está flanqueada por columnas perfectamente talladas que parecieran no tener fin. Lo más atractivo de la iglesia son las tumbas de Vasco de

Gama, de Luís de Camões y, por supuesto, de Fernando Pessoa.

 

El Claustro del Monasterio es aún más impactante que el de la Catedral de Lisboa. Sus dimensiones y perfección son de una magnificencia inusitada.

 

A unos metros del Monasterio, en la ribera del Tajo, imponente, se levanta la Torre de Belém, uno de los primeros baluartes para artillería de Portugal; en verdad es un espectáculo su mera contemplación. 

 

La grandeza de su construcción, los elaborados y acabados detalles obedecen al momento de esplendor económico que vivió Portugal a raíz de los descubrimientos del nuevo mundo. 

 

Tomamos un refrigerio en la cafetería Pasteis de Belem, donde descubrimos uno de los secretos mejor guardados de Portugal, los pasteles de nata, un panecillo de hojaldre relleno de una crema espesa, espolvoreado en abundante canela que, al combinarse con café, encierran una suculenta experiencia difícil de describir.

 

Hacemos el mismo recorrido de vuelta al centro y al hotel para descansar un rato, tomar un baño y salir de nuevo a tomar una cena ligera, ensaladas y vino para ambos, en una calle escondida, copada por edificios tapizados de azulejos típicos

portugueses.

 

A la mañana siguiente, ya recuperados, compramos fruta y provisiones para comer en el trayecto de tres horas que nos separa de Lagos, en el extremo sur de Portugal, donde estamos invitados a una boda peculiar. 

 

Lagos, cataplana y vinho verde

De nuevo, las carreteras hacia el sur son impecables, de alta velocidad, y nos permiten hacer nuestro viaje sin contratiempos en el tiempo pensado, acaso un poco menos –difícil no acelerar, sin arriesgar el pellejo, claro, con caminos que sólo puedo calificar de excepcionales.

 

Lagos es una pequeña joya de ciudad ubicada en una zona de playas fabulosas, diseñada para descanso y solaz del jet set mundial, que puede llegar en autos de lujo desde cualquier lugar de Europa en poco tiempo, o tomar un avión y aterrizar en pocas horas en el aeropuerto de Faro o bien llegar a bordo de un bote. La marina de Lagos y sus yates de lujo confirman lo dicho.

 

Recalamos en el hotel reservado acalorados, sin apetito luego de bocadillos, botanas y fruta a granel por el camino y, luego de un breve descanso y un baño largo y reponedor, nos lanzamos al coctel nocturno organizado para reunir a los

invitados a la boda del día siguiente.

 

Un pequeño restaurante escondido en el corazón de Lagos, a espaldas de la Igreja de Santa Maria y del Castelo dos Governadores nos reúne con Gina, mexicana, amiga cercana de Brenda, y Stephan, alemán, los novios, así como con otros 20 invitados –será una boda con muy pocos convidados-, para conocernos, beber –no pierdan de vista que él es alemán-, comer, beber, charlar, reír, beber y probar un platillo que nos acompañará el resto de la vida. La Cataplana portuguesa, una

combinación de mariscos y pescados en rodajas, pimientos, cebollas y ajos, cocinados a fuego muy lento en sus jugos y abundante vinho verde, en una cacerola de cobre con tapa, diseñada ex profeso para este fin que, no les quepa

duda alguna, es uno de los mayores placeres culinarios que este cristiano humilde haya probado alguna vez.

 

Luego de incontables botellas de vino, cerveza alemana, espesa y espumosa,mucha plática y cataplanas que iban y venían, ya tarde en la madrugada, volvemos al hotel a descansar para la boda vespertina que nos espera en pocas horas.


En una ceremonia íntima sobre la arena, Gina y Stephan se casan frente al mar arropados por 20 amigos que llegamos de distintas partes del mundo, en una extensa playa muy parecida a las oaxaqueñas, arena blanca, mar abierto, ya es media tarde y aún no ha refrescado. Es tiempo de continuar celebrando, más vino, más cerveza, cena compuesta de múltiples bocadillos y quesos, enmarcados en brindis y baile hasta muy entrada la noche.

