Sosias

Pinceles de una sola vía:

motivos reiterados en Manet, Van Gogh y Morisot

Luis Bugarini

1. Édouard Manet

 

Es frecuente que un artista explore la misma temática de un modo reiterado. Más de un crítico llamará “estilo” a esa práctica. Por lo demás, es un ejercicio que forma parte de la educación artística de corte académico y tiene como objetivo lograr que el artista afile su mirada. Puede hallarse en las pinturas de Paul Cézanne sobre la célebre montaña con la que se enseñó a pintar, los reiterados ejercicios de Edvard Munch para lograr la forma definitiva de El grito o las versiones de la Guernica de Picasso.

 

El crecimiento de las grandes ciudades motivó que los artistas ampliaran sus posibilidades, incluidas las propias de su oficio: atestiguar la circunstancia del ser humano y transmutarla en obras de creación. La ciudad moderna no ha parado de crecer, ampliándose de forma vertiginosa y, con ello, captando la imaginación de los artistas con sus posibilidades. El cierre del siglo XIX fue prometedor y angustiante a un tiempo. Pintores como Édouard Manet (1832-1883), por ejemplo, detectaron este cambio de condiciones y adaptaron sus capacidades a las líneas generales de los nuevos tiempos.

 

Esa ampliación de posibilidades, sin embargo, trajo consigo brotes recurrentes de injusticia en perjuicio de los menos favorecidos. Ante ese espectáculo, el artista terminó por admitir que no podía mantenerse aislado ante esos cuadros de miseria y degradación, así que pronto surgieron las primeras obras que dieron cuenta de los efectos adversos de la industrialización acelerada. Manet no hizo de la denuncia uno de los leitmotivs de su obra, aunque es recurrente su abordaje de asuntos delicados para los grupos de poder de su tiempo.

 

El Geist de la época (me refiero a los albores del siglo XX) era pronunciarse sin importar las consecuencias, entre otras, las que podrían entorpecer la propia carrera del artista. Las expresiones de rechazo o crítica eran frecuentes en una sociedad que no lograba atenuar que se abriese la brecha social de un modo desproporcionado. Es posible hallar esos visos de crítica en El fusilamiento del emperador Maximiliano (1867), que da cuenta de un hecho vergonzoso de la política juarista, ya que el presidente Benito Juárez se rehusó a conceder el indulto al monarca llegado de Europa, lo que provocó un rompimiento diplomático y comercial con diversas naciones europeas. ¿Había necesidad de subrayar la independencia de un país que ya lo era? Difícil entender los motivos del liberalismo juarista. La pieza de Manet, por su parte, es una de las pocas que dan cuenta del hecho. En Francia aquel despropósito dejó huellas imborrables de rechazo al presidente Juárez, si bien pocas obras para representarlo.

 

Otra muestra de crítica social, aunque en una vertiente diferente, puede verse en El Bar del Folies-Bergère (1882), que retrata a una mujer dedicada a servir las bebidas en un bar. Su rostro es de hartazgo e insatisfacción. No pocas veces detalles que destellan con sutileza en las piezas explican por completo una época. El siglo XIX, uno de los más esperanzados con el avance de la ciencia y la técnica, de pronto se reveló insatisfecho con sus logros y esa expresión es la confesión más abierta del cansancio que produce escuchar interminables promesas. Manet perfila en las líneas de ese rostro una de las escenas más reconocibles de la pintura francesa moderna. En contraste con el alcance de El fusilamiento del emperador Maximiliano, con esta pieza se le puede tomar el pulso al estado de ánimo de la ciudadanía francesa, a la sociedad misma, en la imagen de una mujer apelmazada que se resiste a serlo de una manera natural.

 

En un tercer ámbito de la misma producción de imágenes para revelar el descontento de una época, Manet utiliza su representación de Olympia (1863) para trazar una crítica a la moral de su tiempo, en la que se mezclan dos razas, en tanto que se asoma una nueva forma de la desnudez se planta en uno de los lienzos más criticados no sólo de su tiempo, sino de la totalidad de la historia del arte. Se registraron escándalos por la exhibición de la obra y puede afirmarse que amplió el área de acción del artista plástico, al menos por lo que hace a la modificación de hábitos al ejecutar un retrato de la desnudez. Aún faltaba demasiado tramo para llegar a donde nos encontramos en el siglo XXI, en términos de libertad, pero el mérito de Manet no puede negarse.

