Rosas rosas rosas

Eva Leticia de Sánchez

Sepa qué habrá querido decir el que escribió el librito éste, con lo de “Rosas. Rosas”, y quién sabe a qué horas vuelva Juanjo para que me lo explique, quiero ver si de veras es tan listillo como presume. Ah, cómo fregó para que lo leyera, pero, la verdad, está bien embrollado. Algo sí le he pescado, sólo que a lo mejor lo que dizque he entendido no es como creo y yo soy una malpensada que se anda imaginando que la chamaca esa, la Quentin, resultó hija de unos que son hermanos. Quiero que Juanjo me lo aclare primero, para después cantarle unas buenas frescas; el chamaco baboso cree que porque va a la universidad me puede andar despreciando y acusando de  ignorante nomás porque me gustan las novelas de la tele. Siquiera a esas se les entiende, no como el libro ese, que ni se sabe quién es quién ni cuál de todos está diciendo las cosas. Eso le voy a decir porque, de menos, las novelas de la tele acaban bonito y se sabe cuáles son los buenos y cuáles los malos. No que aquí, puras cochinadas, y los que no son cochinos, son alcahuetes, como la mamá y la sirvienta negra que todo lo ven y lo saben y se quedan calladotas. Bueno, eso fue lo que entendí, pero lo de “Rosas. Rosas.”, para nada, eso nomás me hizo acordarme de las viejas esas, las gemelas odiosas que se las daban de modositas, las muy hipócritas. Qué bueno que las viejas esas nunca se pararon por mi tienda, con eso de que los clientes terminan contándome sus vidas, no quiero ni imaginarme. Juanjo se enoja mucho, dice que soy bien chismosa y que le da vergüenza que yo sea así. ¿También le dará vergüenza contarles a sus amigotes que su mamá vende cigarros, refrescos y fab para mantenerlo?

 

A eso de “Rosas. Rosas.” sigo sin pescarle, será porque no me quito de la cabeza a las otras Rosas, las moscas muertas cara de moco, cucarachas de iglesia, porque vaya que esas viejas eran bien mochas. Cuando pasaban frente a la tienda yo las barría de arriba abajo, para qué lo niego. Juanjo se agarraba a regañarme: ¡Madre!, siquiera disimula, decía. Oh, qué, uno es libre de mirar para donde la vista alcance ¿no?, y ya deja de sermonearme, quién te crees, ¿el señor cura?, le contestaba. Pero él sí se enojaba de veras cuando yo miraba a las Rosas esas con atención. Pero qué le iba a hacer si me daban harta curiosidad, la misma que provocan todos los gemelos, ¿a poco no se les queda uno viendo aunque sea de reojo? Así miraba a las Rosas al principio, luego, cuando supe que una se llamaba Rosa María y la otra María Rosa, –ay, Dios, qué payasada–, comencé a verlas con burla y harto morbo. Por su físico. Es que estaban igual de desnalgadas y planas por delante, eran flacas como garruchas dobladas, ni modo de no notarlo. Era bien chistoso que, siendo tan viejotas, se vistieran con ropa igualita (casi siempre con unos pants que parecían tiendas de campaña), pos ni que fueran niñas. Estoy segura de que todas las medidas de sus cuerpos eran igualitas, si hasta las colas de caballo que se hacían eran idénticas. Si veía sus carotas se me hacía más difícil distinguir a una de la otra pues la vena en la frente que se le saltaba a una, se le saltaba a la otra, sus caras largas parecían duplicadas con todo y los anteojos. Cómo no iba a verlas con curiosidad. 

 

Qué vergüenza, madre, me decía mi muchacho cuando me oía criticarlas, pero a Juanjo todo lo de aquí le da vergüenza, y más atender la tienda. Lástima que nunca pude conseguir que le agarrara el gusto a la vendimia. Le choca pararse por acá y, ya encarrerada, siento que hasta yo le caigo gorda. Yo me la paso bien, me gusta que puedo platicar con los de la colonia y eso me hace sentir que de veras vivo en el mundo y que hay quien me aprecia tantito.  Gracias a la tienda tengo amistades con las que a veces voy al cine, a chismear a su casa, a sus fiestas de cumpleaños y, pues, ni modo, también a los velorios de sus familiares. Cuando el muerto es un vejestorio como yo, hasta se pone divertida la cosa, por el chismerío que se arma, pero, chispiajos, hay velorios que nomás de recordarlos se me erizan los pelos. 

