Banquete en el Yar

Juan Camilo Ramírez

El joven estudiante del cuento Chertogon (Exorcismo), del escritor ruso Nikolaj Semënovic, narra la aventura de una noche con su tío Ilyá Fedoséievich, en la que nos describe un festín nocturno en el restaurante francés Yar, concurrido por la aristocracia moscovita y que desemboca en un muy necesario acto de exorcismo del señor Fedoséievich en un convento de mujeres al servicio de Cristo. El cuento es célebre representación de la narrativa fantástica y de terror rusa del siglo XIX, leído y repasado por los amantes de este género y por quienes gustan y se dedican a los estudios literarios; sin embargo, lo que esconde la narrativa comercial y la presentada en los libros expuestos al público, son los hechos no contados por Semënovic ––a quien no pocos expertos en literatura rusa, y gótica, identifican con este joven estudiante que sirve de narrador anónimo–– que tuvieron lugar en la orgía perpetuada aquella noche y por la que fuera necesaria la expulsión del demonio que anidó en el cuerpo del tío Fedoséievich después de los desmanes cometidos en el comedor francés. 

 

He aquí, presentados por primera vez, la profundidad de los hechos no revelados en el banquete del Yar:

 

El afán del señor Stepánovich por entrar al restaurante estaba justificado. Dentro estaba su única hija, invitada personalmente por el anfitrión, el señor Fedoséievich, con motivo de la celebración del decimosexto cumpleaños de la joven. Stepánovich sabía, por ser un viejo amigo del juerguista, sobre los vejámenes y ocurrencias descarriadas, propias sólo de los más excéntricos entre los sociópatas, que tenían lugar dentro del Yar. 

—Pagaré lo que sea, pero por favor —suplicaba el señor Stepánovich, con las lágrimas asomando en sus ojos, provocando el más hondo sentimiento de empatía en el criado que debía negarle la entrada.

 

—Veré qué puedo hacer, señor, pero me expongo, por el solo hecho de presentar su solicitud, a un castigo de parte del señor Fedoséievich. No puedo prometerle nada.

 

Pasando un billete de 100 rublos al criado, el señor Stepánovich, como el padre angustiado que era, suplicó que al menos le fuera permitido hablar con Riabika, el hombre duro de Fedoséievich, pero el criado ya había ingresado al restaurante y no escuchó la última petición del desesperado padre.

 

El interior del Yar era oscuro, había que caminar con cuidado para no tropezar con las sillas y mesas que formaban un pasillo amurallado hacia las entrañas del banquete, de donde provenían las únicas luces que esclarecían el laberinto de utillaje por el que espiaban los ojos de Riabika, el gigante, y sus secuaces.

 

—¡Ey, tú! ¿A dónde vas?

 

—Hay un caballero afuera —titubeó el criado tras reconocer la voz de Riabika—. Pide permiso para ingresar. 

 

—El señor no lo permite. No te expongas a que te haga apalear. Regresa y dile que no puede.

 

—Dice ser el padre de la invitada personal del señor. 

 

Oculto entre las sombras, el criado no pudo ver el rostro del gigante, pero por su silencio tuvo la impresión de que consideraba la racionabilidad de su petición. 

 

—Muy bien, si quieres seguir, vas por tu cuenta, pero seré yo quien te arranque la piel de la espalda si el señor así lo ordena.

 

Dubitativo, el criado estuvo por regresar, pero pensó en el rostro congestionado del padre y siendo consciente de lo que ocurría allí de donde provenía la luz que alcanzaba el pasadizo, envalentonó sus pasos.

  

Alumbrado por las farolas y lámparas colgantes que adornaban el comedor principal, pudo el criado apreciar el momento que transcurría en el banquete. Delante del medio centenar de mesas que agrupaban a hombres de frac y mujeres engalanadas con vestidos de brillantes, que muy poco ocultaban de su piel, sobre la tarima en la que interpretaba un vals la orquesta de gitanos, un grupo de cuatro invitados desnudaba a una muchacha etíope sumida en los efectos del opio o algún otro narcótico. Agradeció el criado que no fuera la invitada personal del señor Fedoséievich, a la que le era fácil reconocer por su belleza y virginal timidez de mirada esquiva. Debió todavía deambular por entre las mujeres que, con una copa de champán entre los dedos, se sentaban como viejas conocidas en las piernas de los caballeros, dejándose manosear las entrepiernas desprovistas de cualquier prenda interior. Llegado a la mesa principal, presidida por el anfitrión al que tanto temía, todavía tuvo el criado un halo de cobardía al ver la mirada de Fedoséievich, tan fría como lo puede ser la de una estatua de mármol, prendida de lo que estaba por suceder sobre el escenario. A su diestra, la hija de Stepánovich observaba también hacia el púlpito con los ojos prendidos en la orquesta, cual si fuese una santa imagen que pudiera salvarla de los ominosos pecados que se arremolinaban a su alrededor. Se le veía tan incómoda como sometida a su destino.   