 

2. Vincent Van Gogh

Compruebo que Vincent Van Gogh (1853-1890) halló en la representación continuada de girasoles uno de sus nortes magnéticos, quizá el más constante. La realidad minúscula de esas flores permitió al pintor la exploración de texturas y tonalidades a partir del amarillo. Ese motivo, que en su tiempo fue una irrelevancia, hoy se cotiza en millones de dólares y euros. Así de paradójica y sarcástica es la historia del arte. El método del pintor holandés, semejante al de Manet, permite concluir que es posible volver una y otra vez a los mismos motivos y lejos de caer en la reiteración, perfeccionar la representación hasta volverla “característica”.

 

Esta versión de Girasoles se pintó en 1880 y se conserva en el Museo de Arte de Filadelfia 1. Es uno de los ejemplos más tempranos de la fascinación que sintió Vincent Van Gogh por la representación de flores y, en especial, de girasoles. Sus pliegues dan la oportunidad al pintor de explorar diversas posibilidades tonales y cierto cuidado (algo maniático) en la creación sobre la tela de cada uno de los pétalos, lo que permite tanto al autor como al espectador, individualizarlas antes que asumirlas bajo la denominación genérica de un “arreglo floral”.

 

Debe referirse que el girasol es una de las flores más retratadas de la pintura occidental. Esta versión de Girasoles 2 (1887), pintada siete años más tarde que la pieza anterior, destaca por ser un acercamiento atípico al motivo floral, ya que lo usual es que a los girasoles se les retrate cuando son radiantes y no en su proceso de consunción. Destaca el uso del azul, al igual que la textura de tonos blancuzcos sobre los que descansan los girasoles. Esta pieza sólo para subrayar la importancia que concedía Van Gogh a la observación al detalle de cada uno de los objetos que se hallaba por llevar al lienzo.

 

En la National Gallery de Londres se conserva esta versión de los Girasoles 3 (1888). El pintor holandés vuelve sobre la misma forma de representación, aunque en esta versión y en posteriores, puede atisbarse su interés en que el pincel se llene de color y la diferencia de tonos quede reducida a un empaste casi indiferenciado. El arte del ilusionismo fue uno de los más socorridos por los impresionistas y postimpresionistas. Aquí hay un ejemplo de ello, ya que si se segmenta por cuadrantes cada uno de los girasoles dejan de serlo.

 

Vaso de flores 4 (1890) es la inflexión que permitió a Van Gogh intentar un registro diferente a los citados líneas arriba, aunque siempre quedó como un deudor por su aprendizaje con los girasoles. Menos célebre, si bien igualmente relevante, esta pieza es el resumen de veinte años de aprendizaje del pintor holandés. Visto en perspectiva, implica fugarse de una temática que se repetía, al parecer sin descanso, para abrir vetas hacia otras temáticas. La primera tarea del creador, y esto no lo dicen en las académicas, es presentir que un motivo ya se repite de manera vertiginosa, y entonces dar un golpe de timón hacia otro rumbo.

 

Una historia del arte se escribe con la tenacidad de los artistas. La reiteración de motivos es una práctica cotidiana que se encuentra lejos de significar falta de inventiva o escasez de motivos. A menudo se olvida que Vincent Van Gogh murió a los treinta y siete años y padeció condiciones de pobreza. Muy lejos de su legenda como “maldito”, su obra es una de las más meritorias de cualquier historia del arte. Cuenta con un sello reconocible a distancia y este es mérito que puede hallarse en tan sólo algunos artistas.

