La vecina

Aurora Mondragón Nava

“En esa cola sí me formo —comentó el albañil que trabajaba en una construcción—. Ahí va la maestra Nely, está rebuena… Namás que no voltie, pos’ si voltea apago la luz”.

 

Nely es amable con los vecinos, pero coquetea con aquellos que le gustan. Usa vestimenta sobria; se podría decir que adecuada a una maestra que aparenta como cuarenta y tantos años. Ella imparte la materia de literatura en secundaria. Por donde pasa deja un aroma a perfume barato, de esos dulzones que te llegan hasta el fondo de la nariz y dejan su sabor en la garganta. Con sonrisa forzada y los labios iluminados de color naranja, ella siente que camina entre nubes con soltura y gracia, contoneándose para llamar la atención cual modelo en pasarela. 

 

Más de una vez me he preguntado: ¿por qué no tendrá pareja, si se le ve contenta y segura? Y quizá la respuesta evidente es justo por eso que no tiene pareja. ¿Para qué tenerla si se siente feliz sola? Y luego, ¿qué hará con las ganitas? ¿O tendrá un amor por ahí escondido? En una de esas hasta le gustan las tortillas, y no precisamente de maíz o de harina.

 

¡Vaya, sí que es un enigma esta mujer! No veo que se relacione con nadie… corrijo: sí se relaciona con una maestra alta, flaca, morena, que está, por cierto, un poco dejadita de la mano de Dios y también es soltera. Esta profe flaca ha dicho que Nely es buena persona: todos los domingos va a misa, les lleva la hostia a los enfermos y sobre todo a la gente muy viejecita que vive sola; lo mismo los lleva al doctor, que les ayuda a bien morir. Y dice que con estas acciones se ha ganado ya el cielo.

 

A Nely la encontré un par de ocasiones en el transporte y establecimos algunas buenas conversaciones. En una oportunidad platicamos del edificio donde vivimos, de nuestros trabajos, y de pronto me preguntó mi edad. Le respondí que tenía treinta y seis años. En automático, la respuesta de Nely fue; “Ah, mira: soy más chica que tú por dos años” Sorprendida, pensé: “¡Ah, no mames… ¡Te ves avejentada! Será que, al pintarte el pelo de rubio, te hace ver más veterana; la piel morena se te nota pasita”. Hasta ese momento, esta mujer me tenía curiosa. 

 

En una ocasión me invitó la copa en su depa; por supuesto que acepté. No iba a perder la oportunidad de ir a su casa, y fui por no dejar. Además, ¿qué pensaría si no voy? Eso sería de mala educación. Me parecía misteriosa su personalidad: es como si fuera dos mujeres en una. Entre la botanita, su perfume barato, el vinito y el chisme que, por cierto, a mí no me gusta, pensé: pues como va. 

 

Ya en su casa, luego de un rato, me animé a preguntarle si tenía galán.

          —No tengo sólo uno metido en mi cama… 

Yo la miré sorprendida.

          —Tengo varios —me dijo con entusiasmo y vergüenza a la vez—. Los palpo y acaricio con dulzura, los huelo, los beso y veo qué tan grandes y gruesos son.

          —¡Ah, chingá! Perdón… —le dije, mientras le tocaba el brazo—. Sé que eres muy propia para hablar; disculpa la grosería. ¿Y cómo le haces? Siempre te miro sola, a veces llegan tus sobrinos a medianoche que te esperan a que les abras la puerta, pero no veo a nadie más. 

          —A mi pieza llegan grandes hombres: Bécquer, García Márquez, Neruda, Dostoyevski, Tolstoi, San Juan de la Cruz, y otros tantos. Además, tengo a la Biblia en un altarcito. ¿Quieres pasar a la pieza a conocerlos?

 

Me quedé atónita. Me negué; decidí huir. No fuera a ser que me convenciera, y luego qué tal: aún me gustan los XY. Aunque seguí con la curiosidad, salí de ahí.
 

Tiempo después coincidimos en un bar. Cada una estaba con sus compañeros del trabajo y al final acordamos regresarnos juntas. Cuando se fueron los amigos, me invitó un trago. 

