Lo demás sobra
Entrelíneas

Emilio Mendoza de la Fuente

“Leer, leer, leer; ¿seré lectura

 mañana también yo?”
 

Miguel de Unamuno 

 

Cuando se llega a cierta edad, la suficiente para cargar con pequeños malestares que impiden presumir de una juventud eterna, los días tienden a ser iguales. Por regla general caminan de manera tranquila con excepción de los fines de semana, que también son similares entre ellos y, por supuesto, de las vacaciones, en donde los hábitos diarios se rompen por completo. A pesar de ese hecho, la rutina siempre presenta ligeras variaciones, tiene inconvenientes, alegrías, tristezas y corajes. Esos pequeños cambios son importantes, evitan una tediosa existencia y me recuerdan que, no importa lo que haga, el tiempo nunca se detiene. 

 

Entre los hábitos que tengo existe uno que, al menos para mí, es valioso. Desde que era joven he tenido dificultades para conciliar el sueño, sobre todo después de días complicados que me dejan una serie de problemas y, con ellos, la necesidad de tomar decisiones para resolverlos. Entonces, cuando intento dormir, las preocupaciones hacen que el cerebro sea incapaz de aminorar su velocidad. Como está empeñado en encontrar cómo resolver los asuntos que quedaron pendientes llegan a mi mente ideas inciertas y difusas las cuales giran sin cesar. Son horas de angustia que solo sirven para alimentar el demonio del insomnio. 

 

Hace varios años leí en algún lado que hacer siempre las mismas actividades antes de ir a la cama puede ayudar a dormir mejor. Por eso, poco a poco, construí una rutina para el final del día. Hasta hoy me da buen resultado. Gracias a ella, la rapidez con la que marchan mis pensamientos se reduce sin necesidad de brujería o medicamentos y muchas veces he podido librarme de la pesadilla que representa una noche en vela con horas llenas de ansiedad.

 

El punto final de ese ritual nocturno es leer por un buen rato recostado en la cama. Esa última actividad de cada día se ha convertido para mí en algo vital y necesario. Siempre la realizo con un buen libro de ficción, ya sea una novela o cuento, que permite separar mi cerebro de la realidad a través de un viaje hacia un mundo alterno.

 

Hasta la fecha, esa práctica me funciona bien, puedo conciliar el sueño sin inconvenientes. La noche pasa tranquilamente siempre y cuando no me despierte en la madrugada porque, si es así, se vuelve casi imposible volver a tomar el tren de la inconsciencia. Los libros, que funcionan de manera perfecta al acostarme, no sirven en esa situación. El breve descanso por dormir un poco y el hecho de estar inmerso en la historia hace que pueda continuar leyendo hasta la hora en la cual debo levantarme de la cama. Afortunadamente eso rara vez me sucede. 

 

Durante esa última actividad del día sé que debo parar de leer cuando me doy cuenta de que mi cerebro, tal vez debido al cansancio, se desconecta de la mirada y es incapaz de comprender lo que está escrito. Los ojos sencillamente comienzan a pasear con pasos distraídos sobre las letras. Es el punto exacto en que debo dejar el libro a un lado, apagar la lámpara y comenzar a dormir. 

 

Sin embargo, en algunas noches, sucede algo curioso. Como mencioné, en cierto momento, justo antes de dormir, a pesar de que mi cerebro comienza a desconectarse no lo hace por completo. En esas ocasiones queda un pequeño enlace entre él y el entorno que me rodea. La mirada continúa sobre las letras del libro, pero mi mente no registra ese detalle. Para ella sigo recostado en la cama, leyendo una buena novela o un cuento con la ayuda de mi pequeña lámpara; como sabe que estoy inmerso en una narración, pero no recibe ninguna señal de los ojos, comienza a inventar lo que debería estar escrito. Lo hace al mismo ritmo con el cual la mirada recorre el texto. Esto puede continuar por algunas líneas y, como he descubierto no pocas veces, por párrafos completos. 

 

En repetidas ocasiones, al retomar la lectura en la noche siguiente, es común que tenga que volver a leer unas líneas anteriores al punto en el cual dejé la historia para seguir correctamente el hilo de la narración. A veces me doy cuenta de que en realidad los últimos párrafos que “leí” no existen. Mi recuerdo de los últimos minutos de lectura durante la noche anterior es en realidad un invento, un engaño; he creado un juego entre dos ficciones: la mía y la que escribió el autor. Descubro, con cierta sorpresa que, en algunas noches, mi alucinación entrelazada con el texto, más que una pequeña adición, es un pasaje completo de la narración. 

 

Así, entrelíneas he abierto nuevos caminos para las historias que están escritas, por ejemplo: el gato sin nombre de la novela Soy un gato de Natsume Sōseki percibió muchas más cosas de los seres humanos que lo rodeaban y, por lo tanto, en esos pasajes inventados por mí, su ironía fue más aguda de lo que originalmente concibió el autor. También, en la novela San Manuel Bueno, mártir de Miguel de Unamuno, Ángela tuvo diálogos adicionales con su hermano Lázaro acerca de don Manuel Bueno, gracias a eso pude percibir más elementos del conflicto del sacerdote. 

 

A veces me asalta la idea que mis fantasías son una falta de respeto hacia los autores de los libros, aunque, para ser sincero, no lo creo. Las cosas que yo invento son verdaderas tonterías que realmente no interesan a nadie. Son estupideces que únicamente podrían molestar a los personajes de las historias ya que, durante mis invenciones, deben salir de su único e inexorable camino. Aun así, dudo que ellos puedan recriminarme algo.

 

Lo digo porque los personajes de los libros están condenados a repetir siempre lo que hacen, sus vidas han sido determinadas de manera rígida, en cada instante, por la pluma del escritor. Después de cierto tiempo seguramente se encuentran hartos y aburridos de su situación. Yo lo único que hago es ayudarlos a romper su monótona existencia. Probablemente me tengan un poco de agradecimiento, no lo sé, pero, al menos, pueden salir por unos minutos de su infierno de fastidio. 

 

Entonces, los pequeños cambios que tengo en la rutina del día a día: ¿Son producto de la imaginación de quién me lee? Es posible. Tal vez la realidad es lo que está entrelíneas, todo lo demás sobra.