Retrato en voz alta de Arturo Rivera

Arturo Rivera (1945-2020)

Irma Zermeño y Allan Fis*

                                             

Ni plenitud ni ausencia. Sólo un pálido relumbre

en los ajados rostros distraídos de la enajenación por el aturdimiento,

llenos de fantasías y vacíos de sentido.

No hay aquí, no, en este mundo trémulo, tinieblas.

T. S. Eliot.

¿No te angustia esta pinche vida?

 

 

En el corazón de la —ya clásica— colonia Condesa, Ciudad de México.

Una amplia estancia aromatizada de incienso mira a una jardinera.

Aparece Arturo, puro en mano, vestido enteramente de café oscuro. La mirada es muy intensa, como centrada en un solo punto.

Pasta, la perra negra con grueso y brillante collar al cuello, no se le separa un instante, casi una esfinge a su lado.

Pasta, porque yo vivo de pastas, de vitaminas, de antidepresivos, de Rivotril. A ratos la llamo “pastilla”.  

 

Al otro lado, el librero. En su centro destaca un cráneo sostenido sobre una base y, de fondo, un espejo.

La iluminación vuelve al cráneo protagonista del todo.

Subimos al estudio por una angosta escalera de caracol. Espacio enorme, muy bien iluminado con una estructura de medio círculo que sostiene muchas lámparas. Se ven dos cuadros en proceso, uno que ha elegido ya para la Bienal de Beijing  —la misma que él ganó en el 2005.

¿Les gusta? ¿Cómo ven que le puse esos pelos ahí?, pregunta. 

 

Son raíces las que hacen el anclaje entre la figura central y la parte inferior del cuadro.

(Raíces de una rosa frágil a cada lado, rosa que acentúa el contraste entre la imagen —cruda, descarnada, totalmente Rivera—  y su propia roja sutileza).

 

Parece, en su caso tan certero, seguir el camino que ofrecen los fogonazos de la intuición.

 

En la mesa de trabajo, a un costado, una cabeza de zorrillo se sostiene a una cruz de madera y gotea sangre; una corona de muy largas espinas —que bromeó en usar y ofreció, entre risas, derramar sangre para la foto; conejos y armadillos disecados y un pequeño vampiro, completito—  presume, a boca abierta, los filosos colmillos dentro de una pequeña caja de vidrio.

Una imagen de su obra La última cena en uno de los muros, pósters de esqueletos, cadáveres, libros entreabiertos de anatomía. La lupa en el bolsillo superior de la camisa. Dice portarla siempre.

Se le platica la intención de la entrevista.

¿Una especie de biografía anecdótica? Digamos, una parte más humana, lo que todos tenemos, la… condición humana. Pero ¿quién te va a decir la verdad y cómo va a mentir, y cómo no? Estaría padre si la gente fuera sincera, porque es casi un estudio de psicoanálisis, porque piensas: ¿a quién le estoy diciendo esto, a dónde va? 

 

Yo diría: la visión del artista, su verdad humana entrevista, su íntima soledad, su grandeza.

 

Una vez me tocó una entrevista que duró… como seis meses, era todo un psicoanálisis…

Era para “El Reforma” y era casi toda la sección de “El Ángel” y decías “Ya, ya no, mano”.

Esto sería más gráfico, ¿no?

 

Yo casi no acepto entrevistas en vivo porque cometo errores, cada vez hablo peor.

En ese sentido  —sobre este mismo texto— lo desmiento.

Platica de su estudio y nos lleva a recorrerlo.

Aquí está padre el estudio, tienes mil cosas que ver.

 

Cuando sacaba restos de cadáveres de la fosa común.

Siempre he tenido una obsesión por la anatomía y por la muerte. En Constituyentes estaba el Club Hípico Azteca —después del panteón de Dolores— y de ahí nos saltábamos a la fosa común. Siempre tuve esa atracción, un poco como lo del Museo del Chopo, que era de ciencias naturales. Ése era mi museo, con frascos, fetos, insectos, era bellísimo… alucinante.

 

Yo creí que iba para doctor y mi relación más grande y cercana es con doctores. Tengo una serie de cuadros con el Doctor Ortiz Monasterio y con él pensaba hacer un libro, que luego no se pudo por los familiares… Para ellos era una bronca, entonces fui relacionando el tema con el ojo y bueno, ya se volvió otro plan.

 

Muestra aquel catálogo. 

