Desde el ombligo

El don de la telepatía

Guillermo Vega Zaragoza

Ella iba al volante del automóvil. Yo le contaba, animado, la película que había visto apenas. Pasamos frente a una panadería. Con un entusiasmo digno de una causa mayor, interrumpió a la mitad de una frase:

—¡Mira! ¡Se me antojó un pan! ¡Qué ganas me dieron de un pan!

—Ah —exclamé yo, mientras el auto seguía de largo. Ya no terminé el relato de la película. Después de unos segundos de silencio, comenzamos otro tema.

 

Cuadras más adelante, pasamos frente a un puesto callejero de elotes. Lo mismo:

—¡Qué antojo tengo de un elote!

 

Pero tampoco nos detuvimos y seguimos de largo. Otra vez el silencio, incómodo. Hasta que llegamos a nuestro destino, la cena en casa de un amigo.

 

Bajamos del auto y toqué el timbre. Quise tomarla de la mano, pero ella rechazó el contacto, airadamente.

—¿Ahora qué?

—¿Por qué eres así? —Parecía como si yo le hubiera hecho algo atroz, que le había lastimado muchísimo.

—¿”Así”, cómo? —dije, perplejo.

—Dos veces te dije que tenía antojo y ni me pelaste. Te dio igual —hizo un puchero infantil.

—¿Y qué debí haber hecho, según tú? —dije, algo divertido, no mucho.

—¡Bajarte y traerme lo que quería! —indignada e impaciente ella, ante mi imperdonable falta de atención.

—¡Pero si tú eras la que venía manejando! ¡Ni siquiera mostraste la intención de detener el auto! —dije, entre confundido y desesperado.

—¡Eso no es pretexto! ¡Debiste decirme que me detuviera, bajarte y traerme lo que quería! —de plano ya estaba llorando, desconsolada.

 

Reí, enternecido y nervioso al mismo tiempo. La atraje hacia mí para abrazarla, pero en eso abrieron por fin la puerta: ella se dio media vuelta y se metió a la casa. Yo me quedé afuera, patidifuso.

 

Encendí un cigarro para tranquilizarme. Lamenté como nunca no poseer el don de la telepatía.

 

Entré a los pocos minutos.

 

Ella reía animadamente en medio de un corrillo de invitados que parecían escucharla con genuina atención.

 

Algunos comensales me dedicaron miradas reprobatorias. Me hubiera gustado poder leerles a ellos también la mente.