Desde el ombligo

Las últimas flores del mal o la metafísica de la provocacíon

Guillermo Vega Zaragoza

Hace 165 años, en 1857, en la Francia del Segundo Imperio, dos obras literarias fueron llevadas a juicio por constituir un “ultraje a la moral pública y religiosa y a las buenas costumbres”. Estas fueron Madame Bovary de Gustave Flaubert y Las flores de mal de Charles Baudelaire. Sin embargo, en los sendos juicios que se llevaron a cabo con apenas unos meses de diferencia, los resultados fueron contrastantes. 

 

Mientras que la novela, publicada por entregas en La Revue de Paris, de principios de octubre a mediados de diciembre de 1856, y luego ya editada como libro después de ganado el juicio, se convirtió en un éxito de ventas; por el contrario, el poeta fue encontrado culpable y obligado a retirar seis poemas de posteriores ediciones del libro y pagar una multa de 300 francos, que luego fue reducida a 50 francos. Baudelaire había cobrado por la publicación de los mil cien ejemplares de Las flores del mal una octava parte del precio de catálogo, es decir, apenas 25 céntimos por ejemplar.

 

Aquí lo curioso es que, al momento del juicio, Baudelaire recibía del estado francés 2,500 francos de ayuda a la creación literaria, lo que representaba el sueldo medio anual de un funcionario de gobierno. Hagan de cuenta que tenía beca del FONCA. Y más tarde recibiría el subsidio por enfermedad (la sífilis, de la que moriría en 1867) para sufragar los gastos de la clínica en París. 

 

La poesía nunca ha sido buen negocio para nadie. Se ha calculado que, con toda su obra, Baudelaire no ganó en su vida más que quince mil francos, mientras que Eugenio Sue obtuvo por el folletín de Los misterios de París más de cien mil francos.

 

Contra lo que pudiera pensarse, el ser encontrado culpable de “ultraje a las buenas costumbres”, si bien no lo benefició económicamente ni en cuestión de prestigio literario, sí satisfizo las aspiraciones de Baudelaire de consolidarse como un “provocador”. Le escribió a su madre: “No quiero la fama vulgar de una buena persona”.

 

En Poesía y capitalismo, Walter Benjamín afirma que Baudelaire ejerció lo que podría llamarse “la metafísica del provocador”. pues “Yo digo ‘¡Viva la revolución!’ como diría ‘¡Viva la destrucción!’, ‘¡Viva la penitencia!’, ‘¡Viva el castigo!’ o, en fin, ‘¡Viva la muerte!’ Y no sólo sería feliz como víctima; no me disgustaría hacer de verdugo ¡para sentir la revolución desde ambos lados!”, escribió el poeta. Es decir, para Baudelaire, lo suyo, lo suyo, lo suyo, es la provocación y la revuelta porque sí, para ver el mundo arder.  “Si alguna vez, recupero el vigor y la energía que a veces he tenido, airearé mi cólera presente en unos libros terribles. Lo que quiero es poner a toda la raza humana contra mí. Ese placer me resarciría”, le escribió en otra ocasión a su madre, a la que cada tanto le pedía dinero para financiarse los vicios, luego de haber dilapidado la herencia paterna.

 

Sin querer enmendarle la plana a Benjamin (¡Marx nos libre!), me atrevería a decir que hay dos tipos de provocadores: el provocador festivo y el provocador rabioso. Uno, busca romper con la solemnidad, convertir el mundo en una fiesta y sumarse al desmadre. El otro tiene como objetivo incordiar, molestar, sulfurar a las buenas conciencias. Es trágico, serio y casi siempre se la pasa encabronado, aunque al lograr su objetivo no puede dejar de esbozar una sonrisita sarcástica, con la que se regodea por haber dado en el blanco con sus dardos envenenados.

 

Resulta curioso que un siglo después del juicio a Baudelaire, el Tribunal Supremo, a instancias del gobierno de Francia, revisara el proceso contra Las flores del mal y argumentara lo siguiente:

 

“Baudelaire quería describir las miserias de la vida humana sin ningún convencionalismo de estilo. Con la lengua sonora y rítmica, hizo manifiesta su maestría y, sin velos ni disfraces, trató de comunicar su mensaje con todas las taras, todos los vicios, todo el horror y también todas las bellezas. Y para conseguirlo, no se arredra ante las palabras, Si determinados poemas de Baudelaire tienen carácter erótico, supo evitar las palabras vulgares y malsonantes. No tenemos los nervios tan a flor de piel como nuestros antepasados… Conviene, por tanto, borrar una condena”.

 

Es decir, los mismos argumentos por los que fue condenada su poesía, son utilizados un siglo después para exonerarla. 