Como el caso este, Angelito es un niño que nació con labio leporino severísimo y no puede comer, le tienen que dar por suero. Ahí que el doctor —Ortiz Monasterio— infla con agua la frente para que tenga carne para hacer la nariz y, con los huesos —porque hay un corte que les hacen en “V”—  que sobran, cierran, porque la relación de ojo con ojo es un ojo, todos tenemos un ojo aquí (señala con las manos el tercer ojo) es el canon griego. Y juntan las cavidades para que quede la relación perfecta. Salió feísimo pero ya respira, ya come y ve, aunque creo que en Baja California le hicieron un mal tratamiento y que quedó ciego… en fin.

 

Imagino delicado el tema dado su realismo. 

No, porque no es una ilustración y sí es una ilustración. Mi cuestión era cómo hacer para no caer en una ilustración.

 

Hay una anatomista, amiga mía, que yo le digo Doctora Frankestein. En la Universidad Benito Juárez de Oaxaca tiene un taller de anatomía; ella iba con Toledo y le decía: “Quiero exponer mis piezas”. Unas están en acrílico y otras, conservadas en un líquido que ella descubrió, pero no plastinadas.

Toledo decía: “Esto es de gráfica, no de anatomía”. Pero ella no tenía propósitos artísticos, sus propósitos eran meramente científicos y me llamó a pedirme unos dibujos interpretando anatomía. Toledo sacaría de sus grabados y litografías lo que tenía de anatomía, y con dibujos míos. Eso se presentó en una exposición en el IAGO.

 

Sigue mostrando, en catálogo, la serie realizada con pacientes del Dr. Ortiz Monasterio.

Mira, este es tremendo.

 

Es una interpretación, porque yo no voy a hacer una ilustración. Hay cosas que no existen pero que son  anatómicas.

 

Tal vez cruzó por mi mente ser doctor cuando era chico, pero las circunstancias se prestaron mucho para mi oficio. Mi madre nunca practicó la religión. Y mi padre, ateo, nunca estuvo de acuerdo en escuelas de varones ni de religión. Y de las opciones que había, como yo vivía en la Nápoles, entré al Colegio Alemán —que estaba donde está ahora La Salle— desde muy chico. Es muy importante para ellos —los alemanes—  la música y la cuestión plástica en los niños.

 

Nací en el 45, estaba ya en el 49 en el colegio con puro loco de guerra; también de ahí sale la locura.

 

Un día en el kinder, me acuerdo, me jalaron del pelo así (imita el tirón con fuerza) porque hice el fondo rojo y decían que los fondos eran azules. Yo creo que por eso soy realista. (Risas)

A los seis años ya traías en tu mano una gubia para hacer xilografía. Aquellos linoleums que traían de Alemania, ¿te acuerdas?, y ya estás grabando desde chico, y participando en concursos de pintura. Deporte, música y pintura, eran muy importantes para el colegio y en lo académico era también muy bueno.

Por lo que más me dio fue por el deporte. Así como me ves, fui campeón de natación, sí, estoy viejo pero correoso. Vuelven el humor y la risa.

Era clarísimo lo que no me gustaba. Pero me gustaba el dibujo, la química, todo lo de artes plásticas.

 

Arturo logra una muy afortunada mezcla entre zoología, anatomía, biología…

 

Fíjate bien en una cosa: siempre, en la historia del arte se han dado dos posiciones, simbólicamente el blanco y negro y entre ellos tamices: el gris, para  ponerle un color.

Hay tesituras también muy profundas en la música, los bajos son muy bajos, y hay tesituras altas…

Yo creo que  en la pintura pasa lo mismo, o también le puedes decir el lado oscuro de la luna, los que ven la vida de otra forma, los que ven la otra parte, y su realidad es otra. Yo pertenezco a un lado, a una especie un poco oscura, pero no es oscura porque es —a la vez— luminosa, es como un cello: es la misma vida pero vista por atrás o desde otro punto de vista. La pintura es la vida.

 

Los grandes resortes de la pintura: Religión y Erotismo…

Eros y Tanatos, dentro de eso puedes poner todo lo que quieras.

 

Me encantaba la biología. Por ejemplo, en primero de secundaria fue cuando hicimos la anatomía de un conejo, y eso yo lo practicaba en el laboratorio —que se llamó Arco— de mi primo José, y repetíamos lo que  hacíamos en el colegio. Tanto experimentos de química como seguir con anatomías de conejos.

 

¿Sabes cuántos años tengo?

63, respondo.

No, no, tampoco… no jodas. Tengo 62. 

 

Se dice chilango, de San Pedro de los Pinos.

 

Recientemente, por desgracia, viví en Austin, Texas. Imagínate ¡qué horror! Y fue un problema entre amoroso y real.

Mi galería estaba en Houston pero yo, en Houston, no vivo ni aunque me pagues. En Austin, todavía es bonito, por el río y todo eso, pero para estar… ¡Una semana!

