Procure dormir si viaja

Eva Leticia de Sánchez

Odio, odio, odio viajar en autobús, pienso, mientras busco el número de mi lugar. ¡Carajo!, si hubiera encontrado otra corrida ni de loca iría en ésta, los asientos del pasillo son incomodísimos. Seguro no voy a pegar el ojo, y si de chiripa lo logro, ya puedo ver mi cabeza oscilando, como de gallina muerta. Qué diera por ser de esas personas que se las ingenian para conseguir lo que quieren. Oiga, me siento muy mal, tengo nauseas, ¿me cambia su asiento?, le diría al vecino con desparpajo, pero, carajo, soy pazguata de nacimiento, así que, a joderse. 

 

Me resigno ––no hay de otra––, y ocupo mi lugar. No termino de acomodarme y ya estoy sintiendo comezón en el cuerpo. A saber quiénes habrán usado este asiento y dejado sus pulgas sueltas. Qué insoportable es estar confinada en espacios tan reducidos e incómodos; aparte, la gente, toda, siempre me es molesta, me cae gorda. 

 

Aún no termina el abordaje del autobús y ya se me durmieron las extremidades, siento el cuello torcido y la espalda empezó a joderme. Que sangroncita soy, caray, pero qué le voy a hacer, así nací, ¿o me habré vuelto?

 

Apenas he encontrado una posición un poco cómoda y ya una mujer añosa y gorda me solicita que la deje pasar a su lugar. Ay, ay, que calorón, que calorón, ¿verdad?, dice, infiero que a mí. Ajá, contesto parca, echando madres mentales: méndigo vejestorio, por su culpa tuve que ladear el cuerpo hacia el pasillo y un fulano casi me embarra su colgajo pestilente en la cara, al pasar hacia la parte trasera del camión. Carajo, cuánta incivilidad, ¿no podía esperar unos minutos a que la anciana moviera su mole grasienta? 

 

No, bueno, lo que faltaba para acabar de joder el asunto: parejita a la vista cargando escuincle dosañero… ¡uf!, con lo bien que me caen los chamacos jodones, a esa edad todos son insoportables. Siento alivio cuando veo que ella comienza a acomodarse, con su chillón, tres hileras adelante de la mía. Oh-oh. Después de dejar instalada a su niñera ––¿para qué más sirven las madres sino para hacerla de niñeras?, zafo, zafo––, él camina hacia atrás del autobús. A poco van a irse separados, qué raro. El hombre acomoda su pasadero y bien vestido cuerpo en mi fila, del lado de la ventanilla contraria; gracias, Dios, pudo haber sido al revés y sufrir la chilladera del escuincle todo el viaje. Lo malo, malísimo, es que se la van a pasar hablándose de un asiento a otro, ya los estoy oyendo: pásame la leche, dame la cobija verde, el nene está muy inquieto. Me corto la cabeza si el chamaco no se la pasa aullando. Joder. 

 

Mmm, pero, pero ¡qué es lo que mis ojos miran!, madre mía, qué bombón tan delicioso. Con diez años de menos…con savia de su cuerpo quemaría los templos, diría Silvio; oh, y le tocó justo al otro lado del pasillo, quedó tan cerca de mí que podría tocarlo si quisiera pretextando cualquier estupidez. Bueno, bueno, de los males, el menos, siquiera voy a tener qué mirar durante el trayecto porque de dormir ni me hago ilusiones. 

 

Ay, no, el simpático de adelante ya prendió su luz, mierda, si todavía ni anochece. En serio, qué falta de consideración, pero capaz que si le reclamo me la hace de pleito ratero, mejor no, qué hueva ponerse a discutir… y apenas van dos horas de camino.    

 

No encuentro acomodo, trato de arrebujarme a ver si por lo menos dormito. Nada. Parezco lombriz de tierra retorciéndose. Cada vez que trato de recostarme sobre mi lado derecho, la mujer añosa intenta hacerme la plática. No, por Dios, zafo, zafo. De frente, la luz del simpático me deslumbra y me molesta. Si me hago ovillo y poso la cabeza en la codera izquierda, rebota a cada bache. ¡Me carga! Me incorporo sobre mi costado izquierdo para darle la espalda a la vecina, antes que platicar con ella prefiero hacerme la muerta.

