Cerrar la casa

Omar González Garcia
Para Gisela Kozak Rovero

No hay tarea más ingrata que cerrar la casa por última vez. Bajar el control de la luz, pasar el cerrojo, ajustar el candado, sacar la mano de la reja y dejar la llave en otras manos: un nuevo dueño, un nuevo inquilino, un administrador; ese otro que ya no serás tú.

 

Has liquidado la cuenta del gas, de la luz, del agua, del servicio telefónico y de internet; el sistema de cable que te proveía de imágenes cuando llegabas al silencio de esa casa vacía, inerme ante su tamaño; ante la pared de soledades que se te venía encima cuando entrabas; ante el techo cuajado de telarañas en las esquinas mohosas. 

 

La fuiste cerrando de a poco y no te diste cuenta hasta el día en que ya no hubo gas en las hornillas de la estufa porque habías vendido también las bombonas de 20 litros. Debiste correr a un supermercado por un horno de microondas para calentar un poco de agua y hacerte un café; para calentar una sopa, descongelar un pescado, preparar el arroz.

 

Sin darte cuenta, debiste empezar a vender tus libros por kilo; a malbaratar tus enciclopedias, empeñar tu reloj, los cubiertos de plata; el minicomponente que reproducía los discos compactos. Sí, esos que también vendiste para pagar enfermeras, comprar pañales y cubrecamas para la enfermedad de tu madre; además de barbijos y guantes de látex para las cuidadoras.

 

Para comprar cigarrillos, tomar un café en el bar de la vuelta; un pan de dulce para cenar o conseguir un poco de comida. Para subirte al colectivo e ir a trabajar, por horas, a destajo, por migajas, por nada, ¿recuerdas?

 

Tu casa, la casa, esa casa, la que fuiste cerrando de a poco y al hacerlo, fuiste también perdiéndolo todo: vida, voz, esperanza, deseos, trabajo; fuiste quedándote solo. Maldita y terriblemente solo, como esa casa que ahora cierras, que recorres entre sombras, apoyado en las paredes, como un ciego que busca ésa, su otra soledad, la que no encuentra, la que no ve.

 

Una casa, ya sin ruidos, sin voces, sin música, sin discos, sin presencias ni compañías; una casa de corredores vacíos, de paredes descascaradas; de vidrios rotos, mosaicos salidos, puertas caídas, cañerías malolientes, colillas arrojadas al piso con impensable descuido. 

 

Una casa muerta, como tú ahora que escribes; como tu madre muerta, como tu padre muerto, como tu hermano muerto, como tus abuelos muertos todos muertos en esa casa muerta donde la vida no florece más.

 

Una casa de balcones cerrados y madreselvas marchitas; una casa de espejos sin reflejo, mudos testigos de la grandeza perdida. 

 

Eso cerraste, esa casa. Pero alguna vez, ahí hubo vida, sol, fuego, fiesta, niños corriendo; pianos que sembraban en el aire sonatas, polonesas, estudios revolucionarios, boleros, tangos, valses, chaconas, pasillos, arias de ópera, fragmentos de zarzuelas, operetas.

 

Pero todo eso ya no existe; o existe sólo en la banda sonora cada vez más lejana de tu vida, ¿tu vida? ¿De verdad esto es vida? ¿No sería mejor apagar la luz, echar llave, poner el candado, salir a la vereda,  pegarse un tiro en la sien y manchar la calle, la camisa y el saco con tu sangre vieja?; ¿dejar que un vago te arrebate el pisacorbata bañado en sangre?  

 

Cierro la casa y pienso todo eso; la casa vacía, mi madre, mi padre,  mi hermano, los abuelos, los gatos, los canarios, los perros; todos muertos y detenidos sus recuerdos en el tiempo preciso y asfixiante en que abro la puerta, entro a la casa, la muestro, la pondero, la elogio y logro fijar una fecha para ir al notario, firmar la venta, cobrar la mucha plata en que logro venderla y largarme ya, por fin, lejos, no entrar ya nunca más a esta ni a ninguna casa; vivir en hoteles, donde nadie me conozca, en la habitación 2222 de un psiquiátrico donde nadie sepa de mí ni yo de nadie y esta maldita asfixia, esta banda sonora de desdichas, no suene más. Y para eso, lo único que hay que hacer es cerrar la casa. Pero no sé cómo volver a ella ni salir de este laberinto de paredes acolchadas.