En  esta esquina... 

 

El kínder son los otros. 

Carmina Narro

Yo había ido como a tres kínderes, pero del que más me acuerdo es del primero que quedaba en alguna  calle arbolada por Amores en la Del Valle.  Mi mamá, según esto,  me despertaba después de dejar a mis hermanos en sus respectivas escuelas por la zona.  Me hacía la dormida cuando llegaba, según yo, para hacerla sentir tranquila. Ella no sabía, según yo,  que ya había ido a la cocina a trastear todo lo que se me negaba en el día o a brincar en las camas de la otra recámara o a hurgar en sus cosméticos y collares. Según yo, tenía más o menos medido el tiempo y en cuanto oía la aldaba de la reja corría a meterme en la cama, cerrar los ojos y juraba que ella no se daba cuenta de nada. Ella fingía que me despertaba y yo actuaba de somnolienta. Me ponía la batita  blanca de rayas azul cielo y me decía que tomara con mis deditos las mangas del suéter que me había puesto abajo para que no se enrollara. Yo lo hacía lo mejor que podía;  recuerdo sus pellizquitos en el brazo y antebrazo para acomodarme bien las telas protectoras y no me molestaran después.  Sin las instrucciones de precaución actuales en el visor del copiloto, mi madre por sentido común, me decía “Ahí, paradita, atrás de mí,  agárrate”. Los cinturones de seguridad eran un adorno, un juguete o un arma en ese Impala verde olivo cuando íbamos los seis niños en el asiento de atrás. Pero yo estaba sola cuando  empezaba en el radio “Haste-Haste la hora de México... Chocolates Turín, ricos de principio a fin...”  Era nuestra manera de saber si íbamos retrasadas o a tiempo. ¿A tiempo de qué? ¿De llegar al kínder a cantarle al solecito para que apareciera? Sí. Y lo maravilloso fue que todas las  mañanas sí aparecía. ¿Era el horario de verano?  En ese tiempo no había esas cosas. No recuerdo haber llorado la primera vez que me dejó mi mamá en el Policromías. No. Las lágrimas fueron en el recreo. 

 

Había unas fotos arriba del pizarrón  de Miguel Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez, José María Morelos y quién sabe cuántos más.  La Miss (así se acostumbra  llamar a  las maestras, sean de escuela pública o privada, casadas, vírgenes, violadas, solteras, muertas, viudas, abuelas,  señoritas o podridas irreconocibles,  les seguimos diciendo así)  nos empezó a contar la historia de la Independencia de México. Ahora sé que ese kínder era de avanzada  aunque a mí qué  me importaba a los cinco años la historia que después supe era hasta chapucera y sobre todo era molesto cuánto se tardaban siempre en sacar las crayolas y lo peor era que sólo nos daban una, sólo un miserable color, si los árboles no tuvieran café y verde o mis princesas  no tuvieran los labios rojos, la corona amarilla, el vestido morado. Me escabullí al clóset donde estaba toda la papelería  y en lo oscuro tomé los pocos colores que pude distinguir. La Miss no me dijo nada, pero me retiró todas las crayolas que había hurtado. No protesté. ¿Qué puede hacer un niño ante un gigante al que sólo le ves la papada? Morderle el muslo no era opción.

 

El momento de las lágrimas se acercaba y yo no lo sabía.

 

Había una jaula maltrecha con un gallo blanco adulto de cresta roja y un conejo blanco que sus ojos rojos venían a juego  y convivían en un jardín de niños que no tenía pasto, sólo tierra enlodada y aplanada en partes.  

Andrés,  el único que fue amable, dijo que no me le acercara al gallo porque ya lo había mordido. 

 

––Los gallos no muerden, pican ––le dije  muy sabionda.

   

¿Fue antes o después que un gallo igual  a éste al que le pusimos Claudio por las caricaturas me había correteado por todo el jardín de mi casa picoteándome los pies descalzos? ¿O teníamos conejos en ese entonces? Me acuerdo cuando metí la mano para sacar una cría de sus madrigueras de ladrillos y tablones de madera,  la mamá coneja me atacó furiosa haciéndome caer de nalgas en  el bebedero mordisqueándome con ganas de matar las  espinillas.  ¿Qué tiempos distintos estoy juntando como basura espacial en la Vía Láctea que mis pies descalzos no pueden apresar porque huyen del recuerdo?

 

Andrés, el niño que me dijo que no me acercara a las fieras me gustó como para invitarlo a  jugar  de mi sirviente, esclavo o sonámbulo y tenía que obedecerme.  Él aceptó  entusiasta, no hubo necesidad de  coacción. 

 

 ––Vamos a jugar a que tú le pegas a quien yo te diga.

 

––¡Sí! ¡Vamos a jugar a eso!

 

––Entonces pégale a ella... que me estuvo pateando todo el tiempo bajo la mesa sin que la Miss se diera cuenta ––le dije muy oronda.  

Esa niña era más pequeña que yo; se le escurrían los mocos y se los comía ante mis contenidas arcadas. Andrés fue obediente y le dio un manazo en la cabeza,  pero la niña le puso una madriza pocas veces vista;  le regresó el golpe con el puño, le pateó las espinillas repetidamente, le volvió a pegar en la cara hasta que Andresito fue a dar al piso y ahí lo siguió pateando. Pensé que había errado mi elección, pero no tenía otra posibilidad, él había sido el único que se había acercado a mí. Se acabó el recreo y Andrés, el que tenía el pelo al cero,  el único que había querido jugar conmigo, gordito y risueño, se fue al salón viéndome con ojeriza. 

 

Al día siguiente yo iba oyendo “Haste, Haste la hora de México... ocho cincuenta-ocho cincuenta... Haste-Haste-la hora de México...  Chocolates Turín, ricos de principio a fin...” 

 

Recibimos al solecito, me chuté quién era José María Morelos, intercambié miradas con Andrés quien me sonrió a diferencia del día anterior cuando volvió al salón y le devolví las patadas bajo la mesa a la niña come-mocos que se había surtido a mi amigo.

 

El kínder, después de todo, no era tan malo.

 

Cuando vino la hora del recreo, salí y Andrés vino corriendo hacia mí.

 

––¡Ahora me toca a mí, ahora me toca a mí! ––gritó.

 

––¡Sí! ¡Ahora te toca a ti! ¡Le tienes que pegar a quien tú quieras! ––le respondí enredosa. 

 

––¡Sí!

 

Y entonces Andrés con  un puñetazo me derrumbó. Caí completamente, mi cabeza retumbó, me mareé. Vi el sol con gotas de lluvia que se hicieron vapor y llegaron a mí como lágrimas. Todo reverberaba. Por eso supe que era lodo aplanado, no hubo pasto que amortiguara mi caída. Me dio una patada y se fue riéndose. 

 

Me incorporé y ni una Miss vino a rescatarme de la tierra fría o de mi maldad. Menos de la humillación.

  

“Haste Haste la hora de México...” 

 

Después de eso  ya no tuve con quién jugar. Lo bueno fue que me sacaron muy pronto de ese lugar porque nos íbamos a cambiar de casa y me esperaban otras batallas que perder en el kínder Pitagorín.

 

Nunca le pude decir que lo había vengado de  la niña come mocos. 

 

En la otra esquina: La hora de México, las crayolas o el sol aparecido. 

 

P.D. A mi mamá nunca le conté nada.