Lo demás sobra

Vecinos

Emilio Mendoza

La imaginación es la verdadera historia del mundo”.

Roberto Juarroz


 

Esta mañana llegué al trabajo poco antes de la hora acostumbrada. Pude entrar al elevador justo cuando comenzaba a cerrarse. Un muchacho que estaba de pie, junto a la puerta, preguntó a qué piso me dirigía; como nunca lo había visto respondí de manera seria: “Al tercero por favor”. Él oprimió el botón correspondiente. Después, saludé con un movimiento de cabeza a las otras dos personas que estaban ahí: una señora y un médico. Estoy seguro de que él es un doctor porque, además de vestir una bata con el logotipo de un hospital, lo conozco: es uno de mis vecinos.

 

Trabajo en un edificio ubicado en el cruce de dos avenidas. El predio no pertenece a una gran corporación, por eso, en su interior se encuentran oficinas de diversas empresas, despachos de profesionistas independientes, consultorios de varios especialistas médicos, en fin, un mosaico de múltiples actividades que, a través del tiempo, se han instalado ahí. Es un moderno edificio de 16 pisos con una atractiva fachada de cristal, en la planta baja se encuentran un buen restaurante y una cafetería de franquicia. A pesar de eso, el inmueble no destaca en el paisaje urbano ya que lo rodean construcciones semejantes. Es uno más entre todos. Sin embargo, para mí, el lugar es importante por una sencilla razón: buena parte de mis días transcurren en una de sus oficinas desde hace más de 15 años. 

 

—¡Qué tenga un buen día! —dije al médico.

—¡Gracias, suerte! —me respondió con una sonrisa.

—Igual para todos ustedes. ¡Buenos días, con permiso! —comenté al salir del elevador.

 

No escuché si alguien me contestó, aunque tampoco me importó mucho ya que dar un “buenos días” al salir del elevador sin esperar respuesta es uno de varios hábitos que se anclaron en mi vida tiempo atrás. A veces, saludar a la gente es un gesto de buena educación; sin embargo, con mis vecinos es algo más que una simple cortesía porque, en un universo alterno, que solo es mío, los conozco muy bien.

 

Ocasionalmente me cruzo con personas con quienes tengo una buena amistad. Entre ellos puedo mencionar a los dentistas que atienden en un consultorio ubicado en el mismo piso de nuestras oficinas. Uno de ellos tiene más de 50 años, es hijo de inmigrantes japoneses casado con una bella mujer que conoció en un viaje a Japón, le fascina la música, toca el bajo en presentaciones eventuales con grupos de rock y fue profesor en una destacada universidad. El otro, más joven, vive cerca de mi casa, conozco a su esposa porque tuve la fortuna de ser invitado a su boda y fue alumno en la universidad del primero. Sé con certeza algunas de sus ambiciones, gustos, pasatiempos, en fin, buena parte de sus vidas y la excelente relación que tengo con ellos me permitirá descubrir aún más detalles.

 

En cambio, las vidas de otras personas que trabajan en este edificio son rompecabezas para mí. Algunas de sus piezas son fáciles de colocar: su profesión, algunas aficiones, más o menos el nivel de vida que pueden tener; sin embargo, otras partes son un completo misterio. De vez en cuando aparecen pequeños detalles que me han permitido descifrar, hasta cierto punto, esos enigmas: cosas que me dicen en alguna plática intrascendente, conversaciones que escucho sin desearlo, algunos comentarios que me hacen personas cercanas a ellos. 

 

Sin embargo, la imaginación, al igual que las locas ideas que a veces me asaltan, es algo que no puedo detener fácilmente. Comienzo, sin pensar mucho, a fabricar mentalmente las piezas faltantes de la historia de esas personas. Cuando conozco parte de la realidad de sus vidas las tengo que ajustar, casi siempre de manera forzada, al mundo de mi mente. A veces no lo puedo hacer, me veo en la necesidad de inventar una nueva “realidad” para ellos. No es cuestión de generar chismes de los demás, es una de las maneras que tiene mi cerebro para jugar. Además, estoy seguro de algo: muchas de mis ficciones caen en cuestiones completamente absurdas, imposibles de compartir sin caer en un completo ridículo.

 

En ese espacio personal, irreal, existen personajes interesantes. Por ejemplo: uno de mis vecinos es un viajero incansable en dos ruedas, tiene la fortuna de ser dueño de una excelente y enorme motocicleta tipo “trail” —este es un hecho real, muchas veces lo he visto llegar en su vehículo— que le ha permitido hacer increíbles travesías llenas de aventuras por todo el continente. Otro es un extranjero que salió de su país debido a un romance imposible, y, después de vagar por varios lugares del mundo, encontró en México su verdadero amor y profesión. Aquí también trabaja una mujer muy discreta que, bajo la apariencia de ser la dueña de una agencia de mercadotecnia, esconde su verdadera profesión: es una excelente espía industrial que siempre mantiene un bajo perfil para no revelar sus muy lucrativas actividades. Otras personas han cambiado su vida infinitas veces de acuerdo con el ritmo de la información que, con cuentagotas, me llega en el día a día de la convivencia vecinal. 

 

También estoy seguro de que parte de mi vida se encuentra en la imaginación de algunos de mis vecinos. Sería interesante saber cómo soy en ese lugar: voluble, serio, millonario, con alguna enfermedad terminal, un pedante intelectual, tal vez un arrojado y despreocupado motociclista. Es algo casi imposible de averiguar, por lo que me resigno a imaginar lo que ellos imaginan de mí. ¡Vaya confusión! De esa manera se abren múltiples posibilidades: lo qué mis vecinos son, lo qué yo puedo ser. Mi juego mental se vuelve más complicado y puede continuar sin detenerse. La ficción no tiene límites. 

 

Por eso he tratado de conservar con una actitud ordinaria mi relación con los demás en este edificio, mantener bajo control lo que inventa mi mente, solo saludar cada día sin pensar en algo más. Sin embargo, a veces es difícil, ese mundo alterno tiene una infinidad de historias interesantes, pero las debo ignorar: son falsas, utopías que no me llevan a nada y pueden entorpecer mi relación con las personas reales. 

 

Mientras pienso en todo esto, observo las avenidas por la ventana de mi oficina. De pronto, distingo en el tráfico la preciosa motocicleta de mi vecino. Se dirige a la entrada del estacionamiento. No lo había visto en varias semanas. Puedo imaginar una sonrisa bajo su casco porque acaba de llegar de otro emocionante viaje. Estoy seguro de que, esta vez, tuvo la fortuna de admirar las auroras boreales en Alaska.