No te metas con el operador

Héctor Atarrabia

Todo era tan diferente. Por ejemplo; entré en la oficina y saludé con afecto a la secretaria, incluso nos dimos un beso en la mejilla. Le pregunté por su familia, me comentó el clima, la hice reír con una broma estúpida y después pregunté si Él estaba. Ella no lo llamó, sólo me dijo que claro, que pasara. Me acerqué a la puerta y di dos golpecitos y esperé el grito de adelante.

 

Adentro estaba Él riendo para explicarle a dos empleados lo mal que lo habían hecho y lo bien que lo haría Él mismo. Yo estreché las tres manos sin que eso interrumpiera la acción y me puse a ver títulos del librero que Él jamás leyó ni leería. Así seguí hasta que Él me incluyó en alguna de sus bromas que se suponía fueran humillantes e hicieran carcajear a todos.  Como siempre le contesté con una igual y, como siempre, no le causó mayor gracia ni se carcajearon los empleados.

 

Ya solos hojeé más libros, lo escuché contestar tres llamadas mintiendo, exagerando y bromeando, luego me contó un par de anécdotas con las que me dolió la panza de la risa. Era tan gracioso, amable y pura vanidad. Todo era tan diferente.

 

Años después nada de eso quedó. No había secretaría, algún empleado asomaba la cabeza con miedo, las risas no eran frecuentes, Él evitaba contestar el teléfono y estaba siempre de malas o de plano encabronado. Los libros ya no estaban sino pilas de documentos sin orden. 

 

Eso fue años después. Pienso que ese día comenzó el cambio. O había comenzado antes y yo no lo noté. 



 

Al fin me preguntó qué quería yo. Le propuse un sencillo negocio; traer a un pianista rumano que vivía en Luxemburgo y hacer unos conciertos con él. Lo pensé mucho antes de decidir invitarlo para ese plan porque, aunque le tenía un cariño enorme, nunca quise volver a trabajar con él tras un par de experiencias años atrás. Éramos en extremo diferentes en términos de trabajo. Había decidido incluirlo pensando en que sería sólo como inversionista si es que lo convencía. Tampoco es que me importara mucho, era una idea suelta; el músico me parecía muy bueno, accesible y podía colocar unas fechas en algunas ciudades acá. Si decía que no, buscaría otro socio, trataría de hacerlo yo sólo o mandaría la idea al cuerno.

 

Para mi sorpresa, dijo que era un hecho, que contara con ello. De paso me pidió que visitara a su Tío, a quien tenía de gerente en una imprenta propiedad de Él, y lo ayudara con ideas baratas para hacer de la oficina algo más adecuado para recibir a cierto cliente importante. Por supuesto, accedí.

 

Al día siguiente fui a la imprenta no imaginando los años que iba a pasar en ese lugar. El gerente, o sea, el Tío de Él, me recibió muy bien. Hasta la fecha es un gran amigo mío y ninguno de los dos hablamos para nada con Él ni lo hemos dejado de querer. Yo lo conocí en una de esas experiencias previas que monté en el teatro con Él. 

 

Platiqué de política con el Tío, como seguimos haciéndolo, y luego le di algunos consejos para la decoración de la oficina, enviamos a un empleado a comprar algunos objetos, otros movieron muebles y yo me metí al taller donde estaba la prensa offset en la que se imprimían boletos. El operador era el Primo de Él, por parte de padre. El gerente era Tío por parte de madre. El Primo, a quien también había conocido antes en aquella misma experiencia teatral, me dio un reporte completo que ni solicité ni me importaba de todo lo que hacía falta en el taller y en esa enorme máquina. Por prudencia no lo interrumpí, ni siquiera cuando me preguntó si yo iba a sustituir al Tío en la gerencia. Le agradecí el reporte y me fui de ahí. Entré en la única otra oficina de la imprenta donde encontré a dos amigos de Él que trabajaban ahí. Los conocía y me recibieron bien. Le dedicaron diez minutos a hablar mal de Él, no me hizo gracia así que me despedí. 

 

Con respecto a esos dos sujetos, sólo queda decir que resultó que se robaban todo lo que podían del presupuesto de la imprenta, un día renunciaron y luego fueron a tribunales alegando despido injustificado. Él me dijo que los iba a meter a la cárcel y nunca más supe de ese asunto.

