En el mundo de los Dedolocuras

Karina Elizabeth López Pino

Allá por los años del 2050 la sociedad de los dedos se hacía más indolente, injusta y distante. La libertad empezó a tambalear una vez que el dedo Pascuales asumió el poder. En una reunión ejecutada con todas las manos representantes de las ciudades y pueblos de Dedolocuras, tras oír el discurso más hipócrita e indolente, “se lavaron las manos”. 

 

Pascuales, el dedo del medio, por ser el más largo y evidente de la mano se autonombró presidente. Según él, ya era hora de cambiar el rumbo de su país. Entre las estrategias de su mandato estaba declararle la guerra al país de los pies. 

 

Su resentimiento y amargura le llevaron a juzgar a los pies porque sólo ellos podían caminar y trasladarse de un lugar a otro y con mucha facilidad. Esa batalla desleal duró una década y finalmente, los dedos de las manos ganaron la batalla. Al independizarse del continente humano se marcharon a hacer su propio camino y accionar. 

 

Desde el año 2060 las manos ya no le pertenecían al cuerpo humano. Y en su arrogancia y aires de falsa libertad empezaron una vida llena de injusticias. Dedo presidente decidió que la mano derecha y la izquierda no podrían habitar el mismo espacio y lugar. Nada más oportuno que una pared de papel periódico para marcar distanciamientos. 

 

Dedo presidente, flaco, blanco y según él de puro linaje, decidió que los de su bando, o sea los intelectuales, los “guapos”, los de sangre fría, los corruptos debían vivir en praderas privilegiadas donde la vida era mucho más cómoda y con mayores prerrogativas, derechos y oportunidades. 

 

En el sector sur, dividido por la pared de papel, debían habitar los dedos de aquellas manos morenas, viejas, arrugadas y trabajadoras. Es así que la clase de dedos proletarios, de intelectuales brillantes, de amas de casa, mujeres emprendedoras y niños, estaban obligados a vivir en un sector geográfico de condiciones desfavorables y de una urbe acabada por la pobreza. 

 

La guerra que duró una década afectó sólo a la clase trabajadora y con menos posibilidades económicas. Eran ellos los que sudaban la gota gorda, pero también a los que más impuestos y limitaciones se les ponía. Muchos de ellos tenían prohibido pasar al otro lado de la pared y es que para el Presidente Dedo la pobreza apestaba y era como un virus al que había que mantenerlo lejos, olvidado, pero produciendo para satisfacer las descaradas exigencias de los que tenían el poder. 

 

La garantía de que la población de la mano derecha e izquierda no se juntaran lo certificaba la fuerza policial y militar. A estos dedos no les temblaba nada al momento de disparar contra los dedos a quienes se los consideraba inferiores.

 

 

Los meñiques en constante asecho 

 

Un plan macabro ya se venía planeando en los días de guerra y es que la mente retorcida de la sensual y largucha dedo fue consolidar el proyecto que garantizaría la vida de los dedos de la mano derecha; hecho que representaba la muerte de la mayor parte de la población de la mano izquierda. 

 

En esas mesas de manteles dorados, con cubiertos de plata, vajilla fina, vino tinto, carnes de fino corte y un derroche de looks extravagantes se tomaban decisiones “estratégicas” para el país. 

 

Así, Petunia, la desalmada y femenina dedo largucha, con sus tacones finos, su cabello alisado, sus labios rojo pasión y su mente hambrienta de reconocimiento, poder y privilegios, dictaminó una de las leyes más difíciles para las familias de los dedos pobres. 

 

Ayudada por el ministerio civil, de trabajo y de seguridad implementó la política de “protección al menor”. Aquellas familias integradas con miembros cuya formación obedecía a distintas profesiones y oficios: doctores, abogados, docentes, periodistas, agricultores, artistas, economistas, estadistas, jardineros, chefs, etcétera, estaban obligados a mendigar trabajo. Como máximo podían aspirar a ser contratados como jornaleros con un sueldo muy mal pagado dando mayor estabilidad a la vida cómoda, exigente y arrogante de los dedos de la derecha. 

