El licenciado

Aurora Mondragón

Durante el mes de mayo, avanzan como río las niñas vestidas de blanco que van a ofrecer a la Virgen María. Cuando pasan frente a la pulquería aceleran el paso, sin embargo, el barullo que se escucha hace que volteen con asombro; es inevitable no percatarse de la alegría que se vive ahí dentro. 

 

La pulquería La Bonita, tiene un gran letrero en la entrada: “Si quieres estar fuerte y sano, toma pulque desde temprano”. A un lado, está el departamento de damas, donde otro rótulo anuncia que se prohíbe la entrada a menores de doce años y policías uniformados. 

 

El interior del establecimiento está pintado de color gris perla, con una barra forrada de mosaico amarillo, enmarcada por las barricas de pulque y sobre ella, unos vitroleros con curados. En el techo hay adornos multicolores de papel picado. En un rincón, está una rocola con discos de 45 revoluciones, donde suenan las canciones de la Sonora Matancera, sin faltar mambo, tríos y boleros…

 

Los asiduos al lugar se desafían con las vencidas, la rayuela, los albures y se entretienen con el rentoy. Las risas sonoras invitan a entrar para conocer de cerca el jubilo con que departen, pese al repelente olor que desprende el pulque. Las mesas se cubren de “tornillos” y “cacarizas” que contienen pilque blanco y curados de jitomate, apio y ostión, al que se le conoce como “el Chamaquero”, por su fama de afrodisiaco. 

 

De pronto, se escuchan las notas de “O mio babbino caro”, los parroquianos miran entrar a un hombre como de 40 años, le dicen el Licenciado. Camina erguido, llega recién bañado, de traje y corbata, rasurado, con aroma a Jockey Club. Carga un portafolio y su inseparable guitarra que tiene una rajadura al costado. No se le conoce trabajo alguno, aunque eso no importa porque siempre trae dinero, pues como dicen: dispara los tornillos, su generosidad llega hasta el departamento de damas.

 

Antes de sentarse en una de las mesas, se escucha a uno de los asiduos. 

—¡Rásquele, Licenciado, échese ese tango tan chingón que se canta, el que dice, ora verá, ora verá, quiero emborrachar mi corazón, ya sabe, ¡pinches viejas! —grita don Lupe.

 

El Licenciado se pone a rasgar las cuerdas de la desvencijada guitarra, que suena hueca. Los asistentes dicen, que, pese a ello, la voz le sale con mucho sentimiento, sobre todo cuando canta “Sombras” de Julio Jaramillo. 

 

Don Lupe es un maestro albañil que frecuenta la pulquería con su chalán El Bofe, mote que se ganó por tener la boca de lado. Ambos apodan al hombre como el Licenciado Huaraches, porque a pesar de siempre portar traje, calza huaraches cruzados.

 

Este par de albañiles son inseparables del Licenciado. Cuando lo ven perdido de borracho, lo llevan hasta la puerta de la vecindad donde vive con su mamá, cargando también con el portafolio y la guitarra. 

 

El Licenciado es el menor de doce hermanos. Todos se fueron a hacer su vida y lo dejaron a cargo de la madre. Ella vendió unos terrenos que tenía en su pueblo y con el dinero compró la vecindad donde viven. Él es su adoración. A todas las fiestas que los invitan, van juntos y se distinguen por lo bien que cantan: ella toca la mandolina y él la guitarra. Beben a la par, “hasta no verte Jesús mío”, y los anfitriones los regresan en taxi a su casa. Les encanta comer bien, suelen ir a La Faena a disfrutar de la exquisita ternera entre cuadros de toreros; a los Portales con sus promociones de cervezas y grandes mojarras, de vez en cuando van por paella al Rosalía.

 

Cuando salen de vacaciones, van al mercado a comprarse ropa. Ella, aunque casi ciega, le escoge el atuendo. A sus ojos, su hijo es elegante, guapo, sin defectos. Por la calle, camina orgullosa tomada de su brazo.  

