Cf. Hipócrates

(Confróntese Hipócrates)

​Oscar Pérez Canjura

Murió un enero de hace dos o tres años, todo a su alrededor estaba limpio y ordenado, pero su cuerpo y su alcoba hedían a días. Murió en cama, me contó su madre. Tenía desconectado el internet y el teléfono; y nadie lo supo sino una semana después, cuando su tío fue a su casa para usar la lavadora, y lo encontró dormido, dormido por varios días.

 

Yo lo supe apenas hoy, por el medio día. Estaba a unos pasos del metro Hidalgo, donde me abordó una señora de edad avanzada. Yo jugaba al ajedrez con blancas en las mesas de un extremo de la Alameda, rentadas las piezas a cinco pesos por partida. Creo que abrí aquella reta fortuita con mi peón de dama, y me estaban respondiendo con una India de Rey Antigua para cuando, de pronto, la señora tocó mi omóplato como si una puerta, diciéndome: Usted es Omar, le dije que no, pero insistió. Sí, claro que sí, usted es Omar Cangura.

 

Supe entonces que se trataba de mí, pero con otro nombre, pues como Oscar, siempre me han confundido, llamándome César, Carlos u Omar; y eso de Cangura bien oído lo tenía de antes. Bueno, sí, señora, soy yo. Aquí corregí mi nombre, mencionando lo anterior, pero a ella no le pareció importante, o algo le importaba más, pues me dijo: En usted pensé desde el día que supe que mi hijo había muerto. 
 

Yo exclamé un “Ah, caray” desentonado, ya que aquello se escuchaba mórbido. ¿Y por qué ha pensado usted en mí después de eso?... que, por cierto, lamento. Y aquella señora de voz crepitante me respondió muy quedito, Porque mi hijo le quiso mucho. ¿A mí? A usted, Omar, a usted.

 

Soslayé lo del nombre, pues peor estaba yo, que ni siquiera recordaba quién era su hijo. Se me complicaba develar la imagen del hijo a través de la madre. Ella usaba un floreado sombrero para el sol y gafas oscuras, y con el cubrebocas, no la distinguía… no se parecía a ninguna de las madres de mis conocidos. Traté de recordar, mas no, ni la recordaba a ella ni a su hijo… 

 

Desde luego que había interrumpido la partida y me había retirado de la mesa para entonces; de cualquier manera, me estaban moliendo sin mis alfiles. Y casi a las puertas del museo del Sapo Rivera compré unos Kleenex, que le ofrecí a la señora. Allí, sin más salidas, en medio de un silencio difícil, no me quedó sino preguntarle: su hijo, ¿cómo se llamaba?, Hipócrates Bastión Saldaña, mencionó en un suspiro.

 

Pero no atiné a saber quién era. Ese nombre no me refería a ningún íntimo, ¿y si lo había conocido en redes sociales? ¡Ese Facebook ha vuelto todo líquido! Entonces lamenté tener amigos que no conocía. Cómo decirle a la señora, Señora, qué vergüenza, pero… ¿Hipócrates Bastión?, ¿nos conocimos en la facultad, o en los cursos de verano de Ojo de Agua, allá por el 2000? Mi hijo no estudió, él hacía y componía cosas de la casa, y de las casas de todos, era electricista, y yo creo que por el 2000 tendría unos 40 años, no iba a estar yendo a cursos de verano, ni qué esperanzas, sin embargo, ¿cómo no se acuerda de mi hijo?, si él le quiso tanto, casi usted me ofende. Ah, no, discúlpeme, soy terriblemente despistado, pero si ayudara a ubicarme… Y ella tuvo la bondad de explicar, Se conocieron en el café La Usura, por metro Popotla, en una tertulia hace como cinco años, Hipócrates iba seguido a esas reuniones, casi casi que las organizaba él mismo, por ser amigo del barista, don Fermín.  

 

Yo apenas comenzaba a carburar la memoria, pero la señora continuaba muy determinada su explicación. Me acuerdo rebién, me dijo, que cuando se conocieron yo andaba aquí en la ciudad, había venido al velorio de mi prima y me quedé en casa de mi hijo, uno de esos días fue que acudiste a la tertulia e Hipócrates regresó emocionado; siempre le gustó enseñarme las fotografías que tomaba con su celular, y me contaba de las personas que conocía, a ti te recuerdo por tu curioso bigote y tus ojos de gotita triste, de cachorrito dormido; yo tengo buena memoria para los rostros, de veras que sí, si me fijé bien en ti antes de molestarte, no creas que no, mi hijo Hipócrates sabía que a mí no se me olvidan las caras de la gente, por más que se parezcan, ni los nombres, no, tampoco se me olvidan los nombres de las personas, créeme, Omar, me acuerdo rebién de ti, y de lo que Hipócrates me contó sobre ti, me acuerdo que me dijo claramente, Este chaparrito se llama Omar Cangura y si quisiera me podría ayudar.