Como centro está el rock, la música. Las artes plásticas allá no existen. Es más un rollo de cowboys, la señora con los patos, no sé, cosas de esas.

Y quizá estaba bien para estar produciendo porque es un pueblo muy calmado y para estar muy sereno pero yo no puedo vivir fuera de una ciudad…

 

Ya terminó esa relación que me puso allá, por fortuna. Terminó pero no fue fácil, es la primera vez en mi vida que tengo dos años de vivir solo.

Allá está la peor gente del universo, la peor comida, lo peor de todo, es algo verdaderamente abominable.

 

Va a Beijing a la Tercera Bienal.

Tocaba en 2007, pero la pospusieron un año porque vienen las olimpiadas. México es invitado porque gané el primer lugar en 2005.

Van a invitar a diez mexicanos. No sé quiénes son, ojalá que no se le de a las autoridades de aquí, que no empiece toda la grilla y metan a los cuates; que sea un jurado que no conozca quiénes sean, y que sea por calidad.

 

El año que entra, hay que ir a las olimpiadas, es una locura Beijing, y te vas a Shangai después.

 

Ahorita tengo amigas nada más, por fortuna, y mi Rivotril por si me da un panic attack. Y mi pasta, (le pasa una mano al lomo de la negra esfinge).

 

Estoy operado del corazón. Tengo una válvula aórtica (explica).

El corazón tiene tres válvulas, una deja pasar a una aurícula, se oxigena y pasa a otra. La aórtica es la última válvula y la que bombea. Cuando oyes el bum, bum, esa es la aórtica.

Si tú pones un corazón en el suelo y bombeas, subiría como cuatro pisos y medio, con esa fuerza. Es una válvula importantísima.

 

A mí me quitaron el corazón, estuvo una hora en hielo y agua. Y me pusieron lo que llaman corazón  extracorpóreo, que es una vil máquina de bombeo que va, oxigena la sangre y te lo devuelven.

Mi corazón estuvo muerto una hora, sí, muerto, porque no palpitaba. Lo hacen para poder quitar la válvula y poner la otra y lo reavivan con electricidad, como Frankenstein…

 

Cuando me operaron, me acuerdo que decía: “O hago el siglo azteca o no lo hago”. El siglo azteca son 52 años y ya tengo diez años con la válvula y fumo mota y todo.

 

Después de que me suicidé, ya no puedo dejar los antidepresivos. Siempre traigo el pastillero por si acaso…

Hace mucho que no tengo ataques de pánico, pero siempre traigo mi Rivotril.

 

Se acerca y susurra en mi oído: ¿No te angustia esta pinche vida?

Reina un denso silencio. La mirada en un punto, penetrante, suelta la carcajada abierta.

 

Dices “me suicidé”…

Yo soy alcohólico y ahorita lo puedo decir ya con conocimiento —mucho—, de causa.

 

Un día me peleé con una novia que tuve, Antonia Guerrero, hija de Guerrero Galván, ¿te acuerdas del pintor? Pero no es la hija que tiene con Elva Garro, esos hijos con ella eran Guerrero Garro; sino que el pintor tiene un desliz con una canadiense y nace Toña. La mamá se enamora tanto, que lo sigue hasta Cuernavaca, que es donde él vivía, y ella no quiere nada de él, sólo lo quiere ver. 

 

Toña era conchera, o sea, para encontrar identidad, porque era gringa, se mete de conchera. Era guapísima, altísima, morena. Y la veías con esos limones y todo eso y bailando en el zócalo, ¡pa’sumadre, qué cosa tan rara!

 

Bueno, entonces me peleé con ella y me fui con una amiga a Valle de Bravo, empezamos a tomar cerveza y a fumar mota. Cuando regresé, tres días después, no me acordaba de nada, sólo tenía ideas muy vagas; me acordaba de un club de golf, una cama de latón, un pasillo, cosas así, y dije: ¿qué me pasó? Esas son lagunas mentales, y la amiga con la que fui no entiende nada de alcoholismo, ella era lo contrario, era anti alcohol.

 

Me meto a 24 horas de La Condesa y son durísimas. Te tienes que meter a vivir ahí, y te tienes que ganar la cama, es gruesísimo, oyes tribuna 24 horas y cosas que nunca en tu vida te imaginaste que existían…

Seis días sin dormir y oyendo todo eso, dije: “Yo no quiero vivir esto”. Haz de cuenta un panic attack por mil y empecé a decir: “que se me pare el corazón, que se me pare”.

 

No tenía idea de suicidio, no pasa por tu mente el suicidio; simple y sencillamente quieres no existir para no seguir sintiendo eso. Abrí la ventana y me tiré, era un solo piso.