 

Pobre Julia, cómo le ha llorado a su Rosita. Y pensar que le puso a su hija ese nombre en honor de las otras Rosas, las gemelas. Ellas le rentaban el cuarto donde vivió desde que nació su niña y, como eran unas solteronas, se pusieron muy contentas de tener a un bebé cerca y de que Julia las dejara cargarla y meterla a su casa. Después hasta comadres se hicieron: una bautizó, y la otra confirmó, a Rosita. 

 

Yo la conocí a Julia antes de que se embarazara, fue madre soltera, como yo, pero no le pesaba, estaba bien contenta con su nena, aunque hiciera malabares para mantenerla y la tuviera que dejar encargada para irse a trabajar. Durante el embarazo fui su paño de lágrimas. Su historia es la de todas, yo sólo podía darle ánimos a la pobre, que ni familia tenía. Cuando parió a Rosita ya le rentaba el cuarto a las Rosas, y como ellas estaban felices de poder arrullar a un bebé por una vez en su amargosa vida, Julia comenzó a dejar a la niña con ellas. Terminaron cuidándola como si fuera suya, la criaron junto con la madre. Julia se iba muy tranquila a trabajar porque ellas eran buena gente, recatadas, de fiar, decentes y muy religiosas.

 

Pero como a mí me cae re gorda la gente mocha, le decía a Julia que no se las dejara tanto, que se la iban a volver cucaracha de iglesia. Es que las Rosas no salían de ahí. Yo las veía pasar diario cuando iban a misa, con la niña en medio de ellas, agarrándole una mano una, y otra la otra; se la llevaban hasta el día que Julia descansaba. Como ella tenía que lavar los uniformes y la ropa y limpiar su cuarto, le caía de perlas que las Rosas jalaran con su chiquilla. También se lo decía porque, la verdad, las gemelas me caían en el hígado por sangronas y estiradas. Al principio, cuando las veía pasar, las saludaba. Ahí estaba yo con mi cara de idiota: “que tengan buen día” les decía, y siempre me dejaban con el saludo en la boca. Me la hicieron una, y pasó, pero cuando fueron cinco veces las mandé a la fregada y no les volví a hablar.

 

Me enteré de la desaparición de Rosita por Paula, una muchacha que sí es bien chismosa; todo me cuenta, aunque siempre me pide que, por favor, por lo que más quiera, no le diga a su mamá que me lo contó, pero igual desembucha, lo de ella y lo de los demás. ¿Ya supo lo de Rosita, la niña de Julia? –me dijo a boca de jarro esa tarde, pero como yo había tenido una gripa que me tumbó dos días en cama y no abrí la tienda, no tenía idea de lo que hablaba. –Fíjese que no la encuentran desde el viernes. Dicen que las Rositas la fueron a recoger ese día a la escuela, pero la niña ya no salió. Julia anda como loca. –Madre mía, nomás de imaginarme lo que la pobre Julia estaría sintiendo se me arrugó el corazón. 

 

Julia no se paraba por aquí. Nomás la veía a lo lejos, pegando hojas con la foto de Rosita, o yendo a quién sabe dónde con papeles en la mano, casi siempre escoltada por las Rosas. Qué tortura ha de haber vivido todo el mes que duró la búsqueda de su hija; hasta en las noticias de la tele salió el caso. Pero todo lo que hacían era inútil, Rosita no aparecía y nadie daba razón de ella, como si no hubiera existido. 