 

Quizá mi rostro estaba compungido de sorpresa, pero yo escuchaba atento a la señora, que no había terminado, y me seguía diciendo, Si yo me acuerdo bien de mis pláticas con mi hijo, ¿cómo no?, a esa tertulia fuiste con otro muchacho, los invitó Gerardo Estrado, el caricaturista que perdió una mano y aprendió a dibujar con la otra; así es, hasta de esas cosas me acuerdo, para que veas, Omar, para que veas que yo siempre le ponía mucha atención a Hipócrates.

La señora, luego supe, se llamaba Gracia Graciela, metió entonces su mano a su bolso y escarbó entre pañuelos, gel antibacterial, barnices, peines y aretes, y sacó un celular sin ningún desperfecto. A su manera, desbloqueó el aparato y buscó por todos los modos su galería, luego rebuscó entre sus fotografías, hasta que finalmente me mostró una en la que realmente estaba yo sonriendo casi con los ojos cerrados, viendo por la ventana. 

La señora Gracia casi puso el móvil en mi cara, y haciendo zoom en cada una de las personas retratadas, dijo enfática, Mi hijo me mostró esta mismita fotografía que tomó Gerardo Estrado, mírala bien, aquí está el arquitecto, ya lo conociste, y Francisco, Luis, Ramocita y su hija, ese es el Chompipe Frank, ese último es don Fermín. Y me dijo, como demostrándome que era verdad toda su historia, Aquí está el amigo que te acompañó, este joven más grande, ¿cuál es su nombre? Se llama Jesús Oro, ¿Oropeza? No, aseveré, se apellida Oro. ¡Qué curioso!, exclamó, y finalmente hizo zoom sobre mí. Mi rostro estaba cómicamente pixeleado, pero esa fotografía era toda la evidencia que Gracia Graciela necesitaba para demostrarme que yo había conocido a su hijo, así que, finalmente, me interpeló.  Dime, este muchacho, ¿no eres tú, Omar Cangura? 

 

Por tercera vez le comenté algo sobre mi nombre, pero acepté que era yo, y que estaba probado que sí había conocido a Hipócrates Bastión, por lo menos un día. Ella me dio el teléfono y ahora fui yo quien hizo zoom sobre aquel personaje de cabello chino, pero con la frente unida a la mitad de la mollera calva, tenía la nariz olmeca y los labios de cupido, ese era Hipócrates. Habiendo visto la fotografía, me acordé de otras tantas cosas de La Usura, como de su croissant con pepperoni plástico y su capuccino aguado, mas, ¿cómo pude olvidar que conocí a un Hipócrates?

 

Gracia Graciela lloró algunas lágrimas, y me dijo, Da igual, Omar, mi hijo murió hace casi tres años; y todo este tiempo me ha estado pesando mucho un encargo que Hipócrates me dejó en vida y que no he podido hacer, y quiero pedirte que me ayudes, Omar, por lo que más quieras, para sentirme tranquila. Entonces brotó de mí una espontánea frase mexicana. Señora, soy su servidor, para lo que pueda ayudarle, mientras pueda... 

 

Gracia Graciela entonces me invitó a comer. No mentiré, se lo agradecí con el corazón, por ser tiempos de vacas flacas. Caminamos toda la alameda y le tomamos la espalda a Bellas Artes, rumbo al Blanquita, cruzamos Eje central hasta la Conchita, y por allí, en un edificio en el que orinaba en la pared de afuera, casi escribiendo su nombre, un trasnochado, la señora me hizo pasar. Por dentro se sentían acogedores los pasillos, aunque sombríos hasta llegar al cubo de luz. El olor a orín de gato en tierra de maceta era envolvente. Era uno de esos edificios con acabados art decó, y según me lo imaginé, por sus filos curveados, parecía un iglú.

 

El departamento en el que vivía Hipócrates, y en el que ahora vivía su madre, que se regresó de Guanajuato, resultó ser de las últimos, de los de más atrás; era amplio, como una casa de dos pisos, tenía un patio trasero con ladrillos blancos, en el que crecían flores rojas y alcanfores como enredaderas.