Me cosieron mal en la Cruz Roja, ve, me pusieron este tendón acá, ve nomás, ¡qué bárbaro!

 

Muestra su cicatriz, es que metí la mano con esto…

Caí, me amolé mucho, se me rompieron las costillas, se me llenó de agua un pulmón.

Muestra un fierro —que se siente tal cual— entre la clavícula.

Ya me lo podía quitar pero ya no quiero que me abran otra vez. No, ya no.

 

Me operan de la próstata en enero y lo bueno es que ya no abren, pero hay un pedo aquí, porque tiene que estar el cardiólogo que estuvo en la operación, ya que estoy anticoagulado. Cuando te ponen válvula te anticoagulan, porque toda válvula tiende a hacer coágulos. Tengo un nivel de coagulación menor, la sangre más ligera que ustedes. 

 

¿Conoces la próstata? Vamos a verlo de frente…

Dibuja la vejiga, la próstata, continúa… (celebro presenciar al dibujante virtuoso).

 

Aquí está la próstata, aquí están los conductos que llevan el esperma al semen y van a las glándulas, que es donde se forma el semen. De ahí baja y se va a la próstata, que es la encargada, cuando uno eyacula, de aventar el semen, pero resulta que, en ese mismo conducto, también desahogas la orina.

Entonces, con el uso, y con la vejez y todo eso, por supuesto también por genética, puede irse inflamando y llegar a ser cáncer. Y ya te jodiste, porque además no se siente nada. Yo sólamente la tengo inflamada, tengo un grado mediano —sí, hay tres grados—, y esto no sólo inflama la vejiga sino que inflama el conducto por dentro.

Al ir al baño es muy incómodo porque son goteos, y no tienes que pujar porque no sale nada. Tienes que esperarte horas y luego, acabas de ir y, como la vejiga expulsó algo, se empieza a llenar otra vez, porque no se llenó cien por ciento, ¡no´mbre, es horrible!. Me opero para quedar como de diecisiete años otra vez. Después de eso, voy a ir al baño fantástico.

 

Una operación en la que, haz de cuenta, un taladro va quemando al mismo tiempo y por dentro es muy sangrante; te dejan una cánula, una bolsa, porque sangras como cinco días.

 

62 años que parecen 17. Le daba otro sentido.

No eso no tiene que ver nada, eso no cambia. Se carcajea.

No tiene que ver nada eso con la próstata. Eso es igual.

 

Es más, si te quitan la próstata, puedes tener eyaculación seca —que no va a ser mi caso— porque te quitan las glándulas seminales —y desde luego, no hay esperma— pero tienes orgasmos secos…

Ha de ser espantoso, pero no sé…

Y es que ¿te imaginas?… sentir que te estás asfixiando y todo, pero no sale nada, no pasa nada, no, ¡qué horror, mano, qué espanto! El chiste es la humedad, el olor, todo eso. (Su risa holgada recorre la sala).

 

Ahí —en la operación próxima— no se hace responsable el urólogo, porque hay un problema cardíaco, ya entiendo como va esto, se pasa a un general —como en los altos militares— y el cardiólogo lleva la operación.

Es anestesia general; dicen que ahora hay una anestesia que casi, casi, estás en tus cinco sentidos, muy apendejadora, solamente para que no jodas, y que ni sientes nada. Hay diez mil anestesias ya y te hacen estudios de todo…

 

Qué le da miedo:

Muchísimas cosas. En el arte: es cuando empiezo un cuadro.

Y en la vida, no sé, a lo mejor las relaciones amorosas. Sí, porque he tenido muchas y tengo miedo porque conozco mucho el manipuleo de ambos, y ya no caes.

Conocer mucho da una ventaja, pero también es un defecto, porque te vuelves mucho muy selectivo, que también es un defecto. Te defiendes más. Así es.

 

¿Muy enamorado?

Pues no sé. Mi vida ha sido una irresponsabilidad absoluta, he sido un imbécil sentimental.

 

Tengo seis matrimonios y no han sido las relaciones más importantes. La de Toña, que te contaba apenas, fue una relación más importante que alguno de los matrimonios.

 

Tiene dos hijos. Un varón de treinta y cuatro años, arquitecto, y una hija que estudia para chef.

Son de diferentes mujeres y no vivo con ellos, ni he vivido.

 

Convive, a veces, quizá poco.

Mi hijo está por casarse y hace dos meses no sé nada de él.

 

Yo puedo caer muy fácil en lo sentimental, pero ya tengo mucha defensa, y eso es lo que me da miedo.

La última relación que tuve fue muy dolorosa y duró mucho tiempo. Había mucha codependencia.

Para haberla son dos, porque si tú ves que tu compañero es codependiente, te vas, si tú no lo eres.

