Cinco macetas

Diana P. Benítez

Una de tantas navidades supe que mi esposo había encontrado algo que ya no existía en nuestra casa: amor. Y no es que tenga nada en contra de las amantes, pero cómo cambia nuestro punto de vista cuando somos nosotros los que estamos involucrados.

 

Cuando mi esposo tuvo su primer amorío, pude descubrirlo al mirar sus ojos en plena cena navideña. Antes de saborear el pavo ahumado con puré de arándanos, su tenedor subió y lo supe, no sé cómo. Un latido en mi corazón fuera de ritmo me lo dijo todo. Lo miré en silencio mientras él trataba de ocultar su culpa en la copa de vino blanco. Para cuando nuestros ojos se encontraron ya en el postre, no tuve dudas, él tenía una aventura. Hacia el final de la cena, cuando a mi cuñada le da por cantar villancicos en familia, el tono de voz de mi marido era distinto, como si le cantara a alguien más, y cuando silbó yinglebells antes de irnos cargados de regalos, pude darme cuenta de que silbaba recordando a otra persona, definitivamente su alegría no estaba conmigo. Pero nada en su comportamiento era sospechoso. A partir de ese día me propuse estar atenta a todos sus movimientos, a sus gestos. Él era amable y cortés. Llegaba temprano a la casa, se ponía las pantuflas rojas y se sentaba en el sillón a comer galletas con chocolate, como siempre. Veíamos la televisión muy atentos durante unas dos horas hasta que ambos decidíamos hacernos un par de quesadillas y tomar un vaso de leche antes de dormir. Era como si yo no estuviera junto a él cuando compartíamos las galletas ni cuando nos lavábamos los dientes. Pero no tenía pruebas, ni una sola, únicamente algo en el pecho me hacía sentir que no era yo a quien esperaba recostada junto a él, ni mi risa la que esperaba después de alguna broma suya. Me quedaba despierta leyendo unos minutos más para escuchar sus ronquidos. Nada. Nada había cambiado aparentemente.  No cabía ningún reclamo de mi parte, así que esperé.

 

Una noche de verano me recosté en la cama mientras él roncaba y yo pensaba en la pintura del techo. Miré por la ventana y quise imaginar el clima en Acapulco, hacía dos años que no salíamos de vacaciones a la playa, de pronto, una imagen se atravesó en mi pensamiento: él había asistido a un congreso en Acapulco hacía un par de semanas. Regresó con muchas sonrisas y un color maravilloso. Y ahí estaba, a mi lado, soñando con alguien más. Seguro pensaba en alguien más. Cada ronquido suyo me comenzó a dar muchísimo coraje. Cada suspiro significaba un pequeño raspón en mí ya adolorido corazón. Después de unos meses pude darme cuenta de que él hacía su vida, como si viviera en una casa de fantasía, la suya propia, sin que nadie más estuviera a su lado. Le encantaba la vida que llevábamos, como una vida inventada, envuelta para regalo navideño, muy adornado, reluciente, y por dentro sólo una mercancía en rebaja del año pasado.

 

Cada día que pasaba me hacía sentir como un objeto; una cosa que no sabía dónde colocar. Ni mi cuerpo, ni mi rostro eran lo que él esperaba ver en la mañana. Hubiera sido mejor que me odiara, o que me gritara, que agarrara su nueva maleta azul, la llenara de sus cosas y se largara para siempre en medio de reclamos e injurias entre los dos. Un final lleno de pasiones encontradas, de amenazas, algo que me hiciera sentir que yo era la que vivía con él, que dentro de él mismo era yo y nadie más la que le molestaba, que yo era un impedimento para salir corriendo a encontrarse con la otra. Yo, esa “yo” que fui siempre, no ésta en la que me fui convirtiendo.


 

Un año entero pasó hasta la siguiente navidad cuando nos tocó la cena en casa. Desde la mañana me puse a cocinar, seguro su mente volaba hacia ella mientras yo tenía que hornear el pavo, o cocinar los horribles romeritos con mole y tortas fritas de camarón que odio. Cada olor navideño se me clavaba en medio de la frente, un olor constante que me traía recuerdos de la navidad anterior. Esa Nochebuena fue insoportable. Su brazo en mis hombros era como un lastre que colgaba sin dejarme avanzar en medio de un desierto interminable. Antes de que llegara toda la familia me llevó hasta la ventana de la sala y con un ponche en la mano me habló de remodelar la barda de la entrada de la casa, hacerla más pequeña para poder utilizarla con unas hermosas macetas llenas de Nochebuenas. “Mira qué descarapelada está, deberíamos aprovechar y tirar la mitad de la barda para poner las macetas, así el año que entra ponemos las Nochebuenas encima, te imaginas qué lindo”, dijo. Y yo sentía que ya no quería escuchar nada sobre la navidad, se había convertido en un tema que dolía cada vez más. En cualquier momento él se desharía de mí y la traería a ella. No, la barda está perfecta, dije con ganas de golpearlo, no me gustan las macetas con Nochebuenas, luego se secan a mediados de febrero. En sus ojos pude ver que nunca se iría de esa casa que él consideraba su hogar y que habitaba con tanto gusto. Él había diseñado cada muro, cada piso, cada baño. Nunca se iría. Su casa, su terreno, su hogar, su vida, ¿Y yo? Poco a poco sentí que me comenzaba a desvanecer.

