Oseas

Alma Rosa Mireles

Todo el mundo lo conocía como Oseas, así lo comenzaron a llamar, ya que, cuando recién llegó al pueblo, le preguntaban su nombre, él se rascaba su rapada cabeza y balbuceaba: “O sea”. Hablaba poco y a la gente no le interesaba hablar con un loco; nadie en el pueblo se acordaba cuándo había aparecido, pero de tanto verlo ya nadie lo consideraba extraño. No causaba temor, era servicial y atento; tal vez en su vida recibió educación y buenos tratos. A saber cómo fue que terminó así.

 

Supe de él cuando llegué al pueblo a realizar mi trabajo social, en el hospital civil. Me hospedé en la única casa de huéspedes que había. 

 

Era una casa antigua de altos techos, de una sola planta, con un patio central y las habitaciones alrededor de pasillos con macetas de diversas plantas; la fachada pintada de amarillo mostaza y a los lados del gran portón de madera había dos balcones de hierro forjado. Los balcones tenían doble puerta, una con cristales y la interna de madera. 

 

La señora Carmen, dueña de la casa, me asignó una habitación amplia, con balcón a la calle. Me sentía muy bien al vivir en una casa de pueblo, como las que describía mi abuela, con la modernidad de tener cocineta y baño integrado. 

 

Por la noche, aún sin terminar de desempacar, escuché suaves golpes en el vidrio de la ventana. Me sobresalté y no me animé a abrir para ver quién tocaba. Después de unos minutos los toquidos dejaron de escucharse. 

 

Al día siguiente, le comenté a la señora Carmen lo que había sucedido.

—No se apure, seguro que fue Oseas, el loco del pueblo. No es peligroso; se da a la tarea de cuidar la basura para que los perros no rompan las bolsas. Hace ronda. Acostumbramos a dejarle en el balcón dos cigarros “faritos” y cinco pesos. Por cierto, le aviso: saque en la noche su basura; de otro modo, se tendrá que levantar a las seis de la mañana, a la hora que pasa el camión. Si usted quiere seguir con la costumbre y evitar que le toque la ventana…

 

—Gracias, así lo haré —le respondí.

 

¿Cómo podría no preocuparme con un loco suelto? Cuando me dirigía a presentarme a mi nuevo trabajo, recordé los cuentos de mi abuela donde decía que, por lo general, “el loco del pueblo” no es violento. Para evitarme sobresaltos, lo primero que hice al día siguiente fue comprar una cajetilla de Faros. 

 

El primer mes me costó trabajo adaptarme a las costumbres del pueblo. A las dos de la tarde todos se retiraban a su casa, el comercio cerraba y se regresaba a trabajar a las cinco. Claro, las distancias eran pequeñas y el calor de las tres agobia y no deja trabajar. 

 

Al mes ya estaba habituada al descanso de media tarde y a dejarle a Oseas cigarros y dinero. No volvió a tocar la ventana, pero escuchaba por las noches la dulce melodía de una flauta.

 

Un día me sorprendió una flor casi marchita en el balcón; otro día, un moño amarillo arrugado; en otra ocasión, encontré una manzana casi podrida. Posiblemente Oseas los haya sacado de alguna bolsa de basura. Tal vez era su manera de agradecerme los cigarros. Hasta ese día no lo había visto; cuando menos eso era lo que yo creía. Las serenatas de flauta continuaron.

 

Un domingo me llevé un susto mayúsculo: al abrir las puertas de madera y la vidriera del balcón, vi al hombre más sucio que jamás hubiera contemplado.. Vestía una camiseta que alguna vez fue blanca, un saco al que se le podía rebanar las costras de mugre, al igual que a su piel: cabeza rapada, pantalones raídos, zapatos rotos; sostenía en las manos unas flores, no marchitas sino silvestres y frescas.

—¿Eres Oseas? —pregunté con temor.

Asintió y me regaló una chimuela sonrisa. 