 

El problema es que yo me engancho en todo; soy codependiente desde que nací, desde que me quitaron la teta de mi mamá. Edipo, yo creo que todos somos Edipos. No tal vez al físico, a… algo que te da una mujer, de una mujer de la que te vas formando durante toda tu vida, toda tu infancia; una mujer determinada que tiene algo que ver con la primera mujer que te dio el pecho.

En la mujer es más complejo, porque es una mujer con otra mujer, y es mucho más compleja tanto su sexualidad como su forma de procesar todo, ¿no? Es complejísimo.

 

Relata la historia de Tiresias.

Tiresias es un hombre en Grecia que pisa a dos víboras copulando y se convierte en mujer, llega hasta a ser prostituta y le encanta el sexo. Ya siendo mujer, va caminando en el campo y vuelve a pisar a dos víboras copulando y se convierte en hombre.

 

Zeus —que se entera de esto— lo manda llamar y le dice: “tú, que conoces y has gozado de los dos placeres, ¿quién goza más?”

“Si se puede medir en diez el goce, la mujer goza nueve y el hombre, uno”, y Zeus lo ciega por haber dicho el secreto de la mujer, y le da el don de la profecía.

Es el viejo, sabio y ciego, por eso le decían Tiresias a Borges, por viejo, ciego y sabio.

 

¿Crees en esta proporción?

Eso lo podemos saber después, no voy a poder dar clases de sexología ahorita, en la cama con pijama…

 

Como hombre ¿te imaginas esto así? 

Te voy a explicar para que veas por qué sí es así:

A la mujer, en un proceso en el que el sexo se va formando, le surge un pene que se atrofia y le queda un glande. Incluso, entre médicos, se llama glande clitorial, y además tiene la vagina, el punto G y todo eso.

El hombre no, el hombre tiene un solo glande, también el ano, los dos —que el ano puede ser más gozoso para el hombre por una sola razón: por la próstata.

 

En la mujer, es una cuestión mental, el hecho de estar transgrediendo cosas, pero vayamos a lo normal, entre comillas, la mujer goza por dos partes.

Puede tener orgasmos vaginales, clitorianos o ambos, y los que quiera. El hombre sólo el del pene, punto y ya. En la mujer es impresionante…

Una mujer puede tener siete orgasmos, no, ¡no se compara!

 

La muerte.

El sexo y la muerte ¿o qué?

El temor a la muerte es lo natural. Me gustaría morir siendo testigo de cómo me voy, sin dolor, con veinte mil morfinazos, porque es el último acto. Como Aldous Huxley, que le pidió a su cuate que cuando ya se estuviera yendo, le metiera un LSD, sí, un ácido que le metió un cuate. Así, sí.

 

 

Qué tan lector.

Veo sobre la mesa “El último encuentro” de Sandor Marai.

Ese me encantó.

 

Tengo una tristeza porque cuarenta años coleccioné libros que ahora perdí —en la última separación— y tengo que recuperarlos. 

Lo que más estoy leyendo es ensayo de lo que llaman arte post conceptual, así puedo debatir mejor, pero ahora no estoy en una época de lectura, ni poesía ni novela. 

 

Su obra marea de asombro. Le cuento mi propia experiencia frente a la exposición  “El rostro de los vivos” en Bellas Artes en el 2000, una verdadera revolución emotiva.

 

Después de ahí, ya me fui.  (A vivir a Austin, Texas).

 

¿Por qué el Colegio Alemán?

Porque era laica y mixta. Habían estado ahí varios familiares y a todos nos metieron.

 

Éramos siete hermanos, quedamos cuatro hermanas y yo. Murieron mis dos hermanos: uno a los treinta años y el otro, a los veintiocho. Uno, asesinado y el otro, de una sobredosis.

 

Tengo una novia de veinticinco años, ¿tú crees?

Es una pedofilia ya asumida. (Carcajadas).

Sí, totalmente.

Ella no vive aquí y es lo mejor, porque así nos vemos muy de vez en cuando…

 

¿Te deja reponer?

No, al contrario, hay que ejercitarse muy bien para estar en forma. Hay que conocer técnicas de mi edad…

Tengo que ejercitarme para estar mejor cuando llegue… si no, la riegas, imagínate que llegue y no…

No, uno tiene que estar listo.

 

Las bolitas, las que se meten en el ano, eso se inventó para el hombre y no creo que la mujer sienta nada, no sé. El sexo es la transgresión. No es lo fascinante del sexo, ¿transgredir? Yo digo…

 

Los duelos.

Después de tantas relaciones, llegas a un punto de conciencia en el que te das cuenta de que el problema no son ellas sino tú, realmente, o la forma de relacionarte.

