Desde el ombligo

Humano, demasiado humano

Guillermo Vega Zaragoza

El adulto se parece más al niño que al adolescente.

Friedrich Nietzsche

 

Lo kafkiano es un recurso narrativo en el cual lo extraordinario, lo poco común, se vuelve cotidiano o viceversa. Pensemos en Die Verwandlung (La metamorfosis, o como prefieren otros traductores: La transformación): Gregorio Samsa se despierta una mañana convertido en un gigantesco insecto (un escarabajo, para ser exactos, aunque muchos aseguran que es una cucaracha, quizá porque uno con frecuencia puede despertar sintiéndose una cucaracha, pero no literalmente convertido en una). 

 

Kafka elude lo mero principal: ¿qué fue lo que convirtió a Gregorio en un insecto? Tampoco el personaje se lo pregunta. Simplemente, se despertó así y ya. Su principal preocupación es que no puede ir a trabajar en esas fachas, que por eso lo va a correr el patrón, que su familia no va a tener para comer y van a caer en la deshonra y la ignominia. A la familia tampoco le interesa mayormente la causa de la drástica transformación de Gregorio. A ellos lo que les preocupa es el qué dirán, la opinión de los vecinos, de los parientes y del patrón. ¡Qué deshonra! ¡Un hijo convertido en escarabajo! La única que le muestra un poco empatía es la sirvienta, que es la que le termina llevándole la comida al cuarto donde lo tienen encerrado para que nadie lo vea.

 

Yo no sé a ustedes, pero hace poco que la volví a leer, La metamorfosis me pareció tremendamente cómica, al grado de soltar varias carcajadas. Es que todos son tan estúpidos, incluido el propio Gregorio, que además provoca una dolorosa lástima. Ahora, si creen que lo kafkiano es pura fantasía, conviertan a Gregorio en lugar de escarabajo en un hijo gay, trans, estudiante de filosofía, actor, cantante o escritor, y se darán cuenta de que la metáfora de Kafka no está tan alejada de la realidad. 

 

Inmerso en lo kafkiano fue como me sentí durante la lectura de Pamelo. La línea entre el amor y la amistad, publicada por Editorial CODISE, la tercera novela de Jesús Vicente García, quien ya había deambulado por escenarios extraños y poco comunes: por los barrios bajos de la ciudad con El Gran Vals y por los laberintos de la ciencia ficción más postapocalíptica y disparatada con ¡Muere, gusano, muere! Ahora, de nuevo da el volantazo y nos ofrece algo que no sé muy bien cómo definirlo: ¿novela juvenil?, ¿novela de aprendizaje, Bildungsroman?, ¿“artefacto narrativo”? (para estar en onda con las nuevas tendencias de la crítica).

 

Para no meterme en más honduras, diré que es, definitivamente, la narración, en primera persona, de unos cuantos días en la vida de un niño, el Pamelo del título, que cursa la primaria en, digamos, el Distrito Federal, el Defectuoso, antes de que se convirtiera oficialmente en la Ciudad de México, aunque podría ser cualquier otro lugar. Pienso que no sucede en los años más recientes, pero sí, por lo menos, a principios de este siglo (el niño revisa sus correos electrónicos). Hasta ahí todo normal: le gusta estudiar, hace su tarea, ayuda a su mamá en los quehaceres de la casa, le gusta el fútbol, tiene una amiguita con la que platica sobre diversos temas (que, por cierto, en la ficción, es hija del colega Nutte), aficionado a la lectura (su padre es novelista); es tímido, reservado y observador. En fin, sus papás lo quieren mucho y él los quiere mucho también. 