 

Tras la guerra todas las familias debían darse cita en aquellas oficinas destartaladas por el tiempo y por ese descuido evidente de las políticas públicas de un presidente, nombrado a dedo y por la fuerza. Con carnet de trabajo a la vista actualizaban los datos personales en aquellos espacios fríos y aterradores. Los ciudadanos dedos que no poseían este documento eran llevados a interrogaciones a otro lugar destartalado y así iniciaba un desenlace final cruel y autoritario. Los niños eran arrancados de sus padres para ir con aquellas funcionarias de la medicina que se los llevaban para una rigurosa prueba psicológica y de salud. 

 

Hasta que sus padres pudieran rastrear a dónde habían sido llevados, todo se volvía más misterioso y cruel. Niños y niñas dedos aterrados por esa separación tan de golpe de sus progenitores gritaban fuerte, pero de nada les servía frente a esos desalmados ejecutores de órdenes. 

 

Y ese era el accionar de todos los días, familias tristemente separadas bajo la justificación de que el Gobierno garantiza la seguridad y bienestar de los más pequeños. 

 

Así, sin un trabajo que sólo los de la mano derecha estaban posibilitados a dar, jamás podrían volver a ver a sus hijos.

 

 

Terroríficamente real

 

Los padres viejos y otros jovencitos llegaban a casa vacíos de manos, pero también vacíos en sus corazones. Unos se resignaban a llorar en silencio, otros lloraban tapando sus bocas para que no se escuchasen esas protestas y reclamos hacía el gobierno. Algunos no podían expresar esas emociones y se quedaban perdidos en sus miserias y en esa terrible forma de vivir. Se habían resignado a olvidar el sabor de las carnes, del pan, del vino y de las frutas. Olvidarse de que tenían hijos era una de las pesadillas más crueles que soportaban meses enteros y años. 


 

Y los niños qué 

 

Ellos cambiaron de vida y de forma drástica. 

 

Algunos fueron llamados por otro nombre olvidando sus raíces, sus orígenes, sus vidas, sus historias y con ello, lo marginal de vivir y sobrevivir en el lado izquierdo del país de los dedos. 

 

Ahora vivían en el sector privilegiado de la derecha. Tienen camas limpias, calientes y comida exquisita. Desde que fueron apartados de sus padres comen tres veces al día y se bañan en agua caliente. Usan pijamas de dormir y juegan en grandes praderas. 

 

Siempre toman vitamina C, consumen agua y líquidos para hidratarse. Lo extraño es que, al dormir ni en sueños imaginan que su sangre es extraída y al despertar, amanecen débiles y con una salud inestable. Aunque son niños, en el fondo saben que algo sucede en las noches. El descuido de los profesionales de la salud y las cuidadoras dejan huellas que despiertan la curiosidad sobre qué sucede todas las noches con aquellas monjas enfermeras cuyos rostros son tan expresivos de autoritarismo, poca paciencia, cordialidad y pedagogía. 

 

Enmita, la niña más analítica del grupo se fue dando cuenta que todos los infantes tenían marcas de agujas en sus brazos. Y es que nadie sabía qué sucedía en las noches. Todos se acostaban con batonas blancas, pero al despertar se levantaban sin energía por lo que en el desayuno no faltaba la vitamina D y C. En fin, a otros les ganaba tanto el cansancio que de sus camas no se levantaban y así pasaban algunos días hasta que desaparecían del grupo y nadie decía nada, sólo quedaban camas ausentes. 

 

Niños y niñas desaparecían sin dejar rastro. Enmita se atrevió a preguntar por sus ausentes amigos a lo que recibió un inesperado sacudón y una bofetada que le dejó marcado su rostro rosáceo. Ella entendió que no debía preguntar si quería estar a salvo. En silencio lloró noche tras noche la ausencia de sus amigos. 

 

Y esa tristeza del corazón se agravó aún más cuando su brazo evidenciaba marcas de agujas. Ella sabía que en las noches las “cuidadoras” sacaban sangre de los niños bajo la dirección de los profesionales del mandil blanco. 

 

Y es que era tanto el abuso de extraer la sangre, la vida misma de aquellos infantes, al punto de dejarlos como seres inertes. Algunos pasaban semanas en cama sin cantar los himnos del Estado, sin aprender lo básico de la escuela, sin jugar, conversar y comer. Su mayor esfuerzo era beber agua para entre esa adversidad de la vida abrigar la esperanza de encontrar a esos padres pobres e incapaces de dar pan, carne y fruta, pero los únicos capaces de amar y proteger.

