Con habitación pero sin vino ni perdices

Arlette Luévano Díaz

No estoy segura de si aún estamos en pandemia. Sé que apenas hace unos días en mi ciudad declararon “semáforo verde” y ya andamos todos por la calle “con las debidas medidas de precaución”, como quien sale a la luz después de haber habitado una cueva. Gracias a eso, y a una franca despreocupación que me atacó hace unos meses, hoy salí y me encontré a platicar con unas amigas. En mi mente, dos cosas: la bruma de un sueño en donde trataba de resolver la forma en que debía abordar este ensayo, y la memoria frágil de un poema. 

 

En ese sueño, veía el ejemplar en que leí por primera vez Un cuarto propio, de Virginia Woolf, un pequeño librito verde de la editorial Colofón que habré pescado en una librería de viejo, hace ya más de veinte años. La sorpresa que fue en aquella vez su lectura, de la que me recuerdo a mí misma asintiendo a cada párrafo. Desde luego, podría hacer una breve semblanza de la autora, hablar luego del grupo de Bloomsbury y concluir con la vigencia, brutal, de sus afirmaciones. 

 

Por otra parte, el poema, de una escritora de San Luis Potosí, Jeanne Karen, del que no logro citar ningún verso, pero que hablaba de lo abrumada que estaba por los quehaceres domésticos y cómo los dejaba pendientes para escribir un poema. Debe estar publicado en uno de sus primeros poemarios, también de hace más de dos décadas. Desde luego, fue evidente para mí lo que mi inconsciente estaba haciendo, una relación en la que concluye: tal vez ahora tengamos una habitación, pero seguimos sin tener “para vino ni perdices”.

 

Hablé con mis amigas sobre sus proyectos y cómo se han sentido durante la pandemia. Una de ellas nos contó que, una vez que pudo salir, se había habituado a caminar cerca del Río San Pedro y a tomar fotografías de los objetos más insólitos con los que se iba topando; escribirá poemas sobre ellos, dijo. En la primera oportunidad saqué una pregunta forzada, más sobre lo que traía en la mente que, tal vez, con lo que estaba escuchando: ¿Tú ya tienes tu habitación propia, Giselle? Sonreímos todas. 

Casi ni era necesario escuchar la respuesta, todas hemos vivido lo mismo, queremos escribir y para ello le robamos tiempo, dinero y esfuerzo a lo que se supone que “de verdad”, debemos hacer. Por supuesto que esos deberes no son ya los de la era victoriana ni nuestra sociedad se parece a la de Londres, pero sabemos, y si no, lo intuimos, que ese deber está marcado por nuestra condición de mujeres. Seguí tratando de citar el poema de Jeanne Karen, en vano.

 

Ya en casa, donde no he ni pasado la escoba ni escrito ningún poema, me apuré a escribir esto. Junté mis referencias y escuché una conferencia de Laura Freixas sobre Virginia Woolf. Para inspirarme, me justifiqué a mí misma. Lo decidí entonces, Freixas mencionó la forma en que Woolf había escrito Una habitación propia (esa variación en las traducciones): un ensayo “no a la española”, sino “a la manera inglesa”, donde hay un tono más personal y frecuentes divagaciones. Dijo también, claro, que Woolf hacía gala de su erudición, pero obviaré que eso es algo que no podría, ni pretendo, imitar.

 

Y en esa ilación de ideas integro aquí un proyecto que sigo desde hace un par de años en redes sociales: Habitaciones propias. La escritora Elma Correa, pensando en Woolf, por supuesto, invita a mujeres a compartir fotografías de sus espacios personales de creación, alguna pequeña frase sobre sus procesos creativos y alguna cosa más. Se ha creado entonces una gran galería en la que se ven los espacios que las mujeres ahora, más de un siglo después de ese ensayo fundacional, hemos ganado.

 

Encontramos ahí a muchas escritoras, pero también a pintoras, actrices, psicólogas, estudiantes. Es evidente que, por lo menos en esa representación, el espacio educativo se ha alcanzado. Woolf estaría contenta. Pero igualmente notorio es la desigualdad de esos espacios. Desde la hermosa y grande casa heredada, hasta el cuartito arrendado, desde los objetos más costosos, hasta las habitaciones en las que apenas hay lo indispensable. Las imágenes que dicen más que mil palabras. 