 

Yo no sé por qué Julia se alejó de mí si antes me tenía harta confianza y éramos bien amigas. Sería porque Juanjo siempre que ella venía le ponía jeta, era tan majadero que ni el saludo le contestaba, o a lo mejor porque yo me la pasaba criticando a sus comadres por odiosas y estiradas.  Claro, entre ellas y yo, ni modo que me prefiriera, si las Rosas fueron las que la ayudaron siempre, primero a cuidar a Rosita y luego a buscarla. Yo cómo; qué podía hacer, ni modo de cerrar la tienda si de eso vivo. Por eso nunca me enteré de qué pasaba con las investigaciones, ni cómo habían sucedido las cosas y ni modo de ir a preguntarle, me gusta oír los chismes, pero no ando de morbosa indagándolos. Además, para qué, si está Paula para contármelos. Por ella supe cuando encontraron el cuerpo hecho pedazos de la nena. ¡Ya apareció, ya apareció! –me dijo ese día y ni me saludó. –¿De qué hablas, niña?, le pregunté porque me agarró desprevenida. –De Rosita, doña, pues en qué mundo vive, oiga. –¡Bendito Dios!, le contesté, ¡qué gusto!, Julia ha de estar bien contenta. ¿Dónde estaba? ¿Quién se la llevó?, seguro el papá. Te digo, no son para darles de comer, pero son bien buenos para chingar… –¡No!, doña Cata, me interrumpió. La encontraron muerta. 

 

Muerta. Muerta. Muerta, la palabra me retumbaba en la cabeza y no la entendía. No digo que sentí que me desmayaba al oír la noticia, pero sí sentí horrible. A Rosita la vi recién nacida, la vi crecer, la vi en su primer uniforme y fui a su primera comunión, caray, nomás tenía siete años. Y Julia, pobre madre, ella seguro se estaba muriendo de dolor, incluso las Rosas debían estar deshechas; hay que reconocer que querían de veras a la niña.

 

–Ay, doña Cata, no se imagina las salvajadas que le hicieron. Dicen que la encontraron descuartizada, que abusaron… –¡Ya!, ya no digas nada. No quiero saber esas cosas, no aguanto oírlas y menos imaginarlas. –Viera que yo tampoco, estoy que no puedo creer nada de lo que pasó, quién se podía imaginar tanta maldad. –¿Cómo la encontraron?, ¿cuándo?, le pregunté. –El padre de la Parroquia de San Francisco confesó todo y hasta dijo dónde encontrarla. –¡Malditos diablos con sotana!, Dios me perdone, por eso los detesto, buitres malditos; si ya se lo decía a Julia, que no la dejara ir tanto a la iglesia, que… –No, Catita, no fue el padre. Él fue a decirle a la policía lo que pasó. Fueron ellas, las Rosas. ¿Se imagina? ¡Las Rosas! Fíjese, la enterraron en el jardincito de su casa y Julia ni se las olía. Malditas hienas, se lo confesaron al padre, creían que por eso del secreto él se iba a quedar callado. Oiga, no vaya a decir que yo le platiqué, ¿eh? Dicen que el cura ya no aguantó seguir solapándolas, porque lo de Rosita no fue lo único que le confesaron, quesque por eso fue a echarlas de cabeza.   

 

Quedé muda. He de tener algo de bruja porque por algo esas viejas odiosas no me entraron nunca, pero jamás imaginé que fueran unas malditas, ¡y las dos! Fui al velorio. Ni modo de hacerme guaje si en la colonia todos traían en la boca lo de Rosita. Pero ni siquiera pude acercarme a Julia. Bueno, no nomás yo, nadie se le acercaba. Estaba tumbada como muñeca de trapo en una silla junto al caja de su hija, con la cara más muerta que su muerta. Tanto dolor no había visto en ningún deudo. Cuánta tristeza de a deveras se sentía en esos momentos. No aguanté mucho, me fui rapidito, qué necesidad.

 

Julia ahora parece un fantasma. De la muchacha dicharachera y alegre no queda nada. A veces la miro pasar y, la verdad, mejor hago como si no la viera: me volteo, bajo la cabeza, la evito. Es que cuando la veo siento mucha vergüenza y culpa, casi como si yo hubiera tenido algo que ver con su tragedia. Es que muy adentro de mí sé que mi vergüenza es por la alegría que siento, no por lo que les pasó a Julia y a Rosita, sino cuando miro y hablo con mi Juanjo; mi muchacho puede ser el patán más odioso del mundo, sentirse avergonzado de mí, corregir todo lo que digo y hago, no haberme explicado nunca lo de “Rosas. Rosas” porque no tenía tiempo, pero está vivo ¡vivo!, y lo puedo ver y abrazar. Ni modo, pobre Rosita, pero diario le doy gracias a Dios de que haya sido ella y no mi Juanjo.