La noche del cumpleaños cuarenta y cinco

Vick Medina

Una fuerza hipnótica te obliga a entrar a ese bar. Recuerdas que un compañero de la oficina lo recomienda con persistencia. 

 

El lugar es algo fastuoso: Las mesas de mármol, las paredes con piedra de cantera, los cuadros de corte renacentista. Todo parece falso, ficticio, pero lo toleras porque vienes a celebrar. Hay dos motivos. Cumples cuarenta y cinco años. La edad te inquieta porque sientes la vejez un tanto próxima. Mejor piensas en la mención honorífica del concurso de novela que acabas de recibir. Ganaste el reconocimiento con la narración casi autobiográfica de un hombre que se desvive por el afecto de su hija. Por ilación de pensamientos, recuerdas a Nancy. ¿Dónde estará? ¿Qué estará haciendo? Sientes el poderoso deseo de llamarla, pero no lo haces. Rememoras sus palabras. “Papá, no me llames en fin de semana, siempre estoy ocupada o de fiesta con mis amigos”. 

 

Las palabras aún duelen, sin embargo, el dolor es suspendido cuando una mesera gorda y dientona te pregunta si quieres ordenar. Deseas un vaso de whisky pero sabes que es un lujo innecesario, no acorde a tu anémica economía. Pides lo de siempre, una Tecate light. 

 

Paseas la vista por el bar y de nuevo te invade la sensación de ser un extranjero, como si no encajaras. Hubiera sido bueno invitar a un amigo. Ya no tienes amigos. Piensas en Daniela, aunque a ella no quieres llamarla. El divorcio de hace diez años fue un acierto.

 

Sientes una mirada sobre ti y, en efecto, tres mujeres te ven fijamente. Centras la atención en la fémina de piel clara y ojos oscuros. ¿Por qué ella resalta sobre las demás? Descubres que posee una sonrisa misteriosa, de Mona Lisa, como si guardara un secreto. La canción de Joaquín Sabina te distrae, la cantas en la mente: “Voy a salir esta noche contigo, se quedarán sin beatas las catedrales y seremos dos gatos al abrigo de los portales”.    

        

Observas de nuevo a la mujer de la sonrisa misteriosa. Pero ella o mejor dicho ellas te miran. Sus miradas no cesan, hagas lo que hagas te escrutan. “Es un error, dices, deben ver a alguien más”. Vuelves la cabeza hacia atrás, no hay nadie, sólo la pared. Ahora eres un cuerpo nervioso. Tus movimientos son mecánicos, como si pensaras antes de ejecutar alguno. Clavas la mirada en los ojos de la mujer de la  sonrisa de Mona Lisa. Son miradas furtivas, de seducción y lo sabes porque conoces el juego del cortejo, del coqueteo. Piensas en ir a su mesa e invitarle un trago. Lo has hecho en el pasado, en la universidad, antes de abandonar los estudios, para escribir y ganar algunos premios. Sí, sí escribiste. Jamás has ganado algún premio, bueno, está lo de la mención pero… pero intentas calcular la edad de las mujeres. Veinte o tal vez veintiuno. Tus épocas de Don Juan te pasan por la mente. Adquieres valor. Llamas al mesero para pedirle que les lleve una copa de vino. Las jóvenes se adelantan. Van un paso más rápido. Una de ellas está frente a ti y dice: Mi amiga me dijo que si le invitas un trago. 

         

Nada más. Sólo diez palabras. Tu corazón palpita ferozmente. Vuelves a experimentar la energía hipnótica, la misma que sentiste al llegar, incluso ahora con mayor fuerza. Interpretas la energía como un presagio, un buen augurio.  Sientes que la noche es tuya, que la controlas, que nada puede salir mal. Piensas en la mención y ahora esto, no es sólo suerte, algo cambió, quizá la tormenta de desventuras esté por cesar. Intentas recordar cuándo fue la última vez que bebiste con una mujer, fue hace diez años o nueve, luego del divorcio. 

 

Te sientas en la mesa donde han estado bebiendo las mujeres, sin embargo, en el momento que llegas, dos de las mujeres se levantan y se acomodan en otra mesa. Sólo estás con la dama de la sonrisa misteriosa. Al verla de cerca, te parece mucho más joven. Diecinueve, quizá dieciocho. Pero olvidas los pensamientos sobre la edad porque todo en ella te ciega, su figura esbelta y ceñida por el vestido negro, el cabello castaño y luminoso, la sonrisa de misterio. Ciertamente has estado con mujeres más bellas pero eso fue hace mucho, años atrás.

        

El mesero vuelve por los vasos vacíos, y pregunta si desean algo más. Dania pide una copa de vino blanco. Un momento antes de pedir otra Tecate light, dices: “Un vaso de whisky, por favor”. La situación lo amerita. Hace diez años que no bebes con una mujer, además estás celebrando. Después de todo, traes la cartera llena de billetes, por decir algo. Acabas de cobrar la quincena, y dos cheques por los ensayos que publicaste en una revista. 

