En esta esquina... 

Oaxtepec

Carmina Narro

Regularmente a una hora imprevista llegaba mi papá a decirle a mi mamá que arreglara todo porque nos íbamos a Oaxtepec. En ese momento de la tarde-noche, ahora supongo que era un viernes, mi mamá se ponía a acomodar todos los enseres de viaje y maletas para seis niños; yo era la más pequeña. Nos abrigaban, nos metían en un Impala verde olivo y yo veía el paisaje hasta que salíamos de la ciudad y empezaba a contar los postecitos blancos de la carretera hasta que me quedaba dormida y mis hermanos, Juan y Raúl, me despertaban gritando ¡Ya llegamos!  Así como en Navidad ellos siempre eran los que iban por mí para ver lo que nos había amanecido.  Y ahí estaba otro regalo: los arcos inmensos de piedra oscura y plantas colgantes del Centro Vacacional Oaxtepec del IMSS.

 

El olor a césped recién podado y a tierra mojada es el mejor perfume que puedan recordar mis pies descalzos entre la música de grillos que oía cada vez más fuerte cuanto más corría y no me daban miedo. ¡No se vayan muy lejos! Nos gritaban siempre. ¿A quién le importaba? El mundo ya había cambiado desde que mi papá había hecho alto en la caseta de luz mortecina bajo los arcos para pagar una  módica cuota por entrar al paraíso un fin de semana. 

 

La cúpula de aguas sulfurosas parecía de otro mundo porque al caminar por sus puentes de piedra y barandales de madera apenas tallada, en el fondo de los canales, había unos picos de moho que parecían dagas verdes en círculos perfectos que se erigían tan alto que hubiera podido tocarlos, pero nunca me atreví. Pasaba temerosa al lado de las plantas gigantes que se antojaban peligrosas por carnívoras. Era como estar en otra atmósfera por el olor a huevo podrido amparados en un cielo sintético de triángulos. 

—Huele así porque huele a azufre. Las aguas sulfurosas tienen ese olor porque... —dijo Raúl, sabiondo. 

—Lo que sea, pero sí apesta. Ya vámonos —interrumpió Juan. 

 

Y supongo que secundé a Juan por el bienestar de mi nariz. 

 

Salir de la cúpula, caminar un trecho y verla enorme, por fuera hecha de hexágonos, majestuosa, me hacía sentir que había estado en un lugar único que me atemorizaba, perturbaba mi sentido del olfato y encantaba.  Mi papá y mi mamá nos fueron a reconvenir porque nos habíamos alejado demasiado. Caminamos por todos por los jardines aledaños a la cabaña que eran distintos a los pasillos que rodeaban el hotel donde nos habíamos hospedado anteriormente que recuerdo vagamente a no ser porque una vez que estábamos instalados en las albercas y fui a pararme a un montículo de tierra y vi cómo mis pies eran invadidos por hormigas negras.  Empecé a gritar más que del dolor de la impresión de ver cómo trepaban los insectos desde mis pies hasta los tobillos. Veía cómo ya iban subiendo por mis pantorrillas hasta que mi grito-estertor-llanto de auxilio había llegado a mis progenitores. Mi papá me levantó de las axilas y mi mamá empezó a tirar desesperadamente las hormigas que se habían quedado en mí con sus manos y falda. Una vez que ya estaba a salvo, vi mis pies con pequeñas ámpulas rosáceas, algunas rojas. 

 

—Parece como si le hubiera dado viruela —dijo mi mamá. 

—No asustes a la niña —dijo mi papá. 

—La niña nunca ha visto a un virulento  —replicó mi mamá para después escuchar silencio prudente de mi padre. 

 

Me llevaron a los servicios médicos, me pusieron una pomada con displicencia y que no, que no me iba a dar fiebre, le dijeron a mi papá, que no, que no me iba a morir, le respondieron a mi mamá.  

 

Con el olor a tierra mojada y a césped recién podado nos dieron unos sándwiches de cenar y prometieron que mañana temprano iríamos a la alberca. 

 

—Pero no queremos desayunar porque luego nos tenemos que esperar dos horas para meternos al agua y después de comer otras dos horas — dijo alguno de los tres porque los tres teníamos siempre ese reclamo.  Nos podíamos pasar el día entero en las albercas hasta que cerraban y esas dos horas que nos obligaban a pasar fuera del agua después de cada comida porque nos podía dar un no sé qué eran un martirio. Éramos incapaces de disfrutar otra cosa, nos la pasábamos viendo la alberca como perros sedientos amarrados a un poste. La hora de husmear y perderse en la noche era cuando ya no quedaba de otra. 

