El último bagel del funcionario soviético

Abraham García Alvarado

La mañana del cinco de septiembre de mil novecientos cuarenta y cinco, Igor le dijo a Svetlana que ya lo tenía harto con la cantaleta esa de que él nunca lavaba pañales. 

 

Cómo si yo no fuera soviético, ¡ha! Nada más eso me faltaba, dijo mientras se ponía el saco y el sombrero frente al espejo del pasillo. –Pues desde que llegamos a Ottawa no lavas, le respondió ella con una pausa que sonó como al arrepentimiento o un llanto. La discusión había comenzado cuando despertaron y sin decir buenos días, aún con la cabeza recostada en la almohada de plumas, mirando al techo, Svetlana le preguntó a su esposo que si cuando naciera el bebé tendrían a alguien que le ayudara a lavar toda la ropa. Igor se levantó y dijo que sí, qué ya le había preguntado eso la semana anterior. Pero algo en sus palabras no había sonado bien, Svetlana lo sintió raro. –¿Pasa algo?, le preguntó, pero él se metió al baño. Minutos después ella estaba lavando los trastes de la noche anterior, Igor entró a la cocina ya vestido y bien peinado, se acercó sigilosamente, abrazó el cuerpo de Svetlana. Le acarició la barriga y las caderas, y le besó la nuca. Pero sus caricias fueron recibidas con un movimiento agitado de los hombros, ella estaba de mal humor. Él la soltó y se fue a sentar en su silla, de la mesa tomó su taza y le dio un trago al café con canela. Miró la amplitud del piso, las paredes brillantes, el cielo enmarcado en la limpieza de la ventana. Igor suspiró y le preguntó a su esposa que si a ella le gustaría quedarse a vivir en Canadá. A él no le había tomado mucho tiempo enamorarse de la vida canadiense, pero ahora que la guerra había terminado le flotaba en el sueño la inquietud de que su empleo en la embajada culminaría cuando el bebé naciera. Tendrían que regresar a Moscú y lo que les esperaba allá era algo que Igor no estaba dispuesto a aceptar. Svetlana cerró la llave del agua, en el fregadero quedó embarrada una montaña de burbujas. Sabía que a su esposo le gustaba la comedia pero ella no estaba para chistes, se dio la media vuelta y mientras se secaba las manos con el mandil sobre la panza, le dijo, –Me molesta mucho tu pregunta, Igor. Él la miraba con la dulzura del café inyectada en los ojos. Cuando lo conoció le pareció que era el hombre más guapo del mundo y el más raro. Un joven al que le gustaba la poesía de Pushkin y devoraba novelas clásicas. La primera vez que leyó Los hermanos Karamazov no le gustó. Intentó releer la novela unos años después pero la abandonó a la mitad. Hasta que la leyó por tercera vez en una traducción al inglés y se convenció de que esa era la novela más hermosa de la historia. Debido a estas cosas que lo caracterizaban, Svetlana sospechó que si su marido le preguntaba algo como eso era porque el plan para quedarse en Ottawa estaba a punto de iniciar. Él sabía muy bien que ella estaba enamorada de la vida ottagüeña. Acá la gente tenía acceso a comodidades materialistas aun en tiempos de guerra. Y extrañamente Ottawa le recordaba a Svetlana la Rusia de los cuentos de Tolstoi. A diferencia de su esposo que no era exigente con la comida porque se conformaba con un bagel y mantequilla, ella amaba el de cream cheese and lox con bastante cebolla morada. –Si en Rusia lavabas pañales, allá es donde quiero estar, le dijo para hacerlo enojar. Igor se sintió menospreciado y se le enfrió la mirada. –Svetlana, no me salgas con esto ahora. Hoy no, por favor.      

 

Igor cerró la puerta detrás de él y sin despedirse, lo hizo con la intención de lastimarla porque si algo a ella le molestaba, era cuando él se iba sin darle un beso. Salió del edificio y caminó hacía Lyon Street, la voz de Svetlana sonó entre el ruido de los autos. Igor volteó. Svetlana estaba asomada por la ventana de la sala y le gritó, –Igor, prometiste comprarme un bagel, pero sin gestos él la ignoró y siguió derecho. Cruzó la calle trotando. 

 

Junto al zapatero estaba el deli en Kent Street, Igor entró y ordenó un bagel de cream cheese and lox. –Lo de siempre, mister Gouzenko. –Yes, Frankie. Thank you. 

 

¿Cómo está Svetlana?She’s good, but the cravings, you know. 

¿El bagel es para ella, eh?Yes. Y la pregunta le trajo el pensamiento porque Igor cambió de parecer y ordenó dos bagels, el otro para él. Tomó una servilleta de la vitrina y anotó en ella algo para Svetlana: –Nos quedaremos. Luego la dobló y se la entregó a Frankie y le pidió que le llevaran el bagel a su esposa junto con el mensaje. Igor pagó y salió, cruzó la calle de regreso a Dundonald Park y se sentó en una banca justo frente al edificio marcado con el número 511. Desenvolvió el bagel y le dio la primera mordida. Mientras masticaba, sus ojos siguieron el trayecto del delivery boy que caminaba en la banqueta de Somerset Street, lo siguió hasta que entró al edificio. Le dio la segunda mordida al bagel, que delicia, el salmón estaba salado a la perfección.   

 

Después de que Igor Gouzenko se comió el bagel fue a trabajar. En la noche regresó a su departamento con ciento nueve documentos escondidos debajo de la camiseta, se los había robado de la oficina de su superior, en la embajada soviética. Los documentos contenían la evidencia de que su país tenía una red de espías operando en Canadá para obtener información de los aliados. El Gouzenko Affair fue uno de los acontecimientos que dio a luz a la Guerra Fría.