 

Otro día volví a la oficina de Él. Esperé hojeando libros a que despachara a la fila de amigos y familiares que le pedían dinero. Una cosa me hizo saltar; en una de las muchas llamadas que recibió, regañó a alguien enojado. Nunca en los quince años desde que lo conocí hasta ese momento lo había visto enojado. Duró medio minuto, pero destruyó la idea que yo tenía de que el enojo no existía en Él. Apenas colgó comenté que la persona con la que hablaba seguro había cometido alguna barbaridad fuera de serie. Sólo levantó las cejas y entramos en materia.

Le conté entre risas que su Primo y su Tío creyeron que iba yo a sustituir al Tío.

 

Él mintió diciendo que no sería mala idea hacer buenos esos pronósticos. Mintió porque ya lo tenía decidido y mintió porque le encantaba mentir. Era lo que más hacía y siempre lo supe, pero en ese momento no lo noté porque lo tomé como una broma. De proponerme algo así jamás aceptaría. Curioso pensarlo ahora, después de haber sido gerente de esa imprenta los siguientes seis años y recibir algunos ingresos de ella otros tres años más.

 

Pero no me lo propuso. De haberme estado necesitando sin duda lo hubiera propuesto, pero el asunto era muy diferente y ahí comenzaron las confusiones por las que no hemos vuelto a cruzar palabra en años. Y es que el origen de todo fue una charla una semana antes en una visita amistosa. En algún momento Él quiso saber si ya no continuaría yo colaborando con un tipo que Él me presentó con quien hice varios proyectos esos meses. El sujeto era horrendo, muy amable, generoso y servicial en la fachada; pero un tramposo, defraudador, codicioso y egoísta en la realidad. Nada de esto dije, sólo que no, que no haría con aquel más nada. Por lo que quiso saber con muy sincera preocupación, qué pensaba yo entonces hacer.

 

Yo no tenía ningún problema urgente de dinero, pero contesté desde lo más profundo de mi costumbre: “pues a corretear la chuleta”. Lo cierto es que una pregunta sobre mis finanzas siempre la respondería así, sin importar si nadaba en dinero o no tenía ni un peso. Imposible suponer las consecuencias de responder así. 

 

Una torpeza en esas circunstancias, pero yo no lo sabía. Así que una semana después, tras esa visita a la imprenta, tras el comentario sobre la gerencia Él me dice que nos veamos en un par de días para revisar los números de los conciertos del violinista. 

 

En casa hice el Excel con las cuentas necesarias. Llamé al agente del violinista, le dije de nuestro interés y quedamos de vernos pronto para firmar una carta intención. Un par de días después estaba de nuevo dando el beso de saludo a la secretaria, haciendo charla insulsa, tocando en la puerta de la oficina y entrando. Me senté frente a Él y procedió a cometer la segunda torpeza de esa historia. Y es que hay que aclarar que Él es muy buena persona, generoso y amable. En lugar de decir que quería ayudarme dado que creyó que yo estaba desesperado por dinero, me dijo que necesitaba que supervisara la imprenta “como una especie de auditor” fueron las palabras exactas.

 

Me sentí muy incómodo por dos razones; porque yo no quería volver a trabajar con Él ya que no soportaba su desorden y falta de claridad; y porque jamás me había pedido ningún favor. De hecho, yo tenía grabado el día que me dijo que Él no pedía favores. Yo entendí que era porque consideraba eso como obligaciones adquiridas... de alguna forma era parte de la razón por la que hacía tantos favores a los demás: para dejarlos obligados. Una forma un poco perversa de entender eso de hacer algo por alguien, o quizás sólo muy diferente a mi manera de ver eso mismo.

 

Ya dije que lo quería mucho. Lo sigo queriendo pese a la distancia, el silencio y la falta de correspondencia. Así que el asunto era muy complicado. No me sentía bien negándole lo que yo entendí como una petición de ayuda, pero me daba terror trabajar con Él. Opté por intentar manipular la situación diciendo que yo no sabía nada de artes gráficas, fuera de realizar algunas imágenes para promoción de mis espectáculos que luego entrego en las imprentas para que completen el trabajo, no tengo más relación con el mundo de la impresión.