 

Al Licenciado se le nota constantemente alegre, entre la pulquería y la compañía de su madre. Sin embargo, dejó de ir a La Bonita. Pasaron los días, las semanas y los meses y nadie sabía nada de él. Hasta que don Lupe y El Bofe se armaron de valor y lo fueron a buscar. Apenas subieron al camión, se llevaron la gran sorpresa: el Licenciado está abrazando a una mujer gorda y poco agraciada. Los observan sin que se den cuenta, porque él parece tener sólo ojos para ella; le besa la frente, la mejilla, le toma las manos amoroso y tierno, suspiran cada vez que se miran. Ella apoya la cabeza en el hombro del Licenciado. La pareja parece resplandecer.  

 

—Ah ese pinche Licenciado ya lo perdimos maistro, ni nos hizo aprecio cuando pasamos al lado de´l, ni nos peló. Ahora la marmaja se la da a esa vieja que está re gorda y fea —comenta El Bofe con su boca torcida. 

 

—Pus cuál dinero suyo, si le quita el dinero a su mamá cuando lo manda a pagar cosas de la vecindá, acuérdate que le daba pa’ la escuela, así de viejote dizque pa’ ser contador y la mosca termina en La Bonita, —dice don Lupe.

 

Obviamente, este acontecimiento se vuelva la comidilla en La Bonita.

—Hasta que agarró una con zapatos.

—¿Y le hará hijitos?

—Pos cómo no, si tomaba del “chamaquero”. Firme, firme como buen macho. 

—¿Pos de qué esquina la alevantó?

 

Cerca de fin de año, reaparece el Licenciado en la pulquería. Al verlo, los parroquianos se quedan como estatuas, rígidos con los vasos en las manos, boquiabiertos. Sucio, maloliente, con la ropa manchada de grasa, arrastrando los pies, con las uñas largas y sucias asomándose por la punta de los huaraches.

 

Se sienta en la mesa donde están don Lupe y El Bofe. 

El silencio se hace largo.

El Licenciado sorbiéndose los mocos, con la voz entrecortada solloza.

—¡Mi mamá! ¡mi mamá!

—¿Su mamacita qué, Licenciado? —Pregunta don Lupe.

Los parroquianos se santiguan, se escuchan voces:

—Lo sentimos amigo.

—Duele hartísimo perder a la madrecita de uno. 

 

Entonces les cuenta su desgracia. Su mamá corrió a la novia, que se llamaba Hortensia, pero para él era Tencha. Una mañana, la madre entró al cuarto donde estaba con ella y empezó a golpearla con un palo. La pareja apenas alcanzó a vestirse. Sacó a Tencha a madrazos de la cama. ¡Vete de aquí, hija de la chingada! ¡Eres una puta! ¡Sólo quieres el dinero de m´ijo! Por más que le dijo que se calmara, terminó pegándoles a los dos. Y él no se atrevió a levantarle la mano. A fin de cuentas, era su madre. Dejó que lo golpeara. Le pidió a Tencha que se fuera. Ella salió chorreando sangre y él se quedó controlando a la mamá. Solloza profundamente al mismo tiempo que se jala el cabello. 

 

Hace más de un mes que el Licenciado no ve a Tencha. La ha buscado por muchos lados. Se ha quedado fuera de su casa por horas, y nada. Quiere pedirle perdón. Ella es la única que lo ha querido como es. Estando con ella se sentía ligero, con ganas de vivir. Era su gran amor. La esperanza de tener un cariño se esfuma. 

 

Desde entonces, el Licenciado se transformó en un ente que vaga por ahí, sin comer, ni reír. Sólo se embriaga con el pulque que le invitan. Al paso de los días, empezó a hincharse. El color de la piel se tornó amarillo cérico. Los dientes se le cayeron.

 

El Licenciado dejó de comer, su cuerpo no respondía. Tuvieron que llevarlo al hospital. La madre pasó días y noches a su lado, pero la preocupación la avasalló y enfermó de gravedad. No pudo despedirse de su hijo.

 

Un sábado a medio día, frente a La Bonita se arremolinaron los concurrentes, unos sobrios y otros tambaleándose. Se forma una columna; a la vanguardia caminan don Lupe y El Bofe que van orando con las gorras en las manos por el camino que las niñas blanquean en mayo pues se dirigen a la Iglesia de San José.

 

El Bofe, con los ojos húmedos y su hablar tartamudeante, le dice a don Lupe —Y pos, el Licenciado, se nos adelantó. Y todo por esa cosa que les da por no comer… cerotis… cerrotis… pos algo así. Lo bueno fue que conoció el amor. Lo dice mientras ambos incrédulos miran el féretro.