 

La señora Gracia tenía todo sobre la estufa, casi que recién hecho, y sirvió los guisados, las tortillitas y el agua. Agradecí la rica comida repitiendo plato, devorando los frijoles y los nopales con pasilla. Cuando me ofrecí a hacer el café, casi hago un corto circuito con la resistencia de la tetera eléctrica. Pero librado ese pequeño, aunque grande peligro propio de nuestra civilización, nos hicimos dos cafés solubles. Así, en la tranquila y lograda sobremesa, frente a un paquete de Surtido Rico, me enteré esa tarde, después de que Gracia me mostrara otra fotografía, que aquel señor sin un dedo, que me retó al ajedrez, aunque no llegamos a jugar, hace tantos años; y que me retó después a hacer un acróstico en inglés con la palabra Smoothie, en la única vez que fui a la cafetería La Usara, por acompañar a mi amigo Chucho, el Portugués, a una tertulia de Babel, era un poeta inédito.

 

¿No le sorprende?, preguntó Gracia. ¿Me sorprendió que su hijo hiciera versos? Sí, desde luego que me dio gusto. Parecía constatarse que multitudes de poesías existen inéditas en cada rincón inspirado, en cada habitación posmoderna. Sin hablar de los versos que se exhalan y se escapaban de la tinta. ¡Hay generaciones, inéditas generaciones! La mentalidad es metafórica por naturaleza. ¡Casi todos los corazones cantan; aunque pocos se publiquen! Y aunque haya mucho publicado, es poco comparado con lo no propalado, toda la poesía guardada… Sin embargo, en aquel momento, creo que simplemente dije: Se nos adelantó el trovador. Nada más, y mordí una galleta, pero creo que por primera vez desde que supe de la notica, guardé silencio por Hipócrates Bastión Saldaña.

 

De pronto sentí escalofríos; cuando me dijo que fuera tan amable de ir al cuarto de su hijo a leer sus poemas. Supongo que siempre me ha pasado al revés que a los filósofos, mientras más leo, más crédulo me vuelvo, por algo escribo cuentos. Sentía, al ir acercándome a la alcoba, el comienzo de un rito solemne. Me concebía el objeto de estudio de un antropólogo inquieto ante las primeras tumbas. Ese respeto y esa conciencia por la pérdida y la vida se mezclaban con la vainilla de la galleta que seguía masticando, pausadamente. Pensé en las cámaras de los faraones, en rollos escondidos, en secretos llevados a la tumba… como esos poemas. Pensaba en epitafios, en testamentos y en el papel y la tinta como la única máquina del tiempo posible. Evoqué a Dante y a Kakfa; por el poeta ido a otras esferas y por el de la obra póstuma e inédita. Pensaba en la palabra como vida, y en la lectura como resurrección… y casi a un mismo tiempo me dio miedo la muerte y ánimo la vida. 

 

La verdad es que no conocía la poesía de Hipócrates Bastión, y no sabía todavía dónde había dejado su alma; en qué imágenes, en qué éxtasis, en qué revelaciones. Yo me sentía campanudo en mi tarea de lector. No me asustaba si Hipócrates estaba por allí, yo respetaba sus letras. Gracia Graciela y yo íbamos subíamos las escaleras de caracol, la luz era como la de las dos de la tarde; el ambiente tenía, normalmente, lo suyo de eterno.

 

¿Por qué se acostumbra a dejar el cuarto de un difunto con un orden de museo? No lo sé, pero así era, y era tétrico. Para el caso fue valioso, aquello era un archivo vivo… Libros y papeles; tantos libros como los de las bibliotecas y tantos papeles como los de las oficinas. Cuadernos, sobres, libretas de todos tamaños, tickets escritos al reverso, libros anotados y con fichas apuntadas intercaladas entre las páginas. Revueltos entre todo, cientos o miles de versos, en la peor letra del mundo... casi todo era ilegible a la primera y aún a la segunda vista; de la letra cuneiforme a la de Hipócrates no parecía haber pasado ni un día. Entonces Gracia Graciela develó uno de tantos misterios, aclaró. Por eso le simpatizaste tú a mi hijo Hipócrates, decía que sabías paleografía. 