 

A eso respondió que su Primo se encargaba de eso y no tenía que meterme en nada, que sólo era ver qué estaban haciendo con el dinero en esa imprenta porque Él sabía que le estaban robando. Entonces cometí otro error: para evitar que continuáramos por esa ruta le di una cifra algo alta por ese servicio. Casi funciona. Me contestó una cifra poco menor dividida en dos partes, cosa que nunca entendí pero que causó peores problemas tiempo después. Una parte me la pagaría cada quincena, sin contrato, sin recibos ni nada y la otra parte “por fuera”. No entendí nada porque “por fuera” en espectáculos es esa parte que va sin recibos ni contratos. O sea, ambas eran “por fuera” en mi opinión. Dije, con cierto alivio que no podía hacerlo por menos de lo que había ya pedido y vino la peor respuesta que se le pudo ocurrir. “Ahorita no, porque estoy apretado, pero al cumplir el año ya te doy esa otra parte si las cuentas de la imprenta ya se regularizaron”.

 

Sin más argumentos, le dije que checáramos los números del violinista y luego decidíamos eso. Entusiasta como siempre, me dijo que no sólo el violinista, que podíamos hacer toda una empresa y podía yo supervisar la imprenta temprano y luego, a mediodía planear los espectáculos y ocupar una oficina (me la enseñó) que estaba adecuando. 

 

Bueno, eso sonó bien, muy bien, seductor, pero seguía yo dudando y le dije que respondería pronto. Hablé esa noche con K, ella de inmediato brincó: “Dijiste que no ibas a volver a trabajar con Él”, “Porque no quiero, pero el dinero es bueno, no tendré mucho que hacer y puedo usar unas horas en planear espectáculos y todo sería nada si no fuera porque Él jamás me ha pedido un favor y me mata de la vergüenza dejarlo tirado”. “Piénsalo, pero ya sabes cómo es”.

 

Triste. Él no me necesitaba ni me pedía un favor, Él me estaba haciendo un favor, pero jamás lo dijo, por amabilidad, por delicadeza, por hacer supuestos y darlos por ciertos, por lo que sea. Yo no necesitaba ni quería trabajar con él, pero no lo podía decir por cariño, porque no le podía negar un favor que me estaba pidiendo. Los dos creímos estar apoyando al otro. Los dos queríamos hacerle un favor al otro que ni lo pidió ni lo necesitaba. Fue por amor que se creó esa confusión y nos costó la amistad.

 

En mi siguiente visita, apenas entrar, me mostró un mail en el que uno de los sujetos que le robaban en la imprenta había renunciado. Era muy ofensivo porque decía una sarta de mentiras, el otro había renunciado un día antes con un mal pretexto. Quedamos que iniciaría mi “revisión” como “auditor” el primero de enero y pasamos a hablar sobre el violinista, la empresa de espectáculos y el Bridge al que yo me había aficionado gracias a él.

 

La oficina que me había mostrado que estaba adecuando y sería para mí, para la empresa de espectáculos, jamás lo fue. Nunca la volvió siquiera a mencionar.

 

Me fui a Bélgica a firmar la carta de intención con el representante del violinista y, gracias a millas que Él tenía acumuladas, volé en primera. La gira del violinista jamás se realizó.

 

El primer año ocurrieron algunas cosas muy notables; el Tío se percató de que Él lo quería correr, se llenó de tristeza y se resignó. Es un gran tipo. Pude revertir la mayor parte de las pérdidas en poco tiempo. Claro, siempre he sido meticuloso en extremo y conocí y entendí las cuentas a fondo sacando la conclusión de que, o bien Él no creyó que yo entendería todos los hilos, o bien, igual que aquel nefando sujeto del que ya hablé, imaginó que tendría un cómplice en mí. Error fundamental e incomprensible tras quince años de conocernos. Por último, me interesé en la máquina, su mantenimiento, funcionamiento y me percaté de que el grueso de las pérdidas venía por ahí. Se lo mencioné, Él me contestó tajante “No te metas con el operador, es mi primo y sabe lo que hace”. Otro primo era proveedor de la imprenta y Él mismo y la imprenta eran proveedores de las empresas del suegro donde Él era nominalmente empleado hasta la muerte de aquel.

