Niña santa

Víctor Arta

Sólo así pudimos controlar a Carmelita. Fue una cosa terrible, no sabes. Yo desde temprano me había ido al jardín a comprarle un cuarterón de tortillas y un atún de chapulines a la esposa de Odilón ¿sabes? No le estaba yo pagando a la mujer cuando las niñas llegaron como alma que lleva el diablo a decirme que algo le pasaba a su tía. Así de repente llegaron gritando “Doña Raque, doña Raque, ayúdenos que algo le pasa a mamá Carmelita” y pa’pronto que me apeo p’al Club de Rotarios, quesque porque ahí la tenían para que no se escucharan tanto los gritos. Dios bendito, cuando llego no te miento, tenían a mi comadre así, acostada en un sillón y entre sus hermanas la detenían mientras se retorcía y gritaba de groserías. Déjenme hijas de la -bueno, puras groserías y maldiciones decía, no te imaginas, que todo era culpa de sus hermanas, que se iba a quemar todo el pueblo. Nunca la había escuchado hablar así. No era ella, te digo, ella siempre tan tranquila, tan cariñosa. Comadre, soy Raquel, le dije, buscándole la mirada mientras Rosa su hermana la detenía de los hombros, pero no me reconoció, nomás cerraba con fuerza los puños y seguía grita que grita. ¡Perdónalas! Ya valió madre todo, perdona a las hijas de su -Me dio harto miedo y que corro a la casa del padre Abel para traérmelo.

 

Ay Padre, ayúdenos que mi Carmelita tiene algo, le dije, se le metió algo y está a los gritos y retorciéndose, tráigase sus óleos y agua bendita, córrale. Luego luego llegando, al ver a mi comadre, el padre Abel se quedó como estatua, el color se le fue de los labios, te lo juro. Yo que pensé que a un padre le enseñaban en la iglesia a lidiar con esas cosas, pero pues me quedé pensando que quién le iba a enseñar ni que ocho cuartos. Que le doy una sacudida en el hombro al padre, como quien dice, para que entrara en acción, porque ¿qué íbamos a hacer nosotras?

 

Por fin el padre Abel reaccionó y luego luego sacó el agua bendita, rezó rápido y bajito muchos padrenuestros y bañó a Carmelita en la cara y luego el resto del cuerpo, pero nada, la comadre seguía como chinicuil azotándose duro y dale. Entonces el padre volteó como buscando algo en toda la sala, que era como una sala y comedor del club, vio a las niñas que estaban muertas de miedo en un rincón y le dijo a Rosita chica, ven, ayúdame, te necesitamos. Luego se volteó conmigo y me explicó que en esos casos tan extremos se necesitaba la pureza y santidad de los niños para calmar la fuerza tan violenta que estaba tratando de llevarse el alma de Carmelita. Dicho eso, le pidió a Rosita que se sentara sobre el pecho de su tía. La criatura entre lloriqueos decía que no, que no quería, pero su mamá que estaba sosteniendo los pies de mi comadre la regañó y a grito pelón le dijo que si el padre se lo estaba pidiendo, ella tenía que obedecer. En fin que entre los gritos de mi comadre, los gritos de la niña chillando y los gritos de su mamá, yo sentía que me moría, pero tuve que tragar camote como quien dice, y ponerme la valiente porque alguien tenía que detener esa tragedia, así pues que me cargo a la chiquita y se la planto en el pecho a la comadre. Ella primero como que se sorprendió y se quedó quieta un segundito, pero después comenzó a retorcerse con más fuerza y a gritar que le quitaran a esa pinche escuincla de encima y que todas se iban a morir. No sabes, qué cosa tan tremenda. Pero como que con aquellos últimos gritos, Carmelita se terminó por cansar y en eso que se rompe el marco de un cuadro que estaba colgado en el comedor. Justo en ese momento la comadre echó un suspiro y como que se desmayó. Se hizo un silencio como de velorio. Rosita chica se levantó de encima de su tía y corrió a abrazarme. Todas estábamos con el pecho que se nos salía. Ya con calma acomodamos a Carmelita en una posición más cómoda, le limpiamos su cara con unas toallas húmedas. Ella reaccionó como entre dormida y despierta y nomás decía, sí, sí, agua. Le dimos tantita agua, yo le pedí a Marcela, la hermana de Rosa que le hablara al doctor Fernando, a ver si podía venirse corriendo de Cortázar. No creerás que cuando revisamos el cuadro que se había caído del comedor, resulta que era una imagen de La última cena, te lo juro.