Fotografía móvil. Reflexiones al amanecer

Mónica Sánchez Escuer

El amanecer en la playa es uno de los espectáculos de la naturaleza que más disfruto. Hay quienes se levantan sólo para presenciarlo, otros para terminar la fiesta con un buen sabor de boca, y algunos locos, como mis compañeros y yo, llegamos a nadar, a correr o hacer yoga. Pero todos, justo en los cinco minutos en los que se va asomando el sol, detenemos lo que hacemos para mirar. El cielo estalla en rojos, azules y naranjas, el mar se cubre poco a poco de pequeños destellos plateados y dorados, las nubes toman colores y formas caprichosas al ritmo del viento. Muchas veces, si aún no estamos en el agua, lo hacemos a través de la pantalla del móvil. Todo lo queremos encapsular en el rectángulo: el asombroso paisaje, la compañía, la emoción que se experimenta. Como si nuestra memoria no fuese capaz de retener tal belleza, buscamos preservarla en algo que se nos figura más tangible que un recuerdo. Pero también está la sensación de que si no se captura el momento, pareciera que no hubiese ocurrido o que nosotros nunca lo hubiésemos presenciado. Así, la fotografía tomada deja constancia de dos cosas: el suceso en sí mismo y nuestra presencia. 

 

Foto AnaLi

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Vernos a todos parados a la orilla del mar con nuestro celular apuntando al sol me lleva a preguntarnos ¿dónde quedaron nuestros ojos?, ¿dónde, nuestra memoria? El momento del amanecer es tan mágico como efímero; en un par de minutos, los naranjas y dorados se desvanecen, todo se ilumina y el día vuelve a sus paisajes comunes. Vivimos con la sensación de que la realidad se nos escapa demasiado rápido, que debemos retenerla de algún modo. De ahí que tengamos la necesidad de registrarlo todo;  para nosotros, para no olvidar lo visto, lo vivido; y para los otros, como evidencia de lo bien que la pasamos, de las cosas bellas que nos rodean: podemos contar a la gente lo que vimos, pero el relato oral nunca será tan poderoso como la imagen. Compartir nuestra felicidad parece una nueva obligación social, aunque ésta dure sólo los dos minutos en los que despunta el alba, el instante en que quiebra el día. Quizás este fenómeno sea más serio que la adicción a los mensajes, los likes, los feeds en el celular: la pantalla se está convirtiendo en nuestro ojo y nuestro testigo, la constancia de que estamos vivos: si no es a través de ella, el mundo, nosotros mismos nos volvemos invisibles.

Foto Marta Anguizola

 




 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pero lo continuamos haciendo, seguimos tomando fotos, registrando lo que vivimos aun cuando sabemos que ese tiempo en pantalla nos roba el contacto directo con la vida humana y natural que nos rodea. En esta realidad líquida donde las horas y días se nos escurren de las manos, donde la prisa y las compulsiva actividad marcan el ritmo de nuestras vidas, retener una experiencia fugaz en el dispositivo, compartirla en redes, nos da la ilusión de prolongar y expandir nuestras vivencias en el espacio y en el tiempo. Es verdad que al mirar las fotos de otros compañeros y compartir las nuestras nos sentimos de alguna manera conectados: nos sabemos cómplices del mismo instante y eso nos hace sentir acompañados y nos proporciona una momentánea dosis de felicidad. 

Foto Marta Anguizola

 






 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A veces me pregunto ¿qué sentido tiene que todos registremos el mismo paisaje? Es cierto que, aunque presenciemos lo mismo y las fotos sean muy similares, son muy pocas las imágenes que logran transmitir la intensidad del momento, la emoción experimentada, la belleza más allá de las formas, colores y volúmenes. 

AnaLi

Foto AnaLi

 

En nuestro grupo hay dos mujeres que son las más entusiastas, las más alegres y agradecidas con la vida. Las fotografías que ellas toman siempre se encuentran entre las mejores, las más impactantes. ¿Qué hace que un fotógrafo no profesional sobresalga del resto? Al analizar el trabajo de mis compañeras, pienso en una teoría simple: lo que diferencia a unos de otros es, quizás, la mirada atenta, perceptiva y profunda del entorno, y la sensibilidad que se proyecta al observar, admirar y aprehender lo que se mira. El entrenamiento visual, estético y técnico así como la habilidad y la suerte de capturar un momento preciso son factores importantes, sin duda. Sin embargo, en las fotografías que destacan en el grupo lo que más sorprende es que transmiten la fascinación y el entusiasmo con el que sus creadoras interactúan con el mundo. Esto me hace pensar que es imposible proyectar una visión propia sin un proceso previo de receptividad; el aficionado, fotógrafo, artista o escritor necesita abrirse, recibir con asombro, humildad y paciencia aquello que la naturaleza y las cosas le muestran y comunican directamente, sin la intermediación de una pantalla; luego entonces será capaz de devolver al mundo, ya con la huella de su mirada impresa y a través de los medios que desee, los tesoros que encuentra.