El camino

Irene Artigas Albarelli

Dicen que siempre lleva camino lo que se quiere decir, que en todo camino hay además otro camino y que las rutas del mundo indican hierbas que dejaron de crecer. Quien transita dialoga con la tierra, en verbo conjugado, hecho, sustantivo ambiguo, recordatorio de nombres –-Xo-mar, Palenque, Catazajá-– y simple suceder.

 

El camino está en todas partes. Se hace con la gente que espera y en el desasosiego de quien se queda. En la lágrima cayendo rápida en irremediable desgarradura: una araña de agua entramando perfecta el silencio de una constelación. Y es que parece que el único rastro que tenemos para reconstruir un camino es de sal. De ahí la sed, ansiedad líquida, obsesión de arena.

 

Anotan que si los caminos del día y de la noche son cercanos es porque las noches son largas y el tiempo es la conciencia del tiempo: un lugar de puertas lejanas. Y que la dirección vuela y el camino se enjaula en una inflexión de pájaros, brújulas, pausas, tumultos. 

 

Lo difícil no es llegar al mismo lugar sino saber si fue por el mismo rumbo. Se recuerda la humedad que trasmina el barro, el ladrillo —desgastado en cada soplo— que impide al viento cerrar la puerta, el libro que cuenta qué hacer con lo que te topas por el camino. Y siempre se debe admitir réplica. Siempre y sin disputa, porque lo que se queda en lenta lentitud cuando transitas es el camino.


 

Verde otra forma

 

Verde inestabilidad del destino, 
muta pronto a azul, amarillo, gris y pardo. 
El juego, el azar, la niñez, la suerte es verde. 

Las palabras, los tejidos del verde en la pigmentación única de hoy. 
Glauco desbordado ayer.
Cian clorótico pasado a mañana.

Toma oro, ébano, marfil, púrpura, plata, verde. 
Duda si el soporte es un material, una esencia o tono.
Sólo un color o pulverización de letras.

El verde como un brote de papiro. 
Jeroglífico que se deslava. En verde. En artificio. 
Puerro opaco. Sin densidad. Sin fuerza. Muy tenue.

El verde como miniatura de bestiario. 
Museo que ondea en hoja radical. En más verde. 
Huerto de agua. Sal numerosa. Sal de fabulación.

La arquitectura polifónica del verde y su censura moderada. 
La lupa que amplifica y restringe lo natural. 
El mundo sólo es una tramoya en verde.

Verde viscoso, basilisco venenoso. 
Hidra, rana, sirena, áspide, dragón. 
Antes de matar el verde, el sueño siempre duerme.

El pulsar del verde y su instalación de trampas. 
Vaivén en verde de los pies del santo. 
Los husos de la fortuna conocen la inestabilidad.

El síntoma es el verde. 
La plantilla, el fantasma, el embotellamiento. 
Lo que sueña. Lo que ronca. Lo que ahoga en verde.

Incluso el blanco, el blanco de zinc, se descompone en verde. 
Todos los cuadros serán entonces verdes, 
mucho más tóxicos verdes.

El azul de Prusia y amarillo cromo del verde. 
Lo vívido, traslúcido y volátil del verde. 
La luz no me toques porque desapareceré del verde.

El verde vivo de los cronistas. 
El que se perdió en el disparate. El que se saturó en la sombra. 
El sobrepuesto. El efímero. El cambiante.

Edificios para la reverencia, manantiales,
los verdes se cuelan desde la física de la costumbre.
Inundan las genealogías más impalpables. 


Interrumpibles
 

"Loto que estalla en lo alto del cráneo. Pensamiento en blanco. 

Una línea negra limita la figura 

tres cabales la surcan 

que interrumpen flores 

el cuerpo 

tres ejes 

letras los pétalos". 

 

Severo Sarduy

 

La interrupción. Pienso en eso todo el día. Interrumpiéndome. Acompañándome con avidez. Es difícil el equilibrio entre vivir y pensar que se vive.

 

La interrupción ama el relámpago, ese signo de puntuación que atenta contra la sintaxis. Las alas son la envidia de los pies. Mejor planear que desatarse en rumbos sin promesa.

 

Interrumpirse resulta en un espejismo de fragmentos. En creer que existen las fracturas y que las piezas pueden mezclarse y reacomodarse. “Confía”, se le pide al arroyo en los oasis.

 

Interrumpirse, como una glosa al margen del sentido. El espacio entre los dedos termina por llenarse. La mecánica es la de un contenedor con potencial de flujo fino vuelto cero. ¿Por qué el reloj de arena es como es?

 

Interrumpirse para que el inventario deje de ser inabarcable. Como un pacto que certifica lo sabido y obliga a cambiar de cosmovisión. Ahí se hospeda la memoria. En simultáneo adentro y afuera del tiempo.

 

Me interrumpo cada vez que se abre un libro, que sigo las líneas y escucho: “¿sigue? seguimos todos el penúltimo”. La mayúscula atenuada. Lo propio vuelto común. Otro interior desbarrancándose hacia mí.

 

Te interrumpes al final de la semana. Interrumpes a quien vive junto a ti. A quien pasa cerca. Eres el hilo de un papalote dormido en el cielo ilimitado. Soltado al aire y en un engranaje irremediable. Bienvenida sea la interrupción.

 

Se interrumpe ante el escollo, figura y metáfora de lo que hace detenerse. Una buena dosis de incertidumbre provoca peculiares distribuciones en el espacio. Un peñasco vuelto flor de agua. Un peligro para imaginar.

 

Interrumpimos lo que queremos hacer con lo que podemos hacer. Lo que esperamos con lo que dejamos que llegue. Lo que cobijamos con un temblor. De lo que suena, poco sabemos. Captamos resquicios de gravedad y vertiente. 

 

Se interrumpen y entonces concluimos que no hay una imperturbada masa maestra. Ningún silencio para medir. Sólo seguir hasta que nadie escuche.