Cuatro personajes del norte

Mauricio Montiel Figueiras

J. D. Salinger (1919-2010), in memoriam

 

Holden Caulfield

 

Soy el disparo

que ahuyenta a los patos

de Central Park South

para que dejen solos

a los peces que hibernan

en invierno:

recuerdos congelados

en el lago blanco de la memoria.

 

Soy el guante de beisbol

que la vida

se calza

en la mano izquierda

para lanzar

palabras escritas

con tinta verde

desde un promontorio vacío.

 

Soy la gorra color sangre

diseñada para el cazador

que aguarda

entre el murmullo del centeno

a que se revelen

cuidadosamente

los ecos

de la infancia perdida.

 

Soy el precipicio

el filo del precipicio

la hierba al filo del precipicio

el tenis en la hierba al filo del precipicio

olvidado por un niño

que tropezó

cayó

se despeñó

al fondo de la adolescencia

y las simas que le siguen

como una cadena

de montañas invisibles

emplazadas al revés.

 

Phoebe Caulfield

 

Cambio de nombre

igual que la oruga

se transforma en polilla:

sin espasmos,

sin dolor,

dejando atrás

la crisálida

donde incubé

una identidad pasajera.

Despliego mi pelo

como alas rojas

húmedas aún

y echo a volar

hacia el carrusel

que la lluvia convierte

en eternidad giratoria.

Me atrae el fulgor

de una ventana súbita:

el dormitorio

donde mi niñez

madura con la suavidad

del durazno

que aguarda

una boca hambrienta.

Alguien ha prendido

una vela,

alguien abre un cuaderno

para descifrar

mi escritura de insecto

mientras yo

revoloteo alrededor

tratando de no volverme

el incendio

más insignificante

del mundo.

 

Seymour Glass

 

[Música de fondo provista por una semiautomática Ortgies calibre 7.65]

 

Un día perfecto

inicia cuando emerges

del sueño de las branquias

que te garantizaban

la inmortalidad líquida

de Poseidón.

Volteas al otro lado

del mundo o de la cama:

allí está,

boqueando,

el espécimen femenino

que comparte tu apellido

por insondables razones

taxonómicas.

Sales a la playa

límpida como diamante:

el mar es la acuosa

prolongación de tu mente,

la ninfa del bikini rubio

una señal enviada

por tu inocencia marchita.

En una arena imaginaria

comienzas a trazar

palabras que serán

tu misteriosa despedida:

La niñita del avión

que volvió la cabeza de su muñeca

para que me mirase.

Parpadeas

para fundir el vidrio

que te ciega:

de nuevo naufragas

en la canícula

del cuarto

quinientos siete.

Cualquier día perfecto

concluye con un atardecer

hecho de sangre

igual que este,

con un tiro en la sien

que libera de golpe

a todos los peces

presos de gula

en el pozo sin fin

de la demencia.

 

Franny Glass

 

Una mancha de sol

en el mantel

o la alfombra

es más que

una mancha de sol:

es el ojo del dios

que escruta

la superficie

de mi fiebre

desde un cielo

subterráneo.

Es el mensaje

que manda

mi hermano suicida

para ayudarme

a entender

la economía

de los muertos:

monedas de luz

para el viaje final,

denarios de lumbre

que aplaquen

al codicioso Caronte.

Es el domo

de acceso

a un orbe minúsculo

donde hay junglas

de lianas entreveradas

como lazos

consanguíneos.

Es el fulgor

que emite

la calavera de Yorick

al volverse

lámpara del peregrino

insaciable.

Es el modo

en que el mundo

abre levemente

la boca para decir:

una mancha de sol

no es siempre

lo que parece

así cuelgue

igual que una

lágrima

del techo que miras

con la fijeza

del tótem.