De cosas sin importancia

“Pa´ lo que hay que oler”

Juanjo de la Noche, Marqués de Grimaldi

Dicen que los perros pueden oler el miedo. No son los únicos. Cuando me enteré de eso escalé del miedo al pavor. Es difícil controlar el miedo, pero controlar el aroma es imposible. Alguien me dijo que si tragas saliva el miedo ya no huele. 

 

De los cinco sentidos que existían antes, ya ven que todo ha cambiado mucho, el más misterioso es el olfato. En español tenemos muchas palabras que describen colores y sombras, aspectos y formas. También hay unas cuantas para los sonidos, los timbres, los tonos y los ritmos. Se va reduciendo el menú para hablar de sabores. Agrio, dulce, ácido y salado. Y con cuatro palabras es difícil describir a qué sabe el chocolate. ¿A qué sabe un beso? Los hay dulces y amargos. También el menú para el tacto se reduce a presión, temperatura, textura y dureza. Y de ahí hay que valerse para contarle a quien no lo sepa cómo se siente una caricia. Para el olfato no existe tal clasificación, aunque dicen los que saben que podemos detectar como diez mil olores diferentes. Lo cual me parece una exageración tomando en cuenta de que el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española tiene ochenta y ocho mil palabras. El olfato es un reino inexplorado.

 

Mi tío Fernando no tenía olfato. No era algo dramático. Decía que fue a raíz de un golpe. Cuando me enteré le dije que lo sentía mucho.

–Pa’ lo que hay que oler. Me contestó. 

 

Cuando estaba en la escuela primaria no sabía nadar. Lo cual no hubiera tenido la menor importancia, si no hubiera sido porque en la escuela había clases de natación. Se supone que eso era algo divertido. Para mí era jugarme la vida todos los miércoles. La profundidad de la alberca era mayor que la distancia entre mi nariz y el fondo, suficiente para morir ahogado. El profesor, que jamás se metió al agua, tenía ese estilo de los couches rudos que te quieren sacar la grandeza a punta de humillaciones. Lo peor era cuando había que aventarse del trampolín. Bueno, había algo peor aún: Que se te olvidara el traje de baño. Porque te hacían nadar en calzones. Y mis calzones eran impresentables, porque me los tejía mi abuelita, y cuando estaban mojados se alargaban por el peso del agua, de manera que sólo asomaban mis pies, y muy cerca del suelo se veía un simpático agujerito que mi abuelita les dejaba para sacar el pajarito cuanto fueras a hacer pipí. Con el calzón mojado casi arrastrando por el piso me parecía al indio Tizoc, y hubiera sido preferible morir ahogado que tolerar las burlas de mis compañeros. La clase de natación era una mierda. Desde que entraba a la alberca percibía el olor al agua con cloro. Ese es el olor del miedo.

 

Antes de tener edad para ir a la escuela pasé largas temporadas en la casa de mis abuelos en Guadalajara. Mis papás me encargaban con el maquinista y me dejaban en un camarote del tren nocturno, en la litera de arriba, mullida y tibia. Me arrullaba el tlac tlac de las ruedas, los rieles y los durmientes. Miraba por la ventana las estrellas y las luces de los ranchitos hasta que el sueño me vencía. En la mañana mis abuelos me recibían con gran fiesta en la estación. A veces íbamos en coche con mis papás, y entonces parábamos a comer fresas con crema en Irapuato. Es verdad lo que dice la canción: Guadalajara huele a tierra mojada. A eso huele la aventura.

 

Acompañaba a mi abuela al supermercado. Ella empujaba el carrito y me sentaba en el compartimento de poner niños. Secretamente esperaba el momento en que entrábamos al pasillo de los chocolates, lo cual no siempre sucedía y era por eso emocionante. Aquellas veces ella compraba una caja de chocolates Carlos V amargo. Yo intuía que si pedía un chocolate me iba a ser negado. Tenía que llegar solo. Ya desde entonces sabía que si deseas mucho algo no sucede. Pero no importando el desenlace, estar en ese pasillo era tan placentero como si tuviera el chocolate en la boca. Ese es el olor de la buena suerte.

 

Cuando anduve en la Universidad tuve una novia que usaba perfume. Se llamaba Pavlova. El perfume en su piel era un elixir. Supongo que es el mismo truco que hacen las flores con los ruiseñores. Se metía a mi cerebro, a mi corazón, corría por mi sangre, se volvía lava, se volvía una estrella consumiéndose en su fuego. Contaba las horas para volver a olerla. No podía pensar. No podía liberarme del hechizo. Cuando nos separamos volví a buscar ese perfume para derramarlo sobre otras pieles. No fue lo mismo. No había veneno. A eso huele la locura.

 

Dicen que te acostumbras a los olores hasta que ya no los puedes percibir. Aún si algo apesta. No sé si cuando te los arrancan te des cuenta de que ya no están. Yo nunca me acostumbré al olor de Cipriano. Un antiguo compañero de trabajo que impregnó su humor en mi camioneta. Si lo volviera a ver tal vez no lo reconocería. Si lo volviera a oler, sabría que es él. Antes desconfiaría de mis ojos.

 

La casa de mi abuela materna olía a sopa verde. Yo no lo sabía, porque a eso olía mi vida. Hasta que alguien me dijo que yo olía a sopa verde. ¿A dónde irán los aromas perdidos? ¿Se escaparán por la ventana para diluirse en el infinito? Antes se regalaban almohadillas de olor, como aquella que la niña de Guatemala le dio al poeta que la olvidó.

 

En los olores vuelan los recuerdos. Un amigo me dijo que recordar significa volver al corazón. Hay un sendero bordeado de Eucaliptos. Los podrás reconocer porque su costra es vieja, desgajada en jirones como la piel de un mamut. Ahí está mi abuela, la de la sopa verde, tejiendo unos calzones de estambre. El aire mueve las ramas. El tiempo está detenido y parece, solo parece, que nunca va a avanzar. Hay unos chiquillos recogiendo del suelo los sombreritos que tiran los árboles para que los niños jueguen, de un azul tan hermoso e imposible. Y ese aroma. A eso huele la felicidad.