 

Habíamos platicado bastante de trivialidades. Nely estaba a medios chiles cuando pidió otra copa. Volvimos a la conversación de los hombres y entonces se le soltó la lengua.

          —No creas que no me gustan los hombres. Claro que me hechizan. Antes de llegar a vivir al edificio estuve casada. Lo conocí en la iglesia, era seminarista y como en las películas, fue amor a primera vista. Dejó el seminario por mí y meses después nos casamos. 

          —¿Cómo crees? —le dije.

          —La noche de bodas… —continuó el relato, entonces se quedó pensativa un momento— ¡Vaya noche! Estábamos en la pieza y él me veía con tanto amor y ternura que me derretía ante su mirada. Me susurraba cosas seductoras al oído. Recuerdo algo así:
 

¡Déjame sueltas las manos
y el corazón, déjame libre!
Deja que mis dedos corran
por los caminos de tu cuerpo.
La pasión —sangre, fuego, besos—
me incendia a llamaradas trémulas.
Ay, ¡tú no sabes lo que es esto! *

 

          —Me acariciaba lentamente. Conforme me quitaba el vestido de novia, me recorría besando cada una de las partes de mi cuerpo. Yo lo escuchaba respirar agitado. 

 

Con ojos y oídos abiertos sin perder detalle, yo sólo le daba tragos a mi copa mientras la escuchaba. 

—De pronto, como si algo se apoderara de mí, me paralicé. No supe qué hacer. Él se quedó en ropa interior. Yo aún estaba con mi brasier y la pantaleta. Me quitó el sostén, empecé a sentir su erección caliente, firme y dispuesta. Era como… no sé, tan extraño —lo dice mientras me mira fijo a los ojos como buscando que le creyera—. Mientras estaba encima de mí, me bajó la pantaleta, yo grité: “¡No puedo, no puedo!” ¡Qué idiota, no aproveché su lascivia!  — con desesperación froto la mesa con los puños—. Él se detuvo, me veía espantado, entonces corrió a traer la Biblia, aproveché para subirme el calzón y taparme con el cubrecama. ¡Vieras qué hombre tan tierno, tan respetuoso! Empezó a leer la Biblia hasta que la calma me llegó y dormimos abrazados como angelitos. 

 

          —¿Neta? Yo sí le hubiera atorado cañón. Ups…, perdón. Cierto, ya no hay de esos hombres —dije mientras pedía otros alcoholes. 

          —Bueno, realmente no fue suficiente la ternura y el amor que nos tuvimos, porque él conocía muy bien los diez mandamientos, sobre todo el que dice: “No desearás la mujer de tu prójimo”, pero no: el muy sinvergüenza no deseó la mujer del prójimo, pero sí a Concha la muchacha del servicio, ¡esa india pata rajada!, que por cierto no tenía cuerpazo —se señala el cuerpo—.  Y claro, como era de esperarse, nos separamos porque yo no podía seguir viviendo con ese hombre infiel, que cayó en el pecado mortal de la lujuria —dijo, negando con la cabeza y frunciendo los labios embarrados de color naranja. 

 

A su amabilidad y confianza correspondí invitándola a mi casa. 

 

Cuando llegó el día de la reunión, mi marido, como siempre caballeroso, la recibió, le invitó unos trozos de queso y un coctel, mientras yo terminaba de preparar los últimos detalles de la cena. Los escuché reír: ella disfrutaba la conversación. Sabía que era coqueta, y si la dejé entrar fue porque está media feíta; si no, de babosa le permito estar a solas con él.

 

Ya en la cena, escudriñándonos con su mirada puntillosa y bajándose el escote sin pudor, nos preguntó: 

          —¿Y cuántos años llevan viviendo juntos? ¿Alguna vez se han separado? Porque se ve que se relacionan muy bien.

 

Le respondí que teníamos buena comunicación, pero no quise entrar en detalles. 

 

Mi marido se despidió y se fue a dormir.

 

Estando a solas y con varias copas encima, empezó la buena charla. 

