Los despreciados

Thercy Arvizu

Para Fernando Arvizu

Aquí vivimos los despreciados, dijo mi hermano. Lo dijo como cuando uno quiere comentar que no hay calabazas en el refri o que es probable que un lazo del tendedero se está zafando… Oscar es el mayor de los tres despreciados que habitamos este laberinto. Se casó hace mucho y claro, no le fue bien. Aurelio es el de en medio, sin embargo, creo que si él hubiera escuchado la frase de Oscar habría dicho: -despreciado tú, güey-.  Aurelio vive bajo sus “reglas”; es un macho recalcitrante que sólo tiene ojos y oídos para sí. Y yo, la única mujer, con ese nombre de mar que me ancla. Mis otros hermanos también viven sus vidas, lejos de aquí. Mi padre murió hace muchos años, pero, aquí en el laberinto todavía se siente su presencia. 

 

La vida en casa se conformó hace mucho, con padre, madre e hijos. Una familia antigua. Machista, campesina, pero con un padre entusiasta. Nuestra vida no era mala. Mi padre tenía compañeros de trabajo que hacían comidas, reuniones y cuyos hijos se convertían en nuestros “amigos”. Mi madre cocinaba, estaba en casa siempre, íbamos a la escuela. Una clásica familia. 

 

Veo esa vida y no alcanzo a creer que fue mía, que yo me zambullía en los estanques, nadaba sola en las albercas de los hoteles, me enfrentaba a las olas del mar, mientras mis otros hermanos vivían sus vidas. Pero no lo digo de la manera lógica en la que se dice esto, sino como si yo no existiera. Como si la familia se hubiera conformado al nacer el penúltimo hermano y mi presencia fuera una especie de alucinación materna o compartida. 

 

¿En verdad nací? Me pregunto. Porque, ahora que lo pienso, mi voz sigue acallada en este laberinto al que tuve que volver. Asterión me aguarda en uno de los clósets de las habitaciones y cada que entro a alguna de ellas, vuelvo a ser engullida. Yo no soy Ariadna, no hay un héroe que me salve. Los héroes han muerto. 

 

En algún momento de mi vida me divertí. Fue en la secundaria. Tenía amigas y por las tardes veíamos MTV. En aquella época ese canal era algo extraordinario. Te saturaba de imágenes, que yo, siendo una adolescente, absorbía con fruición. La música pop de esa época, (”She Bop” me fascinaba), los conductores del canal. Todo era, para mí, sorprendente. 

 

Mis padres se mudaron de estado por cuestiones laborales. Yo me quedé con mis hermanos mayores que ya tenían camino avanzado en sus estudios universitarios y no les pareció conveniente abandonarlos. 

 

Así que seguía viviendo mi vida. Por la mañana, la escuela que era un lastre, monjas infames que se vestían de caridad; maestras terribles a las que odiaba; las paredes verdes-colegio de monja y el olor a pedo siempre, en todos lados. Nuestra rebeldía era decolorarnos el cabello, fumar, rayar las paredes y los pupitres y a mí se me ocurrió raparme el costado izquierdo de la cabellera. Quería parecerme a Cyndi Lauper. 

 

Mis amigas y yo pretendíamos que estábamos escribiendo una novela. Una novela compuesta sólo por diálogos. Siempre estábamos enamoradas, siempre nos gustaba alguien y ver a esos chicos volvía emocionantes los días. Ahora que los recuerdo, eran días muy bellos, soleados, sin preocupaciones, sin prisa. 

 

Por fin llegaron las vacaciones. Mi mejor amiga me invitó a la casa de sus tíos, al norte de la ciudad. Pasaríamos ahí un fin de semana, mas no recuerdo porqué los días de estancia se prolongaban. Yo vivía mi vida, a mis hermanos les daba igual que estuviera en casa o no, sin embargo, yo estaba enamorada de un muchacho que vivía en mi barrio. Quería verlo y quería regresar ya a casa.

 

En aquel entonces sólo existían los teléfonos fijos o públicos, de casetita, en las esquinas o regados por la ciudad. En mi afán de volver a casa fui a llamar a alguno de mis hermanos para que me recogiera. Los teléfonos cercanos no servían, así que pedí una bici prestada en la casa de los tíos de mi amiga y me dispuse a ir a un barrio cercano donde vivía mi abuela. 

 

Siempre he amado las bicis. Te subes en ellas, pedaleas, el viento agita tu cabello y es como si el mundo se volviera amarillo, lleno de luz y de aire. Sonríes sin querer. A pesar de todo siempre las he amado. 

 

Ese no fue un día afortunado. Subí a la bici, pedaleé y en algún momento quise frenar, pero no hubo respuesta, la calle estaba inclinada, así que fui tomando velocidad y aproximándome a la avenida. Mi mente se bloqueó. La vida siempre me ha sorprendido con sus jugarretas y mi descuido la ha ayudado. Apenas tenía 13 años y en una época ya tan remota, creo que era una adolescente verdaderamente ingenua.  

 

Recuerdo la velocidad de la bici, mi mente en blanco, mas no recuerdo que mi corazón estuviera agitado. También recuerdo voltear a mi izquierda en la avenida y ver a una camioneta…

 

***

 

No recuerdo nada después de eso. Sólo que he pasado mi vida aquí, en el laberinto, las tardes grises y soleadas. En la soledad de la casa y en su bullicio. Siempre en ese cuarto pequeño y oscuro, escuchando cómo crujen las paredes y las ventanas, cómo el viento sopla y las cortinas parecen esconder un algo, una materia, un cuerpo…

 

Nadie viene a verme, pero me entretengo con las ropas que abandonan aquí, los trebejos. A veces mi madre entra a buscar algo, a veces algún hermano que, sin saberlo, también está atrapado en este laberinto, y hablo con ellos, les pregunto lo que se me ocurre, sin embargo, como desde que nací, no me escuchan.

 

A veces me gusta salir en la madrugada, cuando sé que el tiempo es una voluta que se persigue a sí misma, es ese caracol que nos atrapa, nos estanca. Ellos no lo pueden ver.  yo entonces bajo y muevo los sillones y los cuadros, riego las plantas marchitas, salgo al jardín y sacudo el limonero para que los limones caigan, los gatos me ven y se erizan y en eso, la luz de una habitación se enciende y oigo que mi hermano le dice a mi madre -creo que alguien se metió- y baja sigiloso y trémulo las escaleras, encuentra la puerta del jardín abierta y tiembla, pero yo me le acerco y le soplo suavemente en la nuca para que deje de estar inquieto.