En un momento dado, tienes que estar solo porque, también, estar buscando, ¿qué es? ¿Miedo a la soledad o qué?

Punto número 1: Sí estoy seguro, a mi edad, que no puedes estar con alguien si no puedes estar contigo.

 

Y punto número 2: Cada quien su espacio y su vida económica resuelta.

 

De preferencia…

Nooo, de obligación. Sí, porque imagínate: al tú mantener, que normalmente sucede, tienes un control que finalmente tampoco quieres tener. Acabas tú lavando los platos y dejando la pintura a medias… Y la otra, se la pasa azotándose en las paredes, diciendo que no vale nada…

 

Se genera un largo espacio pleno de carcajadas. Bach, de fondo.

 

¿Te acomoda estar solo?

A veces sí, ¿eh?

 

¿Es fácil o se presta para la confrontación?

Hay una parte de confrontación  y hasta la buscas.

 

Finalmente, la soledad fuerza a la meditación.

Sí, y a mí me gustaría meterme al yoga, sería un buen principio que no puedo empezar, porque estoy en la mota y nomás te apendeja pero es fuga, fuga de algo que sí tienes que afrontar.

 

He hecho cosas así, pero no me gusta cuando le dan el perfil de programa espiritual o ritual y lo vuelven religioso, luego te ponen a rezar el padrenuestro y las madres ésas, y eso, verdaderamente ya no.

Yo soy el enfermo y creo que, por medio del yoga, puedo relajarme.

 

La mota es relajante, depresiva. Si eres alcohólico, es todavía peor, porque es una sustitución. El alcohol es depresivo, pero después. Antes es euforia. Yo he sido esencialmente alcohólico y moto.

Tuve algunas experiencias con coca y punto. Pero si dejas de fumar mota un tiempo, y a los tres, cuatro días la fumas, es para levantarte y te pone muy lúcido. Pero luego sigues y te viene un aislamiento, un adormecimiento, ya ni quieres salir…

No fumando mota, caminando y trabajando —que eso siempre lo hago— está resuelta la vida.

Y… amando. Porque tienes que amar y te tienes que sentir amado.

 

Mira, aun alcohólico, tengo veinte años sin tomarlo. Y tengo todo el alcohol del mundo, y me encanta servir y me encanta que tomen, pero yo no. Aunque nunca está superado porque siempre puedes caer, pero se le llama alcohólico inactivo o en recuperación, algo así.

 

Los proyectos inmediatos:

Ahora estoy preocupado por lo de Beijing, porque tengo que llevar siete obras y luego quiero irme para Berlín, yo y mi obra. Si se da, tal vez me vaya a vivir a Madrid, me encanta Madrid, más que Barcelona.

 

En Berlín ¿cuál es la idea?

Es donde están haciendo ahorita todo.

 

El problema es que los museos de México —y lo discuto mucho con las autoridades mexicanas— están  secuestrados por el neoconceptualismo, y yo no quiero que desaparezca. Mientras más manifestaciones haya, mejor, pero que coexista esa diversidad, pero aquí se agandallan los museos para eso que ellos llaman arte moderno.

 

Si tú ves en Berlín, allá la pintura está muy fuerte y nunca se dejó de vender. Todo convive ahí, en paz, y ahí es donde nació todo esto del neoconceptualismo desde los sesentas.

 

Ningún lenguaje puede dialogar. Conviven, en armonía o tal vez en desarmonía, si quieres, y mientan madres, pero todo tiene foros para existir. Aquí no.

 

Que la pintura ya murió…

La pintura tiene treinta mil años de existir. Y porque se creen los modernos, ya tacharon, ya no existe la pintura y se sienten de lo más atrevidos.

A mí no me interesa, te lo juro, en serio, que no me emociona ver cajas de brillo o una caja de zapatos, ni un escusado, un pipidero, cosas así.

Duchamp no vendía, vivía de vender esculturas de su cuate.

 

Además, es un Duchamp. Se desprendió totalmente de la pintura y esa era la idea. Realmente fue conceptual pero es un Buda, no es “el budismo”, es uno.

Aquello era decir: “¿Por qué vamos a hacer una escultura, si ya industrialmente las están haciendo?” 

La saca de contexto y, si lo ves así, tiene razón Duchamp. Ya no necesitamos ni hacerla, pero esto se malentiende y ve cómo estamos ahorita…

Es uno de los comercios más grandes del mundo —el neoconceptualismo—  y está globalizado, venden balones en doscientos mil dólares.

 

El fulgor de la mirada de Ernesto Lumbreras, el ojo como personaje:

El ojo es el órgano más importante para el pintor, para todos, pero ver, para el pintor, es diferente de ver normal, como todos vemos. El veedor es el que nació para ver.