 

Oporto, bartolinas y cajas de música

Un titubeo en la señalización carretera, nos permite que la salida a Oporto tome una ruta distinta a la que nos trajo a Lagos. Una ligera desviación nos llevó a la ruta que acompaña al Atlántico y dibuja la costa portuguesa. El cruce de algo menos parecido a una montaña y más cerca de un cerro nos traslada en poco menos de una hora encantadora, bordeada por largas hileras de alcornoques sin corteza, desnudados por la industria vitivinícola para la fabricación de tapones de corcho, a Rogil, un pequeño enclave sin encanto aparente, hasta descubrir una fábrica original de mosaicos portugueses. La escala se prolonga algo más de lo previsto frente al pintoresco abanico de objetos de cerámica vidriada con los colores típicos de la galaxia lusitana, tonos azules, naranjas, amarillos, ocres, hasta rojos incendiados. Un deleite visual, imperdible.

 

Una soda, algo de fruta y de vuelta al camino hasta Cercal, a una hora más de distancia, de nuevo hacia la costa, con otra escala, ahora por café y un ya indispensable pan de nata ahogado en canela en el Café Carambolo, a un costado de la rotonda más visible del pequeño poblado. 

Optamos por no hacer una comida fuerte aún y seguir de frente hasta Sinés; el paisaje es de un verde intenso alternado con más franjas amplias de alcornoques sin corteza. Cada tanto surge a pie de carretera alguna pequeña fábrica de

corchos para vinos, sin duda culpables del despellejamiento de tantos árboles.

 

Sabemos que estamos cerca del mar, nuevamente, por la humedad que nos abrasa. Ana Moura nos acompaña desde la mañana con versos pegajosos y no del todo incomprensibles:

 

Escurece o azul / Está negro o céu… Águas do sul / Nunca assim choveu… Passar a ponte / Noite serrada… Água da fonte, turva enlameada / Rosário triste nas mãos do crente… Deus guarde a sorte da gente.

 

Luego de un juego de curvas aparece Sinés, el segundo puerto más importante de Portugal, nos decidimos por ir directo hasta Oporto, tres o cuatro horas más, confiados de las provisiones del auto, manzanas, bocadillos de jamón y suficiente líquido. No hay que perder de vista que este recorrido es un cruce de todo Portugal de forma vertical. Dejamos atrás Lisboa y nos enfilamos por una autopista de cuatro carriles, donde el vehículo más lento no puede bajar de 120 kilómetros por hora. Ni un solo bachecito, nada, no hay basura, un recorrido impoluto, si cabe el adjetivo, para aterrizar ya de noche en Oporto, cerca del metro Marques, al cuarto de hotel reservado por dos noches.

 

Caemos rendidos apenas pisar la habitación. Temprano subimos al metro para ir directo a la Praça de Comercio. 

 

Apenas rodear la plaza, nos enfilamos hacia el río Duero; entramos a la estación de trenes San Benito, colosal, con un atrio imponente revestido por 20 mil azulejos. En contraesquina, subiendo una calle muy empinada, se encuentra la

Catedral de Porto, en portugués Sé Porto, uno de los más antiguos monumentos de la ciudad, flanqueada por una plazoleta desde la que se observa en toda su magnificencia, la ribera del Duero, a los pies del puente Luis I, entrada al suburbio de Nova Gaia.

 

La ribera del Duero alberga bodegas de las marcas más conocidas del mejor vino generoso del mundo. Ferreiro, Ramos Pinto, Dewars, Quevedo, Sandeman o Calem, son sólo algunas. 

 

Nos decidimos por Quevedo, al escuchar el canto que brota de una ventana en el piso superior. No hay desperdicio, fado en vivo, una botella de tawny de la casa, y un plato de bacalao apenas escalfado, con unas gotas de aceite de oliva y galletas saladas, nos transportan a una realidad alternativa, donde la saudade inunda todo lo que nos rodea.