 

Las razones para juzgar los poemas de Baudelaire nos parecerían hoy día de risa loca. Ahora los estados “democráticos” no son los policías de la moral pública. En el siglo XXI, esa función ha sido desplazada a la opinión pública que se expresa a través de las redes digitales de comunicación. Hemos avanzado mucho como civilización si ahora cada ciudadano se ha erigido como “policía moral”, sin necesidad de que el Estado ejerza la censura, la coerción o el castigo. En estos días a los artistas y sus obras no se les somete a juicio por sus supuestas “faltas a la moral pública” sino que se les fusila en el paredón de la “cancelación”.

 

Me pregunto qué pensarán los habitantes del planeta dentro de cien años cuando lean los argumentos de las delicadas mentes de la actualidad para “cancelar” a tal o cual obra, película o artista porque encontraron algo que les “incomoda” u “ofende” sus exquisitos prejuicios.

 

De ahí que Erika Juseppe haya decidido subtitular su primer libro de poemas, irónicamente, Poesía cancelada antes de ser publicada a Las últimas flores del mal, en evidente homenaje a ya saben quién. Tuve la suerte de atestiguar la gestación del poemario, pues la autora decidió trabajar conmigo en el Laboratorio de Proyectos de Escritura que imparto desde hace un tiempo. Los poemas ya estaban lo suficientemente pulidos como para solo tener que afinarlos y acomodarlos para darles forma de libro, que Erika, como muchos autores desde siempre, ha tenido que financiar personalmente. En este sentido, es un orgullo que una obra como esta sea la primera que ve la luz al público como resultado del mencionado Laboratorio.

 

Algunos jóvenes extraviados de alma sensible y atormentada se acercan a autores como Baudelaire, con el prejuicio del “poeta maldito”, pensando que encontrarán poemas obscenos, diabólicos o hasta pornográficos. Nada más equivocado: a pesar de lo que pudiera pensarse, la poesía de Baudelaire es todo menos grotesca u ordinaria. La confusión parece venir del título: “Las flores del mal”. ¿Cómo puede ser malvada una flor? ¿Cómo la belleza puede hablar del mal? He ahí la provocación y el trastocamiento de los valores que ejecuta Baudelaire y que continuarán, entre otros, Arthur Rimbaud, Paul Verlaine, Stéphane Mallarmé y Auguste Villiers de L'Isle-Adam.

 

¿Es la de Erika Juseppe una poesía maldita? Seguramente sí. Es una poesía descarnada, directa, sin tapujos ni edulcorantes, provocativa y dolorosa al mismo tiempo. Dice las cosas que tiene que decir, tal como las siente, sin anestesia. Si alguien se incomoda o se siente ofendido por lo que va a leer en este libro, ese era precisamente el objetivo. 

 

                                  Escribe en “Prometeo”:

                                                            Detesto tu nombre,

                                                            detesto tu sombra arañándome las córneas,

                                                            detesto tu agusanado cuerpo verde,

                                                            brillante y oxidado.

 

                                                            Detesto tu aliento de muerto roído,

                                                            las lombrices de tus tejidos negros,

                                                            tus flácidas extremidades inútiles,

                                                            tu amarillento y agujerado cráneo vacío,

                                                            en donde ni las aves de rapiña escarban.

 

                                                            Ya ni siquiera el diablo escupe allí su veneno.

 

Como Baudelaire, Erika Juseppe ejerce su muy personal “metafísica de la provocación” y no deja títere con cabeza, se lanza contra todo lo que le duele o la ha lastimado: Dios, la familia, la pareja, la sociedad, contra ella misma. Se dice que mientras el ensayo es una conversación, la poesía es una confesión. Bien: en sus poemas, Erika Juseppe confiesa ante el lector no sólo sus pecados sino los pecados del mundo y nos los echa en cara con total crudeza. 

 

                                  Como muestra, en “Natura”:

                                                            Escupo a la madre natura en su cara de útero,

                                                            maldigo la facultad de albergar células que se vuelven seres,

                                                            rezo por su maldición todos los días.

 

                                                            ¿Por qué tendría que aceptarse un don?

 

                                                            Que corra la sangre de los negros ovarios exprimidos.

                                                            La alabada virtud de dar vida se puede ir a la mierda,

                                                            que la hagan los laboratorios en cajas de Petri.

 

                                                            Yo

                                                                   voy a extirparme las entrañas.

 

Dijo André Gide: “Todo está dicho, pero como nadie escucha, es preciso recomenzar todas las mañanas”. Pero, además, hoy en día, para que nos escuchen es necesario hacerlo con estridencia, con escándalo. De otra forma, nadie se digna voltea a ver lo que sucede, tan ocupados que están con sus celulares y sus videos de gatitos. De ahí la pertinencia de un libro como Las últimas flores del mal de Erika Juseppe. Ya se dijo que el ser humano ha convertido el mundo en una mierda. Y nadie parece poner atención. Hay que volverlo a decir las veces que sea necesario. 

 

Erika Juseppe, Las últimas flores del mal (Poesía cancelada antes de ser publicada), edición de autor, 2022.