—Gracias por los regalitos que me dejas, pero no te molestes. 

Seguía observándome, sonriente. 

—Niña bonita. ¿Cómo te llamas? —dijo, ofreciéndome las flores. 

Las tomé. 

—Leticia.

—Niña Leti, bonita. 

 

Dio media vuelta y se fue. 

 

Desde ese día, ya tenía rostro para mí. Me di cuenta de que ya lo había visto: era la sombra que me seguía cuando regresaba por las noches del hospital. No había puesto mucha atención, y no le había visto el rostro.

 

Comencé a salir a la calle con temor, volviendo la cabeza a cada rato para estar segura de que no me siguiera el loco, pero siempre estaba detrás de mí; desde que hablamos ya me seguía con más descaro: al salir a comer, al regresar del hospital. Me empecé a poner nerviosa. No me hablaba; guardaba una prudente distancia, hasta que un día me le enfrenté y le dije:

 

—Oseas, ¿por qué me sigues?

—Leti bonita, segura. Oseas te cuida. 

—Gracias, pero no necesito que me cuides. Ándale, vete, sigue tu camino, ¡no me sigas! 

 

Agachó la cabeza y no dijo nada; igual me siguió. No insistí más. ¿Cómo entrar en razón con un loco? Pasó el tiempo y me acostumbré a que Oseas me siguiera. Pronto había tomado más confianza y caminaba casi a mi lado.

 

Los domingos que hacía la limpieza general de mi cuarto abría la ventana, y ahí estaba, sentado junto al balcón, tocando su flauta. 

 

Le pregunté: 

—¿De verdad te llamas Oseas? 

 

Alzó los hombros en señal de indiferencia y siguió tocando la flauta.

 

No era peligroso; hacía pequeños mandados, tiraba la basura, lavaba uno que otro carro; la gente le daba cigarros, unas monedas y en ocasiones un refresco o un vaso de leche; dormía donde lo atrapaba el sueño en algún portón cerca del mercado. 

 

Cuando me seguía por las noches, siempre me contaba con un muy peculiar modo de hablar una historia: que si fulano de tal vivió en esta casa, zutano en aquella, que en el callejón aquel espantan. Cuando se cansaba de hablar, entonaba su melodía en la flauta. Un día lo quise poner a prueba:

—Oseas, ¿quién soy?

—Niña bonita, la luz de mi existencia.

 

Nos quedamos viendo y los dos soltamos una carcajada; seguimos caminando hasta llegar a mi casa, donde nos despedimos.

 

Realmente no sabía qué tan loco estaba. Tal vez sería una suerte de enajenación y ahí encontró refugio, en no pensar sobre lo que había vivido. Quizás en este pueblo encontró una nueva manera de vivir sin ser cuestionado, pasando como loco. 

 

Yo no tenía amistades; me mantenía muy ocupada en mi trabajo, no tenía tiempo y realmente no me interesaba, pues estaba de paso Y la gente a veces no quiere involucrarse con los fuereños. 

 

Para mi sorpresa, un domingo Oseas se presentó con ropa limpia, bañado y afeitado. Era otro. De joven seguramente fue atractivo; ahora tenía el rostro curtido y con arrugas, le faltaban dos dientes y los demás los tenía terriblemente descuidados; cuando sonreía sin reparos, se veían los huecos.

—¡Órale, Oseas! ¿A dónde vas tan arreglado?

—A ver a Leti niña bonita.

Me mostró unas monedas.

—Niña bonita, ¿quiere nieve y pan de leche?

—¡Claro que sí! —le respondí.

 

Me peiné aprisa y fuimos a la plaza a saborear una rica nieve, acompañada de pan de leche y mantequilla. Ya no le tenía miedo. Lo consideraba un amigo, si lo puedo llamar así. 