 

Como fuera, el año se cumplió sin que hubiera oficina para la empresa de espectáculos que comencé a operar desde la imprenta y tomé una sección como bodega y taller de producción. Pero el prometido complemento de la cifra que habíamos acordado no llegó. Ya he dicho que trabajamos años antes y conocía la forma en que manejaba el dinero, si bien Él fantaseaba que nadie comprendía lo que hacía. Ello me llevó a abrir un archivo donde puntualmente anoté lo que no me pagaba y lo conté como deuda. Se lo dije y lo encontró gracioso, hizo algún par de bromas que me causaron mucha risa. Siempre confiaba en que uno olvidara. A pesar de saber que yo nunca lo hacía.

 

Un día, durante una gira con un pianista rumano que, curiosamente, no era el mencionado antes ni tenía que ver con Él en ninguna forma, al detener el camión en una tienda en medio de la carretera que atravesaba un semidesierto, me llegó una llamada del administrador de Él. Me reclamaba airadamente unos boletos que habían salido duplicados creando algún problema administrativo. Al sujeto lo conocía poco, si bien hoy lo considero un amigo muy querido, y en ese momento lo mandé a las mil mierdas. Me molestó que se me llamara para un asunto de esos en los que yo no me debía meter según las propias instrucciones de Él. Pero me intrigó. No sé a qué se deba, pero la aparición de situaciones así, en cualquier ámbito, me intrigan. 

Una semana después, ya en la imprenta, llamé al Primo a mi oficina y le pedí que me explicara. Balbuceó mil pretextos y me dejó más intrigado. El problema fue que me puse a indagar, me metí en la máquina, en todos los procesos, en la entrega, en la distribución hasta dar con el error. Malo para mí, porque, a partir de llevarle a Él el reporte, asumí tácitamente esa parte que había sido central en el trato; que no me metiera con el operador ni me preocupara por lo que pasaba en el taller ni la máquina. 

 

Claro, comencé a percatarme de más y más irregularidades, incluidas las relaciones entre el Primo y las empleadas.

 

Años más tarde las cosas habían ido cuesta abajo por esa ruta. Quiero decir; la imprenta había mejorado mucho en cuanto a la optimización de recursos, yo conocía la máquina y los procesos y sabía cuánto hacía el Primo para estafar a la empresa, pero seguí ignorándolo por la instrucción recibida. Aun así, una amante del primo que veía cómo se reducían los ingresos sucios y la preponderancia del Primo, le envió a Él un mail desde la cuenta del Primo acusándome de las más inverosímiles acciones. Resentí en lo profundo que Él tomara en cuenta el contenido (por lo demás, de inmediato rebatible), pero ya no me extrañaba; había ido atestiguando el acelerado deterioro de ciertas características de su personalidad. Por ejemplo, el que jamás se enojaba, se estaba convirtiendo en un gruñón. El generoso ahora se sentía paranoico ante amigos y parientes. No sin causa, claro; un amigo de Él intentó birlarle un departamento; familiares exigían la ayuda mensual que les había dado; socios habían intentado defraudarlo. Cada vez bebía más. Siempre bebió como Pantagruel, pero nunca trastabillaba. Ahora llegaba con frecuencia al vómito, comportamientos erráticos, incidentes vehiculares y la voz arrastrada. Seguía siendo alegre y dadivoso, con un sentido del humor genial, pero su insistencia en lograr riquezas se topaba una y otra vez con sonados fracasos.
 

Ya no contestaba llamadas, cambiaba constantemente de número celular o utilizaba los de quienes lo rodeaban. Se metió en serios problemas fiscales y deudas con bancos. De todo lo terminaba rescatando su acaudalada mujer.

 

La empresa de espectáculos, tras un alegre inicio con la gira de un grupo guineano-neoyorquino, simplemente desapareció, tras un grave desacuerdo sobre un musical que hice con un amigo suyo y que se suponía haríamos entre los tres. Pero ese es otro asunto. Sólo diré que continué presentando, produciendo y promoviendo espectáculos, varios de los cuales en un par de semanas me reportaban las ganancias que la imprenta me daba en un año. Pero me sentía obligado y me mantuve ahí.

 

Finalmente, ocurrió. Apareció una vez más un grupo de boletos duplicados. Esta vez me llamó Él mismo algo irritado, le dije que preguntaría a su Primo sobre el asunto. Contesté así para recordarle que no era yo responsable de eso y que el Primo tenía inmunidad otorgada por Él. Cierto es que al Primo ya le había ido yo recortando las rutas hacia sus continuas estafas sin confrontarlo, pero seguía teniendo esa inmunidad.

