Por placer. La vida de Aphra Behn

 

El estreno. 1670

María Elena Sarmiento

El martes 20 de septiembre es el estreno de El matrimonio forzado en El Lincoln's Inn Fields. Aphra está tan emocionada que no puede creer que en realidad esté sucediendo. Ha escuchado decenas de veces que las mujeres no pueden representar sus obras ahí porque ese gran teatro es sólo para profesionales, gente que atraiga a los 650 espectadores que caben en sus 23 metros de largo por 9 de ancho.

 

Ha memorizado las cifras y va restando mentalmente los que le faltan para lograr su cometido mientras cuenta a las personas que ve en la taquilla. Ella, que ha intentado siempre parecer tan segura de sí misma, en los momentos previos al estreno se pregunta si en verdad podrá atraer a tantas personas que quieran ver su matrimonio forzado. Le han dicho hasta el cansancio que una mujer jamás podrá lograr algo así.

 

Elizabeth Davenport creyó en mí, se repite mientras entra a los camerinos supervisando el vestuario, aconsejando a los actores, recordándoles sus deberes a los tramoyistas, hasta ella misma se asombra de que no le hacen ni una mueca. Todos asienten, obedecen. Es como si por primera vez tuviera voz.

 

Sí, ella y el duque de York creyeron en mí porque yo no les permití que dudaran, porque las traducciones y adaptaciones que he hecho para ellos han tenido éxito, porque una y otra vez he insistido en que mi ingenio es único, porque no podía dejarlos dudar. Desplegué mis encantos con Elizabeth sin llegar a tener sexo y hasta con el duque. Sé que los dejé deseosos. Eso lo conseguí muy bien, pero ¿qué tal que mi talento no es real y es sólo una quimera en mi mente? ¿Qué tal que sólo soy buena para provocar pensamientos libidinosos, como dice Thomas, como asegura mi madre? Hoy es mi oportunidad de demostrarle al mundo que una mujer sí puede, que yo sí puedo, que soy algo más que un órgano sexual deambulatorio.

 

A pesar del viento y los nubarrones negros de esa tarde de septiembre, las 650 personas que caben sentadas y paradas en el teatro están en sus lugares. No hay ni un solo espacio vacío. Mucha gente va porque ha oído hablar de Aphra y tiene curiosidad por ver lo que una mujer puede hacer, otros porque participa en ella Thomas Otway, según muchos, el mejor actor del momento. Ha conseguido un excelente reparto, pero no a Nell Gwynn. Ella dio a luz apenas el 8 de mayo al hijo del Rey y nunca se ha sabido de una madre de un bastardo real que sea actriz. Le hubiera gustado compartir su éxito ya que ni Thomas ni su madre contestan sus cartas. Le hace falta un aliado. 

 

Mucha gente llega por morbo, por ver lo que una muchacha puede lograr como escritora, algunos se imaginan que los actores pueden hacer maravillas aunque la obra no sea tan buena, unos cuantos llevan paquetes de verduras echadas a perder por si no les gusta lo que van a ver.

 

Empieza. La gente al fin se queda en silencio y los actores hacen lo suyo. Aphra ha escrito en su obra: ¡Ve, mi hijo! ¡Busca tu fortuna! Sabe que si no la abuchean desde el principio, aguantarán el resto con facilidad pues ya desde el prólogo, es provocadora. Puso a un personaje asegurando que la inteligencia de la mujer no tiene nada que envidiar a la del hombre y que puede tratar los temas sexuales como éste.

 

Con los dedos cruzados, vive el momento. El público guarda silencio; se codean unos a otros, se hacen gestos y, aun así, siguen atentos a lo que dicen los actores. No cae ni una sola verdura al escenario. Al final de la representación, Aphra escucha a un espectador decir:

—No puede ser que el autor de una obra tan buena sea mujer. De seguro hay un hombre que le escribió las líneas.

 

—Estoy seguro de que tienes razón —le responde otro—, ¿qué mujer puede considerar al amor como una guerra entre sexos para conseguir fines políticos? No. Ninguna tiene la cabeza para sospechar que hay algo más allá del bordado y la cocina.

 

Ella está a punto de lanzársele a cualquiera de los dos a los golpes; logra frenarse en seco. Que crean lo que quieran. Por lo menos para ella, quedó demostrado su talento. De camino a la parte de atrás de bambalinas, alcanza a escuchar otra conversación:

 

—Tienes razón. De seguro le dieron la oportunidad a esta muchacha porque es amante del duque, aunque eso no le quita que su obra sea buena. ¡A mí me encantó! Es genial que haya decidido mezclar la comedia con la tragedia.

 

Eso es lo que importa. Que digan misa, pero su obra es buena, ya lo escuchó de boca de un desconocido. Le hubiera gustado una mejor apreciación de parte del público femenino, pero no encuentra los elementos para saber qué piensan sus congéneres. Todas parecen más atentas a lo que dicen los varones y no escucha ninguna de sus opiniones. No importa, por lo pronto, se promete a sí misma no volver a dudar de sus capacidades. Aprieta los labios y se dice: Que te quede claro, muchachita, eres talentosa. No permitas que nadie te haga pensar lo contrario.

