Eutanasia

Angélica Santa Olaya

Y de pronto, la vida parecía más fácil. No había historia que aprender, la existente era obsoleta y muy molesta. Hablaba de hechos que nunca debieron haber sucedido. Una realidad monstruosa. Mejor era olvidarla. La cultura era un costal de papas podridas con sus miles de machos y sumisas mujercitas que en algún lugar había que ocultar, así que fue arrojada al cajón sin fondo de la desmemoria. Los teatros desaparecieron pues los buenos actores hablaban un lenguaje antiguo. Los cines fueron cerrados hasta nuevo aviso pues las películas, que recordaban el horrendo pasado, fueron quemadas en una hoguera al igual que libros, canciones y todo documento que contraviniera los civilizados preceptos del nuevo mundo. 

 

Lo mejor fue la desaparición de las escuelas, no había nada que aprender. De reír ya ni hablamos. La risa había muerto desde los primeros años en que los humanos decidieron ser perfectos e inofensivos. Como sucedió en el medioevo, fuente de inspiración cuyos vestigios sobrevivieron algún tiempo, la risa se volvió un peligro. La gente se comunicaba a señas para no correr el riesgo de hablar y ofender a alguien. Lo único importante era ser correcto y para eso lo mejor era mantener la boca cerrada y la pluma guardada. 

 

Era preciso crear nuevas ideas. Pero, ¿quién arrojaría o escribiría la primera palabra? Se miraron unos a otros. Algunos abrían la boca como queriendo soltar un grito o un gemido. Otros desorbitaban los ojos señalando algún rincón como queriendo meter ahí la impúdica mirada. Los más, embarraban las pupilas en el suelo por miedo a parecer impertinentes.

Corrieron los meses, los años, los siglos y el milagro sucedió. La nueva humanidad había sido signada por el Silencio que se tragó las ideas y pensamientos de los humanos que decididos a callar para Siempre olvidaron hablar, escribir e incluso moverse. Nadie se había sentido libre de posible culpa. Excepto los robots cuyo lenguaje cuántico recordaba, a veces, con límpida pureza, el número de células del último humano a quien vieron desintegrarse, irreprochablemente tranquilo, sobre un reseco montón de Tierra.  Por fin, todo era perfecto. Los gusanos, las cucarachas y las máquinas que no sabían de incomodidades ni, mucho menos, sabían, ni precisaban sonreír.