 

Fui a recoger los boletos para revisarlos físicamente. Llamé al Primo a mi oficina y le mostré las series duplicadas. Sin titubear, cosa rarísima en él, señaló una de las series “Esos no son nuestros”. No esperaba yo eso, pero, después de años de trabajar juntos, me pareció indudable que lo dijo con convicción. Yo mismo me había involucrado tanto que, a diferencia de aquella ocasión años atrás, podía ya ver muchos detalles invisibles antes para mí. 

 

¿Hubo series duplicadas en esos años? Sí, y en cada ocasión se aclaró el error en la imprenta. Pero en esta ocasión el papel era sutilmente diferente, y ahora ya podía verlo. Lo más interesante: el foliado. Los números de folio de cada boleto los imprime la máquina a enorme velocidad. Cuando hay que reponer una serie, u ocurre algún desperfecto, es necesario foliar repuestos con foliadoras operadas a mano por el personal que empaca los boletos. Bien, los números de una de las series no eran de la máquina, eran de ese tipo de foliadoras. Hice traerlas todas y las checamos una por una. En efecto, no correspondían con ninguna. Aclaro que cada una tiene ligeros defectos de desgaste o de origen que son fáciles de localizar para el ojo entrenado. Lo que más me llamó la atención fue que en la serie de papel raro y folios desconocidos todos los boletos habían sido separados a mano, arrancándolos, en lugar de ser cortados por la cuchilla de la máquina expendedora.

 

Lo llamé y le expliqué que, esta vez, no había error en la imprenta sino falsificaciones. Se puso furioso, me dijo que eso no tenía sentido, que era carísimo hacer boletos para falsificar unos cuántos y que no tenía objeto hacerlo. No soporto que alguien me levante la voz, así que le contesté en el mismo tono, recordándole que no era mi responsabilidad, que era una cortesía buscar las causas y que todo apuntaba a una falsificación. Su respuesta fue inolvidable porque abrió una brecha difícil de cerrar: “¡Ah! ¡Entonces el pendejo soy yo!” me gritó fuera de sí. La frase, obsta decirlo, significaba “hay un pendejo y no soy yo”. Así que, muy molesto le pedí que se calmara y retractara. A eso contestó con un “Mejor cuelgo porque ya me estoy enojando y voy a decir cosas que no debo”. Y colgó.

 

Iba a tomar mis cosas y largarme a mi casa, pero las dos cosas que había “argumentado” (lo entrecomillo porque era absurdo de entrada que reaccionara así a un reporte. Varias veces me dijo en esa llamada y posteriormente que yo “defendía a la imprenta”, pero eso carecía de sentido: la imprenta no era mía, sino suya, y el personal y maquinaria los había llevado Él, no yo. Y, en teoría, yo estaba ahí para auditarla, para encontrar los errores, no para inventarlos o defenderlos) que eran el supuesto alto costo de falsificarlos y el nulo objeto de hacerlo, rebotaron en esa parte de mi mente que había falsificado sellos para las credenciales de mis amigos de la universidad cuando yo estudiaba arte, y la imitación de objetos de colección que alguna vez me solicitaron para una película en la que los destruían.
 

Así que, tomé a un par de los empleados, un trozo de papel y fuimos a varias papelerías del centro a conseguir pliegos del que más se le asemejara. Al otro día teníamos una buena selección de papeles. Entonces les pregunté -incluido el Primo- “¿Cómo hacemos los mismos boletos en estos pliegos sin usar ni la máquina ni los negativos?”.

 

Durante dos semanas propusimos diversos métodos e hicimos pruebas hasta conseguir un par muy promisorias. Otra semana nos tomó decidir una. Ahora había que “suajarlos” (recortarlos a la forma) sin utilizar el suaje de la máquina, pero que no se viera el tijeretazo. Se resolvió en otra semana. De la manera ganadora, repetí el proceso desde cero y el resultado me arrojó boletos muy baratos, de unos 25 centavos cada uno. Así que era posible hacer unos muy semejantes, foliarlos a mano y cortarlos en un par de días.

 

Faltaba el uso. Envié a los dos empleados a estacionamientos en los que previamente dejé mi auto. Entraron a pie y sacaron mi auto usando nuestros boletos. Fue uno de cinco usos potencialmente muy redituables, incluido dejar que el auto se quedara una noche y sacarlo con un boleto con una hora que permitía pagar $5 pesos para sacarlo. Un supervisor podía “vender” pensiones y darle cinco pesos a la empresa. 

