Pájaro

Nancy Oviedo

¡Es la última vez que estoy en esta jaula, prisionera de deseos ajenos a los míos! Esta mañana percibo mis alas tan grandes, tan limpias, dispuestas a la aventura y a los retos del clima. En el tazón de agua veo el reflejo de mis suaves plumas y mi pico grande y curvo; me doy cuenta de que con él puedo defenderme. Excelente arma. Mis patas parecen pequeñas en comparación con mi cuerpo. Mis garras parecen débiles, no las he puesto a prueba. Mis ojos redondos me ayudan a ver más de lo que he mirado en tantos años; me gusta mi apariencia. ¡Voy a salir de aquí! 

 

Con la ayuda de la ganzúa que adorna mi cara, levanto con dificultad la puerta de esta jaula inmensa para mí. Logro abrir, después de varios intentos. ¡Qué felicidad! El aire afuera de las barras de mi prisión se siente bien, descarado. Golpea mi cabeza, alborota mis plumas como quien acaricia los cabellos de un amigo. Vuelo, me entrego a la libertad sin saber bien lo que me espera, pero no me importa ¡Quiero vivir! ¡Quiero ganarme mi muerte con dignidad! 

 

¡Qué paisajes tan hermosos! No sé dónde estoy. ¡Esto es mágico! Toda esa vida debajo de mis alas y yo sin haberla visto antes. Quiero sentir la suavidad de los pétalos de todas las ores, ver su alegre colorido, sentir los capullos, las hojas de los árboles. 


 

Voy a toda velocidad y, aun así, siento lejos el objetivo. Me parece increíble. Estoy más cerca. Sí, he llegado. Qué placer rozar con mi pico tan duro los suaves botones de las ores por nacer, sentir esa inocencia; me embriago con su aroma fresco y dulce, con sus distintas formas. Amo esta sensación de entregarme a venerar lo existente. 

 

Sobre los tallos maduros poso mis patas, me emociona la frescura que transmite ese verde trozo enganchado a la tierra; permanecerá siempre en el mismo lugar. ¡Es feliz! Giro la cabeza y, ahí, en esa tierra que aloja todas esas ores, observo que algo se mueve bajo una hoja seca. Me agacho, y con el pico descubro al responsable del movimiento. Es una pequeña larva de color marrón que se arrastra con dificultad. Me asombra presenciar tanta vida en un ser tan diminuto. ¿Tendrá algún tamaño mínimo la existencia? Espero que no. 

 

Sigo con la mirada a la larva, estiro el cuello, abro el pico y la trago de un bocado. ¡Dios mío! ¿Qué he hecho? Me he tragado lo que admiré antes. ¡Comí vida! Me asusta, me aterra ser capaz de destruir. Tomo conciencia de mi poder, ¡no lo quiero! ¡Tengo miedo! 

 

Pienso en mi jaula... ¡Qué segura era! La libertad es otra cosa. Levanto el vuelo. Quiero mi jaula de vuelta. ¡No sé dónde estoy! Vuelo sin rumbo y a toda velocidad. 

 

Mis alas, aquellas que me parecieran tan majestuosas, ahora me resultan pequeñas y las maldigo por no saber guiarme. 

Desde las alturas alcanzo a ver unos barrotes que se asoman en una ventana. Quiero entrar. Mientras me acerco, reparo en que es diferente al hogar que conocí, pero no importa. Nuevamente levanto la puerta y entro con facilidad. Me poso sobre una de las barras, estiro mis alas que chocan en esta prisión, pues es más pequeña. No me incomoda, al contrario, la estrechez me recuerda que aquí dentro estoy a salvo. 

 

Vuelvo a mirar mi reflejo en el agua, peino mi cabello oscuro sin tanto afán, escucho el timbre y salgo otra vez a trabajar.