         

Ella pregunta a qué te dedicas, piensas en decirle que eres auxiliar administrativo en una oficina contable, pero al final comentas: “soy escritor”. Es verdad, lo eres pero hace bastante tiempo que has dejado de decirlo. Quizá la mención te dio arrojos. 

        

Bebes y platicas con Dania. Los minutos transcurren rápido. Ella es más interesante ahora que la conoces un poco. Se interesa en tu charla. Tienen gustos parecidos, incluso sus lecturas son similares: Hemingway, Dostoievsky, Kafka.  Pregunta por tus hábitos de escritor.  Describes la rutina, de cómo te sientas todos los días a las siete de la tarde en aquel diminuto estudio y escribes con vehemencia hasta las diez de la noche. Nunca más tarde, porque al día siguiente tienes que ir a trabajar. Luego de un buen rato de charla, predomina el silencio, eso te da tiempo de imaginar, imaginas a Dania en tu pequeño departamento. Lentamente la desnudas. Le besas todo el cuerpo. Parece una diosa. Regresas a la realidad, a la mesa con la verdadera Dania. Notas que tienes una erección, una bestial, de semental en celo. Ella dice que se tiene que ir, que si la puedes llevar a su casa. Aún con el miembro semi erecto, de forma refleja, contestas que sí, que no hay problema. El bar está casi vacío. No hay vestigios de las amigas de Dania.

         

“Lo del aventón fue un error”, piensas. Sientes algo de pena. Dania verá el destartalado Tsuru del noventa y ocho, tu carro de siempre.  Luego piensas que el verdadero error fue dejar la universidad. Al final sientes alivio cuando recuerdas a algunos compañeros que se graduaron de la carrera de comunicación, la mayoría en peores situaciones. Contemplas la cara de Dania al subirse al auto y parece no importarle. Su sonrisa de misterio luce intacta.

         

Minutos después, cuando están a punto de llegar a la casa de Dania, una especie de ansiedad y pánico te envuelve. No quieres que la noche se acabe, no así, no quieres volver a casa y ser poseído por las voces del hubiera, de lo que quisiste hacer. Recuerdas la botella de vino tinto que guardas para una situación como esta. Sientes los presagios de nuevo. A bocajarro le dices que si quiere ir a tomar una última copa a tu casa. Con naturalidad contesta que sí.

         

Llegan a la casa, mejor dicho departamento. Sirves el vino. Se sientan en la cama. Se sientan en la cama porque no tienes sofá, no hay espacio para uno. Permanecen dubitativos hasta que se lanza sobre ti. Te sorprende su agresividad y más aún cuando te besa furtiva, animal, bestialmente. La desnudas con impaciencia y con torpeza. Te aferras a sus pechos como se aferra un náufrago a una tabla en mar abierto. Durante el coito, en el momento en que Dania jadea más fuerte, le observas el rostro; te parece más joven. Dieciocho, quizá diecinueve. Pero no importan los años porque estás en ese momento en donde todo es humedad. Sientes los fluidos de Dania cuando llega al orgasmo. Al terminar, se acurruca en tu regazo. Duerme pronto. Vuelves a las fantasías. Imaginas un futuro con Dania. Le vas a pedir que se mude a tu casa, bueno, bastaran dos citas más para eso…

        

Despiertas con dolor de cabeza, fueron un tanto excesivas las copas de la noche anterior. Sientes más soledad que de costumbre. Llamas a Dania. Nadie contesta, porque nadie se encuentra en la casa salvo tú.  Buscas alguna nota. Quizá fue a traer algo para desayunar o quizá le salió un imprevisto y se fue. Pero no existe la nota. Te llega un mensaje al celular. Lo lees: “Gracias por pagar los tragos anoche y pagar la peda del fin siguiente…”.

         

Corres a la recamara. Encuentras la billetera tirada en el piso. Está vacía.

         

Te recuestas en la cama, mientras sientes un ahogo indómito, como si el mundo con sus enérgicas manos te quisiera asfixiar.


 

Vick Medina (Torreón, Coahuila). Estudió la licenciatura en comunicación y la maestría en educación. Es autor del libro: La mujer de jade y otros cuentos. Ganador del segundo lugar del concurso 49 de la revista punto de partida de la UNAM, en la categoría de cuento. Ha publicado artículos y reseñas literarias en el periódico Entretodos, y algunos cuentos en las revistas CantaLetras, Vanguardia y YoEsOtro, entre otras. Ha tomado diversos cursos y talleres literarios. Participó como invitado en el programa de radio lecturas prestadas y como ponente en el café literario de la casa Múdejar. Actualmente dedica su tiempo a escribir y es catedrático universitario.