 

El tema económico sigue siendo tabú, muy pocas lo mencionan. Sin embargo, hay cosas que también pueden entreverse: varias viviendo en casa de sus padres, de sus esposos, otras becadas, más en trabajos precarizados. Eso sí, todas orgullosas de sus plantas o su jardín, de su escritorio o su guitarra, de la limpieza, de la luz. 

 

Alguna vez recibí la invitación para mandar mi foto. Creí que podría hacerlo sin problema, recientemente me había mudado a mi casa, mía aunque la deberé por treinta años más, gracias al Infonavit, y la estaba ordenando, según yo, a mi gusto. Tomé una imagen de mi mesita roja, en un ángulo donde no se notara que está despostillada, con la luz de la tarde entrando a través de las cortinas amarillas. Me dio pena y nunca la envié. Cuando esté mejor, me prometí. 

 

Voy a cumplir tres años en esta casa y no he conseguido la foto. Tampoco el dinero que me permita ir dejando ese trabajo que no quiero para dedicarme, por fin, a escribir, o a algo que se le parezca. Abrumada por mis propias expectativas, cierro los ojos y respiro profundo. Cuando termine mi carrera en Letras, desplazo mi esperanza. 

 

Hago un corte de caja, tal vez ya fueron demasiadas divagaciones. Me ciño al ensayo de Woolf. Originalmente, lo que motivó a la escritora fue una conferencia a la que la invitaron a hablar de mujeres y novela. Ya veo que sí hay muchas divagaciones ahí mismo, durante los seis capítulos que finalmente conformaron el libro se pregunta, personal e íntimamente, qué es eso de ser mujer, por qué tanta amargura y melancolía, porqué la frustración y la locura. Qué deberes hay que cumplir antes, durante y después de la escritura. 

 

Freixas menciona varias contradicciones en Woolf, en relación a su vida y al resto de su obra. En particular, sobre Una habitación propia, le reclama la cita “Es fatal para quien escribe pensar en su sexo. (…) Es fatal para una mujer hacer hincapié en cualquier agravio; defender aunque sea con justicia cualquier causa; en cualquier modo hablar conscientemente como mujeres”.  Sin embargo, como la propia Freixas lo menciona, esta contradicción puede estar generada por las propias ideas de su tiempo y entorno, ya que la misma propuesta central del ensayo estaría en discordancia con este pensamiento. 

 

Estos cuestionamientos sobre la naturaleza misma de ser mujer se mantienen también vigentes, aunque mucho más nutridas y multidireccionales gracias, creo yo, al feminismo. Pero, desde luego, todo esto no hace sino confirmar lo puntual, importante e imprescindible que es el ensayo de Virginia Woolf.

 

Antes de terminar, me detengo. ¿Cuántas veces no me he preguntado también qué es esto de ser mujer, de escribir, del deber? Lo distintas que han sido las posibles respuestas a lo largo del tiempo. Supongo que es necesario seguirnos preguntan de tanto en tanto. Preguntándome.



 

Bibliografía

 

Una habitación propia, Virginia Woolf. Seix Barral, 2008

Virginia Woolf, la vida por escrito,  Irene Chikiar Bauer. Taurus, 2015

Virginia Woolf: huerto, jardín y campo de batalla, Laura Freixas. Fundación Juan March, 2013

Habitaciones propias, Elma Correa. Cuenta de Instagram @habitaciones_propias


 

Arlette Luévano Díaz es escritora, abogada y técnica en Cuidados Gerontológicos. Ha publicado los poemarios Casi verde, Tercera persona, Informe sobre trenes que llegan y desaparecen, Apostillas negras, Casa en ruinas, No basta con nombrar al llanto llanto, La maldición y la sangre y No

Ha sido incluida en las antologías de narrativa Cuerpos rotos, Latinoamérica en breve, Aquí comienza la sangre, El fulgor de la estrella negra, Aquí continúa la sangre y Resonancias

Forma parte del Colectivo Literario La Sangre del Muerto, del Colectivo Minificcionistas Mexicanas y de la Red de Escritoras de Microficción REM. Fue ganadora del Primer Concurso Internacional de Escritura Creativa de Skribalia, del Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta y del Certamen Histórico Literario de Aguascalientes.