Don Héctor

Octavio Salazar-Villava

Esto va a doler.

Hizo lo imposible para mantener a sus demonios alejados; la frustración, la ira, la humillación, los complejos. Su enorme inteligencia le permitió crear un personaje que superó las circunstancias y alcanzó una complaciente tranquilidad. Pero le quedó muy poco claro quién era él mismo ni cuáles eran sus verdaderos deseos como no fueran tranquilidad y amor. Ambos los consiguió, pero primero heredó el paquete completo a su progenie. En particular a su único hijo varón.

 

En este punto es necesario decir que el párrafo anterior podría iniciar una biografía de mi padre o la mía misma indistintamente.

Pero esto no es una biografía, es sólo un retrato de ciertos aspectos de él.
 

Quizás algo de ello sea sobre mí.

La frustración, primero.

 

Pobre, mestizo y sin estudios superiores, ni siquiera de educación media, al encontrar al amor de su vida -predeciblemente una criolla blanca, de ojos claros, cabello claro y familia aristocrática venida a menos- pronto se dio cuenta de que el entorno lo enfrentaba a un reto mayúsculo, todas las hermanas de ella tenían parejas con estudios universitarios y familias pudientes, excepto la mayor, mientras que los hermanos se sobrepusieron a la decadencia familiar y el menor volvió a probar las mieles de la riqueza y la inclusión en los círculos de la sociedad próspera. 

 

Debió ser duro participar en aquellas reuniones familiares trayendo lo justo en la bolsa. Su brillantez y sus conocimientos autodidactas, así como esa dignidad que exudaba, no exenta de autoridad, fueron la máscara y el disfraz perfectos para salir avante. Pero no suficiente para lidiar con los sentimientos internos. A diferencia de las demás parejas de la familia, sus ingresos, de por sí magros, debía repartirlos entre su nueva familia y su madre. Mi abuela, claro. Ella lo había puesto a trabajar desde niño para mantenerla. Y, encantada con la idea de tener una nuera criolla, detestaba de todas formas la posibilidad de compartir a su hijo con ella.

 

Él ejerció siempre un encanto profundo en su nueva esposa con sus reflexiones, su sentido del humor, su interés en ideas socialistas, religiones orientales y cultura europea.

 

Pero era pobre. En franco ascenso, pero de recursos limitados. Y ella no estaba muy acostumbrada a eso, que la familia viniera a menos no le quitó muchas aprendidas formas de ser y disfrutar. Con gran esfuerzo él la subió en un avión hacia Acapulco en la luna de miel. Ella, dicho sea de paso, no conocía el mar. Todo comenzaba idílicamente. 

 

De regreso a la realidad, hubo que vivir en un pequeño espacio junto con la suegra que no he aclarado que era psicótica. El conflicto escaló rápido y mi abuela amenazó con un cuchillo a mi madre, que le aclaró a su marido que: o se iba la mamá o se iba ella. Y la suegra se fue. El primer embarazo llegó y parecía renovarse la felicidad. Nació una niña rubia y blanca, de ojos claros, que hizo la delicia de su abuela.

 

Por fortuna, el eterno empleado continuó escalando posiciones y su sueldo ya le permitía mantener ambos hogares y cierta holgura para adquirir un automóvil. Hacía horas extras toda vez que hubiera oportunidad. Llegó la segunda hija tras la muerte de los abuelos maternos y otro grave conflicto con la abuela paterna; esta niña era morena y de ojos oscuros. Sobre todo, era niña. Otra niña. La abuela no estaba complacida y la vetó de su casa.

 

Regresemos a él: el paraíso de casarse con su amor e incorporarse a una familia “bien” se empañó con la muerte de los suegros y se volvió un infierno mediar entre su madre y su esposa al mismo tiempo de tener cada vez mayores responsabilidades. Su “güerita” en casa no encajaba bien con ser ama de casa de clase trabajadora, aunque se esforzara en ello. Quería trabajar y tener vida social y no atender tanto las minucias caseras. Él sentía la presión de no darle el nivel de vida que sus concuños ofrecían a las hermanas de mi madre.

 

Eso no era todo, ella había tenido pretendientes acaudalados más cercanos a su clase social y edad, porque él era nueve años mayor que ella. 

 

Los ataques de ira aparecieron desde que mi hermana mayor llegó a la edad en que los niños, en particular si son inteligentes, inquisitivos e inquietos, se vuelven poco dóciles. A mi padre no sólo lo había maltratado brutalmente su madre psicotizada, sino también el padre de ella, de quien sospecho que, disgustado por la profesión de su hija como bailarina de espectáculos y la vida disipada que llevaba, la emprendió contra el niño a quien veía como fruto de ello, sobre todo desde que el hombre que lo engendró se alejó de mi abuela. 

 

Pero la cercanía excesiva de mi madre con el sacerdote de la familia, un hombre un poco mayor que ella, de familia rica y poderosa -hay que decir que su hermano presidió la cámara de comercio de la capital- alto, blanco, rubio de ojos azules, trajo mayor nerviosismo y humillación a la vida de mi padre. A su más nuevo vástago, o sea: yo, le habían puesto el mismo nombre de pila que tenía aquel sujeto. Esto no fue nada bueno para mí; ante la excesiva presión laboral, el mantenimiento de ambos hogares, los ataques de ira ante cualquier manifestación de desorden y hasta el más mínimo ruido por parte de sus hijos y la mayor certeza de que algo pasaba entre su esposa y el sacerdote, mi padre la emprendió contra mí con una violencia no desprovista de odio.

 

A fin de cuentas, eso es lo que duele; uno aprende a ganarse el odio a pulso, ya sea por principios, incompatibilidades, imposibilidad de corresponder, o por vil y simple dolo. Pero es difícil cargar con un odio ajeno cultivado por la frustración, el rencor y la psicosis.

 

Finalmente ella logró emanciparse y hacer negocios como correspondía a su círculo social ganando robustas cantidades de dinero. Siempre vivieron juntos según la regla no escrita de la familia de ella. Él continuó ascendiendo y hubiera querido que ella regresara a su cobijo financiero, pero no había vuelta atrás. La abuela murió tras años de ver alucinaciones y escuchar voces recluida bajo medicamento en la habitación del fondo. 

 

La fama de hombre alegre y sabio creció. Por fin se retiró con una muy decente pensión, las hijas y el hijo habían huido tan jóvenes como les fue posible, pero los visitaban continuamente. La meditación, el futbol televisado y el whisky combatieron la antigua ira, la humillación y la frustración hasta hacerlos desaparecer. 

 

Volvieron a enamorarse y él vivía pendiente de los éxitos de sus hijos que sentía que justificaban cada pequeño pedacito de mierda que tuvo que tragarse por tantos años. El día antes de morir confesó que estaba contento y satisfecho; que había valido la pena. 

 

Nos despedimos bien, hubo abrazo, beso y hermosas palabras, pero, para mí, llevó todavía algunos años librarme de lo que me salpicó.
 

Mira qué sorpresa; ya duele mucho menos ahora.