 

          —Hacen una buena pareja, tu marido es agradable; así me gustaría encontrarme un hombre que me acompañe, que sea un conversador inteligente y además atractivo. 

 

Ante tantas dudas que me generaba esta mujer, hice de lado la vergüenza y me tiré al ruedo. Le pregunté: 

          —¿Eres filántropa? Me enteré de que asistes a los ancianos llevándoles la hostia y ayudándoles a bien morir. ¿Por qué lo haces?

 

Su reacción fue inesperada. Ya estaba chapeteada por el vinito y se le subió más el color; parecía jitomate. Hizo una cara como de cargo de conciencia, como si la hubiera descubierto en algo pecaminoso. 

          —Uy, es que no sé cómo explicarlo… Me gusta atender sobre todo a los viudos, están tan necesitados de Dios. Me he encontrado con que no los visitan sus familiares; están ahí tan solos los pobrecitos, que se alegran cuando me ven llegar. Les doy el cuerpo… —carraspea y se suena la nariz. 

          —¿Cómo?

          —Sí, me refiero al cuerpo de Cristo, y me quedo platicando con ellos. 

          —Sí, algo me habían dicho de eso. 

          —Luego son tan generosos, que antes de quedarse dormidos murmuran que revise sus joyeros para que escoja lo que más me guste. Me regalan pulseras, aretes, anillos, todo de oro. Me platican que eran de sus esposas o de sus madres benditas —mientras lo dice tiene una expresión cual Virgen de los Dolores, hasta voltea al cielo con mirada lastimera, entrelazando los dedos de las manos y llevándolas al corazón.  

          —¡Carajo! ¡Qué suertuda, manita! Dios ha sido tan generoso contigo por tus acciones que has de tener varias piezas de oro, ¿verdad? 

          —Sí, cuando me hace falta dinero pues las empeño y me sacan de apuros, Dios los tenga en su santa gloria. Sólo que eso no es tan importante; lo que se me hace más raro es ver que algunos viejitos mueren teniendo erecciones. 

          —¡No me jodas!

          —No vayas a creer que ando de morbosa, pero fíjate que sí. Algunos tienen erecciones post mortem.

 

Me chingó con esta madre que me platicó. Cuando hay algún difunto, ¿quién en su pinche sano juicio ve si tiene el pito parado o no? Una está más clavada en el sufrimiento. En ese momento, empecé a arrepentirme de haberla invitado. El tiempo pasaba y no tenía para cuándo irse. Nely estaba súper a gusto. Para ella el tiempo no existía y para mi apremiaba, pues la cabeza me daba vueltas. 

 

En esos instantes, esperaba que algo, ¡chingada madre!, pasara: que se fuera la luz, que temblara, algún incendio, que alguien me llamara para una urgencia o lo que fuera. Me tenía bastante abrumada la conversación, no adivinaba qué pasaba por la puta cabeza loca de esa mujer.

 

Nely sigue platica y platica, cuando de repente veo que mi marido baja por la escalera rumbo a la cocina. Un suspiro sale de mi alma, pienso: “¡Se hizo la luz! Seguro esta lo va a ver y pondrá pies en polvorosa”. 

 

           —¿Sabes?, no sé qué me pasa cuando imagino penes erectos. ¡Ay! Me dan ganas de coger… —se estremece—, ¡pero de coger unas tijeras de podar y cortárselos! —dice con fuerza, y una sonrisa cruel se plasma en esos labios anaranjados, al tiempo que mueve los brazos semejando cargar grandes tijeras y trozar un palo.

 

Entonces veo que mi marido abre más los ojos soñolientos, se agarra sus partes nobles, da media vuelta y sube en chinga a la recámara. Ahí se fueron mis esperanzas de terminar la charla con esta mujer.

 

Ella me mira con una expresión dulce y lánguida, y pregunta:

           —¿Cómo ves?

 

Cierro los ojos, me sujeto la cabeza como tratando de detener los giros que siento. El aturdimiento es cabrón. Está loca ya me traía pendeja. 

 

Lo único que respondo es:

          —Salud.



 

*Déjame sueltas las manos… Pablo Neruda. Poemario.