De ciudadanos a consumidores
(literatura y comunicación)

Guillermo Fadanelli

El ciudadano crítico, así como el rebelde que practica la desobediencia civil, dejan su lugar en este siglo al consumidor y al ser endeudado. Es de imaginar que los conceptos de ascetismo o solidaridad suenen ridículos a los oídos de una inteligencia artificial, del ser del futuro o como se le quiera llamar a quien se ha desligado del pasado histórico, de los mitos fundadores o de los relatos sobre el origen, con tal de ocupar un espacio en el sueño de lo bello eterno o de lo suave e intemporal, de lo que transcurre en un tiempo que es puro espacio y movimiento paralítico; fuerza que no conoce la acción sanadora, pero que se contrae y anula. 

     

Nunca, en la historia conocida, el movimiento comunicativo había creado tal dosis de parálisis ética e intelectual dentro del mito humanista que, supuestamente, tendría que haber llevado a la masa en una dirección que le garantizara un progreso intelectual, económico y social. El sueño del filósofo alemán Jürgen Habermas —la posibilidad de que, partiendo de la comunicación como herramienta, desatemos o demos lugar a una acción consciente, liberadora, justa y consciente de los ideales de la Ilustración que no han sido cumplidos— sólo podrá cumplirse como teoría o deseo revelado, pero cuya puesta en marcha aún está sólo en los libros. 

     

Mientras insistimos en un ideal de la comunicación como teoría liberadora los oportunistas o la masa explotada y hedonista la han utilizado para crear sucedáneos del futuro a partir de una exaltación del presente eterno (redes saturadas, expresión tecnológica y bruta, confusión en la información, etc…). El anhelo por una libertad que partiera del individuo, de lo pequeño es hermoso —Henry David Thoreau, en Desobediencia civil; Peter Schumacher, en Lo pequeño es hermoso— nos resulta hoy algo lejano, ya que al haber sido tragados por la pura y abusiva información indiscriminada, sólo podemos actuar en escenarios pre construidos y manipulados.    

     

Resulta que en algún momento de la vida mantuve, al lado de personas cándidas e idealistas como yo, al fin y al cabo amigos míos, la ilusión de escaparme de un destino despiadado y soso al que me condenaba mi posición social —tan pobre como una rata— y para ello me aproximé al concepto o noción maleable de imaginación creativa (podría llamarle también relativismo inteligente) con la finalidad de aferrarme a un orden relativo que habría de impedirme ser devorado por un movimiento caótico o dogmático y, entonces, convertirme en alguien: un escritor. Una vez desligado de la milicia del orden impuesto me dedicaría a reinventar alguna clase de orden literario y conveniente, como lo haría cualquier anarquista racional; le daría cierto contorno a la idea de la dispersión o relativismo para, de ese modo, intentar habitar una vida propia, vanidosa y adentrarme en los terrenos de lo que algún día se denominó ética, política, moral, filosofía... literatura, sin necesidad de ser el soldado de ninguna verdad definitiva, proveniente de una autoridad incuestionable, patriarcal y autoritaria.

 

Hace varias décadas yo deseaba ganar sólo para demostrarme que, en las circunstancias actuales, justo eso, ganar, significaba perder. Cualquier movimiento en un cuerpo quebrado y astillado lo lesiona todavía más. El pantano se nutre de nuestro peso y movimiento. La sospecha de esta desgracia volvió célebre la respuesta universal de Bartleby, el personaje de la novela de Melville, ante cualquier invitación a la acción: “Preferiría no hacerlo”. Es sencillo confirmar dicha sospecha en los tiempos actuales que se han sustraído a un progreso prudente y continuado. En los terrenos políticos de casi cualquier país, pase lo que pase, el “ciudadano” cuyo candidato gana en alguna clase de elección de representación comunal, continúa perdiendo, puesto que deteriora más la noción de institución democrática comprendida como bienestar para cualquiera que acepte el pacto civil, es decir la administración de los límites de la libertad con miras a la posibilidad de cierto progreso general, no uno que sólo resulte conveniente para los ya privilegiados y los herederos de las antiguas fortunas.

 

Sabemos que endeudarse es la característica inevitable del ciudadano o consumidor contemporáneo: producir, rendir, endeudarse y concentrarse en pagar su deuda, incluso después de muerto (les sugiero leer El horror económico, de la filósofa francesa Viviane Forrester) ¿Qué hacer? Nada; todo ello parece irremediable ya que al realizar un juicio ético uno parece hundirse cada vez más en el pantano del vocinglería moral y vacua. ¿Qué hago yo, un don nadie, al respecto? Ejerzo la práctica del hacerme a un lado del centro y construyo desde la dispersión y el margen una nave que al hundirse navegará hacia otro rumbo, cualquiera, pero otro. Torcer el camino: ¿no es el mensaje de una gran porción de la literatura del siglo XX y XXI? Narrar ese mundo al que el escritor holandés-austriaco Thomas Bernhard llegó a describir como disminución progresiva de la luz. Quizás la enfermedad y la confusión que han asolado estos tres años corrientes nos ayuden a alimentar otra visión de lo que es específicamente humano: la conciencia de la finitud y de la diferencia. No lo sé. Somos seres únicos y moriremos. El mundo, el zoológico humano y su jardín sideral sólo puede ser advertido por el individuo y su imaginación (literatura, arte, crítica), por aquello que denominamos mente. Pero ello es imposible de probar en el sentido científico que se le da al término; sólo es posible expresarlo discursivamente gracias a la andanza literaria, a la posibilidad infinita del lenguaje, a la paradoja que constituye cada pregunta que nos hacemos. Me refiero a la mente, pero no como —en palabras de Gilbert Ryle— al “fantasma que anima la máquina”, sino más bien la mente como la unión de todas las diferencias en el seno de una conciencia, de un libro, de un yo libre y autónomo.