Música en Do Mayor

Opus interruptus

José María Álvarez

¿Por qué muchos compositores dejaron inconclusas algunas de sus partituras? Muchas, quizá miles de hipótesis, leyendas y varios chismes, han circulado al paso de los años a ese respecto. ¿Premoniciones de muerte? ¿Hartazgo? ¿Mero olvido? ¿Falta de interés? Esas podrían ser algunas de las razones prácticas que llevaron a infinidad de creadores a dejar simples bosquejos de alguna obra que pudo haber sido importante. 

 

Este recorrido por papeles pautados inconclusos comienza con Ludwig van Beethoven (1770-1827) quien, se dice, emprendió la composición de una Décima sinfonía. Casi dos décadas después del fallecimiento de Beethoven, Anton Felix Schindler (1795-1864), alguna vez su secretario, informó de la existencia de bosquejos para una Décima sinfonía, refrendado por otro personaje cercano al compositor, Karl Holz (1798-1858), quien insistió en haber escuchado la interpretación al piano de esos bosquejos de manos del autor. 

 

Las pruebas de Schindler eran poco consistentes: llegó a presentar una carta firmada por Beethoven una semana antes de su muerte en la que hablaba de la existencia de una “nueva sinfonía” (aunque la misiva había sido redactada por el propio Schindler). Eso, junto con los bosquejos de aquella obra aparentemente inconclusa, fueron examinados por Gustav Nottebohm (1817-1882), un destacado estudioso de la obra de Beethoven, y el dictamen puso como farsante a Schindler al concluir que ese legajo de papeles tenía ideas sueltas y vagas, sin conexión entre ellas. Al paso de los años, muchos musicólogos abordaron el intrincado rompecabezas de la infinidad de cuadernos que datan de 1824 y 1825, tratando de dar con una pista sobre el verdadero origen de una Sinfonía que Beethoven dejó inconclusa. En 1985 el musicólogo Barry Cooper (n. 1949) comenzó el ejercicio de reunir dichos fragmentos en base a los estudios que él realizó con relación a la técnica composicional de Beethoven. Se dio cuenta que existían muchos huecos que habrían de ser llenados con material sonoro similar (como hacer un pequeño “Frankenstein”). Afortunadamente para todos, Cooper no se atrevió a ser tan aventurado como lo fue Schindler en su momento y prefirió descartar que ese movimiento terminado no era “un descubrimiento” sino “una especie de impresión beethoveniana”.

 

Aunque la partitura de este único movimiento de una supuesta Décima de Beethoven está publicada y grabada, su audición deja muchas interrogantes. Existen ahí espectros de la Sinfonía heroica, de la música incidental para Egmont, hasta de la Sinfonía pastoral… pero en el “producto terminado” no hay nada realmente nuevo. 

 

En la época en la que Beethoven escribió su Novena sinfonía (1824), y en la que dejó el millar de apuntes que -aparentemente- darían vida a una nueva obra sinfónica, el austriaco Franz Peter Schubert (1797-1828) también escribió una obra que, también, dejó sin terminar… o por lo menos eso es lo que parece. 

 

Schubert fue aceptado como miembro honorario de la Sociedad Musical de Graz en 1822. Como un gesto de gratitud, escribió para ellos una Sinfonía en si menor. Ensayaron la obra, pero nunca se estrenó. Entonces el manuscrito llegó a una repisa en la casa de Graz Anselm Hüttenbrenner (1794-1868), un amigo de Schubert, donde permaneció olvidado por muchos años. En 1860, treinta y dos años después de la muerte de Schubert, Hüttenbrenner le avisó a Johann Herbeck (1831-1877), director de la Gesellschaft der Musikfreunde de Viena, sobre la existencia de la Sinfonía y se organizó su estreno el 17 de diciembre de 1865 en Viena bajo de dirección de Herbeck y fue tocada exactamente como la dejó Schubert, con dos movimientos completos y nueve compases de un scherzo. El enigma de por qué Schubert nunca terminó esta obra (la hoy llamada Inconclusa), no se ha resuelto. Los nueve compases del Scherzo revelan que él planeó más de dos movimientos; aunque seguramente pensó que los dos movimientos completos eran una obra de arte total, perfecta en concepto y proyección, y que cualquier complemento la hubieran hecho anticlimática.

 

Así aparecieron quienes insistieron en darle vida a algo que nunca la tuvo. Por un lado, el historiador inglés Brian Newbould (n. 1936), especialista en Schubert, afirmó que el scherzo en ciernes podía ser terminado a partir de varios fragmentos encontrados en los cuadernos del compositor y que supuestamente datan de la época en que Schubert concibió esta obra y su Novena sinfonía, llamada “La grande”. Para el movimiento final, el director de orquesta Mario Venzago (n. 1948) hizo un ejercicio de reinterpretación del material que Schubert escribió para la música escénica de Rosamunda; así, dio forma a un “finale” para la Sinfonía con una combinación de uno de sus entreactos y selecciones de la música del ballet de Rosamunda, escrita justo después de los dos movimientos de la Octava, por lo que podría contener lo que el autor hubiera pensado para su Sinfonía. Pero hasta la fecha es imposible saberlo. 

