En esta esquina...

El Colegio de Montaignac

Carmina Narro

En esa época quería creer que creía en Dios. Me parecía extrañísimo que las monjas, las esposas de Dios, así me dijeron, tuvieran su casa en la escuela donde yo iba. No había nubes ni ángeles ni un haz de luz iluminando la esquina de Heriberto Frías y Miguel Laurent. No había nada que me hiciera pensar que estaba en un lugar divino. ¿Sería por eso que transitaba en un mutismo salado y una perplejidad constante?   

 

Después de mucho husmear cerca de la casa de las monjas y verlas abrir con llave la misteriosa puerta y escuchar el cerrojo que ponían desde adentro, tomé valor para preguntarle  a la hermana más joven que parecía que no nos odiaba tanto como las otras, si alguna vez podría conocer su casa. Me dijo que sí, que si quería, en ese mismo momento me la mostraba. En su mazacote de llaves encontró la que abría la puerta del harem sagrado. Era un lugar oscuro que olía a limpio rancio. Pocos muebles sin usar. Me parecía imposible que alguien se sentara en esa sala a departir. Había varias sillas de madera como de monasterio contra la pared donde recibía, crucificado, el hijo de dios.  * “¿Si Jesús hubiera nacido en la época de la Revolución Francesa todos los creyentes ostentarían  al cuello una guillotina?” ¿O en tiempos de la Santa Inquisición un potro?” 

 

Pasamos a las celdas que para mí eran cuartos o en el mejor intento por hablar correctamente, habitaciones, pero ella insistió en decir celdas. Celdas en la colonia Del Valle.  Unas camas perfectamente tendidas y estiradas esmeradamente con una cruz arriba de la cabecera o un rosario gigante. Por lo demás,  lo escueto de lo escueto. Lo triste de lo triste. 

 

Me dio miedo. 

 

El mismo miedo que siempre me había dado entrar a la iglesia; ese lugar frío y oscuro con un ser ensangrentado en una cruz con una corona de espinas que torturaba también su frente bajo una cúpula de sonido encavernado. 

 

Entré al Montaignac a primero de primaria. Tenía siete años y no sabía leer ni escribir. Ese era otro tipo de miedo. Cuando mi clase se dio cuenta, fue el terror y la humillación. De nada sirvió el “ama a tu prójimo como a ti mismo”, que me parece la ecuación perfecta para que los humanos no se despedacen entre sí, pero se necesita tener piel de rinoceronte para llegar a ese estado de gracia. Sabía muchas cosas: cambiarle el agua y alimentar a nuestras mascotas, que las palomas eran dimorfistas, que los gallos te picaban si pisabas su territorio aunque los hubieras criado desde bebés, que las ratas se podían comer a los pollitos, que mi perrita Dina no me quería y prefería a mi hermano mayor... Sabía muchas cosas, pero no sabía por qué mis papás me habían retenido en el kínder un año más de lo estricto y era una analfabeta. 

 

Ese día que me pasaron al frente a escribir la fecha, que por memoria de imagen, no porque supiera lo que significaba  D. F.  pude escribir unas letras tembeleques como yo  por la ráfaga de miradas burlonas que adivinaba a mis espaldas y los gritos de ¡No sabe-no sabe-no sabe! Aparte había puesto treinta y tres de septiembre.  El infierno que ahora se dice bullying me aullaba agudo al oído en el salón de clases. La puta monja sólo atinó a decirme que ningún mes tenía treinta y tres días, pero nunca calló a las perras que me mordían con sus risas. Yo no entendía nada y me regresé a mi lugar, apretando tanto las muelas que bien pude haberlas triturado con tal de llegar con la frente en alto hasta el pupitre que había escogido hasta atrás. Qué vía crucis eterno de seis metros y cuando por fin llegué, me senté y me oriné.  “Ama a tu prójimo como a ti mismo”, me repetía. “Ama a tu prójimo como a ti mismo...”