 

Para mi esposo, yo ya no era más una realidad, era simplemente una cosa que acompañaba la casa. Como un regalo de esos que no nos gustan y en cuanto se van los invitados lo metemos al clóset y nos olvidamos de él. Un objeto equivocado en la decoración. Me arrastraba frente al espejo del baño por las noches. Miraba mi rostro tan aburrido, nada que despertara emociones: Yo tenía casi cuarenta, con los brazos a punto de convertirse en pellejos. Las patas de gallo alrededor de los ojos eran evidentes. Mi corte de pelo definitivamente no era el indicado, unas incipientes canas comenzaban a crecer precisamente en la parte frontal de mi cabellera, las arrugas en la frente me hacían ver como mi tía Lucrecia de setenta y dos. Sí, qué aburrida. Debe ser horrible vivir conmigo. Me fui convirtiendo en el típico suéter gris que no puedes tirar o regalar, pero que te da pena usar. Después del baño, nuevamente me arrastraba hasta la cama y me metía entre las cobijas con pena de que me dijera buenas noches. Llegué a pensar que era mi culpa y de nadie más. Que gracias a mi descuido general él había salido a conseguirse a alguien mejor y que hasta me hacía el favor de quedarse conmigo. Entonces me sentía agradecida y me acercaba un poco para sentir su brazo bajo la sábana. Creo que en esos días fue cuando mejor dormí.

 

Un día, mientras acomodábamos la mesa para nuestro desayuno de domingo, el cual incluye jugo de naranja, fruta y un omelet de espinacas, admitió que estaba enamorado de otra, pero que no me preocupara, pues él me seguía queriendo. Me quedé con los panes tostados en la mano y la tetera comenzó a silbar. La traducción en mi cabeza fue: Estoy enamorado de otra, pero también te quiero a ti, quiero a las dos al mismo tiempo. Otra opción de traducción fue: estoy enamorado de otra, pero como te quiero y me das un poco de lástima, no te preocupes, todo a su tiempo. O tal vez: No sé qué voy a hacer con las dos, pero dame tiempo de pensarlo, mientras, saca la mermelada y dame el pan tostado. ¿Por qué yo le debía dar tiempo? ¿Qué tiempo me había dado él? Mi vida se había convertido en la incertidumbre que sienten los condenados a la silla eléctrica. Cada noche esperaba ser ejecutada por un delito que no cometí, pero en el último momento cambiaban de opinión sobre la sentencia. Entonces todo se alargaba y me daban otra semana de vida y así y así hasta que pasó otro año. No puedo negarlo, estaba enamorada de él. Si no, cómo soportar tanta maldad. Tal vez porque intenté por todos los medios no convertir nuestra vida en una zona de guerra, especialmente para que mi pobre corazón no sufriera más. Nunca dije cosas para hacerlo sentir culpable, simplemente dejé de soñar, literalmente, porque conciliar el sueño se convirtió en un verdadero problema. Ya no podía compartir la cama con alguien que realmente no quería dormir junto a mí. Tomé pasiflora, Dalay, té de tila, un sinnúmero de drogas y lo único que conseguí fue dormir durante el día. Me veía fatal.

 

Vamos a cambiar el color de la fachada, dijo un sábado en la tarde cuando regresábamos de ver a su familia. Yo no tenía ganas de pensar en un nuevo color para la casa. A mí me parecía que el color crema estaba perfecto, pero él insistió en que debíamos cambiarlo. Dos muros en verde bosque y uno en ocre atardecer. “Podemos ponerle a las ventanas una orilla blanca para resaltarlas y unas macetas con margaritas blancas.” Ni todos los malditos colores del muestrario iban a cambiar lo que sentía. Los arreglos en la casa se hicieron constantes. A veces me topaba con un plomero, o con un pintor. “El señor me dijo...” sí ya sé. Yo sólo abría la puerta y supervisaba a cada trabajador para que cumpliera con su trabajo. Cuando quise opinar sobre los cambios, él me dijo: Tú ni te preocupes, yo me hago cargo, es mi casa.