 

El duque de York en persona la felicita. Se ve feliz. Elizabeth Davenport, también. Por sus expresiones, Aphra se da cuenta de que no lo pueden creer. Hasta ese momento toma consciencia de que ellos también estaban llenos de dudas y, sin embargo, ¡ha tenido éxito! Actores y trabajadores del teatro se reúnen a festejar después del estreno. Las risas y el choque de copas invaden la atmósfera de la taberna, que está a reventar. Aphra entra tarde, después de haber cambiado unas líneas de la actriz principal, que le parece que pudieran mejorar los diálogos del siguiente día. Tiene el cabello alborotado, el vestido manchado de tinta y la sonrisa más genuina que ha exhibido jamás.

 

—Nadie me pellizque —exclama en su entrada triunfal—. Si esto es un sueño, no se atrevan a despertarme.

 

—Te dije que era una puta —exclama un hombre cerca de ella, sin cuidado alguno de que lo escuche—. Sólo una puta entraría haciendo ese escándalo.

 

Aphra no hace caso, sobre todo porque en ese momento, se ponen de pie las pocas personas que estaban sentadas y le aplauden. Luego, la mayoría alzan sus copas.

 

—Por la autora —grita uno que no recuerda el nombre de ella.

 

—¡Sí! ¡Por Aphra! —corean muchos.

 

La sonrisa de la escritora se expande todavía más y los ojos se le nublan.

 

—Por el día más feliz de mi vida —brinda, tomando una copa que le ofrece un hombre.

 

—Espérate dos noches más —la corrige él—. El día más feliz de tu vida va a ser la tercera función. 

 

Aphra sabe que los autores de las obras no cobran nada hasta la tercera representación y, si de milagro consigue quedarse más, cada tres noches. Muchas veces, no llega nunca ese momento tan deseado porque el número de espectadores no justifica representarla tres veces. Cuando los dos primeros días, la obra ha demostrado ser un éxito, los escritores son entonces los dueños de todo lo que se recaude en la tercera función. Ella quiere hacer las cuentas mentales; no puede, está demasiado emocionada para calcular. ¡Tendrá el importe de 650 entradas en sus bolsillos en la tercera representación! Eso tienen que ser más billetes de los que ha visto juntos en su vida. Por primera vez en mucho tiempo, se siente dueña de la situación.

 

—Nadie puede ser más feliz que yo en este momento —asegura, mientras se da cuenta de que el hombre que le habla es John Dryden, el dramaturgo, crítico y más prominente escritor de su tiempo, el autor del libro que le había mandado su hermano Thomas a Surinam, el que la había encontrado bajo el puente.

 

Con familiaridad, él la toma de la cintura y le besa el cuello, como si fueran amantes de toda la vida. Ella da un paso hacia atrás.

 

—No te imagines que por una comida que me diste tienes derechos —le espeta.

 

Él se acerca de nuevo y Aphra cierra el puño, lista para atestar un golpe. Dryden admite:

 

—Supongo que no —con una inclinación de cabeza, hace una seña de reconocimiento, con la palma hacia arriba—. Tienes razón. Menos ahora que la suerte te sonríe.

 

—¡No es cuestión de suerte! Trabajé muy duro para llegar aquí.

 

—Ay, no lo tomes a mal. Vengo en son de amistad. Me refería a que ahora tu vida va a cambiar. Sólo a eso. Vas a ser rica.

 

—El dinero me importa muchísimo. Tú mejor que nadie sabes que lo necesito. Aun así, ver mi obra representada en un teatro mayor, ver que la gente la disfruta, sentir que fueron mis palabras las que los hicieron experimentar un placer —hace una pausa dramática— no creo que eso sea superable.

—¿Te imaginas que estuviera seis días en cartelera? Volverías a tener las entradas de esa función.

 

—Nadie logra tanto en su primera obra, aunque soñar no cuesta nada.

 

—Siéntate conmigo —le dice John Dryden—. Cuando te conocí, no imaginé que fueras tan talentosa. Mira, fuiste capaz de satisfacer a este público que es el más exigente del mundo y eres ultra valiente, te atreviste a no usar un pseudónimo masculino.

 

Ella toma asiento. Ordena un brandy y le suelta, sonriendo.

 

—Tú escribes para la compañía del Rey, ¿verdad? Si no es indiscreción, ¿qué haces en la competencia?

 

—Tenía curiosidad de ver si habías cambiado o seguías igual.

 

La muchacha se levanta. Da un giro sobre sí misma para que él la pueda ver a sus anchas.

 

—¿Y? ¿Sigo siendo el monstruo que conociste debajo del puente?

 

Él se ríe.

 

—Nunca has sido monstruosa. Eres una mujer apasionante. Tengo interés en enseñarte mi obra.

 

—¿La traes contigo?

 

—La estoy escribiendo.


 

María Elena Sarmiento estudió Maestría y Doctorado en Creación Literaria en Casa Lamm. Colabora en la revista Pretextos literarios por escrito. Da talleres de creación literaria y coordina un club de lectura. Sus libros publicados son Ocho miradas (colección de relatos de ocho autoras, 2003), Y luego, ¿por qué soy como soy? (autobiografía, 2006), Cuentos del cuerpo (cuentos, 2011), Jantipa, ¿el gran amor de Sócrates? (novela histórica, 2011), La más amada (novela histórica, 2014), La Wanda de Masoch (novela erótico-histórica, 2020), Por placer. La vida de Aphra Behn (2021).