 

En efecto, y con esfuerzo, la letra podía leerse, por más que pareciera en ciertos casos haber palabras insalvables. Su madre, pude ver, también entendía su letra, pero me dijo, sin desenfado, que ella no había leído nunca todos los poemas de su hijo, ni la mitad, y que para ser sincera, ni sabía cuántos tenía o de qué trataban, cuáles servían y cuáles no. ¿Era muy sensata o pesimista? Me dijo que desde joven lo veía escribir, pero que no sabía si era para esto o para aquello, y que le llegó a leer algunos sobre la naturaleza y de cómo las cosas se parecen a las cosas, pero que hacía mucho tiempo que dejaron de vivir juntos y se hablaban seguido por teléfono, mas él ya nunca le leía nada de lo que escribía, como por un tratado implícito. La poesía era para él un diálogo interno, no un discurso. Gracia me decía que le dolía Hipócrates y que rehuía lo que se lo recordara, para decir verdad. Pero tomó entre sus manos una hoja que estaba en el escritorio, y dijo:, Estos sí los he leído, y los recuerdo.

 

Me extendió una hoja muy rígida, tamaño oficio, de dibujo profesional. Era, según recuerdo me dijo Gracia, la última hoja que había tocado Hipócrates Bastión; y hasta donde yo pude deducir, lo último que había escrito. Fue precisamente así que los últimos poemas que escribió fueron los primeros poemas que yo le leí. 

 

Eran como cuatro islas de tinta sobre el papel rígido. La letra, en ese caso, muy pequeña y cuidada, ligeramente cursiva, aunque presurosa. Los versos tenían enmendaduras menores; a simple vista, lucían como borradores originales. Son los siguientes. 

 

El primero versaba: 

           Así era yo, 

                 como esos gatos arrogantes

           y como esos otros que temen y huyen;

           esas, las azoteas de mi niñez salvaje. 

 

El más corto:

 

          ¿Cómo llegó el placer del placer

                 a convertirse en mi único placer?

Uno con tinta azul:

 

               Un hombre que construye

               el amor como un edificio,

               la paz como un libro,

               la amistad como un trigal;

               tendrá ruinas, enemistad y soledad. 

               La cabeza no da fruto al corazón

               que prepara su muerte como un viaje

               y su vida la lleva como una estancia,

               que considera el valor relativo 

               de las cosas

               y el absoluto de la vida.

 

El poema más extenso de la hoja, incluso escrito en el reverso, me desgarró y me hizo sentir pesar por Hipócrates Bastión. Poema escrito, como dicen, con sangre. No en balde fue de los últimos de su vida, lo que me produjo una sensación de vértigo, ¿por qué alguien escogería estas palabras al acabar con sus días?

 

               Nunca me había sentido 

                 tan débil,

               tan vulnerable,

                 nunca el miedo

               de perderlo todo

               me había partido

               así la respiración;

 

               Oh, amor, 

                me has vulnerado,

                         ¿qué soy ya

               cuando me he entregado?

 

               ¡Amar corazón en mano,

               sacrificio absurdo!

               ¡Darlo todo es un error!

               ¡Pero dichosos los que aciertan!

               ¡Cuan brutamente es suicida el amar sin medida!

 

               ¡Nadie cuidará tu corazón

               y de eso se trata este juego!

               ¡Todo amor es juego! ¡Ríete 

               porque todos se ríen!

               Porque todos saben cómo es el amor realmente…

               sólo los ilusos creen que es el amor

                                                lo que a uno conviene.

               Traga las verdades de la contemporaneidad 

                y hazte feliz, porque está bien que siempre pase.

               ¡Nadie es suficiente nunca!

               ¡Todos son mejores siempre,

               no hay imprescindibles!

               Los corazones cada vez son más valiosos

               como para hacer promesas.

 

               Se dice: hay que amar

               sin esperar nada, 

               y yo agrego,

               que al que ama,

               bueno no le espera nada.

               ¡Canta, oh, corazón, tus llagas,

               hechas desde dentro!

               Tu propio cuchillo te parte.

               Y advierta tu desconsuelo:

               ¡Inútil poner en el amor la vida! 

 

¿Qué se hace, me preguntó Gracia Graciela, con los poemas que te incomodan, poemas que te hacen dudar, cierta poesía de quejidos, adivinanzas de la realidad? Los relees, creo haber respondido, y releyendo estaba cuando Gracia Graciela, a la que entonces noté ya muy mayor, me preguntó sí yo creía que pudieran publicarse. Y mi respuesta fue mesurada, Doñita, de publicar libros de poesías yo sé menos que usted, No quiero, sin embargo, me pidió Gracia Graciela, que se publiquen sus poemas tristes antes que sus poesías de lo bella que se le hacía la vida.  

