Lo demás sobra

Recuerdos

Emilio Mendoza de la Fuente

“En la dulce fragancia

De la dulce San Juan,

Recuerdos de mi infancia

Enredados están”.

Alfonsina Storni

 

 

El restaurante, en el cual me reuní con mis amigos de la secundaria, tenía una atmósfera agradable propiciada por su discreto y atento servicio. Nuestra mesa estaba junto a una pared, lejos de la entrada y del paso de la gente, esto hacía que el ambiente fuera propicio para poder entablar una buena conversación. Como se ha hecho costumbre en estas comidas, parte de la plática giró alrededor de los días que pasamos juntos en las aulas, muchos años atrás. Recordábamos, entre la deliciosa comida y copas de vino, algunas de las divertidas anécdotas que han sobrevivido al paso del tiempo.

 

Durante la secundaria nuestro grupo nunca sufrió cambios. Tuvimos la suerte de permanecer juntos los tres años en el mismo salón de clases. Por eso, en cada ocasión que nos reunimos, tenemos muchas cosas para recordar y platicar. Nos divertimos con las remembranzas de esa época, días en los cuales el Internet era algo que existía solamente en la imaginación de unos cuantos, no había redes sociales, celulares, ni computadoras en casa. A pesar de que muchos podrían pensar que es casi imposible vivir sin la tecnología actual, nosotros éramos felices con lo que teníamos.

 

Al final de la comida vino a mi mente un suceso que, en esos días, fue estremecedor para mí; tanto que no lo he podido borrar de mi memoria. 

 

—Recuerdan que una de nuestras compañeras se cayó y se rompió la pierna. Estábamos en la clase de deportes practicando salto de altura —comenté mientras servían el postre—. Fue impresionante, hasta la fecha no he podido olvidarlo, aún tengo esa imagen en mi mente como si hubiera sido ayer. 

 

—Sí me acuerdo —contestó Alejandro, uno de mis amigos—. Pero no fue una compañera... el que se cayó fue Tomás. Además, se fracturó el brazo, no la pierna. 

 

—¿No fue Ernesto?, siempre he tenido la idea que fue Ernesto —dijo Raúl.

 

—Alejandro tiene la razón: Tomás fue el que se rompió el brazo... aunque no se cayó en un salto de altura, sino de longitud. Recuerdo que le dolía mucho, no paraba de gritar —dijo Diana segura de sus palabras—. Lo bueno es que la maestra supo qué hacer: sin mover el brazo lo llevó de inmediato a una clínica de primeros auxilios. Él regresó el día siguiente con el brazo enyesado.

 

—Pero no gritó mucho, solamente dio un grito muy fuerte cuando cayó, después solo se quejaba y sollozaba —respondió Raúl.

 

Fue entonces cuando percibí algo interesante. Yo estaba seguro de algo: había sido una de nuestras compañeras la que se había accidentado en esa clase de deportes, esa escena quedó fija en mi mente a lo largo del tiempo.  Y, de pronto, mientras platicaba con mis amigos, descubrí que había estado equivocado todos estos años. Parte de mi imborrable recuerdo cambió en algún momento de mi vida. Nunca me di cuenta en qué momento fue. Además, no era el único que había sido “traicionado” por la memoria, varios de mis amigos también tenían sus añoranzas medio torcidas.

 

Lo mismo me sucedió hace unos días, en una comida familiar. Durante la sobremesa, mientras disfrutábamos un café, platicaba con mis tíos acerca de cómo era una de las casas en donde vivieron mis abuelos cuando era niño. Uno de ellos mencionó que la casa azul era la más bonita, una que estaba situada a una cuadra de la estación del tren. Yo la recordaba bien porque ahí pasé una de mis vacaciones. Estaba ubicada en una de las calles principales de Cd. Victoria, en Tamaulipas. Era una casa grande, pero tenía la imagen de una fachada verde. Empecé a dudar de mi memoria hasta que mi tía mencionó que no era azul, sino que, efectivamente, era verde. Comenzó un debate entre mis tíos acerca de cómo era esa casa, cada uno tenía una versión diferente del inmueble. Gracias a esa pequeña discusión noté que muchos de sus detalles los tenía completamente equivocados en mi mente, como la ubicación de la estación de tren, yo pensaba que estaba ubicada a una distancia muy lejana del hogar de mis abuelos. 

 

Varias veces he notado, como me sucedió en esas comidas, que los recuerdos suelen estar distorsionados. Por ejemplo, hace tres años, mientras manejaba, pasé junto al parque en el cual jugaba cuando era niño. Como no había visitado esa colonia en mucho tiempo, estacioné el carro para caminar por él y así “matar a saudade”1, como dicen en Brasil. Mientras lo recorría, viajé momentáneamente al pasado. Algo extraño me pasó, de pronto el parque tomó su verdadera dimensión, aquellos grandes lugares en donde me divertía con mis amigos eran, en realidad, pequeños espacios entre los árboles. El mismo parque era de menor tamaño y más ordinario, el esplendor que tenía se perdió en el presente.

 

Esto no quiere decir que la mente me haga malas pasadas y tampoco es un síntoma de alguna enfermedad. Muchos de mis recuerdos coinciden con la verdad, sobre todo en los detalles generales; pero, entre más antiguos son, la probabilidad que estén distorsionados es mayor. Simplemente, a lo largo del tiempo, se acomodan de tal manera que soy poseedor de una historia que sólo existe dentro de mí y la cual crea una realidad alternativa del pasado. Algunas de las cosas que me sucedieron las he olvidado, generalmente son vivencias sin importancia, pero en otras los huecos se cubrieron con falacias. No sé cómo se crearon o de dónde salieron, sencillamente en algún lugar del tiempo aparecieron y hoy tienen fuertes raíces.

 

Lo que sí es cierto es que esos “mentirosos” recuerdos se han vuelto parte de mi vida y, al menos para mí, son verdaderos. En esos diferentes trozos de mi pasado soy un personaje de ficción, el personaje de una novela que ha sido escrita a lo largo de los años. Es un libro que jamás caerá en manos extrañas y que, aún utilizando la tecnología de nuestros días, nadie podrá leer. Pero algunos de sus párrafos pueden ser destruidos cuando me doy cuenta de que algunos de mis recuerdos son falsos y eso, como sucede cuando termino de leer una buena novela, me deja con un pequeño trazo de tristeza. 

 

 1. Calmar la nostalgia.