La historia de Osvaldo

Marcia Koryna Hernández Hernández

No lo vi venir, pensé que nuestro matrimonio había alcanzado el nivel perfecto de confianza, estabilidad, fantasía; justo aquella por la que muchas parejas matarían. Sos una macana, Chela, qué bien jugaste tus cartas, me quedé peor que un nabo.

 

Recuerdo cuando la conocí; era la reunión de padres de familia en la escuela de mi hija. Ella venía con el grupo editorial que mostraba el nuevo material escolar, no dejaba de mirarme y bueno, a quién no le brota la vanidad y le atrapa el aire de conquistador. Caminó hacia mí moviendo de más sus caderas, abrió sus ojos negros, del mismo tono de su cabello con corte de ejecutiva, mordía suavemente sus labios, se acercó mucho, pero se desvió al cuerpo de mi esposa que ya tenía el celo en la mirada y sus dedos torciendo la piel de mi brazo. ¿En serio? Después de un rato, reían y platicaban como si se conocieran de muchos años atrás, yo, de perchero a su lado.

 

Con el paso de los días, Chela visitaba a Dora mientras yo no estaba so pretexto de obsequiar literatura para nuestra pequeña quien gusta de leer y escribir. Tanta fue la empatía que una noche cuando regresé del trabajo Chela era nuestra invitada a cenar. Mi hija la trataba con tanta confianza y afinidad, que me dijo: ––Papá, Chela es mi tía, ¿verdad?, ¿puedo llamarla tía? 

––Podés, respondí.

 

Dora se mostraba más risueña, segura, hasta me atrevo a decir, sexi, muy sexi. Cambios que me complacían. Una noche, después de acostar a la niña, Dora me esperaba en el cuarto con un exquisito encaje negro, me quedé pasmado, apenas cubría lo esencial de su cuerpo, estaba de pie con una mirada de femme fatale, ofreciendo todo cuanto veían mis ojos, sabida de la delicia de su carne, tomó el mando y se movió mejor que nunca. La noche siguiente me esperaba con otra sorpresa de encaje rojo, la verdad es que apenas logré ver el modelito que lucía porque, tú sabés, pronto te estorba y lo arranqué con mi boca. Estábamos reposando el orgasmo, cuando me asaltó con el siguiente comentario: 

 

––Creo que estoy dispuesta a dar el siguiente paso en nuestra relación.

––¡Qué!, ¿vos qué decís?, ¿qué siguiente paso?, estamos casados, ¿qué sigue?

 

Lo ingenuo de mis preguntas la exasperaron, respiró lento y al exhalar respondió: Un trío. 

 

Impulsivamente me separé de ella y reclamé si no se satisfacía conmigo, que me ofendía el hecho de solicitar un trío, no la compartiría con otro hombre, ¿vos, qué clase de persona crees que soy?

––Sos un idiota, gritó. No con un hombre, con una mujer.

 

Cerró mi boca, quedé paralizado con su propuesta. No podía creer, ¿estaba dispuesta a compartirme?, me sentí herido y exigí explicaciones.

 

Ella dijo que era un regalo, ¿qué hombre no desea cumplir semejante fantasía? Aunque no lo creas, yo; pero insistió con argumentos que no entendí porque después de hablar me besaba como sólo ella lo sabe hacer, así que acepté. Y claro, la tercera en esta fantasía era Chela. En total desacuerdo, concertamos la noche y la fecha. 

 

La primera vez fue toda una experiencia, me excitó ver a Dora tan dueña de la situación, casi no toqué a Chela ni ella a mí, de inicio parecía que guiaba el encuentro, después, verlas en plena acción fue indescriptible, pero aquí dentro, se me revolvían dos situaciones o quizá tres, la moral, la excitación y por primera vez, celos a discreción.

 

Después de esa noche, quería estar a solas con Dora y demostrarle que era más delicioso tener nuestro sexo. Me aceptó un par de veces, hasta que me comunicó que Chela viviría con nosotros, pues nuestra hija le había tomado un gran cariño, qué boluda, ¿no pudo inventar otra excusa? Estallé golpeando la pared y antes de decir algo, mi hija salió de su habitación, me miró con miedo cuando vio mi rostro desfigurado de furia. Me contuve y la abracé, la recosté en su camita y estuve con ella hasta que se quedó dormida.

 

Con diplomacia esquivan mi presencia, ya no hay trío sexual, ellas son dueñas de los momentos más íntimos y familiares. Desesperado, hablé con Dora, porque, ¡qué mujer tan cruel!, de la noche a la mañana me hace a un lado de su vida, todas están contentas menos yo. Pero no quiero hacer drama Ché, porque amo a Dora y a mi hija, verlas tan felices me hace detener cualquier amargura; soy el tango más desdichado, ¿comprendés lo que digo?

 

Después de las vacaciones de verano, llegaron las tres mujeres destilando gozo, lo supe desde las postales que enviaba la piba, que a pesar de su alegría teme mi ausencia. He tomado una decisión, no soy hombre para soportar esta vida, Dora ha elegido; no, no me alejaré de ellas, sencillamente viviré en otro lado.  Vos, ¿qué pensás?