 

 

Héroes a presión

 

Enmita y José David tenían en sus venas aquel líquido rojo qué significaba la vida misma para el gobierno, para aquellos que con todo su dinero no podían comprar salud; la vida misma. Su abuso de poder sí les permitía experimentar con los niños hijos de los dedos de las manos izquierdas. Definitivamente, pobres y ricos necesitaban de una vacuna para contrarrestar una pandemia letal y agresiva. 

 

La largucha dedo que era esposa del ministro de Gobierno y que estaba a cargo de la salud pública descubrió en su laboratorio clandestino que Emmita y José David tenían un elemento químico en su sangre y por eso, esos niños se convertían en héroes a presión. Ellos tenían un valor incalculable para la ciencia con privilegios. 

 

A la ministra de Gobierno no le importó cuántos litros de sangre debían extraerse de esos brazos pequeños hasta lograr hacer la vacuna; una garantía de vida para quienes la podían pagar. La cura para un virus microscópico sólo estaba pensado para la población de la mano derecha. No importaría cuánta población de la mano izquierda muriera, al fin y al cabo, eran pobres y no se perdía mucho. Más bien solapadamente la estrategia fue que muriera una cantidad impresionante. 

 

Los cuerpos de los niños quedaron inertes sobre aquellas camas blancas. La vacuna se había conseguido justo en el momento en el que los hijos de los ministros se habían contagiado. Para la dedo largucha, con ambiciones despiadadas, estaba claro que la vacuna conseguida debía ser aplicada en su hijo adolescente cuyo cuerpo se llenó de chupos. 

 

El mismo presidente enfermó pese a tener todos los cuidados. Su rostro evidenciaba lastimados llenos de sangre y su tos cada vez era más fuerte y asfixiante. 


 

Tener tos, un pecado mortal 

 

En esos días, pobre aquel que tuviese tos, fiebre, dolor de cabeza y chupos en el cuerpo. En el sector de residencia de la mano izquierda todos los dedos estaban vigilados por aquellos ciudadanos que se habían convertido en los sapos del barrio. Hombres y mujeres que debían identificarse con la realidad de los habitantes del lado izquierdo eran los fieles patriotas del Gobierno de la derecha. Se levantaban a diario con la intención de delatar a su prójimo. Bastaba sólo una llamada telefónica para que la policía y el ejército llegase a matar a familias enteras de dedos enfermos. 

 

En las calles no había piedad alguna, en esas largas filas para comprar el alimento limitado y controlado, en esas columnas a la espera del transporte público, eran disparados sin remordimiento alguno. Los cuerpos desplomados eran sacados y llevados al fogón de llamas aterradoras. Allí terminaban sus tristes vidas. El ser incinerados era la mejor garantía para acabar con los contagios. 

 

En el sector de la derecha, las paredes de papel periódico, tapaban la maleza de los cuerpos y del alma. El presidente, los ministros y los familiares cercanos enfermaron, al virus nada le importó el poder, posición económica y esas vidas de falsedad de las autoridades de Gobierno. 

 

Dedo largucha estaba entre la espada y la pared. Por un lado, su obligación de madre la llevaba a aplicar la dosis para su hijo y así salvarle la vida, sabiendo bien que nada era seguro. La ciencia estaba en pleno ensayo error. Lo que sí estaba muy claro es que la dosis de vacuna elaborada con sangre de niños inocentes no alcanzaba para todos los poderosos de la mano derecha. 

 

Ella debía analizar sí salvaba a su hijo o si debía quedar bien con su presidente y eso la llevaría a conseguir poder en menor tiempo posible. En su desesperación pretendió salvarles la vida a su presidente y a su hijo sacando más y más litros de sangre a los niños que fueron hechos héroes por obligación. 

 

Sus intentos fallaron debido a que los niños ya no tenían energía, sus vidas mismas estaban en peligro. 