 

La única que se dio cuenta de mi vergüenza fue Lavín, se sentaba a lado, una niña blanquísima, pecosa con corte de príncipe valiente y un crónico abrigo verde,  me sonrió comprensiva y empezó a arrancar disimuladamente,  sin hacer ruido, hojas de su cuaderno para echarlas al suelo para secar  mi pipí. Su cuaderno de español quedó flaco. Cuando sonó el timbre para el recreo me miró,  volvió a sonreír y salió corriendo a jugar con las amigas que ella sí tenía.  ¿Le había pasado algo similar en este mundo infecto?  Yo con todo el asco del mundo recogí los papeles de cuadrícula grande mojados de miados y los tiré en el bote de basura del salón. Iba a apestar. Me quedé parada frente a mi fechoría. Saqué el bote de basura y cuidándome de que nadie me viera, lo llevé al contenedor grande que estaba en la esquina de las escaleras. Regresé y vi los cuadernos en los pupitres y las mochilas abiertas. Me dieron ganas de tener el encendedor de mi tía e incendiar todo. El silencio del salón y las risas lejanas del patio me retumbaban igual en la cabeza. Mis calcetas mojadas de orines me incomodaban más que mi calzón y jumper. Esperé de pie en el punto ciego para las monjas que daban su rondín para asegurarse que nadie se quedara ahí durante el recreo no me reconvinieran. Me dolían las piernas del cansancio, mis pies estaban helados y mis cachetes hirviendo de tantas lágrimas. 

 

Al día siguiente llegar al salón después de no decir ni mu en mi casa fue un acto de valentía para el que me preparé: “ Ama a tu prójimo como a ti mismo, ama a tu prójimo como a ti mismo” No sé si eso fue lo que sirvió, pero estaba inquieta porque a Lavín la habían cambiado de lugar hasta adelante enfrente del escritorio de la monja y yo quería ser su amiga. La recuerdo revoloteando por el patio con su abrigo verde que no se quitaba aunque hiciera calor y cuando nos llegábamos a encontrar, me sonreía como si no hubiera pasado nada. No le podía dar las gracias, no me salía, me quedaba con la graciosa palabra atorada en mi cavidad bucal aunque abriera la boca. Me gustaba ver la manchita verde de su abrigo entre las perras que obstruían mi visión diagonal, pero el gusto se empañaba sólo pensar en la posibilidad de que ella hubiera pedido el cambio porque no quería estar junto a la niña que se había orinado.

 

Descansó mi alma de siete años cuando un lunes llegó con lentes, era por eso que la habían pasado hasta adelante, no había sido por mí. Pero las hienas empezaron a morder... ¡Cegatona! ¡Míster Magú! ¡Cuatro ojos! Y ella se ponía tan mal que parecía que sus pecas iban a salir disparadas como dardos y tan roja que iba a arrojar chisguetes de sangre, pero ambos se diluían en sus lágrimas calientes. Y otra vez, la puta monja, esposa del creador, no hizo nada.  

 

¿Por qué Dios, el misericordioso y omnipotente  no había estado conmigo aquella maldita mañana ni ahora con ella? 

 

Fue tanta mi rabia que en ese momento me di a la tarea de ser su escudera o algo así como el arcángel Miguel que protege el bien, no con palabras, ni conminándote a que vivas mendigando un perdón que no necesitas, sino con la espada desenvainada combatiendo el mal verdadero que es el dolor que nos infligen siendo inocentes y tienes que matarlo aunque sea  haciendo la guerra. 

 

Empecé a sacarle punta a mis lápices. 

 

En la otra esquina: ¿Los miados,  las monjas o el treinta y tres de septiembre? 
 

P.D. “La religión es para quienes temen ir al  infierno. La espiritualidad es para quienes ya estuvimos ahí”. David Bowie. 

* @eduardoevidegaray