Astigmatías

Las niñas

Julieta Arévalo

El romper de una ola no puede explicar todo el mar.

Vladimir Nabokov

 

Antes soñaba muy seguido con el mar. Casi siempre estaba en medio de la nada. No era de mañana y mucho menos el atardecer, era la noche, cuando el cielo y el mar se confunden. Recuerdo que la marea subía y mi angustia aumentaba. Poco a poco las aguas saladas me llevaban bien adentro. Alguna vez también soñé que el mar entraba por las ventanas de una casa de dos pisos y terminaba cubriéndome por completo.

 

Hace unas semanas vi la inmensidad frente a mis ojos. Sus aguas estaban transparentes, incluso en algunas olas podían verse mantarrayas.  No había familias de chilangos invadiendo, no había basura regada. Estaba en la orilla, junto con mi hermana. No nos atrevimos a entrar porque el mar de Pie de la Cuesta es cosa seria y si se enoja, no responde, así que recibimos a las olas que nos jalaban y nos sorprendimos al verlas. Una imagen que conservo de mi papá es él tomando mi mano para protegerme del mar, estamos en la orillita. Yo me acuerdo de mi mamá, valiente, retando a las aguas marinas; ella no lo registra. No se acerca al mar. Ella, sentada, nos mira desde lejos, supongo que distingue dos puntitos que corren cada vez que se acerca una ola.

 

A mayores años, los miedos y la cautela se acentúan, así como la sordera, los achaques o la terquedad. En mis recuerdos de Acapulco siendo niña, mi mamá nadaba de “muertito” y daba brazadas. Hoy no se atreve a meterse. Le digo que vayamos a mojarnos los pies, se anima, me toma del brazo, pero después se queda a la mitad contemplando. Su vista ha mermado, entonces la ayudo a dar pasos pues va temerosa de caer, a diferencia de un niño cuyo primer andar es imperfecto, pero contundente hacia lo que sus ojos y su curiosidad descubran. 

 

Volvemos a la niñez de muchas formas. Nosotras, yo y mi hermana, dos labregonas, jugamos con las olas como antaño y nos emocionamos ante sus dimensiones. 

 

A los niños se les pierden las cosas, a las mamás que han vivido muchos años, también. Hay que conservar la paciencia y la calma para ayudarlas a buscar todo lo que van perdiendo en el camino, esa marea que sube y baja constantemente, la que las hace suspirar o saborear una paleta como los críos que esperan impacientemente el postre, la que también las lleva a flotar entre añoranzas y atardeceres, también la que ahoga sus memorias.