 

Gracia Graciela insistió, Omar, por favor no publiques primero los poemas de su muerte… Ha de ser porque soy su madre, pero no me gusta leer que Hipócrates sufriera; la primera vez que leí esa hoja, me dieron ganas de rehacer su poema y sopesar mucho mejor cada sentencia, ¿no te parece, me preguntó con voz trémula, que el último verso agravia al amor tajantemente? Es un desamor, respondí, como un luto. Pero Gracia Graciela aseguró no converger tan fácilmente con poner al amor en el desamor ni a llamar amor a lo que amor no reflejara, ¿qué amor podría volverse desamor?, ¡el amor sea siempre amor para que el amor sea!; acaso quiero estar enferma de esperanza, concluyó diciendo Gracia, pero, para mí, el amor no querría escribir un poema así.

 

Pero, ¿y si el poema de Hipócrates decía verdades? Habría que ver, gajo por gajo. ¿Qué pensaba Hipócrates en realidad del amor, más allá de esos versos? Y al recordar que fueron sus últimos versos, inquirí lo peor, ¿Y es que, entonces, se suicidó? Su tío me diría que se dejó morir, pero Gracia Graciela se empeñaba en creer que había sido un infarto, y no decía más, sino que cambiaba el tema de conversación con su sonrisa.

 

Gracia Graciela se mostraba, en todo lo demás, muy accesible. Para el momento ya estaba preparando un chocolate, luego que salimos al encuentro del triciclo del panadero por unos rollitos rellenos de mermelada de piña, y me decía que no estaba segura si Hipócrates estaba enamorado realmente o si escribía esos poemas como quien escribe un drama. 

 

En ese momento miré por el ventanal, y allí estaban los gatos del poema, los soberbios y los nerviosos. Acercándome al cristal, pude alzar la mirada, y contemplé las azoteas. Le pregunté a Gracia Graciela si habían vivido siempre en esa casa y si Hipócrates solía subirse a esas azoteas. Ella me dijo que sí, que desde que ella se casó con su difunto Apolinar, compraron ese departamento, y que Hipócrates siempre se subió a todos lados, y más por la pubertad, durante que fue un vago travieso, que se trepaba por los arcos y se iba a los techos de los edificios vecinos de chismoso molestón, y se subía también en una higuera, que ya no tenían, y de la que se había caído varías veces, una de esas veces se desmayó. A mi tercera pregunta, Gracia respondió que sí, que los vecinos de junto siempre que siempre habían tenido gatos.

 

Si los gatos y las azoteas del primer poema existen, le propuse a Gracia Graciela, así como la referida experiencia de la niñez salvaje en las azoteas, dichos como verdades a través de las palabras, ¿por qué mentiría el otro poema? Y Gracia Graciela dijo algo muy fuerte, dijo: La realidad es fácil no falsearla, describiendo con cuidado las cosas y las acciones, pero las emociones propias falsean muchas veces la realidad, volviéndose pensamientos ilusos, por ejemplo, complejos de amargura; te aseguro, Omar, que el desamor no es sino un complejo de amargura, concluyó confiadamente. Señora Gracia… dije yo, me atrevo a creer que su desamor es desamor verdadero… ¿Desamor verdadero?, me interrumpió, haciéndome reflexionar en mis palabras. Al menos, continué, es desamor de poeta… ¿Por qué insistes en nombrar al amor en lo que es amargura?, me dijo en seco; agregó: Yo hubiera querido que mi hijo escribiera poemas de perdón y ventura, de amor fulgente, y que fuera el desamor, acaso, amar a quien no está, a quien se ha ido, a quien no quiere tu amor, pero el desamor, por amor, debería no decir nada. 


 

Platónica, Gracia Graciela sugería que amar sin ser amado era el único desamor posible. Su argumento radicaba en que el amor no reclamaba. Pero hay momentos, ¿no le parece?, en que uno quisiera quitarse el corazón y dejar de sentir un poco el dolor, ¿no le ha pasado? Pero Gracia Graciela estaba recia en que, sin amar, no se puede desamar, y quien desama, en tanto ama, trata de no reclamar, pues el desamor buscaría acabar en paz; donde no se ama vendrá la amargura que acaba en reclamos y despecho, de eso que están llenas las canciones insoportables de ahora y de siempre.

 

Y se hizo un silencio, hasta que Gracia Graciela me preguntó: ¿Qué quisieras creer, Omar?, ¿que el desamor sano es imposible?, ¿no crees mucho en el amor?, ¿quieres creer al verosímil invento de los poetas? Yo sentí un vahído intenso al imaginar que podía tener la vida del amor en unas cuantas palabras... sentí mi respuesta una sentencia; y creí imposible que alguien lo supiera bien a bien, pero terminé diciendo: El amor existe. Y Gracia Graciela me replicó. Eso no fue lo que te pregunté, Omar. 

