Editorial

El presente número de nuestra revista es el primero del segundo año de arduo esfuerzo y lo que otros llaman heroica resistencia (coma suprimida aposta) pero que sólo consideramos la forma en que se debe proceder con naturalidad ante todos los aspectos de la vida. Los últimos meses dejan pendejos a los protagonistas de The Walking Dead: nos habría venido mejor un apocalipsis zombi, pero nadie nos preguntó y es lo que hay.

 

Como no es interesante para el lector ni grato para nosotros, hasta aquí el reporte chismográfico, Jacobo. 

 

Dice nuestro brillante editor y dictaminador Luis Bugarini que una editorial debe ser “concisa y al grano”. Normalmente su opinión va al cielo, pero sólo por hoy pasamos de ella sin que siente precedente ni se interprete como falta de respeto.

 

Como tampoco somos muy de dimes y diretes, aunque asumimos realidades que pueden desagradarnos, aceptamos que nuestro amigo recién fallecido Carlos Martínez Rentería tuvo conductas, según se sabe y se difundió ampliamente, que en definitiva contravienen la muy laxa moral que nos refrena. Es verdad que, como gustan decir los hemorroidicos, el cielo estrellado de Kant anda brumoso. Mucho mejor anda la vista del Nazareno, que según nos cuentan dijo “quien esté libre de pecado que tire la primera piedra”.

 

Hay que decir, no obstante, que Carlos Martínez Rentería fue un ser generoso y trabajador, introductor y detractor de la contracultura ("la contracultura –confesó entre lágrimas hacia lo que no sabía que eran sus últimos días– no existe, es un vulgar invento mercantil"), dispensador de plumas e ideas tanto como de marihuana y la aguerrida defensa de su legalización, y, sin la menor duda, un verdadero hombre libre que supo ser quien era hasta su último segundo. Sobre él, dice el propio Bugarini: "Ejerció como nadie las cualidades de puente entre creadores de distintas disciplinas y generaciones, y las páginas de la revista Generación fueron la definición más absoluta de la hospitalidad (...) su promoción de la cultura fue plural y siempre cruzó el hemisferio de una sonrisa compartida. Fue un gran irónico, de temperamento fáustico, utilizó el humor para sobrevivir a las malas rachas...", hasta que el humor no alcanzó el tremendo cansancio de un cuerpo del que abusó con admirable convicción –acota nuestro impertinente e indefendible director-.

 

Lamentamos también, aunque siempre está la lógica de la edad, el fallecimiento de otro gran rupturista, el maestro Gerardo de la Torre, de la generación de los rollingstoneros de “La Onda" -como le llamó la querida y notable Margo Glantz- que aglutinó a gente como José Agustín, Gustavo Sáinz, Parménides García Saldaña, Manuel Aceves, René Avilés Fabila y un tan largo como difuso etcétera.

 

Arriba hablamos de vocación libertaria. Entre esos pocos espíritus condenados a un constante goce doloroso autoinfringido por naturaleza y elección, se encontraba el arquitecto Ricardo Bofill, El Nómada: "Nomade, je suis devenu un nomade", escribió en su libro de memorias Espacios de una vida. Nos detendremos en Bofill más de lo académicamente correcto precisamente porque el  mainstream no fue ni para hacerle la parada. 

 

Falleció el 14 de enero discretamente, como si no quisiera que sus funerales opacasen la grandeza de su obra, sólo para sibaritas de la arquitectura. La Barcelona que con toda justicia es considerada una de las ciudades emblemáticas ni más ni menos que del Mediterráneo -antes que la capital de estos movimientos tan espinosos que nos hacen decir lo mismo Catalunya que España para que cada quien decida lo que le parece correcto, así sea huir a Bélgica dejando en el talego a sus amigos-; esa Barcelona a donde no se puede volver sin asombrarse de nuevo, aún si se vive en ella, es eminentemente vivencial y escultórica. No toda la ciudad: casi ninguna gran ciudad es representada por toda la ciudad (el que tenga dudas que vaya a Queens o a los suburbios de París): las Ramblas, el Barrio Gótico, el Born, etc, se dan siempre el quién vive con Antoni Gaudí, el genio arquitectónico que murió con cara de idiota. De este reinventor del Art Noveau son, porque hay quien no lo sabe y sin ánimo de ser exhaustivos, la inconclusa catedral de la Sagrada Familia, el cosmos llamado Parque Güell o la casa de la Pedrera. De los ejemplos que pusimos, uno es vivencial y escultórico, los otros son para que los habite la emoción estética del mismo modo que sucede con un paisaje insólito o un pedazo de mármol develado por Buonarotti. Nuestra nueva colaboradora Etel Reis nos ofrece un estudio acerca de la obra y la figura de Bofill, que acompañamos con fotografías de ella misma, Laura Ligari, Alba Albet y Miguel Ángel Merodio, a quien bien se conoce en México como rompegüevero de reventones. Debemos anotar, de nuestro pecunio, que Bofill no sólo hizo gran arquitectura, fue uno de los primeros en practicar eso que ahora admiramos bajo el nombre de "intervención", lo que representa ejemplarmente su trabajo La Fábrica, de 1963, en Sant Just Desvern. Sólo esa aportación, mínima en el tesoro que nos legó, le habría hecho merecedor de algo más que la vergüenza de que su muerte sólo haya llegado a "los papeles" por líos de bragueta. Cuando uno atestigua estas cosas se pregunta si no tendrán cierta razón los culifruncidos que quieren echar del arte toda forma de emotividad. Curiosamente, hubo otro país –no su Catalunya, no su España, no México, no Italia, no Latinoamérica o cualquiera de esos paraísos para la cultura– que sí le dio su lugar: Qui d´autre que la France? Toujours La France! A propósito de Francia, por la vía de Zizou, hay que recordar que Bofill fue de esa singular generación de arquitectos que descubrieron que el desierto es todo menos desierto: José María Buendía, Luis Barragán, Hassan Fathy o el extraordinario ilustrador Ferdinand Bac, quien nos dejó dicho: "Ama las lontananzas: aquél que vive de proximidades no respira más que polvo". Nosotros, Deletérea, nos tomamos la grosera libertad de no abandonar al gran Ricardo Bofill en el desierto.

 

Hablando de lontananzas, dunas y tormentas de arena, el maestro de maestros, escritor donde los haya, Mauricio Montiel Figueiras, nos concede el privilegio de publicar tres poemas pertenecientes a Cuaderno del sur, un librito que verá la luz en estas fechas con un tiraje reducido. Estos poemas no pueden describirse, no existen, según Wittgenstein, pues no se puede hablar de ellos; tienen ese ser poético total que evoca al eterno Saint–John Perse, quien espetó en su descomunal “Sécheresse”, de su igualmente inmenso Chant pour un Équinoxe: "Fange écarlate du langage, assez de ton infatuation!". O quizá estos poemas del autor que en 1993, a los 25 años y sin padrinos, fue Premio Nacional de Poesía Joven "Elías Nandino", no tienen nada que ver con el Nobel de literatura y aplicamos el dictum italiano "si non é vero, é ben trovatto".

 

En este número también nos acompañan muchos autores habituales y otros que esperamos lo sean en adelante. Ardua labor detenernos en cada uno: cosa de nuestros lectores es pasear por las páginas digitales que hacemos con tanta pasión por si escaseara la capacidad mental.

 

Como decían los contertulios de don Juan Valera mientras este dejaba caer la baba sobre ciertos poemas de algún genio pinolero en el Café Gijón después de un par de orujos y más para no oír al crítico que por sincera esperanza: "que lo disfrute usted, caro lector".