 

Su vida transcurre sin muchos sobresaltos, hasta que más o menos a la mitad del libro sucede algo que me llamó la atención: su madre lo pone a limpiar la estufa porque se ha derramado la leche que se estaba calentando. Toma su trapito y limpia la estufa, pero decide ver todo muy de cerca. Y así se la pasa: se pone a observar detenidamente a sus compañeros de clase y luego se acerca demasiado para inspeccionar a su amiga Ximena; ella se enoja, pues piensa que la está criticando y se va. Y él no entiende por qué se molesta. Eso es importante: Pamelo no entiende el porqué de muchas cosas que hacen o dicen las demás personas, sobre todo los adultos. Por ejemplo, no entiende por qué encuentra a su mamá llorando, o no entiende por qué sus amiguitas Ximena y Anabel se disputan su compañía (pues a ambas les gusta). 

 

Ahí fue donde me empecé a alarmar: ¿Quién es este niño? ¿Será verdaderamente un niño? ¿O a lo mejor es un extraterrestre que está examinando a nuestra especie y trata de entender y emular las emociones humanas, pero nomás no le sale? Incluso vino a mi mente aquella película de Eliseo Subiela (el mismo que hizo El lado oscuro del corazón) llamada Hombre mirando al sudeste, donde un paciente psiquiátrico afirma ser mensajero de otro planeta que vino a investigar la estupidez humana (por cierto, se fusilaron la idea sin apenas cambiarle algo y la filmaron como K-Pax, protagonizada por Kevin Spacey). 

 

En cada capítulo, Pamelo y Ximena conversan sobre un tema que tiene que ver con un valor que uno pensaría que los niños de ahora no conversan: la responsabilidad, la amistad, el amor... Hay uno donde Pamelo escucha fascinado a la madrina Agustina contar su vida como esposa del editor Miguel Barbachano, lo que lo lleva a pensar que de grande le gustaría ser editor o escritor. Luego, en otro, narra el partido de la final de futbol con el equipo de los grandotes de la escuela, el cual pierden 2-1, aunque Pamelo mete al último minuto el de la honrilla. 

 

Y con el partido, se acaba la escuela. Está entrando a la adolescencia: le empieza a cambiar la voz, le está saliendo bigote. Piensa mucho en Ximena, pero Anabel le manda una carta donde le pide que sean novios. Ambas le gustan. “¿Qué debo hacer, qué me falta por vivir, qué debo escoger? Soy Pamelo y no tengo idea de lo que debo decidir”, reflexiona, cual Hamlet, el protagonista.

 

Y, entonces, cuando uno piensa que viene lo bueno, ¡se acaba la novela! ¡Cácaro! ¡Regresen las entradas! ¿Y dónde están los escarceos, los fajes, los besos robados, el despertar sexual, la cosa bonita? ¿Y dónde están la internet, los videojuegos, el bullying, los maestros abusadores, los descalabros amorosos, todo eso que hace linda y miserable la vida del adolescente del nuevo milenio? ¿De qué se trata todo esto? ¿Qué nos ha querido decir Jesús Vicente García con esta historia?

 

Entonces me acordé lo que me dijo Vicente Leñero en una entrevista: los autores y los lectores nos hemos acostumbrado a eso del “manualito”, sobre todo en lo que respecta a la lógica del personaje, que el autor sepa todo sobre el personaje, analizarlo hasta los detalles mínimos, cuando el primero que se debe sorprender con los personajes y no saberlo todo sobre ellos es el propio escritor. Me dijo que una vez le preguntaron a Harold Pinter algo sobre un personaje de una obra suya y él respondió: “Pues no sé, no lo sé todo sobre los personajes”. Los personajes deberían ser un misterio que no tiene por qué resolverse. Los personajes deberían plantearse como seres misteriosos, no con trampas ni ocultando información, sino como un misterio que el espectador debe tratar de resolver y

que no necesariamente tiene que quedar resuelto al final del libro o de la película.

 

Mientras hojeaba de nuevo el libro para escribir esto, volví al epígrafe que escogió el autor, tomado del evangelio de San Mateo: “Verdaderamente les digo: A menos que ustedes se vuelvan y lleguen a ser como niñitos, de ninguna manera entrarán en el reino de los cielos”.  Y entonces me cayó el veinte. Pamelo es un recordatorio de cómo es ser verdaderamente niño; de cómo era ser verdaderamente niño, antes de que la vida moderna nos arrancara la inocencia. 

