Blue skies from pain...

Álvaro Cristóbal Díaz Álvarez

Mis películas favoritas son en las que el protagonista muere. Entre más absurda, dolorosa o antiheroica sea la muerte, mejor, y si es posible, que quede horriblemente marcado por la desgracia, la vergüenza o las consecuencias de sus actos.

 

Lo que nos une con los otros es, ante todo, el dolor. Cuanto más parecido el del otro al nuestro, más profundamente nos reconocemos. El verdadero espejo del alma es la exhibición doliente de aquellos a quienes nos sentimos más afines. En toda historia digna de ser contada, el sufrimiento debería ser el pilar central, pues a través de él nos identificamos.  Por ejemplo, cuando Michael Corleone se refugia en Sicilia después de haber vengado a su padre, se encuentra con una vida ajena. Es él pero en otra historia, la de alguien más. Se enamora de Apolonia y, completamente entregado a la fantasía, se casa con ella. Pero si algo es verdad, es que el pasado siempre nos alcanza y deja caer el peso de su despiadada mano sobre nuestros sueños más elevados. Así, Apolonia es asesinada por error en un instante, indignamente, sin la virtud mínima de ser un cadáver hermoso, en la representación más cruda de la fugacidad que entrañan los tiempos felices inmersos en la constante del sufrimiento. En palabras más bellas: "Es tan corto el amor y es tan largo el olvido."

 

Van Gogh enloqueció pintando sin conocer el amor o la gloria, que rara vez se parecen, diga lo que diga Hollywood; vomitado por el olvido contra su voluntad. Hoy se pinta La noche estrellada en cada esquina de las urbes cubiertas con la nata de smog y se venden cuadros millonarios del torturado genio que se cercenó la oreja por su amada.

 

El casi insoportable sufrimiento al que está unido nuestro existir no es una coincidencia. El dictum es claro en cuanto a que si algo puede salir mal va a salir peor y que, en el mejor de los casos, somos el gato de Schrodinger, inevitablemente muertos. Me gusta pensar en mí como el mismo Schrodinger, pues sólo una persona con un pesimismo impecable o el más ácido sentido del humor, puede plantearse tan alentadora paradoja. 

 

El caso es que, aun sabiendo que el amor está ahí, en el mundo, la historia lo va a atar al sacrificio y a la prueba. Oscar Wilde perdió todo, salvo la eternidad, por quedarse con el hombre al que amaba. Ningún relato puede carecer del sacrificio, porque nadie en la realidad está exento de éste. Algunos sacrifican sus vidas por las de otros, otros sacrifican vidas ajenas por las propias, algunos dejan lo que aman por lo que desean y otros más renuncian al deseo por amor. “Did you exchange a walk on part in a war for a lead roll in a cage?”. La renuncia es la peor de las mutilaciones porque nunca se parece al sacrificio del "rey de los judíos". Normalmente es dolorosa, interesada y casi nunca conduce al bien mayor.

 

Pero es justo ahí donde reside el placer del sufrimiento. Cuando finalmente has renunciado a la búsqueda del sentido y te liberas de la insoportable carga de querer hallar la felicidad a toda costa, puedes entregarte al vacío, abrazar el absurdo y deslizarte en espiral hacia la locura. Entregado al placer superficial y decidido a sufrir lo indecible, empiezas a vivir bajo tus propios términos. Ni siquiera tendrías que ser capaz de gestionar tus emociones o de aprender de ellas para ser mejor, porque no hay punto alguno, no hay meta, la única verdad es el dolor y lo disfrutaremos mientras la existencia nos lo exija.

 

En el desgarrador penúltimo capítulo de la serie Bojack Horseman, el protagonista tiene un sueño de lo que parece ser el último estirón de su conciencia, donde reflexiona en la mesa con Sarah Lynn –quien murió por su negligencia–, su padre –que al mismo tiempo es su celebridad idolatrada–, el mejor amigo –al que traicionó– y su madre –quien siempre lo vio como un lastre–, sobre el sinsentido que es aquello que parece verosímil mientras estamos vivos. En un show de talento, uno a uno terminan su número saliendo por la puerta del escenario hacia la oscuridad y Bojack, incrédulo, no puede aceptar que eso sea todo, que ese sea el final, que no haya nada después y que el final sea absurdo. Bojack también dice, frente al ataúd de su madre: “Nunca tendrás un final feliz, porque siempre hay más show… hasta que ya no lo hay.” En el capítulo final, le dice a Diane: “La vida es una perra y después te mueres”, a lo que Diane responde: “A veces. A veces la vida es una perra y sigues vivo.” Por ello la representación de la tragedia y el dolor es indispensable en toda narrativa, porque se parece a la vida y la vida, sin importar cómo termine, no tiene final feliz.