 

3. Berthe Morisot

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los finales de siglo nunca son fáciles, pero aquel del siglo XIX encarnó un quebrantamiento del espíritu semejante tan sólo al del año mil, en el que todos los vaticinios negros aterrizaron en el mundo. Uno de los siglos más políticos de la historia humana se miraba el rostro y no se reconocía en él. Parece un modo legítimo de llamarlo a cuentas por su aporte de mérito, pero también debido a sus notables ausencias, entre otras, la existencia de una crítica sostenida en el tiempo, capaz de vertebrar un nuevo modo de construir la imagen del individuo en el mundo en relación con la obra artística.

 

Berthe Morisot (1841-1895) tiene ese mérito en medio de pintores de talla universal y no es decir poco. El jardín en Bougival (1884), con su pincelada suelta y desmadejada, podría ser el esbozo hecho por un pintor sin experiencia, en el que apenas pueden distinguirse algunas flores sobre un muro. No parece haber un trazado previo en la obra, ni un cálculo sobre el efecto de la luz en los espacios laterales. Es el cuadro en el que Morisot vertió sus energías para hacer un pronunciamiento estético sobre lo que debería ser la nueva pintura, esto es, la de su tiempo.

 

Ya puede imaginarse la sorpresa de los académicos y pintores conservadores de la época: en El jardín en Bougival abunda la indefinición y el trazo espontáneo. Es una de las obras más radicales no sólo de Morisot, sino del impresionismo y postimpresionismo en su conjunto. Quizá sólo Claude Monet se atrevió a tanto. La luz es intensa al centro y no ayuda en el proceso de integración visual de los elementos en el espacio del cuadro. Por el contrario, su función es romper la escena para enfatizar que Morisot no quiso trazar un camino para lograr una mirada integral en las pinceladas. Por el contrario, quiso declararlo nulo. Lo que hizo fue trazar una autopista de un solo sentido, ya que luego de esa pieza no habría vuelta de regreso.

Si las vanguardias europeas son la culminación de una larga aventura espiritual, entonces la disgregación de la forma que propone Morisot en esta obra es uno de los hitos del devenir del arte occidental, que prosiguió durante siglos sobre un camino de autofagia y contradicción intermitente. Eso porque al brote de un movimiento se opuso otro y así se “avanzó” (¿?) durante siglos en la historia de las formas artísticas. Arthur C. Danto, eventualmente, propondría una nueva narrativa para contar la historia del arte del nuevo siglo, lo que dejaría de lado esa idea de movimiento hacia una “progresión” (al parecer) infinita.

 

El jardín en Bougival propone una versión lírica de la “mirada del artista”, única e intransferible, la cual se transformaría pasadas las décadas en la célebre línea de Joseph Beuys respecto a que “todo ser humano es un artista”. En línea con lo anterior, Henri Bergson refiere lo siguiente: “Decididos a interpretar los cambios de cualidad por cambios de cantidad, comenzamos por admitir en principio que todo objeto tiene su color propio, determinado e invariable”. Lo que significa: corresponde al artista hallar el “color propio, determinado e invariable” de cada objeto, esto es, la manzana no es roja, el cielo no es azul, ni el sol es amarillo. Eso permite que el artista plástico invente el mundo desde una perspectiva individual y, por ello, irremplazable.

 

Morisot lo hizo en los trazos que pueblan El jardín en Bougival. La combinación de colores es determinada e invariable, lo mismo que la elección de los “objetos” en la pieza. Intuición y voluntad de individualidad es un espacio cerrado, si bien abierto a cualquier infinito.

 

Sirva esta brevísima caminata sobre algunos motivos reiterados en obras de Édouard Manet, Vincent Van Gogh y Berthe Morisot como una invitación a realizar otras correlaciones de obra, sea otras de sus propias obras o sea en relación con otros pintores. El arte es un terreno lúdico en el cual hallar nuestra senda una vez que la imaginamos perdida.

van Gogh Sunflowers, 1888 or 1889 Archival Poster - Philadelphia Museum Of Art (philamuseum.org)

Sunflowers by Vincent van Gogh | Paper Print | Met Custom Prints (metmuseum.org)

3  Vincent van Gogh | Sunflowers | NG3863 | National Gallery, London

4  Vincent van Gogh - Vase of Flowers - Van Gogh Museum