 

Observé la mirada curiosa de la gente. Me imaginé que todos empezaban a cuchichear que ya había dos locos en el pueblo. No me importó. Desde ese domingo tomamos por costumbre saborear la nieve de leche quemada, de cajeta o de vainilla, acompañada con el rico pan. Oseas pasaba por mí al mediodía y siempre iba limpio y muy arreglado; sus ropas con mil zurcidos. Quedamos de acuerdo de que un domingo él pagaba y el siguiente yo. Siempre me miró con respeto, platicabamos de tonterías, me hacía señas con su cabeza cuando notaba que nos veían con insistencia, y nos sonreíamos y seguíamos disfrutando nuestra nieve.

 

Con frecuencia nos molestaba una banda de jóvenes adolescentes que se reían y le gritaban: “¡Oseas tiene novia! ¡Oseas se va a casar!” Yo le decía para que no les hiciera caso. 

 

Me quedaban unas cuantas semanas para terminar mi servicio en el hospital. No sabía si explicarle a Oseas que me iba; no estaba segura de que entendiera. 

 

Por esos días tuve que hacer un viaje de emergencia a la capital, ya estaba por cumplir un año en ese pueblo, y tenía que gestionar la liberación de la carta de pasante. No pude avisarle a Oseas que estaría ausente. 

 

Durante esos días fuera, me estuve reprochando la desatención que tuve con quien, sin pensarlo, había pasado a ser un buen amigo. Estuve ideando la manera de que Oseas me platicara sobre su vida.

 

Recordaba con malicia las miradas de asombro e incredulidad, casi de escándalo, de la gente por mis paseos domingueros con Oseas, despertando el morbo al pensar ellos qué clase de relación me unía a él. No había duda de que esos paseos me divertían mucho y llenaban el vacío que sentía por estar lejos de mis amigos y seres queridos. Ansiaba regresar para explicarle, mientras disfrutábamos una nieve, lo que tenía que hacer en mi vida en el futuro. Tal vez podría ir a visitarme, o yo venir. Ya se me ocurriría algo al verlo. 

 

Al día siguiente, salí de prisa al hospital y por la noche me extrañó no verlo esperándome. No hubo la acostumbrada serenata. 

 

Por la mañana, le pregunté a la dueña de la casa por Oseas.

—La he visto tan ocupada que no quise molestarla. Y la verdad no sabía cómo decírselo, pues todos nos dimos cuenta de su amistad con él. Al día siguiente que usted se fue, vino él y, al no encontrarla, casi me rompe los vidrios de la ventana. Le grité que no molestara, que usted se había ido. Ahora sí que parecía loquito; se puso a llorar, a gritar. Salió corriendo y no alcancé a explicarle que usted regresaría. Dejó de tirar la basura. Yo no sé ni por dónde andaba. Lo que supe fue que unos muchachos maloras lo golpearon y al tratar de defenderse le lanzaron gasolina y le prendieron fuego. No sobrevivió. Dicen que lo enterraron en una fosa común. 

 

Me quedé muda. Sentí un nudo en el estómago; me latía muy rápido el corazón. Di media vuelta y dejé a la señora Carmen con la palabra en la boca; no alcancé a escuchar lo que decía. Regresé a mi cuarto. Tenía que irme. Comencé a empacar todo con prisa. Saqué de golpe los cajones. Saqué la maleta de debajo de la cama, comencé a apretujar la ropa dentro de ella. Las lágrimas no me dejaban ver, los recuerdos no me dejaban pensar. Me derrumbé en la cama. 

 

Ni siquiera supe quién era realmente. ¿Por qué no me despedí? Me sentía responsable de lo que le sucedió. Me dolía la certeza de no verlo otra vez.

 

Sentí que me ahogaba. Necesitaba aire. Abrí la ventana. Entre la vidriera y la puerta de madera, había un sobre blanco. Dentro, un acta de nacimiento vieja y amarillenta que daba fe del nombre de Sebastián Valles Lozano, nacido en la ciudad de Pénjamo, Guanajuato, el 12 de febrero de 1946.