El principal

Oscar Canjura
Para la familia Sandoval Gutiérrez

I

 

Esta noche he visto al amo muy diferente... volvió turbado de las afueras, pálido... No lavó su rostro ni sus manos al volver a casa, no se descalzó ni limpió el polvo de sus pies. No tuvo apetito, ni sorbió vino, y por primera vez me miró a los ojos como si yo fuera una persona al igual que él...

 

II

 

Mi sobrino me preocupa, ha descuidado los asuntos de la tierra; no visita más a sus administradores y en el día de reposo, frente a la mesa, su mirada está ausente. No se goza con los cantos ni en los bailes como antes, sino que se ha puesto a platicar con la servidumbre extranjera y a compartir con ellos los alimentos santificados. Mi mujer me ha dicho que en la sinagoga le ha visto platicando con Jam Cafet, quien lleva años aumentando sus propiedades, pues sabe pagar muy bien las tierras y los viñedos...

 

III

 

Ya no sé si he de desposarme con Abagta... antes me cautivaba la manera en que me hablaba de sus triunfos, su frente elevada me inspiraba confianza, sus trajes limpios y distinguidos me honraban... Pero ahora le veo muy pensativo y sucio, se ha descuidado, y hace tiempo que no me hace ningún obsequio. Dice mi padre que es normal entre los hombres jóvenes el tener períodos de ese tipo, pero si no vuelve a ser el mismo dentro de poco tiempo... no querré estar con un hombre que no sepa actuar según su posición. El otro día levantó del piso a un niñito mendigo, un samaritano, y ensuciando su atuendo, lo llevó a su casa, sin escuchar mis consejos... No me gustó cómo nos veían los conocidos... No está bien que se mezcle lo puro con lo contaminado...

 

IV

 

Conozco a Abagta desde que su padre hacía oblaciones por poderlo concebir; más todavía, mis manos le circuncidaron. Su casa es de las más renombradas, pues conservan el linaje de Rubén; sus ganados son tan numerosos que de no separarlos en cuadrillas acabarían con todos los pastos del Jordán en una sola tarde; así mismo producen olivos al ciento por uno, y sus vinos se importan más allá de Galilea. Como su Rabí, siempre le he instruido en la ley; y pocos niños he visto con tanto interés y convicción por honrar los mandamientos como él lo fue. Desde su juventud su carácter se mostró templado y sobrio; y de su fe como varón yo doy testimonio. Era ejemplar en su comunión, diligente y observante, y yo diría, casi un docto en la ley, en camino a fariseo; pero últimamente me aqueja con cuestiones cercanas al anatema. Después de los holocaustos, dice “Es poco, es poco”, y golpea su frente. Y aún en el día de expiación duda, y me pregunta, “¿Y esto basta de verdad?” Y cuando nos postramos los principales en el lugar apartado, le he oído murmurar, “¿No provenimos todos de las mismas manos de Dios?” Si no me equivoco, ha perdido el gozo por la vida presente. No obstante, teme la muerte, pues ya no sabe qué será de su alma. Ha ofrendado en extremo; en los últimos meses ha traído al tabernáculo lo que un hebreo lleva en toda su vida. Ansía locamente la vida eterna, y ha pagado a los escribas por sus enseñanzas al respecto; mas no le veo satisfecho. No me lo ha dicho, pero parece que le ha alcanzado la confusión del Galileo, hijo de perversión que transgrede la Ley, confundiendo a los hombres buenos... Expiaré mis culpas por él, pues al parecer no le he enseñado correctamente; no sea que su sangre caiga sobre mí.

 

V

 

Este atuendo, aunque ya lo he gastado mucho, pues duermo bajo las estrellas y vivo bajo el sol, me lo obsequió un hebreo loco, un tipo confundido como no he visto otro. Parecía de buena posición, sus manos estaban cuidadas como las de un príncipe, también sus barbas. Parecía desesperado por despojarse de sus ornamentos, como si le quemaran o le provocaran comezón. Me vio sentado, circundando un pozo, y sin que yo le pidiera caridad o limosna, me obsequió una moneda. Le agradecí, pues los dioses saben que llevaba días sin entretener mis entrañas con algo sólido, pero su rostro se veía consternado; su ceño parecía un arado. Me miraba incisivamente, y sin saber por qué, me dio también sus dos anillos de oro; yo le bendecía y besaba sus pies, sin pedirle nada más, los dioses lo saben; pero él se despojó de su atuendo de lino, y lo puso entre mis manos... así, anduve ataviado como un príncipe por varios días... hasta que hube de vender los anillos para celebrar con vino a mis dioses, y hasta que la roca, que es mi lecho, rasgó mis vestiduras, hoy parezco de nuevo un desvalido, ¡pero por los dioses que yo fui un príncipe hebreo por varios días!