 

Todo ese meollo ocioso hizo que naciera en mí el interés de atisbar de dónde provenía la inspiración de Hipócrates Bastión. Recuerdo ese momento, cuando volteé alrededor y miré los libros y los cuadernos por nueva cuenta. Imaginé que eran como copas de árboles llenas de trinos, de cantos y de tonadas. Cada poema era una pieza del rompecabezas de lo que había sido un hombre, su mentalidad, su ojo y su mano. Pensé que si encontraba por allí poemas de amor genuino, aquel último, quizá por eso más verdadero y único, sería el poema de un auténtico defraudado. Pero que, si encontraba más de un poema de “desamor”, es decir, de amargura, de celos e ira, se trataría de un amante falsario, y habría que ver qué tanto supo amar realmente. Pero no pasaron ni dos segundos antes que una voz interna me preguntara, ¿puedes tú realmente juzgar qué tanto supo amar o si era amor o no? Y me examiné a mí mismo, meditando en cuánto habría de tamizar mis escritos a la luz de Gracia Graciela. 
 

Entonces algo como la serotonina hizo que buscara mi celular dentro de la bolsa de mi pantalón. Entré a Whatsapp y busqué Hipócrates; allí estaba, habíamos hablado, pero ¿cómo yo lo había olvidado? Revisé la conversación, de abajo a arriba, decía de mi parte: Claro que sí, mi cuate, yo te confirmo. Era un mensaje de noviembre de hace cinco años. ¡Qué remotos me parecían aquellos tiempos! ¡Era otra época! Hipócrates me había invitado a comer, había escrito, Omar, ¿te acuerdas que te pregunté sí sabías qué era la procesal encadenada, y me dijiste que sí? ¿Y bromeamos que la paleografía sólo sería rentable el día que alguien se pusiera a demandar virreyes novohispanos? Pues tengo un negocio del que quiero hablarte, es un favor muy especial que quiero platicarte en persona, déjame invitarte a comer y lo platicamos, por favor.

 

Me preguntó si me quedaba bien el siguiente martes, allí fue dónde le escribí, Claro que sí, mi cuate, yo te confirmo. Hace cinco años, nunca le confirmé, murió. Y Gracia Graciela mirándome inquieta, me preguntó: ¿Por qué te quedaste como si hubieras visto un mue…, No lo diga, no, ¿sabe qué?, la ayudaré a lo que me pida, a usted y a Hipócrates… Y guardé mi celular como si fuera la evidencia de un crimen, un crimen tremendo de egoísmo.  

 

En ese momento se escuchó un portazo abajo, se trataba del tío de Hipócrates, que había llegado. Gracia Graciela bajó a recibirlo, dejándome a solas en el cuarto. Antes de irse, me dijo, quédate a echar un ojo, si quieres puedes abrir los cajones. ¿Por qué me lo dijo? ¿Por qué los abrí? ¿Ya sabían todos que ese momento llegaría? En el cajón del escritorio, el primero que abrí, había una caja de madera, con un papel con masking, que en letras rojas decía, Para la Paleografía. Al interior había veintisiete mil pesos. También una nota clara: Madre, que Omar Cangura no tomé el dinero hasta que veas y huelas un libro mío en tus manos.
 

Cerré la caja, la guardé y me propuse no tomar dinero para mí; bastante le debía a Hipócrates. Con esa nota me quedó claro, también, que fue Hipócrates quien me cambió el nombre y no su madre, ella decía verdad, nunca olvidaba un nombre.  A mí me maravilló saber que podíamos recordar mentiras. Pero más fuerte era mi culpa por nunca haberle respondido, ¿qué tan atareado andaría yo para no haberlo hecho? Seguramente quería hablarme de su poesía, acaso pedirme en vida que le ayudara a compilarla, pero debido a mi poca humanidad, ahora tendría que ayudarle póstumamente. ¿Así estaba escrito que ocurriera? ¿No sentía yo que había fallado horriblemente?

 

Esas promesas hechas con los que ya no están tienen una trascendencia muy grande. Me decidí a realizar el trabajo gratuitamente, por expiación de conciencia y por aprecio al aprecio que Hipócrates llegó a tenerme. Usaré su dinero para pagar a las generosas editoriales, para que sus hojas vean la mayor libertad posible. 

