Lapidación del siglo XXI

Marcia Koryna Hernández

El pueblo con su turba femenina está reunido en el templo, pronto a iniciar la celebración dominical, de reojo, observan la llegada de Marcela, mujer joven envuelta en un rebozo hasta la cabeza, entra con reserva y se instala en una esquina oscura del interior para evitar miradas. Se inicia un murmullo furioso que hace eco en los altos muros de piedra, claman y suplican con las manos entrelazadas que se haga justicia, algunas mujeres se arrodillan con los ojos cerrados, otras, con la mirada puesta en el rostro de dios, ese, de hechura humana a quien dirigen sus rezos.

 

—¡Esta no es tu hija, te ha negado con sus actos, vergüenza es para nuestra amada y piadosa iglesia! Tú sabes que hemos fabricado nuestro testimonio de paz y santidad por años para ser visto por toda la gente que nos rodea; es por eso que esta mujer, no debe estar aquí, no debe ser feliz, merece tu ira a causa de su maldad, déjanos ver su desgracia y así, confirmar que escuchas nuestras plegarias.

 

Marcela se mantiene en silencio, apartada de todo cuanto la rodea, eleva sus oraciones con el corazón deshecho en sus manos para ofrecerlo con fe al Dios de restauración.

 

Las mujeres redoblan esfuerzos, se acercan a ella e interrumpen su devoción: 

—No tienes defensa, ni ruegues por piedad, esto te sucede por desobedecer, por alejarte de la presencia de Dios, ¡el divorcio es pecado!

 

—No tardes Señor, muestra el puño de tu mano, haz justicia y castiga a esta mujer. Por alguna razón la dejó su marido, quizá no le atendía, por algo la niegan sus hijos, por algo murmuran sus vecinos. No conocemos las razones, pero tú sí, atiende a nuestra oración y por favor, resuelve nuestra curiosidad.

 

No se necesitan piedras para lapidar, basta el acuerdo de un “selecto” grupo de personas para ser inmolada con la murmuración; sin embargo, alguien sí necesitó lanzar más que sus filosas palabras, se acercó y asestó una recia palmada en la mejilla, es una anciana con toda la autoridad que su edad y experiencia le otorgaban, el sonido de la piel y el quejido de Marcela fueron estimulantes efervescentes que liberaron de mujeres y hombres sus frustraciones, como se libera la lava de un volcán cuando explota, la golpearon con sus manos, jalaron sus cabellos hasta arrancarlos, hubo quien la mordió; tirada en el suelo,  pateaban sus senos y entrepierna, castigando su pecado, azotaron su cabeza contra el suelo.

 

Lo hicieron hasta cansarse, hasta verla muerta, respiraban profundo como saliendo de un macabro trance, o quizá satisfechos, justificados de haber obedecido el mandato de su dios.