Detalles

Omar González García

Para Carmen

 

Los detalles. ¿Dónde, cómo, por qué? ¿Qué son? ¿Nos delatan?, ¿nos presentan o nos representan? ¿Dónde radican? Se atribuye a Adolfo Bioy Casares haber dicho alguna vez que a él podrían engañarlo hablando pero por escrito jamás. Y si alguien dice “Cena en casa Borges”, se está plagiando un detalle característico de y en Bioy y no puede engañarnos.

 

¿Somos personas de detalles o somos detallistas? Es probable que seamos ambas cosas en momentos diferentes. 

 

El Gordo Quiroga, arquero memorable del Club Atlético Rivadeneyra (CAR) y cuyo himno interpretara para la posteridad del acetato un joven Tito Riquelme:

 

A la cancha valientes salid,

centrojaz, back central, wing derecho…

 

Sabía que si su padre se empilchaba con guayabera nueva, se ponía un toque extra de Old Spice, tomaba su cartera, sus tarjetas de presentación y su pluma Parker, la noche sería larga en La flor de ramales y terminaría en algún burdel del arrabal porteño o un amueblado de la calle Arciniegas.

 

El Gordo también sabía, lector de detalles, que si el centro venía cerrado y a la mitad del área chica había que salir a romperla con todo y llevarse por delante a quien fuera para evitar el gol. 

 

Con los años, cuando dejó el fútbol, El Gordo supo lo que era salir a ganarse el día –o la noche, según el caso— en canchas menos amistosas, difíciles; empilcharse en una guayabera blanca casi siempre, colgarse una birome en la bolsa y salir a caminar para terminar en el Restobar 1940 contando las historias que todos festejaban; luego una escapada a La Enramada, el lujoso cabaret privado de la bisnieta de Graciela Olmos donde Tito Riquelme cantaba al oído de coperas de talles breves y pechos generosos boleros extraídos de la épica nocturna de San Tomé de Malabia, mientras El Gordo administraba haberes y cuerpos al calor de la noche.

 

En aquel mundo perdido en las profundidades del arrabal de San Tomé de Malabia, El Gordo reinaba impertérrito con un lenguaje de detalles: un guiño, la mano izquierda arriba con los cinco dedos abiertos; la derecha con el pulgar arriba, con la birome sobre la mesa o detrás de la barra del cabaret, viendo, escrutando; midiendo el centro cerrado, la pelota en la horquilla, el poste más cercano: el hombre que negociaba los favores de una copera; aquel que pedía fiada una copa o marcando de cerca, fijamente a quien se llevaba la mano a la sobaquera y que no era, El Gordo los conocía a todos, un cana federal.

 

Quiroga siempre supo leer los detalles. Todos, dentro de la cancha de fútbol y fuera de ella; como regente de cabaret y hombre de negocios, supo leerlos. No hubo flaqueza ni error, affaire, liaison o aventura ya fuera pública o privada en San Tomé de Malabia que escapara a su registro, a su minucioso control.

 

Por eso, ahora que El Gordo Quiroga no está más entre nosotros y he recibido en herencia sus libretas, sus cuadernos y sus libros contables; a sus coperas –las más jóvenes, amantes diestras, sensuales— y sus múltiples contactos con la cana y el submundo de San Tomé de Malabia, es que pienso en contar la historia de este hombre de detalles, cuyo retrato general consignan estos caracteres, detalles perdidos en la hoja blanca que no es, ni de lejos, la vida del Gordo y mucho menos la mía y que esta noche, por alguna razón cualquiera en que me empilcho en azul y me detallo en las caderas pronunciadas hasta extremos delirantes de Carla Quiroga, la nieta del Gordo que, seguro no lo vieron venir, me ha ofrecido las libretas, los cuadernos y los contactos de su abuelo, a cambio de escribir la biografía definitiva –acaso reivindicatoria— y los escándalos que conoció, organizó, regenteó, siempre pensando en los demás, porque lo que El Gordo hacía, ahora que reviso sus libretas lo sé bien, era un servicio comunitario: seguridad, minas, alcohol, líneas de alto registro y alto coste; telos lujosos, cantores y orquestas para épicas fiestas que, romanas, podían durar tres días y tres noches. 

 

¿Oíste hablar de las Blancas Mariposas?, preguntó Carla al calor de las copas y los cuerpos en la suite que desde meses atrás rentábamos en el hotel Principal, frente a la plaza de armas, en San Tomé de Malabia. Mentí. “Tengo una vaga idea del lugar”, dije. El sábado inicia ahí una fiesta, iremos. Y al oírlo percibí de sus labios y en la areola bravía de sus pezones, la prometida revelación de otro detalle inolvidable.