De cosas sin importancia

Los Niños de mi Edad

Juanjo de la Noche, Marqués de Grimaldi

Todos creen que sus tiempos fueron mejores. Y todos tienen razón. La gente dice en mis tiempos para referirse a su juventud: En mis tiempos la música era mejor, la gente era más buena, las muchachas eran más bonitas y el cielo más azul. Porque en mis tiempos era yo joven, todo era horizonte, nada pesaba adentro del pecho y el espejo me devolvía una mirada sin arrugas. Y había tiempo, mucho tiempo, que perder. 

 

Todos los tiempos tienen su encanto para el que vive en ellos. Nací en el año del Dragón. Las mujeres usaban minifalda y los hombres el cabello largo. John Lennon todavía era mortal y Cassius Clay peleaba en blanco y negro. Los niños de mi edad usábamos pantalón corto. Le hablábamos de Usted a los maestros, y lo menos posible. Los coches no tenían tocacintas y en la radio sonaban El Corazón es un Gitano, Tu Camino y el Mío, y La Vida Sigue Igual. Estaban de moda los Bee Gees. En la televisión no transmitían los partidos del Barcelona ni del Real Madrid, pero había un fútbol mexicano que bastaba y sobraba para la pasión. El gran goleador era Enrique Borja, y Carlos Reynoso aún no era el falso enano rencoroso.

 

Había Gansitos y Papitas, como ahora, y otras golosinas de la época, como los Chupirules, con los cuales también te podías sacar un ojo, las paletas Tutsy Pop, con las que podías morir ahogado tragándote la bolita, los Korys, que eran unas piedras que con mucha fuerza de mandíbula y a costa de las tapas de las muelas se acababan ablandando y se convertían en un chicloso, los Miguelitos lamidos en la palma de la mano, impensable en tiempos de Coronavirus y los Motitas de plátano, que hacían las mejores bombas. Los afortunados compraban Cazares en el recreo, y los desafortunados les pedíamos. No nos los negaban, pero ofrecían la bolsa cerrando la mano, de modo que sólo te cabía el dedo índice, que volvía a salir vacío, aún así dabas las gracias y recibías un muy justo de nada.

 

No había cadenas de multicinemas, sino salas grandes y cines del barrio que eran parte de la vida de todos. Las películas no eran tan espectaculares, pero tenían más corazón. En la Ciudad de México existía el Cine Continental, cuya fachada era un castillo de Disney, donde los niños de mi edad vimos El Libro de la Selva y corrimos en los pasillos en una época en que los niños teníamos menos derechos de derecho y más de hecho. Al cine nos llevaban nuestras abuelas, que contaban cuentos y no hacían aeróbics.

 

No teníamos videojuegos, pero teníamos amigos y podíamos jugar en la calle. Aprendíamos de la pedagogía de los vagos de la esquina. Echábamos cascarita de chesco hasta que se metía el sol. Nos correteaban los perros, nos ignoraban las niñas, las vacaciones duraban todo el verano y conocimos algo cuyo sabor resulta imposible describir: La Libertad.

 

No había televisión de paga ni series exclusivas ni el club premier del pájaro nalgón. Había un solo canal para niños y todos veíamos los mismos programas. Los niños de mi edad fuimos  la primera generación que creció pegada a la televisión, y fuimos parcialmente educados por Don Gato y por Pedro Picapiedra. No existían los superhéroes de Marvel, pero teníamos al Chapulín Colorado con sus antenitas de vinil, su pastilla de chiquitolina y el Chipote Chillón. Nuestro Batman era Adam West, nuestra Baticueva era más austera y nuestro Batimóvil mucho más hermoso. Estuvimos enamorados de la Bella Genio y de Verónica, la de Archi. Las penas nos las curamos viendo al Coyote y al Correcaminos. No había televisión educativa, el objetivo era hacernos reír. Los niños de mi edad estamos profundamente agradecidos por eso. Nos tocó la edad dorada de las caricaturas: Ahí Viene Cascarrabias, El Pájaro Loco, Tom y Jerry, todas las caricaturas de Hanna&Barbera, Los Supersónicos, Tiro Loco MacGraw y Pepe Trueno, esa obra de arte de la psicodelia surrealista que es La Pantera Rosa, Todos eran nuestros. Todos cantábamos y nos sabíamos aquella que decía: Porky, Porky, Nuestro Rey, favorito sin igual…

 

Después, un día, casi sin darnos cuenta, cambiamos el canal de la tele a Los Ángeles de Charlie. Y ahí nos estuvimos un rato, sin saber qué pasaba con nuestros amigos animados. También los ángeles se fueron, pero llegaron Alf, Kevin Arnold, Laura Engals, Maxwell Smart y Los Locos Adams. Fueron buenos tiempos.

 

Después fuimos creciendo. Con la niñez adentro, en el mejor de los casos. Con las huellas profundas que las cosas vividas en la infancia van dejando en el hombre. Orillados a comportarnos como adultos nos buscamos oficios, nos compramos pipas y guantes, nos convertimos en lo que los demás necesitaban que fuéramos. Y nos olvidamos de ese tiempo en el que todo estaba por venir. Aun en la adversidad, aun en la tristeza, aun en el olvido, aun en la rabia, aun en el miedo, la niñez es un tiempo de esperanza. Lo que nos hace viejos no es la edad, son las desilusiones. Recitaba don Atahualpa Yupanqui, aunque yo lo escuché primero de mi tío Nano: “…y el hombre quiso ser niño, quiso ser nube o ser pez, mas la playa era de sombras y las nubes del ayer”.

 

A los niños la gente les pregunta qué quieren ser cuando sean grandes. Yo, cuando sea grande, realmente grande, quiero ser niño. Soy un adulto a disgusto. No me siento bien hablando con gente seria. No sé comer de todo. No sé nada de mecánica ni de marcas de coches. No me interesa la economía. No conozco a Don Fulano ni a Doña Sutana. No tengo buenas ideas para arreglar el mundo. No tengo corbatas y me molestan los zapatos duros. Si me fuera posible, de muy buena gana me subiría a un tren que me llevara de regreso a la estación en que empecé a cambiar oro por baratijas. Y ahí me quedaría, chapoteando con muchos otros inadecuados que jamás brillarán en sociedad: Los Niños de mi Edad.
 

Eso es to…, eso es to…, eso es todo amigos.