Monsieur Fedoséievich —dijo el criado, intentando que su voz sonara lo más natural posible—, lamento interrumpirlo.

 

El aludido tardó en desprender sus desorbitados ojos de la orquesta y los dirigió, no sin cierta cólera, hacia quien le estorbaba.

   

—Más vale que sea importante o te haré azotar, ¿qué ocurre?

 

—Afuera está el señor Stepánovich —esto lo dijo casi al oído de Fedoséievich, procurando que la hija no lo oyera—. Insiste en querer entrar. 

 

Aquí Semënovic refiere que el anfitrión del banquete desea despedirlo, pero que el criado regresa con las solicitudes, cada vez más insistentes, de quien por todos los medios pretende entrar, hasta que los invitados, habiendo advertido la situación, sugieren la imposición de una multa, pero no convencido por esta propuesta, Fedoséievich resuelve que Stepánovich ingrese con la condición de que toque el bombo de la orquesta. La historia en realidad fue otra, como se narra a continuación:

 

—¿Tal es su deseo? —preguntó, más bien de manera retórica, Fedoséievich, atusándose el bigote—. Me encanta la idea, ¿sabes? Hazlo seguir, muchacho, que entre, pero con la condición de que sea el primero en probar de las viandas que está por servir la orquesta.

 

El criado inclinó la cabeza, pero más que por cortesía, para ocultar la sensación de repulsa que arrebujó su rostro al pensar en lo que estaba por suceder.

 

—Hazte acompañar de Riabika —gritó Fedoséievich cuando el criado ya se marchaba. 

La atención del gran señor volvió al escenario, no sin antes dedicar una pícara mirada a su joven invitada que, si había escuchado al criado, lo disimulaba de forma perfecta, enterrando los ojos en el púlpito, en donde la chica etíope, ya desnuda, ingresaba a una urna de madera con el tamaño adecuado para que cupiera su cuerpo y pudiera sacar sus extremidades por entre unos agujeros hechos con este fin, tal como si se tratase del sarcófago de un prestidigitador.

 

—En China, los más graves delitos se castigan con la que se ha dado a llamar “La muerte de los cien pedazos” —anunció el jefe de los gitanos—. Esta noche, por petición de su excelencia, el señor Ilyá Fedoséievich, esta bruja etíope será sometida a una variante ideada por nuestro anfitrión y en la que, en vez de ser expuestos los trozos de la ejecutada, estos serán servidos a quienes consigan responder, de manera acertada, a los dilemas planteados por nuestro ilustrísimo convidante.

 

Siguieron los aplausos y antes de que la ingenua invitada del señor Fedoséievich entendiera lo que estaba por suceder, éste la persuadió a que se escondiera bajo la mesa, procurando tapar sus ojos de cervatilla para que no fuesen a ser violentados por las impúdicas escenas que se sucedían a la sombra del mantel. Vio entonces, el obsceno millonario, la entrada impávida de quien alguna vez fue su mejor amigo de juergas y chanzas a prostitutas. 

 

—Stepánovich —lo llamó para que fijase su atención, puesta en ese momento en los esperpentos caligulescos que se sucedían a su alrededor—, amigo, ven acá y toca el bombo para mí.

 

Era esta una expresión, de la que se valió Semënovic para alterar la historia, que entre los camaradas significaba guardar la espalda y ocultar lo que en realidad ocurría, aludiendo a quien hace sonar un estruendoso instrumento con el único propósito de que el ruido se sobreponga a los gritos de una víctima aterrorizada.

 

—Te lo suplico, Ilyá —imploró Stepánovich lanzándose a las rodillas del anfitrión—. Permíteme tomar a mi hija y salir de este lugar. Es todo lo que te pido ahora y te pediré jamás, por nuestra antigua amistad. Juro, ante todos los santos del imperio, que nunca te molestaré con ninguna otra petición, jamás.

 

—No tienes que arrastrarte de esa manera, amigo —con un vistazo a lo bajo de la mesa, Fedoséievich se aseguró de que la doncella allí escondida tuviese sus ojos tapados y no hubiese visto a su padre—. Por supuesto que te dejaré marchar con tu hija, si es lo que deseas, pero antes de que pueda concederte el último deseo que me pides, quiero que seas el primero en probar la vianda que será cortada a la hechicera etíope. 

 

El rostro de Stepánovich se congestionó al oír la única condición y sus ojos casi se desbordaron en llanto, pero dispuesto a pagar el precio que le fuera necesario por liberar a su hija de tan abominable lugar, endureció sus facciones y asintió con los labios prietos.