 

Más tarde llegaron mis tíos habituales y unos primos de Ciudad Obregón que habíamos visto sólo una vez en una comida familiar. Llegaron con cara de mustios, pero eran cuatro cabrones que no le tenían miedo al infierno y Juan y Raúl sólo necesitaban una chispa para ser materia inflamable. Mi primo el H tendría como diez años, los otros dos eran como de mi edad y el otro era más pequeño que yo.   El “¡Cuiden a la niña!” que profirió mi mamá mientras se disponían a disfrutar los adultos sacando botanas y bebidas fue escuchado, pero no atendido.  Y tampoco, según yo, era necesario porque yo era la niña y estaba feliz de andar con el charco de chamacos aunque les estorbara. 

 

Estaban esos cuatro primos con mis dos hermanos haciendo destrozos por donde pasaban. Le aventaban piedras a las farolas que daban una luz preciosa que iluminaba los manglares.  Las papas Sabritas con su envoltura amarilla aluminio fueron a dar a las albercas. Vi la nata grasienta a contra luz alrededor.  Qué asco. ¿Por qué...?  Después abrieron una alcantarilla para meter las bolsas de basura negras que quién sabe de dónde sacaron y muertos de la risa agarraron al primo pequeño de las manos lo bajaban como pistilo para que las empujara con los dos pies hasta el fondo. Repitieron la operación hasta que ya no cabían más bolsas.  Me imaginé las alcantarillas tapadas de todo Oaxtepec borboteando aguas negras que iban a dar a mi cúpula extraterrestre y a las albercas por culpa de mis primos sonorenses y mis hermanos. 

 

Me regresé como pude a la cabaña donde estaban todos los adultos. 

—¿Qué pasó, mi’jita? —preguntó mi papá, guitarra en mano con algún jaibol de más, dulce y simpático —¿Dónde están tus hermanos? 

—Jugando allá con mis primos —respondí seca.

 

Estaban todos los adultos en nuestra cabaña sentados alrededor de unas botellas de Cutty Sark, Viejo Vergel, tequila Hornitos, coca-colas, aguas minerales, cervezas Tecate y ceniceros rebosantes de colillas Commander consumidos por mamá y mi tía Carmina.

 

Mi mamá  dijo que me iba a bañar, pero mi papá le dijo que no, que sólo me limpiara los pies porque ya estaba enfriando. Creo que sobre todo era porque quería que ella estuviera con él en la chorcha. “Ya, siéntate, Virginia” era una frase muy usual. Ajá... con seis hijos... 

 

Mi mamá sí me bañó, me puso pijama en el cuarto y después dejó que me acomodara y quedé atrás de un médico, colega de mi tío J, quien fue el único que me prestó atención. 

 

—¿Con qué canción te duerme tu mamá? 

—La muñeca fea. 

—Ah... Es muy bonita canción de Cri-cri, un poco triste.

 

Y el doctor le pidió la guitarra a mi papá y empezó a cantar “Escondida por los rincones... temerosa que alguien la vea... platicaba con los ratones... la pobre muñeca fea... Un bracito ya se le rompió, su carita está llena de hollín... al sentirse olvidada lloró... lagrimitas de aserrín...” Sonaba tan bonito con guitarra, pero extrañé la voz de mi mamá que me veía con una sonrisa dulce mientras se me cerraban los ojos pensando en las alcantarillas que iban a vomitar aguas negras en mi lugar favorito. 

 

Me desperté y no sentí el gusano que da vueltas en la panza deseoso de ir las albercas, ni esa urgencia que no tenía hambre ni ganas de ponerse las chanclas de plástico para salir corriendo a las lomas de pasto. Me quedé acurrucada en la cama pensando por qué a mis primos no les importaba en lo más mínimo hacer daño y a mí sí. 

 

Cuando acusé a mis primos y a mis hermanos de haber metido las bolsas de basura en la alcantarilla no supieron que fui yo. A mis primos sí les pusieron una cueriza que de nada les sirvió.  A mis hermanos no los ajusticiaron. Mi papá sólo dijo: “Así son los de Sonora”, viendo socarrón a mi mamá. 

 

Cuando salí de la cabaña ahí estaba el H, el primo mayor y se me quedó viendo con su sonrisa de medio lado como si supiera que yo había sido la soplona. Le sostuve la mirada y cínico me dijo: ¡Bu! Cómo me dio coraje que sí me sorprendió y eché la cabeza para atrás. Todavía recuerdo su risa burlona y callada. Esa noche cuando quería unírmeles a sus correrías nocturnas, el H se me quedó viendo fijamente; me paré en seco sintiendo vergüenza por el control que ejercía sobre mí sin decir palabra. Volvió a sonreír de lado y se fueron con su algarabía de risas y malas palabras perdiéndose en la noche. 

 

No lo volví a ver. 

 

Supimos unos años después que el H se había matado manejando en la carretera de Ciudad Obregón a Guaymas. Nunca había sentido ese vacío en el estómago que volvió agua mis pies. Nunca había visto a mis hermanos llorar por alguien. Nunca había sabido de un niño que muriera. 

 

No recuerdo que hayamos regresado a ese lugar, no sé por qué. Siempre he querido volver. Volver... como el tango que cantaba mi papá con la guitarra en esas noches de Oaxtepec.