Lo demás sobra

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Emilio Mendoza de la Fuente

“Hay que inventar respiraciones nuevas.
Respiraciones que no sólo consuman el aire,
sino que además lo enriquezcan
y hasta lo liberen
de ciertas combinaciones taciturnas.”

Roberto Juarroz


 

Mi gato, como muchos otros, tiene la costumbre de salir de casa justo antes del anochecer. Debido a que todos los felinos tienen un lado misterioso, ignoro a dónde va o qué hace durante esos paseos nocturnos. Seguramente no la pasa mal ya que casi siempre regresa con un semblante tranquilo y con hambre poco después de las once de la noche, justo antes de que yo vaya a la cama. Debido a que él duerme mucho durante el día, al terminar la tarde está repuesto y con ganas de más aventuras nocturnas.

 

Hace algunos meses uno de sus recorridos duró más tiempo de lo normal. Sin embargo, no me preocupé demasiado, estaba seguro de que, al amanecer, él estaría dormido sobre el tapete de entrada en la espera de alguien que le abriera la puerta para entrar a la casa. Además, esos largos paseos que duran toda la noche es algo que él hace a veces, sobre todo cuando es noche de luna llena.

 

En la mañana, cuando abrí la puerta de la casa, lo vi echado junto a la entrada de la casa como si nada hubiera pasado. Él se estiró lentamente como sólo lo saben hacer los gatos y, con pasos rápidos, se dirigió directamente al lugar en donde se encontraba su plato con croquetas. Mientras lo veía devorar su comida, después de sus andanzas, no pude dejar de sentir cierta envidia. No era por la libertad que él dispone para salir y hacer lo que desea sin dar explicaciones, sino por su enorme indolencia. Siempre sale sin temores preconcebidos. Guiado por su instinto casi siempre camina con un rumbo incierto y, sin dejar de ser precavido, siente miedo solamente cuando enfrenta amenazas reales y concretas como pueden ser: un perro que en ese momento se encuentre en la banqueta, una fuerte lluvia o un inusual y fuerte ruido. Y lo envidiaba porque, precisamente en esos días, no podía evitar sentir miedo cada vez que yo salía de casa. 

 

Vivo en una población con diversos peligros. Sin dejar de tener su encanto, la Ciudad de México también tiene su lado oscuro. Es un lugar en el cual la probabilidad de sufrir un asalto es más alta que en otras ciudades del mundo, el salvaje tráfico ofrece una buena oportunidad de experimentar un accidente vial (sobre todo para personas que, como yo, manejan motocicleta) y también siempre está presente la amenaza de sufrir un fuerte sismo; en fin, situaciones inseguras que podrían considerarse inherentes a esta gran urbe. Como muchos habitantes de esta ciudad, he aprendido a convivir con esos riesgos, por lo que, de alguna u otra manera, los puedo manejar sin que me afecten demasiado. Sin embargo, hace poco menos de dos años surgió algo que modificó de gran manera ese panorama: la pandemia. 

 

Primero llegó la incertidumbre. No había información certera, solamente una gran cantidad de rumores, suposiciones y algunas verdades. Lo real era el riesgo de contraer la enfermedad y jugar una lotería apostando la vida sin saber las posibilidades de ganar. Surgió entonces el “quédate en casa” (hasta donde era posible). Era una norma no obligatoria pero normalmente aceptada para prevenir un contagio. Por ello, ir al supermercado por cosas necesarias era, para mí, una actividad peligrosa. En esos días, tenía temor cada vez que salía de casa, convivir con otras personas sentía que era una actividad muy arriesgada. Esa sensación aumentaba a medida que me llegaban algunas noticias tristes como, por ejemplo, los fallecimientos de personas cercanas. Intentaba ocultar mi miedo, que nadie se diera cuenta, me daba cierta vergüenza reconocerlo. Yo pensaba que no debería tenerlo a pesar de que seguramente era, hasta cierto punto, un sentimiento generalizado.

 

Fueron tiempos complicados.

 

Varios meses han pasado desde entonces y afortunadamente he podido sortear las olas que han llegado. Algunos dicen que vamos en la tercera, la verdad es que el número es lo de menos, lo que importa es que aún sigo sobre la tabla de surf para tomar de la mejor manera posible lo que pueda venir: más olas, variantes del virus (delta, gama, beta, la que sea), rumores o malas noticias. Poco a poco regreso a la rutina normal. Hoy el temor es casi imperceptible. La pandemia es una amenaza que se suma a las que ya existían. Los que ahora están presentes, más que el miedo o la angustia, son nuevos hábitos para disminuir la posibilidad de contraer la enfermedad

 

Por ello, aún es una temporada en la cual no puedo ver los rostros de algunas personas, las sonrisas que solía ver en la cafetería cada mañana aún están ocultas bajo un pedazo de tela o papel. A pesar de eso, vuelvo a ese lugar cada mañana por un café para comenzar de buena manera el día. No cabe duda, los viejos hábitos que me ofrecen pequeños placeres casi siempre sobreviven a los malos tiempos. 

 

Hoy, lo mejor es poder estar de nuevo en mi lugar de trabajo. Regresar a la oficina me ha causado una alegría inesperada, esto podría parecer irónico ya que normalmente no es un lugar en el que estoy por placer. Después de ese “encierro”, adquieren un especial significado diversas actividades que realizo todos los días: convivir con mis compañeros, platicar con ellos acerca de temas totalmente intrascendentes, sentarme en mi escritorio, observar por la ventana a la gente que camina tranquilamente en la acera. Nunca había imaginado que salir del trabajo y manejar mi moto con rumbo a casa podía ser algo que algún día podría extrañar.

 

Mi gato sigue ajeno a todo lo que ha pasado en los últimos meses, para él esa temporada no ha sido diferente. Tal vez su única incomodidad fue soportar a los humanos que viven en su casa, ya que ellos, al estar todo el tiempo ahí, a veces rompían una de sus rutinas felinas: dormir a placer en los lugares más inverosímiles. Lo bueno para él es que esos tiempos están quedando atrás. Por mi parte, espero que mis días continúen como sus noches: poder aventurarme, salir sin preocupaciones, llegar tranquilo a casa al final de la tarde y esperar, con paciencia, a que él regrese. 

 

Casi lo olvido, esta noche hay luna llena.