Por ejemplo, en todas las sociedades existe gente con ciertas características, como en un pay: a ti te reparten ciertos dones. Hay quien nació, por ejemplo, con mucho ritmo y nada más, y te tocan dos, tres rebanadas distintas del pay y esa es tu percepción real de la vida y es donde tú puedes entender.

Si naces con el don de ver naciste como espectador o como pintor.

 

Para el que pinta el pintor es para el veedor, porque están llenos los museos y las galerías, de gente y, si acaso, el dos por ciento ve. Si acaso, porque es difícil. Y también como pintor vas sintetizando muchas cosas y también la pintura misma se va sintetizando, que eso es más difícil todavía.

 

A ratos siente que su obra es poco entendida. Muestra lo más reciente. Se aprecian evidentes cambios en la paleta.

 

A los tres años, yo no hablaba. Afortunadamente fui sándwich, era el de en medio y pues señalaba cosas y me las daban.

Éramos siete: mi hermana Maru, Silvia, Manuel, que murió, Hilda, y yo. Luego, Alfredo que murió y Amanda.

A los tres años me llevaron con un doctor porque no hablaba, creían que era retrasado mental. Yo creo que tenían algo de razón.

 

Un veedor…

¡No´mbre! y tenía, y hasta la fecha sigo teniendo, una ortografía del carajo y eso que leo mucho.

Es que mi lenguaje natural era la pintura, es la pintura.

 

Me he hecho mucho autorretrato.

 

Qué le falta hacer:

A Miguel Ángel le preguntaron un día que, si le pidiera algo a Dios, ¿qué le pediría? y dijo: “Cien años más para terminar lo que tengo que hacer”. Si se lo hubieran concedido, estoy seguro de que pide doscientos más, porque esto, mientras más lo caminas —auténticamente caminar— no repetirte para irte por la cuestión del dinero, porque ahí es muy fácil.

Tener la honestidad contigo mismo de que hay una transformación y de que hay crisis de lenguaje también, ser más humano, entre errores y todo.

 

Me falta por hacer todo. Se abre más el panorama, es cuando te das cuenta de que sabes muy poco, se abren muchas cosas, y dices: “no me va a dar tiempo”. ¡No´mbre!, tengo diez mil cosas que hacer…

 

La música de fondo no cesa un segundo.

 

Del librero saca un libro, de entre sus páginas, una bolsa plástica con yerba. La limpia, prepara y enciende en pipa mientras continúa platicando. Saca lentes de vidrio rojo, así no me veo tan moto, ¿no? Mientras avanza la plática su tono deviene fiesta. Cada sílaba se desliza entre carcajadas. Un humor que raspa sin dejar de ser fresco, un hombre verdaderamente simpático de fuerte personalidad. Casi un enigma.

 

A ver pastilla, vamos arriba o ¿te quedas? La negra esfinge, casi inmóvil, lo sigue.

 

De los contemporáneos, Bacon y Freud.

A Bacon lo vine a conocer cuando yo ya tenía mi forma.

Es curioso, pero Caravaggio, italiano, influencia a todos los españoles pero casi a ningún italiano; Bacon, inglés, tiene una presencia en Latinoamérica que es indiscutible, y no influye a casi ningún europeo.

 

 

 Y es parte de nuestra cultura, es elemental en Latinoamérica, el venezolano Jacobo Borges, todos ellos, excepto en Argentina, Chile y toda esta escuela de Torres García, de Soto, del arte cinético…

 

¿Te gusta éste para la Bienal? Cuenta el proceso.

Yo empiezo con esto de armar. Me pasó con la pintura también. Ya era pintor y de repente, regresé al dibujo y me hice dibujante, y, entonces, me cuesta mucho trabajo pasar a la pintura.

 

Ahora, soy pintor y se me ocurre, de repente, en superficies rígidas meter metal. No estoy inventando nada nuevo, siempre se ha usado mucho, sobre todo en las artes decorativas, entre comillas.

Klimt también lo usó, no sé por qué, pero yo hago uno y me sigo y quiero seguir con una serie de incrustados…

El próximo que tengo no es de construcción, sino una puesta en escena que ya dibujé, ya la tengo acá. (Señala la frente).

 

Un zorrillo parece mirarnos de frente.

Le corté la cabeza al zorrillo y lo crucifiqué.

 

Frente a nosotros, una obra en proceso y el proyector encendido.

 

Siempre tomo modelos. No porque tenga una buena idea en ese momento, la puedo lograr. Luego hago estudios de fotos y las utilizo.