 

La largucha dedo tenía tanta rabia e ira por la impotencia de no poder cumplir sus deseos, que priorizó la vida de su hijo con esa única dosis disponible. Era la primera vez que esa mujer se quebrantaba y demostraba que tenía una debilidad, su hijo. Todo el tratamiento lo hizo discretamente, pero ese círculo de pirañas la envolvió en la ley del más fuerte. 

 

Ella fue apresada por el presidente, quien exigía la dosis para él. Permaneció privada de la libertad en una jaula de oro y con su corazón en agonía por no saber si su hijo había regresado a la vida, literalmente ese virus microscópico lo estaba comiendo desde adentro. 

 

Días grises vivió aquella dama de sociedad quien parecía no tener alma, o si la tenía ya la había vendido al mismo diablo. En esa jaula de oro donde el derroche de poder era evidente con lacayos por doquier, estaba obligada a conseguir la cura y esto significó mayor apoyo para con guante blanco y con la venia presidencial robar niños de manera más descarada y frívola. Muchos niños de la ubicación izquierda del país de los Dedolocuras desaparecían sin dejar rastro alguno. 

 

Más mandiles blancos, cuidadoras religiosas y serviles al sistema se necesitaron para cumplir una tarea a contra reloj. El objetivo era salvar la vida del presidente; éste lucía cada vez más como un guiñapo humano y los cercanos a su círculo de poder como aves de rapiña peleando por ocupar el cargo y así alimentar sus almas de poder y más podredumbre. 

 

El presidente apestaba, su olor era pútrido. Sus heridas eran cada vez más profundas. 

 

La sangre extraída de tantos niños y niñas no fue suficiente para encontrar la cura. No todos los seres humanos tenían ese componente químico que tenía Enmita y José David. 

 

En ese desesperar y bajo la presión de alcanzar el objetivo, los médicos bajo la dirección de Dedo largucha no paraban de hacer las pruebas error y comprobación con ese líquido vital, la sangre. 

 

Fue tanta la obsesión de llegar a ser más que Dios y tener el poder absoluto en sus manos, salvar vidas y, bajo esa necesidad hacer más y más dinero, que se olvidaron de vigilar a la gallinita de los huevos de oro. Enmita y José David permanecían aislados en cuartos con medidas de bioseguridad alta, estaban siendo alimentados para poder extraer de ellos la mayor cantidad de sangre. Estos pequeños habían dejado de sentir aquellos pinchazos de agujas en sus brazos y se sentían cada vez más fortalecidos. Llevados por su deseo latente de volver a encontrar a sus progenitores y vivir en familia, con pobreza, pero en el calor del hogar, decidieron jugar bajo la lógica de sus captores. 

 

Ante las cuidadoras no evidenciaban mejora alguna y más bien daban la idea de que estaban más muertos que vivos y así lograron engañarlos. 

 

Una mañana en la que los pájaros trinaban con fuerza sobre los coposos árboles de primavera escucharon el sonido agresivo de carros militares y de patrullas. El personal de aquel lugar clandestino estaba alborotado, desconcertado y alterado. Era el mismo presidente quien había llegado para exigir la vacuna. Su rostro lucía como una carne guardada en inicio de putrefacción. Realmente su imagen era muy asquerosa antes los ojos humanos. Aun los más fieles lacayos sentían asco por ese olor repugnante que emanaba de su cuerpo. 

 

Los héroes obligados, quienes habían salvado la vida del hijo de la mano largucha, decidieron marcharse y abandonar ese lugar que no era más que un laboratorio donde se jugaba con la vida de seres inocentes. Estaban decididos y ni por un instante permitieron que el miedo los detuviera. Se sacaron los sueros de sus brazos, se pusieron las zapatillas y corrieron sabiendo que tenían dos caminos: morir en su intento de libertad o emanciparse para siempre. 

Corrieron sin mirar atrás y lograron llegar hasta los grandes bosques vírgenes, lugar donde se escondieron. Y después de largos días supieron lo maravilloso que era estar bajo la intensidad de los rayos de sol y cobijados bajo la madre naturaleza. Para ellos estaba claro que ni aun los animales más feroces de la naturaleza podrían llegar al nivel depredador de la raza humana. 

