Desde el ombligo

 

Correctores y editores, esas alimañas

Guillermo Vega Zaragoza

Empecé mi carrera como periodista hace 35 años, no como reportero sino como corrector en la mesa de redacción de la desaparecida revista TIEMPO, fundada por Martín Luis Guzmán. Desde ese entonces me di cuenta de que la mayoría de los periodistas tienen una ortografía y una redacción del carajo. A la fecha suelo bromear diciendo que los reporteros son las personas que menos leen, porque si leyeran por lo menos sus notas, no estarían tan mal escritas.

 

El trabajo de corrector está íntimamente ligado al de editor, pero no todo corrector puede convertirse en un buen editor. Como dice “La Bamba”, para ser editor se requiere una escalera grande y otra chiquita, arriba y arriba: conocimientos y habilidades que sólo dan el estudio, la lectura y el oficio.

 

Durante casi tres lustros formé parte de la mesa de redacción de una de las mejores revistas culturales del país. La coordinadora del equipo era mi querida amiga Sandra Heiras, una de las mejores correctoras, editoras y coordinadoras editoriales que he conocido. En un tiempo, la redacción la formábamos cinco personas, y para corregir cada edición teníamos encerronas de cuatro o cinco horas (estoy hablando de una revista de más de 100 páginas, unas 250 cuartillas).

 

Cada miembro de la redacción leía los originales, luego las galeras y luego las pruebas de imprenta. Cada proceso implica diferentes niveles de corrección y edición. Cada uno aportaba lo mejor de sus talentos. La correctora, por ejemplo, era buenísima cachando gazapos y errores ortotipográficos, pero le fallaba la lectura de contexto; le costaba entender las ironías y los dobles sentidos. Yo soy bueno para las referencias de todo tipo (lo que en las revistas gringas le llaman el fact checking). Y Sandra es muy buena para la revisión a conciencia, la visión global de la edición y la toma de decisiones.

 

En esas encerronas, si había algún desacuerdo en alguna corrección, así fuera una simple coma, se tenía que defender con argumentos, es decir, con el libro de referencia por delante. El Diccionario de la RAE y el panhispánico de Dudas eran los caballitos de batalla (el de María Moliner —santa mujer— sigue siendo imprescindible), pero también recurríamos a todo tipo de manuales y diccionarios especializados; es decir, teníamos a la mano un arsenal de herramientas para despejar dudas y sostener nuestras opiniones, no nada más recurríamos a la internet. Sí, es cierto, la red es una herramienta, pero sólo una más; nunca tendrá la última palabra quien sólo se escuda en el “pues así dice la Wikipedia”.

 

Esas sesiones maratónicas dieron como resultado la creación del manual de estilo de la revista, que se convirtió en nuestra biblia. Desde luego, cada publicación debería tener su propio manual, pues cada una maneja sus contenidos de manera singular, aunque las bases de la correcta utilización del lenguaje escrito son las mismas.

 

Gracias a ese trabajo como corrector y editor, tuve la fortuna de leer de primera mano, y de corregir y editar si así lo ameritaba, multitud de textos de los más diversos autores. Desde jóvenes que empezaban hasta luminarias de la letras nacionales e internacionales, así como maestros e investigadores de diversas disciplinas. Y había de todo, como en la viña del señor.

 

Lo que más me llamaba la atención eran las “vacas sagradas” a las que había que enmendarles la plana porque entregaban sus textos hechos un cochinero, escalofriantes escritos en algo parecido al español, con sintaxis extraviada, faltas garrafales y hasta repetición de párrafos, adictos al “corta y pega” de sí mismos y de los trabajos de otros; referencias bibliográficas mal copiadas y con datos incompletos.

Pero también tuve la suerte de leer a maestros eméritos y académicos de la Lengua, que mandaban textos impecables y que eran una delicia. Era el caso de Vicente Leñero, que mes con mes entregaba tres cuartillas perfectas, toda una lección de manejo del idioma y del lenguaje literario y periodístico.

 

Al tratarse de una revista literaria donde han colaborado muchos de los grandes escritores de nuestro país y del idioma español, en sí no batallábamos mucho en corregir estilo sino más bien en cuidar que no se colaran errores y gazapos. El director siempre fue muy enfático en que a los autores no se les cambiaba nada a menos que fueran errores garrafales y de obvia resolución (por ejemplo, las referencias erradas), y en todo caso, si los cambios o las dudas eran sustanciales, se les pedía autorización. A ningún autor se le cercenaba el texto por cuestión de espacio (bueno, a menos que se le hubiera pedido un ensayo de seis cuartillas y entregara treinta, pues que no abuse).

 

El corrector y el editor no son enemigos de los autores: muy al contrario, somos sus aliados y escuderos. Nuestro trabajo es proteger a los autores de que exhiban sus carencias y dislates, y queden en ridículo ante el público. Pero, hay que decirlo también: si el propio autor no le tiene respeto a su texto, el corrector tampoco tiene que andarse con tientos para enmendarlo. Si el autor entrega un artículo descuidado, lleno de erratas y atentados a la sintaxis, tiene poco derecho a quejarse de que “el corrector le cambió el sentido a lo que escribí”.

 

Eso sí, los textos de creación (poesía o narrativa) son otra cosa. Ahí sí hay que respetar lo que el autor ha decidido escribir, incluso si va en contra de la norma, pues se supone que lo ha revisado una y mil veces antes de mandarlo a publicar, y si así quiere que salga, pues va de por medio su reputación literaria. Claro, al mejor cazador se le va el gazapo y por eso existimos los correctores.

 

Así pues, amigos escritorazos: bájenle de espuma a su licuado y mejor revisen a conciencia sus textos antes de mandarlos a publicar. De todos modos, para eso estamos los correctores y editores, para que ustedes brillen y no anden haciendo el ridículo por no saber dónde van las comas.