 

Me resigno a permanecer en vigilia. Aburrida, paseo la vista hacia todo lo visible, puras cabezas alcanzo a ver. Me detengo en los hombres de al lado, lindo panorama, ambos han bajado sus respaldos y los puedo ver de cuerpo entero.  El papá del chamaco quejumbres porta prendas de lino claro, da la pala de elegante, yo digo que ha de ser un estirado mamerto, va a la costa, ¡en camión!, que no manche. El bombón apetitoso trae una playera de licra que deja ver su bien cuidado cuerpito ––si hubiera luz de día, seguro se le asomaban los cuadritos––, bermudas y sandalias, su desparpajo no demerita su hermosura de Adonis. Por mí está bien que vistan como se les hinche, les pongo palomita a ambos, me alegran la pupila. Fuera de lugar yo, que tuve que salir corriendo sin siquiera poder quitarme la ropa de la oficina. ¿No podía haber encontrado el pendejo de mi jefe a otro pendejo que no fuera yo, para tramitar el urgente exhorto? Naaaa, para qué me hago tonta, sí podía, pero el pelmazo goza si me molesta. 

 

Qué pesada es esta hora en que el día no acaba de morir ni la noche de nacer, me chocan las medias tintas. Ya, que oscurezca, a ver si al menos puedo relajarme. Me retuerzo. Me volteo. Vuelvo a quedar mirando hacia los hombres de al lado, no sea que me gane el sueño y termine acurrucada en el pecho abultado de la vecina. 

 

¡¿Eh?! ¿En serio estoy mirando lo que creo que miro? El bombón está moviendo machaconamente su pierna izquierda de un lado a otro, tocando a propósito la de su compañero de asiento. Se acaricia el sexo de forma sugerente y sutil. El de la parejita, se queda tieso, luego junta su pierna con la del bombón quien, descarado, posa su mano en el sexo del vecino, lo aprieta igual que si exprimiera un limón; cuando siente la erección en su mano, le abre la bragueta y comienza a masturbarlo. El hombre de lino tiembla, se retuerce, cierra con fuerza los puños y estira las piernas. El bombón retira su mano cuando lo hace eyacular, imagino su rostro satisfecho por los estragos que ha causado en el abnegado padre. Alcanzo a ver su ––momentos antes–– abultado falo volver a su estado natural, su vientre y torso siguen tensos, contiene con esfuerzo los jadeos. 

 

Mi cabeza, cuando comienzo a presenciar la escena, se queda en blanco, estoy perpleja, sólo alcanzo a sentir una ráfaga quemante que se introduce por mi vulva hasta chocar con mi cráneo, justo arriba de la frente, que luego se disemina por todo mi cuerpo como chorro de agua hirviendo. Mis ojos no podrían abrirse más, estoy sorprendida y muy perturbada. No soy una mirona, bueno, sí, pero de otro tipo de cosas, de escenas sexuales no, no sé con qué frecuencia la gente las presencie, a mí, no me había tocado.  Más me sorprende que yo misma aún esté experimentando las palpitaciones de mi sexo, la contracción de mi vientre y la hinchazón de mis pechos hasta el dolor. Igual que el hombre de lino, hago esfuerzos inmensos por reprimir el jadeo atorado en mi garganta. 

 

La luz es escasa, pero suficiente para notar la mancha húmeda diseminándose en la parte frontal del pantalón del acosado, y su nerviosismo, da la impresión de que no supiera dónde meterse, o sabrá Dios.
 

No comprendo. Y menos que yo siga presa de ese delirio que obnubila, que exige el abandono ante el doloroso deseo de dejarse morir un poco, de sentir esta urgencia de satisfacer este deseo que me reseca la garganta. Un ligero dolor de cabeza da cuenta de los estragos que me ha causado la situación presenciada, del deseo sexual sofocado a fuerza. 

 

Subo las piernas al asiento y me abrazo las rodillas para que se termine de apagar el fuego. Divago. Pienso en lo fácil que se encienden las pasiones, y que el lugar y el momento, son lo de menos. Me recrimino: eso y más mereces por fisgona. Dirijo la mirada hacia mi ventanilla. Aún siento malestar y frustración.  La mujer añosa reitera: qué calorón, qué calorón ¿verdad? Sí, qué calorón, contesto.