 

La literatura mexicana contemporánea ha sido adepta a retratarla en plan nostálgico, último reducto de la inocencia y el “todo tiempo pasado fue mejor”, como Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, o en el extremo contrario, como sucursal del infierno al que el autor ha sobrevivido para rendir testimonio, como en Fiera infancia y otros años, de Ricardo Garibay, por citar dos ejemplos conspicuos. 

 

Al primer tipo parece adherirse el autor de Jesús Vicente García, pero sin la estridencia del amor trágico. En efecto, Pamelo es inocente, porque la vida real no lo ha maleado, no lo ha echado a perder, y no quiere decir que su vida no sea real, sino que la maldad aún no ha llegado a su vida porque ha tenido la suerte de tener unos padres amorosos, maestros responsables y amigos que lo aceptan como es. También, por esa inocencia, Pamelo cuestiona tantas cosas que hacen los adultos, y por eso mira las cosas con ojos buenos, de curiosidad, de buena fe, para tratar de comprender. De manera extraña, en mi mente la emparento con otra novela sobre la infancia, pero esta de la belga Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos, publicada en 2000, donde la protagonista vive en una especie de paraíso donde se autoproclama Dios, para luego ser expulsada sin miramientos ya que ha crecido y dejado de ser niña.

 

La lectura de Pamelo me ha hecho cuestionarme muchas cosas del momento vivimos como humanidad. Nos hemos vuelto demasiado sabelotodo, demasiado cínicos, demasiado soberbios, cuando en realidad todo este supuesto conocimiento que tenemos al alcance de la mano gracias a la tecnología, en lugar de hacernos mejores personas, de hacernos más comprensivos e inteligentes, nos ha vuelto más ruines, más egoístas y más pendejos. 

 

Creemos saberlo todo y que, por tener acceso a la internet y las redes sociales, podemos opinar y criticar todo y a todos, cuando la verdad es que nuestra opinión sobre casi todo vale nada, porque tenemos muy poco control sobre la realidad. A veces ni siquiera tenemos control sobre nuestros pensamientos y sentimientos, cuantimenos vamos a tener control sobre los demás, sobre nuestra pareja, sobre nuestros hijos o sobre el gobierno o la vida social. Se nos ha hecho creer que tenemos el poder de elegir, porque podemos votar por tal o cual partido o escoger tal o cual marca de refresco o pasta de dientes, pero, en realidad, la única elección que nos ha dejado el capitalismo salvaje es ser explotados a cambio de un sueldo mísero que apenas nos permite sobrevivir o morirnos de hambre (claro, si somos personas comunes y corrientes, porque también podemos elegir ser empresarios, políticos o narcotraficantes, es decir, aprovecharnos de los demás).

 

Pero esa es la ilusión en la que vivimos y se nos ha olvidado cómo es ver al mundo con ojos niños, con la intención, no de juzgar ni de opinar ni de criticar, sino de entender y comprender, y, sobre todo, de estar cerca de aquellos a los que amamos y nos aman. 

 

En la película Blade Runner, de Ridley Scott, los replicantes se han vuelto más humanos que los humanos; tanto así que quieren vivir más y por eso regresan a la Tierra, para que su creador les aumente el tiempo de vida. Mientras que el humano, el policía encargado de “retirar” a los replicantes rebeldes se comporta precisamente como un robot al que le quedan muy pocos rastros de humanidad. 

 

Quizá por eso este niño Pamelo me pareció casi extraterrestre, cuando en realidad Pamelo es tremendamente humano, porque se me había olvidado lo que era ser inocente y curioso como un niño. Muchas gracias, maestro Jesús Vicente, por recordárnoslo.

 

 

Jesús Vicente García, Pamelo. La línea entre el amor y la amistad, Editorial CODISE, 2022.