 

En ese momento de mi reflexión entró al cuarto el señor Ernesto, hermano de Gracia Graciela y tío de Hipócrates. Yo lo noté muy hostil conmigo. Sin duda sabía que yo había ignorado el llamado de su sobrino. Don Ernesto tendría unos ochenta años, usaba bastón y tirantes. No me saludó, sino que farfulló, Así que eres tú, el impuntual, ¿ya no estás muy ocupado? Yo ofrecí disculpas, pero dijo que no le interesaba mi conciencia, que me dedicara a hacer el libro y me largara de su casa. 

 

Yo estaba muy confundido, no sabía qué tanta responsabilidad tenía. Pero muy poco después pude notar que don Ernesto lloraba en el patio trasero; se veía muy dolido, pero a fuerza de sollozos, se fue serenando. Cuando volvió, para mi sorpresa, me ofreció disculpas por su irascibilidad, explicándome que lo que le dolía era que Hipócrates, hasta poco antes de su muerte, cuando hablaban de su poesía, le aseguraba: Yo sé que mi cuate Cangura me va a hablar, pronto… Y Don Ernesto me dijo, pero a ti no te importaba nada mi sobrino. 

 

Yo suspiré sin saber qué decir. Allí nuevamente estaba ese momento: la muerte de Hipócrates. “Sus últimos días”, como decía su tío. ¿Habían sido unos días nostálgicos, de padecimientos etéreos, como reflejaban sus últimos poemas? Entonces le pregunté directamente a don Ernesto, ¿de qué murió su sobrino? Y fue aquí que me dijo, Se dejó morir. Yo seguí preguntando, ¿cómo, así, nada más? Y me respondió: Se dejó morir porque tenía cáncer y rehusó el tratamiento, lo que no es tan fácil de decir…  

 

Parecía ser que Hipócrates no creía en la medicina y no le había dicho a Gracia el diagnóstico de los médicos, por lo que ella creía que había muerto de un infarto; el tema se había vuelto un tabú entre Gracia y Ernesto. Yo no me metí más en esos terrenos. Mejor le pregunté a don Ernesto, quizá torpemente, que por qué no me había contactado antes, ¿acaso Hipócrates no le había dejado mi número celular? Gracia Graciela intervino, y me dijo que Hipócrates sí le había dejado mi número, pero que yo nunca le respondía, y que cuando le llegué a contestar, la ofendí. 

 

Para entonces, literalmente, yo, Omar Cangura, ya estaba hecho el malo del cuento, mal amigo y majadero. Pero traté de exonerarme. Señora, no, eso no ha de ser así, déjeme ver qué número tiene apuntado…  Tomé el celular y busqué el nombre de Omar Cangura; he ahí que dos dígitos estaban errados.  Lo ve usted, no era mi número, ni mi nombre… fue un error de transcripción, le comenté, frecuentes pero peligrosos en paleografía… Gracia Graciela se sintió, de alguna manera, reconfortada al saber que yo jamás la había ofendido, Ya ves cómo no es tan malo este jovencito, Ernesto, por algo le simpatizó a mi hijo.

Yo, por mi parte, seguía incómodo por sentir no haberle dado la debida importancia a mi encuentro con Hipócrates. Evasivamente comenté que era muy curioso que de pronto dos dígitos telefónicos pudieran separar los destinos de las personas, pero a Gracia Graciela le sorprendió, en cambio, que el destino pudiera más que dos números. 

 

Todavía sentía curiosidad sobre un tema, y tuve un chispazo en el que pregunté, Señor Ernesto: ¿cree usted que Hipócrates murió de desamor, como su último poema indica, como arrancándose el corazón inconsolablemente?, Eso sí que no, dijo riendo, ¿por qué lo dices? A su vez, yo pregunté, ¿no murió Hipócrates con estos poemas en las manos? Y le extendí la hoja que me diera Gracia. No, me aclaró Ernesto, no sé por qué mi hermana Gracia haya escogido esa hoja en particular para decirte que fue lo último que escribió, si es que fue así, pero yo te digo que le conocí ese poema a Hipócrates desde hace casi medio siglo; cuando iba a la preparatoria se enamoró como un colibrí desentendido de una muchacha por la que se hizo puré de letras… déjame ver…  Y buscó entre los legajos del escritorio, al encontrar una hoja pequeña, dijo, miira, yo mismo le quité esta hoja de sus manos, esto fue lo que escribió muriendo: 

 

 -La tinta-

                                                                          Aunque se separe el aquí con el allá,

                                                                          y el ahora con el después,

                                                                          y ya no estemos,

                                                                          algo, de lo de aquí, quedará aquí mismo.