Este (muestra en el lienzo a uno de los modelos) era un bolero de Narcóticos Anónimos que boleaba por aquí, que inhalaba, era chemo, y tenía marcadas las huellas de la vida gruesísima. Le puse un abrigo mío, que le llegó hasta acá (muestra casi a la altura de los tobillos) de por sí, a mí me quedaba largo.

Después, casualmente en Texas, tuve una modelo —que era de Nueva York— y que está descansando, está en bata y se le ven un poco los pechos… Ella va a estar atrás, como en una especie de prostíbulo, y atrás va a estar otra… y así voy armando de aquí, de allá…

 

Mientras habla, veo la imagen como desde lejos. Un cráneo y espejo de fondo. Imagen muy Rivera. Queda de perfil.

 

El humo denso invade la atmósfera de las fotos.

En el recuadro: se mira al espejo, el cráneo pareciera mirarlo de reojo, reconocerlo. Ambos frente a frente. El humo los ronda, la música no cesa, la iluminación frente al espejo. Un espectáculo que disfruta.

 

Edgar —su asistente— corre a la tienda vecina, le baja a la música, acomoda el proyector, prende y apaga luces.

La tos irrumpe en el estudio. Raspa su garganta. La música reaparece en el estudio a volumen más alto.

Usa la lupa para las fotos. Juega. Todo él es un desparpajo.

 

Toma la corona de espinas —muy largas y filosas— que reposa a un lado.

Si quieres, me la pongo para que empiece así… a chorrear, no´mbre, no, no me insistas… Risas.

Va a ser un poquito doloroso, pero…

 

¿Sí se puede? Suave, sobrepuesto…

No´mbre ¿qué te pasa, cómo crees? No me la pongo ni de chiste. Julio Galán sí lo hubiera hecho pero no, yo no soy muy de pose.

¿Y sin lentes?

No, pues no veo nada.

 

Su gesto es duro. La expresión, de lumbre.

No me hagas reír porque si no… Es momento serio.

 

Se refiere a “Naranja mecánica”, aquel personaje que no podía cerrar los ojos…y le tienen que poner gotas.

 

Estaba leyendo ayer que, en China, todavía en el siglo XVII y XVIII metían a niños recién nacidos en unas cacerolas que tenían un cuello ancho y una tapa que se zafaba, ¿no? de esas para limpiar y todo eso, y los guardaban hasta que crecían en su edad adulta. Cuando crecían los sacaban de ahí y los echaban a una parte donde cazaban, y los cazaban para venderlos en la feria. Increíble, ¿no?

 

Viene a cuento la noticia reciente del  “Poeta caníbal” de la Condesa.

Es bonito el nombre, ¿no? Poeta caníbal,  pero se echó a 16…

 

En la muñeca, una pulserita roja de hilo delgado.

Siempre la usé por buena suerte, pero me han preguntado que si soy judío, porque lo usan los de la Cábala, pero en Texas me la dieron en la cárcel y traía una de esas que te duran años…

 

¿Por qué la cárcel?

Estuve en la cárcel por ser mexicano. Ay, sí.

No, es que maté a una gringa. El humor negro en aumento, a decir basta. Es locuaz y suelto.

 

Mi tiento, que ya nadie usa, es para no tocar el óleo.

Recuerda un autorretrato de Vermeer donde éste aparece con su tiento. Hubo una exposición en el Metropolitan y tuve que apartar lugar como tres meses antes…

¿Viste “La joven de la perla”? Una fantasía de Vermeer.

 

Y, ¿dónde quedó mi puro?, se escuchaba de tanto en tanto.

 

Mientras mueven el material pesado del equipo de fotografía, se le oye decir:

¡Aguas! ¡No me vayan a dar un madrazo!

 

Acomoda el muy delgado cuerpo como si estuviera enchufado al apagador. En una mano, el puro; en la otra, el tiento. Aparecen lentes oscuros de vidrio anaranjado, aparece la lupa. Todo él en un juego. Se mueve inquieto, ansioso.

 

Se mueve en esa línea de sombra, sus palabras parecen poseídas, obsesas, presas del vértigo. Como hijas de quien acepta lo trágico que a ratos lo ahoga, a la vez de la gracia enorme que lo habita. Es personaje que parece ir mudando insólitamente de piel.

En su caso, un oficio aprendido con la carne.

 

A su lado sientes que la vida debe tratarse de algo más abrumador, como despertar a diario

buscando con garra algo a lo cual asirte. Algo parecido a unos electrochoques, a un orgasmo

interminable, a un huracán sin tregua.

Su sangre, la imagino en llamas. Es un festín desbordado. No cabe el aburrimiento.

Rivera me parece la pasión encarnada.

*Entrevista y texto del libro “Retrato en voz alta”, textos de Irma Zermeño y fotografías de Allan Fis.

A Editores.