 

Dos semanas después, solicité a la empresa esos números de boletos. El administrador me llamó sorprendido al ver que los que le solicitaba estaban duplicados. Los nuestros pasaron indetectados por el sistema. Volví a armar las series, la original y la falsificada, así como las series, original y falsa que originaron la discusión y me fui hacia la oficina de Él.

 

Llegué, ya no había secretaría hacía un tiempo. Oficinistas de otras áreas se apiñaban en escritorios, trasladados ahí al cerrarse otras oficinas. Toqué a la puerta. Terminé aporreándola hasta que alguien gritó que pasara. Adentro, alrededor de una mesa, Él platicaba con un par de jóvenes mujeres. El viejo escritorio era un altero de documentos y objetos sin orden ni concierto al igual que todo el piso, los viejos libreros y todo espacio visible. Saludé y me senté en una silla a la que vacié de carpetas. Y esperé. Pero parecía incómodo para continuar su plática pese a que debería saber que fuera lo que fuera lo que trataba, no me importaba en lo absoluto.

 

De cualquier forma, me pidió decirle qué quería. Le contesté que no sería muy rápido, que prefería esperar o volver más tarde. Curioso, prefirió conocer el asunto frente a ellas. A mí me dio decididamente lo mismo. Desplegué las series y le pedí que me dijera cuál era la original. Puso cara de fastidio pensando que eran nuevas series y una vuelta a la vieja discusión. Para abreviar y sacrificando el dramatismo, le dije cuál serie hice, a qué costo y cómo la había utilizado. Sólo contestó que estaba bien y que luego hablábamos al respecto. 

 

Nunca volvimos a tocar el tema.

 

La imprenta era muy redituable, aunque aquella revisión de facturas que hice en algún momento reveló que era casi el doble de redituable en esos números que en los que conocíamos. Lo facturado no coincidía con lo enviado y esto, a su vez, no coincidía con las necesidades. Sin embargo, los sueldos no aumentaban, a los trabajadores no se les daba reparto de utilidades y Él, aparte de no pagarme lo acordado tras el primer año, había dejado de darme lo que él llamó “por fuera”. Pero yo todo lo anotaba puntualmente en mi archivo.

 

En cuanto al grave desacuerdo sobre un espectáculo musical ya mencionado, incluía una cantidad de dinero que desapareció en su bolsillo. También lo anoté en el archivo.

 

Finalmente, el Primo terminó abusando de una de las trabajadoras que resultó ser la hija del chofer de Él. Este quiso ir a matar al Primo, quien fue echado de la imprenta. La amante del primo entre las trabajadoras –la que había escrito aquel mail- estaba embarazada y nos había demandado por “despido injustificado” cuando se le señaló que llevaba años teniendo continuas ausencias y su firma en la tarjeta de asistencia estaba frecuentemente falsificada (por el primo, obviamente). En mi caso, erró el nombre y no procedió. Nunca supe en qué paró aquello. El Primo estaba casado, ignoro si aún lo esté después de todo esto porque jamás volví a saber de él. 

 

La esposa de Él, escandalizada por el caos y por la cantidad de deudas a nombre de la empresa decidió intervenir. A fin de cuentas, ella era la capitalista.

 

Él me llamó a su oficina para decirme, sin decirlo, que su esposa tomaba el control total de la imprenta. Yo le mostré el archivo (lo llevé todos esos años a cada junta por si se requería y por fin ocurrió). Muchos años antes yo había cerrado los ojos a una apropiación grande de fondos por parte de Él y no tenía ganas de que se repitiera. Pactamos un pago compensatorio quincenal que cubría un 80% del adeudo y que duró unos tres años.

 

Si nos vemos, nos saludamos con afecto, sincero de mi parte, sospecho que fingido de la suya. Pero es muy raro que nos veamos, tienen que ocurrir una cierta cantidad de cosas excepcionales. Un torneo de bridge o un terremoto, por ejemplo.

 

Lo extraño. Siempre me hizo reír mucho, es un sujeto muy divertido, la pasábamos bien. 

 

Tengo que tener cuidado cuando haga favores o sospeche que me los hacen.