 

—Que así sea.

 

El gitano anunció a la audiencia que el primer privilegiado sería nada menos que el señor Stepánovich, viejo camarada del patrocinador del evento. Seguido de un chillido de dolor, apenas audible por los efectos del narcótico que había ingerido, el gitano aserró el pie de la joven encajonada. Como dicta la ciencia china, el muñón fue cauterizado de inmediato para prevenir que la ejecución terminara con un simple desangramiento de la víctima. 

—Adelante, come —señaló Fedoséievich cuando del escenario bajó, servido en escudilla de plata, el pie amputado de la hechicera.

 

Semënovic no lo dice en el texto original, pero es de asumir que Stepánovich ya había antes practicado la antropofagia porque relata que no le fue necesario un gran esfuerzo para tragar el primer bocado.

 

—¿Es suficiente?

 

—No. Uno más.

 

Volvió a comer, revolviendo el tenedor dorado entre los músculos y tendones que emergían de la parte superior de la amputación. Los cubiertos, manchados en sangre, llevaron el segundo trozo de carne, aún tibia, a la boca de Stepánovich, tiñendo sus gruesos labios y espesos bigotes de carmesí.

 

—He cumplido.

 

—Excelente.

 

La audiencia aplaudió.

 

—Pero antes de que te vayas, querido amigo, me gustaría que contestaras una única pregunta.

 

—¿Qué será?

 

—¿Cómo piensas llevarte a casa a tu hija coja?

Stepánovich tardó unos segundos en asimilar lo que acababa de oír. Cuando lo hizo, la lividez de su rostro y los pómulos caídos exacerbaron la risa de Fedoséievich y de quienes lo observaban.

 

—¡Mientes! Mi hija es tan blanca como un amanecer invernal de San Petersburgo y este… trozo, es más negro que el ébano.

 

—¿Y si te dijera que hemos teñido su piel, sólo para este momento? 

 

Aunque el lector pueda apreciar la poca racionabilidad que cimentaba el argumento de Fedoséievich, debe comprender que el padre no gozaba, en ese momento, del privilegio de una consciencia lúcida, capaz de hallar el error en la broma macabra que jugaba Ilyá a su viejo camarada, por lo que lo creyó.

 

—¡Demonio! —gritó Stepánovich, al que cuatro sujetos debieron agarrar, incluido el fortachón de Riabika, para que no alcanzara con sus manos enrojecidas el cuello de Fedoséievich.

 

Llegado a esta parte, el texto describe los improperios que sólo la más absoluta ira de un padre que cree haber probado un pedazo de la carne de su hija, puede acometer contra el propiciador de tan espeluznante juego. Es también, según relata Semënovic, el momento en que se conjugan las maldiciones de Stepánovich con el rápido momento de lucidez de la bruja etíope, que se descubre amputada de un pie, estallando en ella también la cólera, y en conjunto se propicia la invocación del demonio.

 

Surgió, de entre una oscuridad espesa que nadie pudo jamás llegar a describir con lucidez, una criatura de aspecto tan terrible, que pobló hasta el final de sus días las pesadillas de los desdichados que la vieron: mitad insectoide, a parte humano, tenía esta abominación la cabeza de un hombre cuyo rostro estuviese formado por una única boca gigantesca, abarrotada con un centenar de agudos colmillos, que gritaba con la violencia de un alienado. Expulsado del plano sombrío del que provenía, voló por el comedor hasta encontrar a un Fedoséievich que intentaba esconderse tras la hija de Stepánovich, a la que había obligado a salir de su escondite con la esperanza de que aplacara a su padre. Fue en vano, el esperpento se introdujo por la boca y las fosas nasales del anfitrión mientras los presentes se atropellaban, en desconcertada vorágine, intentando abandonar el Yar. 

 

En su presentación al público, se refiere que Fedoséievich consigue ser exorcizado y expulsa el demonio que lo ha poseído, pero en su original, Semënovic es fiel a lo que en realidad ocurrió y cómo, en vez de un convento, su tío termina la historia encerrado en un manicomio, padeciendo tormentos tan violentos que, presume el autor, una noche fue asesinado, para su paz y la de los residentes del lugar, por un grupo de guardias.

 

Como podrá suponer el lector, esta versión escandalizó a quienes tuvieron la oportunidad de conocer el relato original y, aunque Semënovic insistió en que él mismo necesitaba, a través de la publicación del relato, exorcizar sus propios demonios después de haber sido partícipe, aunque fuera en su mera presencialidad, de tan abyectos sucesos, terminó por ser convencido de que bastaba, para su propósito, que hubiese sido leído sólo por sus editores. No había necesidad, le advirtieron, de que nadie más supiese de los verdaderos hechos acaecidos esa noche en el banquete del Yar.