 

Si esta Sinfonía en si menor ha sido tatuada para la posteridad como “inconclusa”, parece que nadie ha puesto cuidado en una Sinfonía schubertiana que realmente no está terminada: la Séptima que, esa sí, no existe como tal. La partitura data de 1821 y Schubert sólo orquestó una breve parte de ella y los demás compases (un total de 1350) han permanecido en apuntes. Se dice que, por la época en la que fue concebida, Schubert abandonó esta Sinfonía para poner todos sus esfuerzos en la ópera Alfonso y Estrella. Así, la Séptima sinfonía de Schubert per se no existe terminada y por ello nos referimos hoy día a la Sinfonía inconclusa como la Séptima y a “La grande” como la Octava. Y ese morbo de terminar lo que quizá el autor no quiso concluir llevó a varios a querer dar forma a la supuesta Séptima: John Francis Barnett (1837-1916) en 1881, el de Felix Weingartner (1863-1942) en 1934 y  nuevamente, Brian Newbould en la década de 1980. 

 

Uno de los aspectos que acerca la idiomática de Schubert al compositor Anton Bruckner (1824-1896) es su conocida tendencia a dejar incompletas algunas de sus partituras: no sólo en las que nos referimos líneas arriba, sino también varias de sus Sonatas para piano concluyen en movimientos lentos, probablemente a propósito. En el caso de la Novena sinfonía de Bruckner también concluye en un Adagio… pero esa no fue la intención del autor, y que nos deja con una extraña sensación de proximidad con la muerte.

 

La génesis composicional de la Novena sinfonía de Bruckner se remonta a agosto de 1887 y no dejó de trabajar en ella hasta el día de su fallecimiento en octubre de 1896. ¡Nueve años trabajando en su Sinfonía 9! Uno de los puntos fundamentales para que el proceso creativo fuera tan pausado se debió al concepto metafísico bajo el cual concibió su Novena. En una conferencia que dictó a alumnos de la Universidad de Viena, él dijo contundente que: “Mi última Sinfonía estará escrita en re menor, como la Novena de Beethoven. Seguramente no tendrá ninguna objeción.”

 

Bruckner quiso alcanzar la gloria eterna dedicando su última Sinfonía “Al querido Dios”, como la sublime expresión de su fe católica de toda una vida. Bruckner le explicó a su médico, Richard Heller (¿? -¿?): "…ahora dedico mi último trabajo a la Majestad de todas las Majestades: al querido Señor, y espero que Él me conceda tiempo suficiente para completarlo y piadosamente acepte mi regalo. Por lo tanto, tengo la intención de presentar el Aleluya del segundo movimiento de nuevo en el final con todo el poder, para que la Sinfonía termine con una canción de alabanza al querido Señor”.

 

Y con esa aparente premonición schubertiana, Bruckner no pudo concluir su Novena. Se quedaron muchos bosquejos de un último y épico movimiento final, que han proporcionado suficiente material novelesco a varios estudiosos para pensar que Bruckner tenía miedo a que terminara toda la Sinfonía y se convirtiera en su último aliento musical. Lo cierto es que logró una estructura coherente, lógica e inmaculada, en tres movimientos perfectos: dos titánicos y conmovedores Adagios que flanquean un movimiento rápido de gran carácter. 

 

Aunque el viaje espiritual de Bruckner en su Novena es casi imperceptible, es difícil resistir la idea de que los pensamientos de muerte dejaron una huella profunda en el carácter de esta Sinfonía. En ningún otro lugar de la producción de Bruckner se encuentran armonías tan inquietantes, ambiguas y líneas melódicas tortuosas. En su Adagio final, cuatro tubas wagnerianas enuncian una especie de elegía que el mismo Bruckner anotó en la partitura como “despedida de la vida”; contiene su fuerte creencia religiosa y, por lo tanto, su confianza en la misericordia de Dios en presencia de la muerte, una declaración artística clara y abierta; sin lugar a duda, uno de los finales más conmovedores de la Historia de la música occidental. 

 

El estreno de los tres movimientos terminados de la Novena sinfonía de Bruckner fueron escuchados el 11 de febrero de 1903 con la Sociedad de Conciertos de Viena dirigida por Ferdinand Löwe (1865-1925), con una partitura muy manoseada y llena de cambios drásticos. Hacia 1934 el musicólogo Alfred Orel (1889-1967) presentó, al abrigo de la Edición Crítica Completa de las obras de Bruckner, el manuscrito con los tres movimientos de la Novena sinfonía junto a una serie de bosquejos para un cuarto movimiento. Toda vez que se conocieron los bosquejos del movimiento final de la Novena de Bruckner en la década de 1930 todos querían concluir lo que Dios no quiso que se terminara. Ernst Märzendorfer (1921-2009) terminó dicho movimiento en 1969, a lo cual siguieron Marshall Fine (1956-2014) en 1979, William Carragan (n. 1937) en 1984, Nicola Samale (n. 1941) y Giuseppe Mazzuca (1913-1997) en 1985, por sólo nombrar unos cuantos.

¿Acaso este ejercicio obsesivo por querer exhumar restos musicales inconexos no es otra cosa que querer pasar a la historia a las costillas de los más grandes creadores que hayan existido?