 

VI

 

Como tabernero he visto y oído todo tipo de historias. Bebedores sin dientes que juran y perjuran haber sido reyes en tierras lejanas; capitanes y generales venidos a menos, perseguidos por sus propias naciones; marineros ciegos que dicen haber zarpado más allá de lo creíble guiados por el aroma de las nubes; adivinos que se dicen acompañar por tremendos demonios; ladrones y bandidos compasivos; pastores que se enriquecieron encontrando tesoros en cavernas en las que buscaban a sus cabras... Pero ninguna de esas historias me ha causado tanta gracia como la que se suscitó anoche a las afueras de mi mesón, que por lo demás, me trajo grande fortuna. Por sus barbas parecía haber sido uno de esos que se llaman hijos del Dios del cielo, y que siempre traen a la memoria a sus antepasados para darse más valor que las demás personas, estaba descalzo y sus pies sangraban, lo que me hizo suponer que tenía poco de caminar sin sandalias. Venía con tres que parecían sus sirvientes, pero que a la verdad tenían mejor aspecto que él; y traían bolsas llenas de atuendos y telas, así como de granos y especias. Se alzó en medio de la plaza que queda delante, donde suelen pernoctar y convivir los más miserables entre los miserables, y a gran voz comenzó a decir, “¡Ea, venid, venid, que el Dios de lo alto ha traído de su misericordia sobre ustedes!”, “¡Atended, atended, que el bien les será hecho!” Así pues, como ante el llamado de las trompetas, galoparon los miserables en torno de él, extendiendo sus manos hacía los bolsos que traía, como leones que destazaran una pequeña criatura. Pero el hombre no se limitó a dar las prendas, como he visto en otras ocasiones que hacen esos hombres, por agradar a su Dios y buscar bendiciones, sino que exclamaba, “Esta prenda vestía a mi padre, y se la obsequiaron en Damasco, esta otra viene de más allá del desierto, de la misma Grecia, y esta otra es fenicia, mirad qué hechura; ved que no les doy cualquier trapo...” Y cuando los mendigos las tomaban con sus manos astrosas, él se resistía un poco, como no queriendo despojarse de todo ello. Repartió los cereales entre las mujeres y el dinero lo aventó como si estuviera alimentando puercos. Duró poco tiempo la repartición; y cuando se hubo quedado sin nada entre sus pertenencias, comenzó a mirar alrededor, como esperando algo que no llegaba... Casi mesa sus barbas y sus cabellos cuando vio a los miserables tirar sus finos vestidos como lechos, o rasgarlos para dividirlos, pues ninguno estaba conforme. Pronto comenzaron las mujeres a vender muy baratos los granos que les obsequió y a alimentar con ellos a sus gallinas; y en cuanto los hombres tuvieron la plata entre sus manos, entraron a gastarla toda en mi mesón, ¡destilaba el vino y yo me enriquecí como no lo esperaba! Pero el hebreo gemía de rodillas e invocaba a su Dios, exclamando por la ingratitud de los hombres...

 

VII

 

Han pasado los años por mí, y yo los he cruzado gratamente; y con todo y mis casi sesenta años, mi cutis es delicado y mis ojos bellos; siempre fui una mujer de hermoso semblante, aunque muy poco vanidosa, según entiendo... Cuando mi marido murió, y quedé viuda, dos hombres se disputaban por mí; ninguno me agradaba realmente, con cualquiera hubiera estado bien, porque a ninguno amaba, más me halagaba que mi mano, aún sin dote, provocase en los hombres tal bravura. Pero no tuvo un buen final aquella querella, porque en la riña, uno murió, y al ver el otro que yo le lloraba, me despreció y no quiso allegarse a mí. Los hombres son injustos, son unas bestias; ahora lo sé. Y por si fuera poco, me culparon cómplice de la muerte, y juzgándome la asamblea con mediana culpa, perdonaron mi vida y me enviaron a esta ciudad de refugio, en la que estoy por cumplir diez años. He sabido hacerme de un buen negocio, pues desde pequeña mi madre me enseñó un secreto para añejar el queso y darle una textura que, por lo menos en estas tierras, nadie ha podido igualar. Doce cabras son mi tesoro, y dos trabajadores me sirven, no se vive mal en este sitio; ningunas ganas me quedan de volver a mi tierra. Como es sabido, a las ciudades de refugio son enviados los que han manchado sus manos de sangre, pero sin la intención de hacerlo; digamos, los infortunados agentes de la fortuna. Las herramientas de deshonra de la providencia. He oído contar que más allá del mar que parte las tierras, a los locos se les sube a navíos y se les aleja de la sociedad; es una manera semejante de alejar el infortunio de entre quienes se consideran a sí mismos perfectos y justos. En el mundo la hipocresía legisla. Y en este lugar fuera del mundo, un estado de excepción, he conocido a un hombre muy peculiar... Resulta que era uno de los hombres más ricos de su provincia, un verdadero