 

Una mañana, en el baño, con el cepillo de dientes todavía escurriendo, se acercó a mí con su típica sonrisa encantadora y conciliadora. Me acomodó un mechón de pelo que me caía en la frente y dijo: “Es que eres tan simple y buena...” casi le creo, casi lo abrazo dispuesta a olvidar todo este tiempo de poco sueño. Pero me quedé tan pasmada que no hice nada. En mi cabeza sus palabras se convirtieron en: Tus emociones no son tan complejas como las mías, no entiendes nada, mi dilema es poético y tú sólo vives en el mundo de la mediocridad. Entonces me cayó el veinte de trancazo: Él no me quería a mí, él quería nuestra vida. La que habíamos construido durante ocho años.

 

Hace unos meses, cuando estuvo fuera con la otra, porque estoy segura de que se fue con ella. (Qué casualidad que precisamente en un fin de semana largo tuvo que salir a Huatulco. Yo escuché como hablaba con alguien haciendo la reservación y me pareció entender que era para dos personas, pero preferí irme, salir de la casa a cualquier lado. Mejor no estar a la hora en que se le ocurriera engañarme. ¿Por qué tengo que ser así, tan poco confrontadora?) Esos días que no estuvo, por lo menos pude dormir un poco. Finalmente, yo ya sabía que me engañaba y no tenía que compartir la cama conmigo. Ya no sé si eso es bueno o malo. En eso se convierte uno, en un vaso medio lleno o medio vacío, en cosa volátil con cuerpo de mujer, en la incertidumbre de la lluvia, del calor, del frío...

 

Después de unos días regresó cansado y amable, el muy descarado. Decidí que era el momento para salir de mi celda de sentenciados a muerte. Fui hasta el cuarto donde dormía exhausto y feliz. Lo miré en silencio unos minutos. Él tampoco era la gran cosa. Tenía tres años más que yo, también tenía arrugas marcadas alrededor de la boca. El cabello se le comenzaba a caer de la coronilla. Su abdomen de atleta se había convertido en un cojín mal hecho. De pronto frente a mí se convirtió en un hombre real, sin poderes sobrehumanos. Antes de que mi visión cambiara, lo desperté y le pedí que se fuera. Él, muy paciente dijo: “Recuerda que la casa es mía querida” y siguió explicándome como si yo fuera una niña de cinco años, que por nada esperara que él se convirtiera en homeless sólo por estar enamorado de otra mujer. Medea lo hizo, dije, y Romeo y Julieta, y Ruth en la Biblia. Todas abandonaron su vida anterior por el amor. Parece que tú no tienes un amor verdadero, así que tu historia carece de poesía, de complejidad.

 

Me dijo que me callara y que olvidara todo, que de todas formas él no era ningún héroe. Que lo único que le interesaba era quedarse en su casa. ¿Entonces por qué yo tengo que sufrir como una maldita heroína? Él no me contestó, se metió entre las cobijas como niño chiquito y mencionó algo sobre la navidad que ya se acercaba.

 

Pensé en las alternativas que tenía:

 

a) Podía quedarme enojada y callada, y ser infeliz, sentirme humillada, hacer romeritos para la familia y ser como el suéter gris en el ropero.

 

b) Podía irme y ser infeliz pero conservar mi dignidad aunque cada navidad la pasara sola como un perro.

 

c) Podía ponerme a dieta, ir al salón de belleza, comprarme un camisón nuevo y rogarle que volviera a tocarme o

 

d) Podía vivir el resto de mi vida con la típica esperanza de que un día él cambiaría, pero al paso de los años esa esperanza convierte a las mujeres en amargadas.

 

Tomé algunas cosas, las metí en la maleta y me fui. No fue fácil, también era mi casa después de todo. Yo escogí las cortinas con grecas para nuestro cuarto, el color ladrillo para los muebles de la sala. Fuimos juntos a escoger el juego de llaves para los dos baños, el excusado, el cancel transparente de la regadera... Cuando di los primeros pasos frente a la casa, giré para verla nuevamente. Yo ya no tenía nada que ver con el color de sus paredes ni con las margaritas blancas que adornaban las ventanas. Esta casa se había convertido poco a poco en la ilusión de él. En un sueño perfecto donde no cabía mi humanidad imperfecta. Y Pensé: la navidad, de ahora en adelante no significará horas en la cocina haciendo romeritos con tortas de camarón, o quejas sobre lo caro del pavo. Podré olvidarme de los villancicos y regalos que a nadie le gustan. Me olvidaré de sus ojos mentirosos color miel y de su sonrisa exagerada y perfecta antes de darme el abrazo en año nuevo. Suspiré profundo y seguí hasta la nueva reja del frente. Algo en mi interior se sintió agradecido y sonreí para mí misma.

 

Pasaron dos años, la navidad se acerca nuevamente. Hace unos días pasé por delante de mi excasa. Finalmente tiró la barda de la entrada y puso cinco macetas repletas de Nochebuenas.

 

Hasta el día de hoy, nadie vive con él, ni conmigo.