                                                                          Somos hasta donde somos,

                                                                          quedamos en lo que quedamos. 

 

                                                                          ¿Pero quién me aseguraría

                                                                              si morimos a deshoras

                                                                              o cuando es preciso?

 

                                            Abajo había otro poema:

 

                                                                          Sol, tú,

                                                                          sigue cayendo sobre el corazón

                                                                          de mis plantas… ¡Alguien barra el polvo!,

                                                                          ¡alguien lea los libros!

 

                                                                          ¡Tarde quiero más vida, 

                                                                          en tiempo curioso le veo lo hermoso!

 

Ese hecho cambiaba todo. El poema de “desamor” de Hipócrates era de otros tiempos. La noticia no sorprendió a Gracia, quien defendía nunca haberme dicho que esos fueron sus últimos poemas, que eso corría por mi cuenta; ella solo me había dado una hoja como pudo haber dado otra. Yo recordaba todo lo contrario, pero no me detendré en ello. Recuerdo, sí, que Gracia Graciela me dijo, complacida, ¿Ya ves cómo no se muere de despecho?, el verdadero peligro es amargarse pal´ real.

Para entonces ya eran casi las siete de la noche, pero antes de retirarme pedí leer algo más de Hipócrates. Y después de dos poemas que hablaban sobre el viento y sobre la tierra en los zapatos, quedé muy comprometido con la empresa de publicar su antología. (“Con toda esta tierra he de hacerme / el Castillo de Donde He Estado / lo que cae de mis zapatos / en mi corazón ha estado / los lugares que he amado / hoy son polvo enamorado”).

 

Si el desamor de Hipócrates me conflictuó, su vitalismo me inspiró. Pensar en si modificaría o no los versos de Hipócrates me hizo encarar lo definitivo. Y lo definitivo a mí siempre me ha parecido poco poético, como si todo lo poético fuera transitorio. Don Ernesto me aseguró, en su momento, que Hipócrates había muerto deseando que las cosas pasaran más o menos de esta manera, y que le había pedido expeditamente que me cuidara de no cambiarle ninguna vocal o ningún sentido a sus hojas, aunque yo no las creyera o no las entendiera; me pedía, por consecuencia, una paleografía honesta. Yo acepté el encargo como delegado de sus palabras.

 

Don Ernesto, al despedirnos, me comentó, Por una inexplicable razón mi sobrino siempre procrastinaba sus publicaciones, como si no supiera o no pudiera publicarse a sí mismo, necesitaba un editor, un amigo…

 

Quedé en este acuerdo con ellos: de cuatro a ocho de la noche leería los papeles de Bastión, tratando de agruparlos a mi mejor entender, con mucho cuidado y de manera totalmente gratuita, aunque Gracia estableció una cláusula que no me convenía romper; bien recibidas serían todas las comidas. A la puerta, Gracia Graciela me dio un fuerte abrazo, olía a colonia dulce y puso en mis manos diez pesos, Para tu metro y otra partida de ajedrez, me dijo. No aceptó negativas de mi parte.
 

Yo salía del edificio con muchas cosas en la mente. En la Conchita estaban reunidos indigentes alrededor de un predicador, algunos esperando un café con pan, otros, el Reino. La poca iluminación de la plaza presentaba la escena como un idílico claroscuro. De pronto el ambiente me consumió; las reflexiones de Gracia Graciela me vinieron a la mente. Me sentía amargado, confrontado con la dureza de mi corazón, con ganas de llegar a casa a deshacer mis propios poemas, de supuesto amor… 

 

Me sentía pésimo enamorado, y entonces, ya por la alameda, tomé nuevamente mi celular y realicé una llamada que tenía mucho tiempo que quería hacer, pero el orgullo me impedía… Ella contestó y nos disculpamos, hablamos largamente, encontrando paz, o algo semejante. Gracia Graciela tenía razón, el amor a sí mismo se sana; lo que el amor duele, el amor cura, lo cura… oh… locura…

 

Por lo demás, donaré, con la anuencia de Gracia, el archivo a alguna biblioteca federal y a quien quiera constatar la fidelidad de mi paleografía, llanamente le sugeriré, Confróntese Hipócrates, caja tal, foja tal.

 

Dedicaré, pues, varios meses a leer a Hipócrates, para publicar un libro acaso titulado El Castillo de donde he estado, dedicado a don Ernesto. Por lo demás, no se me ocurre todavía cómo tratar el prefacio…