 

A unos pasos, el Duero se ilumina con los faroles que encienden poco a poco la noche que desciende en este rincón del mundo.

 

Un par de horas transcurren en un instante y nos devuelven, sonrientes y en paz, a la orilla del río; unos pasos nos separan de la otra ladera, cruzamos a pie el puente metálico Luis I, obra del arquitecto Teóphile Seyrig, socio de Gustave Eiffel. 

 

A lo largo de la ribera del Duero, frente a las bodegas de vino de oporto, se encuentran múltiples comercios, restaurantes y cafeterías, ocupando lo que hace siglos fueran las viejas bartolinas del puerto, celdas de castigo que al paso del tiempo se transformaron en lugares propicios para embodegar vino de la zona y, ahora, brindan a la orilla del río un paseo nocturno excepcional.

 

Cae de lleno la noche mientras caminamos en sentido contrario del río, mañana volveremos a estas calles empedradas, grises y misteriosas.

 

La mañana llega y nosotros, cámara al hombro, volvemos al centro de la ciudad, en busca de un par de sitios más, la Universidad de Oporto y la librería Lello, considerada por Enrique Vila Matas como “la más bonita del mundo”, apenas separadas por una plaza arbolada y bien trazada, la Praza de Lisboa. Desayunamos sin prisa a los pies de la Torre de los Clérigos, huevos fritos, café y jugo de naranja.

 

Contemplamos absortos la fachada universitaria, ante la imponente mole de cantera que alberga la mejor institución de educación superior de Portugal, y una de las mejores del mundo, famosa por la investigación científica que en ella se desarrolla. 

 

Cruzamos la calle y entramos ansiosos a Lello, la madera labrada inunda las paredes y contiene miles de ejemplares en perfecto orden. Destaca la espectacular escalera de acceso a la planta superior y las enormes y llamativos vitrales del techo, que llevan el monograma y el lema de la librería: "Decus in Labore", Dios trabajando.

Luego de recorrer los anaqueles y seleccionar algunos tomos, nos sentamos en la pequeñísima cafetería, pedimos cerveza y vinho verde y escogemos libretas y separadores para llevar a casa. Pasa el tiempo sin apenas darnos cuenta.

 

Volvemos a la calle, satisfechos; separada por unos pocos metros nos encontramos con “Fernández, Mattos & Ca. Lda.”, una antigua tienda de objetos coloniales, con múltiples artículos de regalo, de diseño contemporáneo y otros, la mayoría, con toques nostálgicos, una singular experiencia que nos hace pasar un buen rato de añoranza. 

 

Ahí, Brenda, cual niña pequeña, es cautivada y se hace de varias cajas de música encantadoras, de apenas cinco o seis centímetros de diámetro, insertas en adminículos igualmente peculiares. Contentos, caminamos de vuelta al centro, subimos al metro y volvemos al hotel. 

 

La tarde refresca y luego de un baño, nos echamos a dormir. No lejos hay un pequeño supermercado, camino solo hacia él para comprar comida y preparar algo sencillo en nuestro cuarto. Cenamos bocadillos y jugo de naranja mientras descargamos todas las fotos en la computadora y volvemos a iniciar el recorrido por las melancólicas callejas de este bellísimo lugar. 

 

Dicen los que saben que cuando viajas lo haces tres veces, cuando planeas el viaje, cuando lo realizas y cuando lo recuerdas, parece una verdad de Perogrullo, no obstante, el recuerdo es casi tan poderoso como el momento de vivirlo. 

 

Somos seducidos por Morfeo hasta muy entrada la mañana. Hacemos las maletas, voy por el auto al estacionamiento, cargamos maletero y asientos traseros con el cargamento y salimos disparados al siguiente punto en el plan, Santiago de Compostela, de vuelta a España, ahora por el norte, donde nos aguardan Eva y Eduardo, cómplice, él, en la locura de las letras y coautor, conmigo, de una antología de escritores mexicanos y portugueses, culpable de gran parte de este periplo lusitano.