terrateniente y ganadero, primogénito y heredero de toda su casa... y aunque sus manos no llevaban la sangre de nadie, un motivo peculiar le hizo refugiarse: la vergüenza. Se llamaba Abagta, cuyo significado, me explicó, era “Dios da riqueza”. Lo conocí abrevando mi ganado a las orillas del riachuelo; ya no conservaba nada de la estampa majestuosa que me confesó solía llevar, cuando era rico. Cuando yo le conocí, era idéntico a todos los habitantes de esta ciudad, sin ningún interés particular por la apariencia y el vestido. Flaco, enjuto, melancólico. Cuando me vio lidiando con mis cabras, asustadas a causa de los truenos de un menudo temporal, me ofreció su ayuda para juntarlas. Fue eficaz y logró llevar todo el redil hasta la cobertura de unas rocas. Era en extremo serio, silencioso; pero su mirada parecía estar siempre a punto de gritar. Le ofrecí morar conmigo por varios días, pues estaba sin ayudantes por aquel entonces, y estaba muy cansada de hacer todas las faenas por mi cuenta. Aceptó y estuvo conmigo tres meses, era sumamente servicial; nunca dormimos juntos, pues parecía haber perdido toda pasión. Pero al paso del tiempo, sobre todo después de la cena, fue contándome fracciones de su antigua vida. Así conocí de su posición, de su prometida, y de sus antiguos honores dentro la clase sacerdotal; pero se mantenía reacio a compartirme el por qué y cómo había perdido todo aquello. Y la noche que le convencí para que me lo dijera, fue la última noche que le vi. Su vergüenza era tanta.

 

VIII

 