 

Lloraron de alegría, de esa alegría que se siente en cada poro de la piel. Se miraron y se abrazaron. Enmita y José David sin palabras se prometieron que sus historias se harían eco en el mundo como un mecanismo de defensa a los derechos humanos. Ese fue su trato, su motor para seguir y no dejarse abatir por esas heridas de vida que podrían afectar su psiquis. 


 

Atrapado en su saliva 

 

El presidente estaba fuera de control al ver tanta incompetencia. Su endeble salud no le daba la fuerza para ordenar cuántas cabezas decapitadas a sus pies. Para él, el tiempo valía oro y eso precisamente no tenía. Su vida estaba abrazando a la muerte y eso bien lo sabía porque las moscas verdes estaban reclamando su cuerpo en descomposición. 

 

Con ese poco aliento de vida y bajo la ayuda del capitán de la fuerza armada llegó hasta los laboratorios de experimentación para que su eficiente dedo largucha diera la orden de sacar litros de sangre de su hijo que había desarrollado anticuerpos para la enfermedad. 

 

Para la dedo largucha no era fácil cumplir dicha orden, pero debía hacerlo para demostrar lealtad a su Gobierno y alcanzar objetivos mucho más ambiciosos. Todo lo que había vivido debía servir para aspirar a la vicepresidencia, por lo menos. 

El presidente fue acostado en aquella camilla blanca y justo en ese momento en el que iniciaría la trasfusión de sangre se atragantó en su saliva, tosió tan fuerte que parecía que sus pulmones explotaron por dentro. Su cara se tornó rojiza y luego, quedó con un color verdoso de cadáver. Fue así como se dieron cuenta de que murió en cuestión de segundos. 

 

Lo acontecido nadie lo esperaba. En fin, en ese círculo de poder el muerto al hoyo y el vivo al poder. 


 

De villana a salvadora

 

Dedo largucha dejó rodar una que otra lágrima por la muerte de su presidente. Ordenó preparar un funeral de lujo en el que la población de la mano izquierda supiese que su presidente murió trabajando por su gente, buscando una cura que no consiguió.

 

Su hijo sanó y fue la mina de oro de aquella madre hambrienta de poder. Ella trabajó muy bien su imagen de servicio y aporte al campo de la salud. Su esposo no pudo lidiar con tanta frivolidad y la abandonó. Renunció al poder, los lujos, la salud, al trabajo y a vivir en sociedad para refugiarse en la clase marginal de la mano izquierda. Su decisión lo llevó a ser un traidor de la patria de Dedolocuras. 

 

El tiempo pasó y las cosas para la gente de la mano izquierda siguió de la misma manera. Hogares sin hijos, mesas con alimentos muy básicos, desempleo, prohibiciones, exigencias, maltratos y la esperanza de recibir la vacuna. La verdad no sé si se acostumbraron a esa vida miserable o sabían que nada podían hacer para cambiar un sistema injusto, nada empático e indolente. 

 

No se sabe qué camino tomaron Emnita y José David, no regresaron a la casa de sus padres. Sabían que su decisión les costaría la vida misma. Sus padres los lloraron, extrañaron, recordaron hasta que un día los enterraron sin un cuerpo presente. 

 

Llegaron las elecciones presidenciales y como era de esperarse dedo largucha ganó las elecciones. A diferencia de su presidente ella sí respetó la democracia. El pueblo la eligió porque su gran compromiso con el área de la salud fue su mejor carta de presentación. 

 

Ganó con una inmensa mayoría de votos. Esos padres, madres, abuelas, tíos, hermanos le dieron el poder sin saber que estaban alimentando a un monstruo que no tiene límites, pero sí un buen equipo asesor que la han convertido en la mejor oradora con capacidad de persuasión. 

 

Ya podrán imaginar cómo fue la vida de dedo largucha y la de sus habitantes. 


 

Eso queda a la imaginación de ustedes, amigos lectores

 

Al final de esta historia sólo nos queda pensar que lo sucedido en Dedolocuras lo pudimos saber por el testimonio vivo de Enmita y José David que quizá lo denunciaron ante los medios de comunicación, o dejaron un manuscrito. O capaz todo esto sólo fue un sueño fantasioso de Enmita, una niña fuera de sí, que pudo imaginar un sistema de locos, hecho que no tiene nada que ver con la vida real. 

 

Ustedes, ¿qué opinan?