Nunca debí haber retado a Abagta; su orgullo era tanto, que no pudo resistir. No sabía yo que aquello iba a destruir su vida de tal manera. Habíamos tenido un banquete para tratar la venta de cientos de fajos de pelo de cabra, y a la conversación salió aquel llamado Yeshúa, el Nazareno, cuyo paso por tierras cercanas estaba causando un auténtico escándalo. Como si se tratara de una guerra, así se dispersaba su fama. Ciertos invitados decían que enseñaba en contra de la ley y de los profetas; otros decían que él mismo era un profeta; otros, Abagta entre ellos, consideraban que se trataba solo de un maestro de la ley, un inspirado. “¿Pero no hacemos nosotros todo conforme a la ley, desde que fuimos circuncidados, con tan solo una semana de vida? ¿Qué, pues, habrá de enseñarnos este nuevo maestro?”, expuso Abagta. “Habla del Reino de los Cielos, y se hace nombrar Hijo de Dios, anunciando una vida eterna”, agregó Asa, el levita. “¿Y no está todo eso en los profetas? ¿Y no es todo hijo de Abraham hijo de Dios?”, arguyó Abagta. “Ciertamente, pero es un hombre que tiene poder; parece que le siguen porque hace milagros y sorprende a la gente”, respondió el levita. “Siendo así, tendremos que probarle”, dije yo. Y Abagta respondió, “Así sea.” Entonces nos hicimos al camino, enviando por delante a nuestros lacayos para que encontraran pistas sobre aquel maestro. Por las sendas fuimos enterándonos de más hechos de aquel hombre, y no parecía sino hablar del bien y del amor, por lo que le tuvimos por justo y bueno. Y luego de un largo silencio en que andábamos a caballo, Abagta razonó: “Si este es hombre de Dios, y es bueno, ¿qué diferencia tendrá con nosotros, que seguimos con celo todos los mandamientos del mismo Dios? Así pues, me bastará qué este maestro reconozca mi bondad para saber que no hay Dios fuera de la ley ni de la tradición, y con ello afirmar mi paz y mi honor.” Y tal parecía que Dios tenía aquel terrible encuentro preparado, pues a menos de dos días de camino dimos con él. Nuestra caravana iba en sentido contrario que él y que su séquito. Le reconocimos solo porque iba delante, con un paso tranquilo pero tenaz, pero físicamente no demostraba ninguna superioridad o distinción, aunque tampoco vestía pieles de camello. Estábamos de él como a un cuarto de milla cuando Abagta se bajó de su caballo y corrió para encontrarle. Tanta era mi curiosidad por escuchar su diálogo que me eché a correr detrás de él. Abagta, según su buena educación, y en muestra de respeto, se arrodilló ante él, cortando su paso, y extendiendo su capa con las dos manos, e inclinando su rostro, le dijo, “Maestro bueno.” Yo conocía que tal zalamería era propia de Abagta ante los rabís, los cuales solían responderle, “Hijo bueno.” Pero aquel Nazareno misterioso tomó ese acto como falsedad, y le interrogó de lleno: “¿Por qué me dices bueno? Nadie hay bueno sino Dios.” Abagta no supo qué responder, así que inmediatamente, un poco más humilde, le preguntó, “Dime, maestro, pues me inquieta sobre manera, qué he de hacer para heredar la vida eterna.” Y aquel hombre le respondió, “¿Conoces los mandamientos?” Y cuando Abagta escuchó esto, una sonrisa se dibujó en las comisuras de sus labios y volteó a mirarme de reojo. Respondió entonces, “no sólo los conozco, sino que los he cumplido desde mi juventud como pocos hebreos.” Y esperando entonces una felicitación por su respuesta y por su conducta, se puso de pie, como si estuviera frente a su semejante. Pero aquel hombre, casi inmutable, le dijo “Una cosa te falta.” Abagta echó el cuerpo hacía atrás y volteó a verme nuevamente. “Te ruego, dijo entonces, que me digas cuál es. ¿Cuál es esa cosa que me hace falta?” Y el hombre sencillamente respondió, “Que vendas todas tus posesiones, las des a los pobres para hacer tesoro en el Cielo; y me sigas.” La turbación en el rostro de Abagta fue grande, y sin saber lo que decir, se dio la vuelta y buscó su caballo para marcharse. Entonces aquel hombre volteó a mirarme y me sonrió. Inhaló profundamente tras un suspiro, y le oí decir a los que le seguían, “De cierto será más fácil que entre un camello cargado por la aguja de una puerta, que un rico entre en el reino de los cielos.” Sintiéndome ofendido yo también, pues muchas son mis riquezas, le di la espalda y alcancé a Abagta, seguro de que aquel hombre no tenía nada que enseñarnos, sino un amor absurdo por los pobres, a quienes ya habíamos hecho nosotros suficiente caridad en nuestra vida, sin necesidad de venderlo todo. Pero el miserable de Abagta perdió la lucidez muy poco tiempo después; desde ese día comenzó a destruir su vida; disolvió su propuesta de matrimonio pues su necesidad de agradar a los pobres comenzó a disgustar a Lea, su prometida; así mismo comenzó a tirar a los miserables sus atuendos, y a los meses vendió sus tierras y su ganado, pese a toda advertencia y exhortación mía y de su parentela, y lo dio a los pobres, quienes despilfarraron en un abrir y cerrar de ojos toda la fortuna de muchísimas generaciones. Y como después de eso, lejos de estar satisfecho, estaba sumamente confundido y avergonzado, huyó para siempre, pues su familia y herederos le repudiaron gravemente. Me apiado de él, gran insensato, y ofrezco ofrendas de paz para él en el mes de Abid. De veras me duele haber conducido a mi gran amigo hasta ese destino, ¿pero cómo iba a saber yo la manera en que terminarían las cosas?

 

IX

 

No había vuelto a pensar en Abagta desde hacía casi veinte años, cuando junto con mi padre y mi madre y todos mis hermanos, así como los ancianos de mi casa, visitamos la suya por última vez, deshaciendo el pacto acordado de matrimonio. No volví a pensar en él, pues, claro está, si le rechacé es porque ya no le quería, ¿para qué pues, iba a pensarle? Escogí por compañero a un hombre mucho más centrado que Abagta, y en todo fuimos bendecidos. Está por demás contar mi vida; pero diré que he soñado en este año, contando el sucedido anoche, siete veces con Abagta. Es un sueño que me da pavor, y que por lo demás no logro comprender; aunque quizá no haya nada que entender más allá de que ha muerto, pues simplemente le veo aparecer de entre las nubes como quien atraviesa un umbral.